Hace un año escribí en el periódico El Español sobre algunas lecciones que nos dejaba la situación venezolana después de la enésima maniobra electoral del chavismo.
La primera, estaba relacionada con la imposibilidad de revertir una dictadura socialista de modo pacífico y democrático. Ejemplos de esto no faltan, y añadía que todos aquellos que apuntan o reclaman la vía diplomática o el Derecho internacional, los moderados de turno, en verdad lo que desean es el empantanamiento y continuación del régimen, no un cambio.
La segunda enseñanza que nos dejó Venezuela y que referí, es la importancia de reaccionar a tiempo cuando las tiranías se activan. En efecto, si no se reacciona de inmediato, incluso de manera contundente, esa sociedad queda condenada por décadas, prisionera ya de la trampa del diálogo y el multilateralismo, atrapada en un camino sin salida en muy poco tiempo.
Gran parte de la dirigencia y de los creadores de opinión pública no es que no sepan prácticamente nada de Venezuela, sino que ya no saben diferenciar el bien del mal, la oportunidad de la necesidad
La tercera lección, la más importante, era sobre drama humano venezolano. Pedía que por favor no dieran esperanzas a gente que luego acaba muerta, torturada o en prisión de por vida. Que está muy bien, y es muy sencillo, pronunciarse desde Madrid u otras latitudes a golpe de tuit o artículos de prensa, pero que en realidad es contraproducente para los propios venezolanos crear expectativas que luego no se concretarían. Al amago de estornudo ya sabemos que le siguen lágrimas.
A este respecto, me permito recomendar la estupenda película Simón (Diego Vicentini, 2023) que ha pasado, por cierto, bastante inadvertida porque, no nos engañemos, Venezuela ha empezado a importar ahora que Trump se ha puesto manos a la obra.
Así las cosas, estos días no puedo sino remontarme a Bolivia para reflexionar sobre la nueva lección que nos deja Venezuela. Y es que en el año 2006 coincidí en Santa Cruz de la Sierra con el todopoderoso ministro de instrucción de Hugo Chávez, el señor Aristóbulo Istúriz, y la conversación no tuvo desperdicio. Con su chamarra de Ralph Lauren y bien rodeado de muchachas europeas que trabajaban en la cooperación internacional, se mostraba confiado en el apoyo que políticamente recibirían desde Europa ante cualquier intento de desestabilización del régimen, de la revolución boliviariana. Aquello me indispuso, pero lo comprendí.
Estamos en 2026, el nuevo gobierno de Estados Unidos se ha marcado una operación a la panameña, pero cuando vemos las reacciones políticas y mediáticas de una capa amplísima de nuestros países, especialmente el nuestro, no puedo dejar de pensar en Roma uno die non est condita y también en aquella cena, para concluir que estamos en manos de indocumentados y perfectamente preparados para asumir un régimen dictatorial.
Es decir, gran parte de la dirigencia y de los creadores de opinión pública no es que no sepan prácticamente nada de Venezuela, sino que ya no saben diferenciar el bien del mal, la oportunidad de la necesidad; ni muchos tienen problema para justificar a los peores criminales, sea en Gaza, Teherán o Caracas, con tal de embestir contra la verdadera obsesión, que es todo lo que representa el actual gobierno norteamericano. En esto último, como resulta bastante obvio cuando uno lee la prensa, escucha la radio o ve la televisión, convergen los simpatizantes del chavismo y sus detractores.
Venezuela es un país destruido por el socialismo. No es la España de finales de los años 70, no se engañe nadie. La sociedad civil ha sido completamente arruinada y no existe sociedad política. La operación de captura de Maduro, que debe aplaudirse, no cambia en realidad gran cosa porque no hay un liderazgo ni una estructura social ni política que permita una transición en un lugar donde reina la confusión y la sobrexcitación, y desde luego el terror por la criminalidad extendida entre las fuerzas y cuerpos policiales y las milicias paramilitares del chavismo.
Una transición se antoja, por tanto, dificilísima, y sólo hay que ver la cara de angustia de Marco Rubio estos días para comprenderlo. El tiempo nos dirá, pero ya he comentado en varias ocasiones que el socialismo es como los vampiros, resisten a las condiciones y las personas que lo alumbran y desarrollan.
Convertir hoy en una democracia estable el país caribeño es una empresa titánica y ni siquiera Trump parece estar en condiciones de gestionar la maldición que un día les cayó a los venezolanos y de la que, ojo, no se equivoque nadie, ellos son también responsables, es más, son los principales responsables. De eso que llamamos Comunidad internacional, qué decir. Aquí, en este colosal desastre humano no se salva (casi) nadie.
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