El refranero español lleva fama de pícaro, pero en ocasiones es de una candorosa ingenuidad como cuando dice aquello de que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. Tal vez sea porque la política escapa a esta clase de juicios optimistas, pero la verdad es que la palabra de Sánchez no se deja atrapar por ningún afán comprobatorio. Cualquier evidencia es inútil para desmentir sus afirmaciones y cuando algún iluso pretende pillarle en contradicciones palmarias siempre tiene a punto una salida, digamos, airosa, no es que antes hubiese mentido, es que ha cambiado de opinión.

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La consecuencia de todo ello es que Sánchez está cada día más suelto y pudiera parecer que no habrá obstáculo capaz de derribar el muro cada vez más alto que va construyendo con sus palabras. No lo hace sin astucia, por cierto. Sus palabras son cada vez más radicales, fundamentalistas, no dejan resquicio alguno a la independencia de criterio, o se acogen como las hondas revelaciones que pretenden ser, o no merece la pena entrar a discutirlas, un procedimiento discursivo extremoso cuya elección demuestra que Sánchez cree haber descubierto que el método le funciona.  Miente y le va bien, miente con descaro y triunfa, de forma que sería poco sensato esperar que cambie alguna vez de estrategia.

Los que creemos que cuando la realidad es traicionada siempre acaba por tomarse su venganza propendemos a pensar que Sánchez con toda su soltura está muy cerca ya de haber llegado al punto en el que las cañas se le empezarán a volver lanzas

Sánchez describe una España siempre a punto de caer en las garras del fascismo más siniestro, con perdón, y se presenta como la voz del héroe que arracima a las fuerzas del progreso, asustadas por lo que les dice que se les viene encima, de manera tal que a toda prisa es posible formar un ejército desmañado pero que acaba saliendo victorioso. En ese momento Sánchez se apresura a cambiar de registro, ya no hay amenaza porque él está de nuevo al timón, sólo esperanzas indefinidas de mejora.

Sánchez invierte en cierto modo el argumento que da Humpty Dumpty frente a una Alicia dispuesta a defender la libertad de pensar, la inteligencia. Para el personaje de Lewis Carroll la forma de saber si una palabra puede significar lo que quien la usa quiere que signifique consiste en saber si el que habla tiene poder suficiente para hacer que el significado de las palabras le pertenezca.  Pues bien, Sánchez parece decir a sus electores lo siguiente: “si queréis que siga mandando en vuestro beneficio, sin que nadie (salvo los malos) se quede atrás, olvidad por completo cualquier intento de comprobar si lo que digo es verdadero, ese es un ejercicio engañoso que debéis reservar a los fascistas”.

Las leyes de la lógica han sido declaradas subversivas en innumerables ocasiones porque, como cualquier otra ley, pretenden limitar el poder del que habla, algo que no se pueden permitir los que se conciben como poderes celestiales que están luchando contra causas infernales. Martin Amis cuenta en Koba el temible que un colaborador directo de Lenin le quiso recordar que habían estado contra la pena de muerte mientras se enfrentaban al zarismo, pero que ahora que mandaban ellos las ejecuciones no se habían detenido, a lo que el líder soviético le contesto “bah, eso son paparruchas”.

Los que creemos que cuando la realidad es traicionada siempre acaba por tomarse su venganza propendemos a pensar que Sánchez con toda su soltura está muy cerca ya de haber llegado al punto en el que las cañas se le empezarán a volver lanzas. A mi modo de ver, el punto crítico lo representa sin duda el montaje político que gira en torno a la operación amnistía. Ahora todavía no se ve más que una parte, importante, del coste inmenso que esa operación va a representar para todos, pero de manera muy principal para el porvenir político de Sánchez. Lo que ahora vemos es una inmensa cadena de reacciones adversas que tal vez no inquieten mucho al renovado inquilino de la Moncloa, pero que no auguran nada agradable.

Lo más importante serán dos efectos que ahora no se ven con toda claridad pero que resultarán fatales para Sánchez. En primer lugar, es absurdo negar que la verdadera intención de toda la maniobra ha estado centrada en lograr lo que ya ha conseguido, ser investido presidente. Mentir sobre este punto es poner la mano en el fuego hasta abrasarse porque es algo que la opinión pública, siempre con tendencia a maliciarse lo peor, ha podido comprobar con toda claridad, de forma que el intento de encubrir con joyas de generosidad y de mejora de la convivencia una medida tan absurda como impropia está condenado al fracaso, y ese precio todavía no se ha pagado.

La segunda consideración tiene que ver con los frutos de la medida, si es que llega a entrar en vigor, cosa que no creo que ahora mismo sepa ni el propio Sánchez, pero da igual porque en su anhelo por encubrir sus vergüenzas se ha puesto el énfasis en el carácter salvador de la medida y eso es algo cuya falsedad va a poder ser comprobado por cualquiera y sin ningún género de dudas. Puede que la amnistía no resucite al moribundo proceso catalán, pero desde luego no va a convertir a Puigdemont en un político empeñado en subrayar la grandeza de España y su indestructible unidad.

Se dirá que el plan de Sánchez consistirá en una huida hacia adelante, nuevas mentiras que olviden las anteriores, y es seguro que intentará algo como eso. De hecho, acaba de atribuir al PP la intención de recurrir a la amnistía advirtiendo que si Feijóo no lo ha hecho antes que él se ha debido al obstáculo que habría representado Vox. Los mentirosos tienen la imaginación muy viva, porque mentir es siempre una invención; lo admirable del caso es que Sánchez es un superdotado capaz de meter una mentira dentro de otra, como sin duda lo ha sido sostener a un tiempo que la amnistía es un ejercicio de generosidad y que el PP la habría promovido de no tener miedo.

La palabra de Sánchez tiene ya una cotización muy definida, cosa que también saben sus coaligados de toda laya, lo que ocurre es que el mercado todavía no se ha cerrado y que las hipotecas tienen una fecha de vencimiento aún por establecer, pero sospechar que alguien pueda salir con vida de un embrollo de magnitud similar al que ha organizado Sánchez con esta historia de la amnistía es bastante peor que creer en las meigas, aunque haberlas haylas.

Hay que descartar que Sánchez se haya olvidado de buscar salida para el laberinto, pero no está claro que la tenga, si bien siempre será cierto que el fracaso de Sánchez sólo se hará real con el triunfo de algo distinto, pero esta es otra cuestión, sin duda.

Foto: Fernando Calvo. Congreso de los diputados.

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A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web