Antes, los análisis en prensa de la trayectoria de un importante político que se retiraba consistían en desvelar cuáles fueron sus convicciones y si, durante el tiempo que ocupó el poder, fue coherente o no.

Por el contrario, la marcha de Soraya Saínz de Santamaría, exvicepresidenta del Gobierno de España y durante años la mujer más poderosa de este país, fue acompañada de numerosos elogios en la prensa, en los que, sin embargo, nadie se aventuraba a desvelar cuáles fueron sus convicciones; menos aún si su trayectoria había sido acorde con estas o no.

A pesar de este misterioso vacío informativo no cabe duda de que a Soraya le movía una indisimulada voluntad de poder. Pero si esta ambiciosa política carecía de convicciones claras, de unas coordenadas ideológicas consistentes y reconocibles, ¿a qué obedecía su voluntad de poder?

El poder ¿para qué?

La respuesta a esta pregunta puede parecer fácil. Muchos responderán que el fin último de la voluntad de poder de Soraya era ella misma o, dicho de otra forma, el poder por el poder. Y podría valer como respuesta… si sólo se refiriera al personaje en cuestión. Ocurre, sin embargo, que este vacío, esta ausencia de una finalidad que vaya más allá de propio Yo se reproduce en demasiados políticos y gobernantes actuales de Europa y de América. De hecho, la pregunta “¿para qué quieren el poder los políticos?” resuena en todas partes.

Esta falta de una finalidad que vaya más allá de propio Yo se reproduce en demasiados políticos y gobernantes actuales de Europa y de América

En la actualidad, quienes aspiran a gobernar gastan ingentes cantidades de dinero en campañas electorales donde abundan compromisos grandilocuentes, promesas de resolver problemas complejos que, hasta el momento, se han mostrado intratables y juramentos solemnes de que, con ellos en el gobierno, se producirá una gran y beneficiosa transformación. La corrupción desaparecerá, se crearán millones de puestos de trabajo y el desempleo será testimonial, los cárteles de la droga serán desmantelados, la pobreza y las desigualdades serán historia.

Pero, una vez alcanzan el poder, los políticos rápidamente pierden su entusiasmo transformador. Se dedican a lanzar globos sonda y a maniobrar a golpe de encuesta. Las promesas electorales que suponen el más mínimo coste político son olvidadas y las buenas intenciones dan paso a una desesperante complacencia con el statu quo.

Al final, más allá de la efectista política de los gestos, sólo hay parálisis. Nada cambia o si cambia es para peor. Los problemas que prometieron resolver se agravan y se generan otros nuevos. Es entonces cuando surge la gran pregunta: ¿a qué obedece su voluntad de poder?

La voluntad inconsciente

Mucho se ha reflexionado sobre en qué consiste realmente la “voluntad de poder” en los tiempos modernos. La versión adulterada que se atribuye a Friedrich Nietzsche incide en la autorrealización del sujeto mediante la afirmación de los propios deseos. La voluntad de poder ya no consistiría sólo en afirmar la vida, como sostenía Arthur Schopenhauer, sino en una vida plena, creada por el propio individuo, convertido en dueño de sí mismo. Así, tendría voluntad de poder quien lograra que sus cualidades se desarrollaran al máximo, liberándolas de las antiguas convenciones sociales.

Esta falaz interpretación de la voluntad de poder de Nietzsche genera la engañosa idea de que el hombre moderno, una vez liberado de las antiguas convenciones sociales y de la rígida moral pública, se transformaría en un ser superior.

Una vez liberados de las convenciones sociales, no nos convertimos en los dueños de nuestro destino, sino que nuestros deseos y necesidades inconscientes nos dominan

Nada más lejos de la realidad. La voluntad de poder a la que se refiere el filósofo alemán surge de los deseos y necesidades inconscientes, de las pulsiones internas de nuestro yo. Es por lo tanto una voluntad irracional e inconsciente. No es el producto de nuestra voluntad consciente. Una vez liberados de las convenciones sociales, no nos convertimos en los dueños de nuestro destino, sino que nuestros deseos y necesidades inconscientes nos dominan.

Así pues, Nietzsche no veía a un individuo de capacidades potenciadas y más dotado que los demás, sino más bien una nueva forma del Yo constituido por infinidad de pulsiones libres de la voluntad consciente y del antiguo concepto de individualidad.

El gobernante que se sentía necesario

Sentirse necesario es una de las pulsiones más primordiales del ser humano. Y hasta hace no mucho, era en los jóvenes que acudían voluntariamente a la guerra donde esta pulsión se manifestaba con más nitidez.

Como explica Sabastina Junger, en el combate, los hombres se sienten no los más vivos, pero sí los más utilizados. Los más necesarios. Con un sentido pleno de finalidad. Esto suponía una atracción irresistible para los jóvenes. Si hubieran podido satisfacer esa pulsión en su hogar, no habrían querido ir a la guerra, pero su ansia de reconocimiento no encontraba lugar en un entorno que imponía un largo proceso de maduración para ser tenido en cuenta.

Aunque el “deseo de ser necesario” se manifestara en lo jóvenes con mayor claridad, no significaba que con la madurez desapareciera, simplemente se atemperaba. Hoy, que la juventud se ha convertido en un valor supremo en detrimento de la incómoda madurez, la búsqueda de reconocimiento, ese “deseo de ser necesario” se ha convertido en la pulsión que más influye en nuestras decisiones a lo largo de toda la vida. Es, en definitiva, el principal motor de nuestra voluntad de poder.

El gobernante en la burbuja

En realidad, los políticos actúan movidos por las mismas pulsiones que el resto de las personas. La diferencia radica en que su entorno las exacerba. La explicación es simple, en el ecosistema en el que se desenvuelve el gobernante tienden a acumularse infinidad de intereses y aspiraciones particulares que dependen de su supervivencia. En consecuencia, el entrono que rodea al gobernante tenderá a la adulación, a reflejar sobre él una imagen distorsionada de sí mismo.

Esta dinámica, donde prevalece la ilusión de ser necesario frente a la incapacidad para gobernar, es lo que termina convirtiendo el poder en un fin en sí mismo

Así, a pesar de sus promesas incumplidas, sus constantes rectificaciones, sus errores, incluso su incompetencia manifiesta y falta de convicciones, los intereses creados avivarán la voluntad de poder del gobernante persuadiéndole de que, de todos, él es el más necesario. Incluso, cuanto más demuestren los hechos que debe renunciar, o mayor sea la amenaza de que lo haga, más insistirá su entorno de que es irremplazable.

Esta dinámica, donde prevalece la ilusión de ser necesario frente a la incapacidad para gobernar, es lo que termina convirtiendo el poder en un fin en sí mismo. Evidentemente, la lucha entre los intereses particulares y el interés general no es un fenómeno nuevo, por supuesto. Es bastante viejo. Sin embargo, a lo largo del tiempo se han ido produciendo una serie de cambios que han contribuido a que esta dinámica desborde el control democrático.

Partidización y clientelismo

La opinión de que el político atiende a toda clase de intereses menos al interés general está cada vez más extendida. No se trata de un fenómeno que afecta sólo a España, también se reproduce en Francia, Italia, México, Argentina, Chile, Colombia… Y aunque es cierto que cada país tiene su propia problemática, hay una característica común: en todos estos países o bien hay una carencia de controles y contrapesos que degrada la calidad institucional o bien los intereses creados han ido deteriorando la democracia.

los partidos no podrían sostenerse por sí solos cuando tienden a representar sus propios intereses, para hacerlo necesitan poderosos aliados, como los medios de información, agentes financieros y las coaliciones de minorías que agitan a la opinión pública en su beneficio

Si los controles y contrapesos no funcionan adecuadamente, es cuestión de tiempo que el ciudadano pierda capacidad de representación. La democracia tenderá a degenerar en lo que algunos definen como “partidocracia”. Esto significa que los partidos, originariamente organizaciones donde las preferencias ciudadanas debían estar representadas y canalizadas, dejarán de cumplir su función: no representarán los intereses de los electores sino los suyos propios.

Evidentemente, los partidos no podrían sostenerse por sí solos si tienden a representar sus propios intereses, para hacerlo necesitan tener de su parte a poderosos aliados, como los medios de información, agentes financieros y coaliciones de minorías que agiten a la opinión pública en su beneficio. La “partidización” de la democracia degenera así en la compra de voluntades y el intercambio de favores, es decir, en el clientelismo político.

Cuando este clientelismo alcanza extensión suficiente como para convertirse en la principal palanca de poder, gobernar deja de consistir en tomar decisiones óptimas y se convierte en el tan complaciente como desesperante mantenimiento del statu quo. Los sucesivos cambios de gobierno devienen en lampedusianos: todo cambia… para que todo siga igual.

El sutil freno de las convenciones morales

Hasta hace no mucho, además de los consabidos controles y contrapesos democráticos, existían también otros sutiles mecanismos que limitaban los excesos de los gobernantes y de sus entornos. Estos frenos eran precisamente los que la voluntad de poder de Nietzsche habría eliminado: las convenciones sociales y la moral pública.

A pesar de que los políticos de antes eran tan ambiciosos como lo son los de hoy, solían asumir un cierto equilibrio entre sus aspiraciones y el respeto a la sociedad a la que prometían servir

A pesar de que los políticos de antes eran tan ambiciosos como lo son los de hoy, solían asumir que era necesario un cierto equilibrio entre sus aspiraciones y el respeto a la sociedad a la que prometían servir. Querían sentirse necesarios y satisfacer su voluntad, pero aceptaban que a cambio debían cumplir en alguna medida las expectativas de los ciudadanos. Era lo justo, lo moralmente correcto. Esta convención moral no sólo estaba presente en el gobernante, también en los asesores y personas de su entorno. Y aunque lo que inicialmente partía de una convención moral se traducía finalmente en una mera transacción, no dejaba de ser una transacción conveniente, al fin y al cabo.

Con la voluntad de poder de Nietzsche, estos sutiles mecanismos que moderaban las pulsiones, no ya de los políticos sino de las personas en general, tendieron a desaparecer. Y las sociedades empezaron a deslizarse por la resbaladiza pendiente de la autosatisfacción y el egocentrismo. Después de todo, sería muy difícil que los gobernantes actuaran como lo hacen si, de alguna manera, numerosos ciudadanos no se hubieran degradado también.

De hecho, el propio Nietzsche reconoció que el “Superhombre” que iba a emerger en las sociedades modernas no sería mejor que el modelo que iba a remplazar. Admitía que su aparición significaría el advenimiento del nihilismo, el fin de los valores y de los sistemas de valores. Aun así, en su opinión supondría una liberación que debía ser celebrada. Lamentablemente, el tiempo ha demostrado que se equivocaba: no era una liberación sino una peligrosa enfermedad.

Foto: Andrew Worley


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10 COMENTARIOS

  1. Buena reflexión, Javier. La pregunta que plantea puede abordarse desde distintas ópticas que pueden diverger en las formas de análisis pero no en el fondo del asunto. Como bien dice, la voluntad de poder que satisface esa ambición o pulsión primaria es un fenómeno tan frecuente y generalizado en los políticos, que no queda más remedio que bucear un poco por la psique para encontrar un denominador común a todos ellos.

    El mismo trasfondo y patrón que recrean algunas de series o novelas de ficción como El Señor de los Anillos o incluso Juego de Tronos, a través de la acción de distintos personajes, puede extrapolarse a nuestro mundo político, social y mediático más “civilizado”, aunque de una manera más pueril, frívola y grotesca.
    La ambición de poder es como un agujero roto que nunca consigue llenarse y transforma a quien porta ese “anillo” en un yonki del poder, insatisfecho, que cada vez necesita más y mayores dosis para satisfacer su ego. Esa dependencia cada vez mayor, además de priorizar lo instintivo e irracional, es la que exalta las bajas pasiones y la que refleja cierto grado de psicopatía en el proceder político y mediático. Tanto a nivel individual (privado) como colectivo (público) ese mecanismo perverso consigue desbordar al ego y apoderarse sin remedio del sujeto o sujetos que representan y controlan lo público, eliminado cualquier rastro de empatía con las necesidades reales de los ciudadanos.

    A nivel interno (personal e institucional), es precisamente ese mecanismo perverso el que se reafirma y se retroalimenta con la acción cada vez más temeraria y arriesgada, constituyendo un verdadero peligro público, no solo para los demás, también para uno mismo y para las propias instituciones, propiciando su propia destrucción, tal como hemos podido presenciar en numerosos personajes públicos que, a pesar de alcanzar, disfrutar y mantener una posición privilegiada con respecto al conjunto de los ciudadanos, viendo ampliamente satisfechas sus necesidades de diversa índole, incluso más de lo razonable, no tienen suficiente y necesitan seguir alimentando su insaciable ego con apuestas arriesgadas e incluso ilícitas, en las que pueden perder de un plumazo su reputación y su estatus.

    Por supuesto que cuando esto ocurre, el raciocinio se instala de golpe y uno no comprende bien por qué se ha dejado llevar por esa avaricia que trae consigo la ambición de poder, hasta el punto de perderlo todo. Al menos, todo lo que a uno le importaba hasta ese momento. Pero ya es tarde y toca pagar. O no, porque si consigue ganar la apuesta y no perderla, la ambición de poder, ese virus letal que invade los organismos y se inocula lentamente en el cerebro seguirá expandiéndose y ganando terreno con la metástasis antes de culminar la destrucción de lo propio y de lo ajeno. Si tuviéramos que señalar un componente común, estable, constante y perdurable en el ADN de todas las civilizaciones conocidas, este sería la ambición o voluntad de poder.

  2. Pregunta gravísima con una respuesta desoladora; Políticamente para nada. Fuera de la política para todo; ambición, buscarse la vida, vivir bien, ….. es decir todo lo normal extrapolítico que acompaña a las ambiciones políticas, pero sin una gota de política. Puro oportunismo. ¿Qué se puede esperar de unas “élites” políticas de tan bajo nivel? No hay más que ver lo que escriben o copian en todas esas tesis y trabajos de postgrado. ¿Qué tienen en la cabeza esas personas?

    El proceso de degradación, falta de madurez y sentido común, experiencia, sentido de la realidad y Cultura, es espantoso entre las “élites” políticas que aspiran a hacerse, o tienen, el Gobierno de España. Y esta degradación de las élites aspirantes al poder político, tiene mucho que ver con el corralito político que han montado, llamado Estado de Partidos, a través del cual monopolizan el acceso a la política desde unas camarillas de partidos enfeudadas dentro del Estado y sus estructuras administrativas. La competencia por el poder se juega exclusivamente entre los ocupantes de ese ese espacio, el ámbito de las burocracias públicas de todo pelaje, sostenidas por los presupuestos del Estado.

    ¿Es posible que con estas “élites” tan discapacitadas se pueda continuar?

  3. La evolución de Benegas no me resulta sorprendente, pues nos encontramos en una fase involutiva en todos los ámbitos de lo público.

    Dado que el Régimen ya no puede evolucionar en ningún sentido (es como el Rey fundador, si mueve una cadera, se le sale el tornillo de la otra…), no le queda más remedio que perseverar en retrocesos a estadios aún más inestables, gaseosos y entrópicos, sumando al desgobierno la ingobernabilidad, horizonte que con toda seguridad se va a prolongar indefinidamente otros veinte o treinta años, pues los hijos de Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias también han de ser colocados y, demostrada con creces la valía de sus padres, está claro que por sí solos no van a poder colocarse debidamente sin las paternales influencias convenientes.

    Esta misma evolución se dejar leer en todas las manifestaciones del espacio público, la prensa, el mundo del saber, la industria del entretenimiento… Todo Régimen, antes de la implosión final, recae en una prolongada fase regresiva, a través de la cual el espejo de lo que es refleja todo lo que fue en su discurrir. Y lo peor no ha comenzado, porque cuando tarde o temprano se entre en la verdadera fase “reformista”, las vergüenzas del Régimen, que ya están a la vista de todos, van a alcanzar un grado de obscenidad todavía más ostentoso. Piensen, por ejemplo, que los profesores de Derecho Constitucional que van a “asesorar” a nuestros jefes de partido son la misma ralea que los que dan “cum laude” a tesis como las de nuestro Presidente actual en ejercicio o firman “masters” inexistentes a alumnos evasivos.

    En el caso de Benegas se percibe esta involución desde el institucionalismo crítico de su enfoque inicial al colmo del psicologismo de este artículo. Siempre que uno habla de la “naturaleza humana” es que quiere esconderse detrás de ella y escamotear el asunto. Siempre que uno afirma “Los hombres son así o asá” y, como “Los políticos son hombres”, pues “Los políticos serán también así o asá” está intentando apagar el incendio de Roma orinando sobre las llamas. Y con este silogismo, uno subsume la realidad concreta y singular de un momento histórico único en la pura banalidad de la generalidad abstracta y vacía de lo humano.

    Dejando a un lado la interpretación del concepto nietzscheano de la “voluntad de poder”, también “psicologizado” en el peor sentido posible, y que aquí no viene al caso comentar, declarar que la cosa política española, esta escombrera donde los cascotes se van acumulando a una velocidad asombrosa, se caracteriza por rasgos como la ausencia de finalidad del poder, o la ambición personal vacía de ideas y actos, la falta de rigor y valores morales de los sujetos políticos, en fin, este tipo de descripciones está bien para satisfacerse de un modo conformista en una tópica reiteración de prejuicios con regusto no ya conservador sino arcaizante.

    Como si el Régimen español tuviera un problema con la psicología de sus “políticos” o las relaciones de poder tuvieran algo que ver con los contenidos de conciencia de los políticos. Ese tipo de consideraciones está bien para los titulares de prensa, en los que el nombre del político y el nombre del partido, resaltados en la negrita mayor, son anzuelos para que el lector faccioso votante de listas sepa navegar con esa brújula precaria que señala correctamente a su juicio el norte y el sur, pues los votantes y lectores de prensa son como las bandadas de aves migratorias, tienen un innato sentido de la orientación, en su caso “política”, y por eso se mueven en el abigarrado colectivo caótico de las “corrientes de opinión” inventadas por los sondeos y las encuestas.

    En la política, como en todo, se es lo que ya se ha sido. El Régimen español “ha madurado” y personajes como los cuatro jefes de partido actuales, Pedro Sánchez como la más perfecta síntesis concreta de los rasgos comunes al resto, son todo lo que el sistema institucional español puede dar de sí, no la sociedad española, sino toda esa “superestructura jurídico-política” de un Estado carente de arraigo, sentido y verdad, pues ningún principio la habita, ninguna libertad la define, ninguna virtud la acompaña.

    Son las instituciones las que hacen a las personas, son las reglas de juego las que permiten que individuos groseros, incultos, vulgares ejemplares de la más vulgar catadura ocupen las posiciones relevantes, allí donde se hace necesario, para el mantenimiento indiscutible y burriciego de la forma de gobierno oligárquica, que precisamente este tipo humano obtenga los dudosísimos honores de regir los destinos de sociedades en las que la política y lo político en realidad ya no existen ni pueden siquiera concebirse.

    La seguridad “burguesa” (también la “social”, que es una de sus variantes consolatorias para futuros rentistas sin patrimonio) y la política son cosas que se excluyen mutuamente. La “clase discutidora” nunca ha hecho política ni podría haberla hecho. Sus mayordomos actuales, todavía menos.

    La pregunta, supongo que retórica, del título del artículo se responde con la observación empírica. “Los políticos” españoles actuales “quieren el poder” porque “el poder” (lo que quiera que esto sea) es lo único que habilita a determinadas categorías subalternas del lumpen proletariado funcionarial de los partidos, oasis y jardín donde pace la flor y nata de la sociedad civil española, para la promoción y el ascenso, abriéndose así la carrera o “cursus honorum” que lleva en loor de gloria a: 1º jugosísimas pensiones vitalicias, 2º derecho inviolable a comisiones clandestinas, 3º dignos empleos en consejos de administración no mal remunerados y 4º incluso permite sufragar los gastos de vivienda, electricidad, agua y colegio privado de los niños, por supuesto, siempre en barrios donde uno no se cruza con atezados rostros magrebíes o aún más oscurecidos rostros de “subsaharianos”…

    La única “verdad” del artículo es colocar a España en la lista de “democracias avanzadas pero de mala calidad institucional” en las que justamente se encuentra por el esfuerzo nada desdeñable de varias generaciones de pastueños nativos, irredentos y mártires.

    Si al menos pudiéramos compararnos con Portugal, donde casi el 50% de la población se pasa por el forro el coñazo de las votaciones… Y luego dicen que no hay clases.

  4. Buen artículo Javier se te echaba de menos.
    El faraonismo de la política española está explicado y bien comprobado con Zapatero y Rajoy, y vamos camino de tener el tercer faraón con Pedro Sánchez.
    La Guardia Pretoriana condiciona las decisiones del jefe y le presta ayuda. Pero esto ocurre porque el faraón quiere y le falta calidad. No creo que Bismark o Churchill se vieran condicionados por sus subordinados. A los dos les sobraba calidad política.
    Saludos disidentes.

  5. Virtud, virtus, solía estar dentro de las cualidades masculinas mostrándose en lealtad y respeto.
    Lealtad a “algo”, respeto a uno mismo y ese “algo”.
    La lealtad es entre pares, partes iguales de una comunidad en lo que es equiparable.
    Respeto, la materialización en el comportamiento de la lealtad.

    La virtud, consecuencia de la ética (personalidad), lucha interna, el forjado de uno mismo, deviene en formas complejas de comportamiento.
    Esa variedad que el análisis del yo por el yo ha creado ha construido la estructura de una cultura, quizá mitológica, de lo deseable.
    Virtud se ha equiparado a verdad, frugalidad, privación, desprendimiento, naturalidad, esfuerzo, autarquía, libertad, prudencia, fortaleza, justicia, templanza,…, cada cual según su filosofía de vida. O en sentido más gregario moral.

    Se podría definir virtud como la fuerza fisico-psíquica del varón contra la naturaleza, incluida la suya propia.
    He justamente señalado varón, porque si bien la técnica permite a las mujer ser tan letal y peligrosa como el varón, aún mayoritariamente el Poder (del Estado) se sustenta en la fuerza masculina.
    El Estado Liberal, como todo Estado se sustenta en la fuerza y en consecuencia en la potencia de su violencia.

    El Estado es una forma de dominación, de a-sentamiento sobre el territorio, por lo cual en esencia es una forma difusa de propiedad. El Estado Moderno y en concreto el Liberal, es una forma de dominio jurisdiccional similar al Antiguo Régimen pero en “liberal” se refiere a “burgués”.
    Liberal-burgués es el aparato del Estado (funcionarios) y los sectores parte del dominio.

    La propiedad es la piedra angular del nuevo sistema liberal, pero dado el dominio ha pasado de estar fragmetnado en el Antiguo Régimen a ser centralizado en una dupla desigual, individuo-Estado. Se obtiene una curiosa relación en la cual la propiedad y sus derivadas (como lo monetario) se desgajan de la relación con el Poder. Esta forma de propiedad tiene lo mejor y lo peor tanto del individuo como del Estado.

    Que el régimen liberal defiende la propiedad es una de las grandes falacias que nos han colado.
    Contra la idea de Madison, es justamente la democracia (asamblea) y no el liberalismo (constitucionalismo-oligárquico-funcionarial) quien defiende la propiedad.

    Pongamos un ejemplo simple de como funciona el régimen liberal.
    Usted desea comprar unos terrenos en un lugar de minifundio. Algunos con un valor de mercado desde 50€ a 200€. Supongamos que son 5 terrenos con un valor total de unos 600€.
    En primer lugar deben coincidir con la tasación del Estado Liberal. Que puede no ser la de mercado. Estado Liberal dice que valen 1000€, …, por lo cual ofrece 1000€ al “propietario”. Paga usted al “propietario”, este liquida con Hacienda lo que tenga que liquidar, y usted se (acompañado del propietario cuando corresponda) dispone a tomar posesión, a-sentarse en los terrenos.
    Para ello debe soltar con “suerte” 200€ al notario (funcionario del Estado), y 1000€ (200€ x 5) en el registro (también del Estado). ¿De quién es realmente el terreno? –Es una filfa–.
    Este robo se repite sistemáticamente en cada transacción,…, en todos los sectores de la economía.
    E incluso de forma reiterada sobre el mismo bien.

    ¿Cuales son las virtudes, la fuerza, del Estado Moderno? Y por extensión del liberal.
    La fuerza del Estado Moderno es que convierte “los vicios privados en virtudes públicas” con un arancel. El “Capitalis-mo” mercantil,…, cuyo exponente máximo es hoy día la Corporación. La cual media la mayoría de las relaciones en el ámbito social; el gran mediador, “el agente”.

    Corporación deriva de persona (antifaz) pero ahora parece ha pasado a ser máscara (masẖarah).
    Una Gran Alianza de la Máscara (Estado (funcionarios, políticos,..), Corporaciones,…) , formada por todo tipo de “personas” jurídicas nos explican constantemente aquella frase que aparece en el Lobo de Wall Street (película):
    “-Es todo una “filfla”. ¿Sabes lo que es una “filfla”?…Una farsa un artificio. Pura fantasía, no existe, no se posa, no es material, no sale en la tabla periódica, es jodidamente irreal,…No creamos nada, no construimos nada, si tienes un “cliens” …. se te ocurre otra brillante idea, una idea especial, …, pero tu y yo los “representantes” no embolsamos dinero contante y sonante…”

    O sea, muerto el nunca existente “ “ascetismo” intramundano”, las motivaciones no parecen muy sofisticadas,… Lo cómico, como algunos se embarran entre lamentos de las propias consecuencias de su adorado régimen de gobierno representativo. Como el animal que con la boca persigue su propio rabo,…