Les escribo desde el frente, a pie de trinchera; silban las balas sobre nuestras cabezas, hay explosiones, cuerpos despanzurrados, deshonor, coraje. No, no les escribo desde Minneapolis, ni se divisan antifas ni fuerzas del orden, sino desde un aula, el lugar donde se libra la batalla por la sociedad del mañana. Como docente, entre otras materias, de una asignatura llamada «espíritu crítico», que se imparte a chicos de unos diecinueve años, puedo informarles de primera mano cómo está este asunto entre los adultos españoles más jóvenes. Dar clase a universitarios ofrece esta satisfacción, entre muchas otras, la de poder tomar el pulso de la generación que viene; en este caso, en un ámbito absolutamente decisivo para la calidad democrática y profesional de nuestras sociedades: la capacidad de pensar críticamente.

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Como habrán supuesto, les traigo buenas y malas noticias. Empezaré por las malas, como es preceptivo. Sin paños calientes y robándole el chascarrillo a un rumboso y mediático futbolista: «Estos no habían visto el espíritu crítico en su vida, Hulio». Al comenzar el curso, ni siquiera les sonaba. No ya el nombre, que por supuesto es lo de menos; ninguno de sus componentes constitutivos. La primera vez que oyeron hablar de «argumentación» fue en mis clases. Fui el primero en contarles que una opinión es lo más bajo y barato que se da en el terreno de la conversación, frente a su admirable pariente lejano, el argumento. Antes de entrar en mi aula no tenían noticia de que existiesen reglas conversacionales, ni sabían que un diálogo valioso es siempre una búsqueda cooperativa de la verdad. Nadie les enseñó anteriormente (de un modo que a ellos les calara como para recordarlo) la importancia de dudar, cómo hacer buenas preguntas y a distinguir las creencias de los hechos. Por fin conocen dónde está enterrado el tesoro, la capacidad de reconocer errores y cambiar de parecer a la que con propiedad llamamos humildad intelectual.

No estaban mejor en cuanto a conocimientos básicos sobre el cerebro, ese curioso cacharro bajo sus cuidados peinados que determinará su futuro personal y profesional y nuestro futuro político. No sabían sino de pasada de la existencia de sesgos cognitivos, de la azarosa construcción evolutiva de sus mentes. Descubrieron por primera vez en clase lo que es una falacia, la diferencia entre pensamiento inductivo y deductivo, lo que separa a la lógica de la dialéctica y a estas dos de la retórica. Algunos ya habían votado antes de aprender a debatir y a no precipitarse en sus conclusiones. Me encontré, en definitiva, al comenzar el curso, con un montón de personas —por lo demás estupendas— que rara vez habían experimentado lo que es pararse a pensar.

Para poder desarmar con espíritu crítico la vana alternancia de miseria y promesas vacuas de felicidad, ansiolítico horror ajeno y divertimento que suministran los «medios de persuasión», el ciudadano precisa de un adiestramiento que se le está escamoteando

Hasta aquí las malas noticias; vayamos con las buenas. La materia les chifla. Pasado el estupor inicial —la pesada tarea de arrancar esos herrumbrosos y desacostumbrados cerebros—, pronto le tomaron el gusto al asunto, participando con entusiasmo y entendiendo —qué importante es esto— la extraordinaria relevancia que tiene para sus vidas. Se dieron cuenta (casi todos; hay bajas en todas las guerras) de que habían sido súbditos y no ciudadanos, y de que aún lo serían de no ser por esta práctica y este conocimiento. Y no tienen la victimista sensación de haber sido antes engañados y ahora liberados contra sus deseos, sino la opuesta: comienzan a sentir la euforia de asir con sus manos el timón de sus vidas, el júbilo del marinero que asperjado por el viento descubre que tiene salitre en las venas y necesita hacerse a la mar.

Quienes aprenden a ejercer el espíritu crítico reciben un chute de eso que Albert Bandura llamó autoeficacia, esto es, aumentan la percepción de su capacidad para ser la causa de lo que les pase a sus propias vidas. Saben a estas alturas que además de derechos, tienen deberes, entre ellos el deber de ser lo más inteligentes que puedan y ayudar con sus argumentos a que los demás también lo sean. Y están avisados de que, si no se defienden y hacen su parte, Ambroise Bierce seguirá teniendo razón en su definición de la política: un conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios.

Hay algo en lo que definitivamente no se instruye a nuestros escolares y a nuestros universitarios: el amor a la verdad. Aún recuerdo el primer día de clase, cuando les pregunté qué creían que era. Quedaron sumidos en un perplejo mutismo. Algunos se atrevieron a decir algo, disparando bien lejos de la diana. A una cuestión como esta, nuclear en todos los sentidos y a todos los niveles, ¿cómo puede escapar un preadulto de nuestras sociedades supuestamente libres? Posteriormente me confesarían, casi uno por uno, que era la primera vez en sus vidas que les preguntaban y se preguntaban en qué consiste la verdad.

Comentaba el otro día Miguel Ángel Quintana Paz que la filosofía había que enseñarla precisamente porque no sirve para nada, y que la idea de que en la educación solo ha de tener cabida lo que sirva es por definición una ideología de esclavos. Creo que está en lo cierto, pero también que estamos tan mal que corresponde hacer dos salvedades. La primera ha sido expuesta: siendo el espíritu crítico la médula del filosofar, renunciar a él es correr el riesgo inminente de, qué se yo, terminar lamiendo las botas de un ciudadano negro porque resulta que uno es un ciudadano blanco. Lo segundo es que carecer de espíritu crítico te convierte en un profesional precario. Un plan de negocios es un argumento; como argumentos son una campaña publicitaria, el alegato de un abogado, una negociación financiera y hasta una guionizada trama policial.

Ni que decir tiene que imparto clases en una universidad privada (de orientación intensamente comercial, y a mucha honra). La pública dimitió en general hace tiempo de estos asuntos, lo cual me recuerda que tengo algunas preguntas para nuestra clase política, tan dada a fardar de reformas educativas. ¿Cuánta desfachatez hace falta para que a uno se le llene la boca hablando de «la ciudadanía» mientras deja huérfanos a los ciudadanos de las herramientas con las que ejercerla? ¿No se dan cuenta de la pertinencia profesional de saber resolver problemas, única capacidad que ninguna innovación tecnológica echará por tierra? ¿Hasta cuándo mantendrán esta visión miope y errada de la empleabilidad? ¿Cómo es que mientras que ustedes hablan de la «escuela 2.0», la felicidad en los colegios, «motivar» a los alumnos y otras sandeces solo quien tiene dinero puede permitirse ser libre?

Anticipo su tramposa y burocrática respuesta: «El espíritu crítico forma parte de las competencias transversales impartidas en la educación secundaria». Acabáramos. Una cosa les digo; de entre toda la sarta de camelos pseudopedagógicos que están pudriendo nuestras instituciones educativas públicas, puede que el más ignominioso sea el de la transversalidad. «Transversal» es un eufemismo de «no hay tiempo ni ganas de impartirlo y así pues se sobreentiende». No estoy opinando, tengo pruebas: me lleva sus buenas cincuenta horas enseñar a mis alumnos lo esencial sobre la práctica del pensamiento crítico, y a mí mismo me llevó unos cuantos de miles prepararme en la materia. No es algo que aprendas de pasada mientras estudias biología, historia o lengua, por más que estas valiosas materias siembren semillas importantes para ese ejercicio. Te has de ocupar de ello con un esfuerzo específico; y es lamentable que produzcamos arquitectos, biólogos, economistas y fontaneros que andan por ahí en cueros en cuanto al espíritu crítico.

Si aún albergan dudas a este respecto, echen un vistazo al Congreso de los diputados y las disiparán. Una parte de nuestra asignatura está enfocada a analizar falacias, y otra a las apelaciones retóricas más burdas (ad populum, ad misericordiam y demás); huelga decir que esas clases me las dan hechas. Me basta entrar en el perfil de Twitter del señor Rufián o adjuntar unos videos de los señores Iglesias y Abascal —solo por mencionar a los que más se prodigan, y de la manera más gruesa— y voilà. La regeneración democrática era esto: mentir más y con más impunidad, siguiendo la estela de una presidencia del gobierno que ha hecho de la falta de escrúpulos su divisa.

Para poder desarmar con espíritu crítico la vana alternancia de miseria y promesas vacuas de felicidad, ansiolítico horror ajeno y divertimento que suministran los medios de persuasión, el ciudadano precisa de un adiestramiento que se le está escamoteando. Necesita vencer su creciente resistencia a los libros y a la conversación rigurosa, y mitigar su ardiente deseo de actualidad, cambiándolo por una búsqueda genuina de lo verdadero. En sus Cinco memorias sobre la instrucción pública, Condorcet escribe: «No imaginéis que las leyes mejor combinadas pueden hacer a un ignorante igual al hombre hábil y volver libre al que es esclavo de los prejuicios». Desde hace algunos años, nos dedicamos a lo contrario, a producir leyes sin descanso al tiempo que descuidamos bochornosamente nuestra obligación de instruir mentes críticas.

El resultado es el esperable: somos cada día que pasa un poco menos libres. Pero hay esperanza, siempre y cuando no esperemos (valga la paradoja) que sean los políticos estatales y los aprendices de brujo de la neopedagogía quienes nos solucionen la papeleta. La tortilla tendría que voltearse sola; tendrían que regresar a la Carrera de San Jerónimo la vergüenza y el espíritu de servicio, y los neopedagogos encontrar una manera provechosa de ganarse la vida. No hay tiempo para esa improbable carambola. El sector privado ya ha empezado a desperezarse, y nosotros no podemos dejar que nuestros hijos vivan de rodillas. Ocupémonos de que reciban esta formación nuclear para sus vidas, cambiando, si es menester, cincuenta horas de inglés por cincuenta de estas. Y batallemos junto a ellos sin dar tregua contra la tiranía desatencional de los dispositivos móviles, ese otro enemigo feroz del juicio emancipado. No será fácil; el campo está erizado de minas y llueve fuego de metralla. ¿Y qué? Como le escribió Séneca a Lucilio, vencer sin peligro es ganar sin gloria, y nosotros, las personas libres, no vamos a permitir que la democracia se nos muera en los brazos.

Foto: Nadine Shaabana