Parece evidente que don Oscar Puente no es ingeniero de caminos ni de ninguna otra especialidad técnica, sino que, muy probablemente, posea títulos como abogado o economista, como Pedro Sánchez, por ejemplo, pero vista su actuación en estos días yo tendería a considerarlo más bien como metafísico, ya hubo otros ministros socialistas que lo fueron como el profesor Gabilondo, dado que lo veo empeñado en establecer tesis muy espiritadas y un poco extrañas a conciencias menos exquisitas que la suya.
En contra de una larga tradición, el ministro Puente (buen nombre para su cargo) pretende dar por sentado que sobre un mismo hecho puedan existir explicaciones contradictorias y así afirma que el accidente ferroviario de Adamuz ha sido muy extraño para afirmar luego que siendo extraordinario no ha sucedido nada anormal, puesto que todo lo que había que hacer bien, se ha hecho requetebién. Visto de otra manera, da la sensación de que tiende a negar el principio de que no hay efecto sin causa, porque se ha encontrado un carril bastante roto, pero el ministro asegura que no hay que precipitarse porque de lo que sí podemos estar seguros es de que el mantenimiento y la renovación de la vía ha sido completamente correcto y llevado a cabo por la flor y nata de las constructoras españolas, supongo que tratando de poner distancia entre ese paraje cordobés y los Servinabares de otras etapas.
Todo esto es de la responsabilidad directa del señor Puente y da toda la sensación de que, por mucho que cacaree, algo debe estar muy mal para que unos trenes modernos y bien mantenidos se peguen el castañazo que se han pegado
Eppur si muove, habría que decirle, lo habrán hecho de maravilla, pero les ha salido un churro más que considerable. ¿No habrá detrás de tanta sofistería causal del señor ministro un intento desesperado de poner distancia entre la desgracia que hemos padecido y su manera peculiar de dirigir las infraestructuras y el transporte de nuestra España? Abramos algo el angular para ver una situación de conjunto un poco más interesante.
Sería injusto que recayese exclusivamente sobre Puente la grave irresponsabilidad ministerial por la larga tendencia a descuidar el buen mantenimiento ferroviario que empezó en los años en que la crisis del 2008 obligó a cortar gasto público y que apenas se ha recuperado en términos constantes, pese a que haya más líneas, más operadoras y muchas más circulaciones. Tenemos que atrevernos a enfrentar un problema que está lastrando gravemente el bienestar y el progreso de España, gastar el dinero de manera irresponsable, por ejemplo, contratando sin ton ni son empleados públicos innecesarios, o difíciles de justificar, manteniendo subvenciones como si fuésemos un país en el que el dinero sobra, comprando la voluntad de colectivos a base de privilegios insoportables, etc. etc. La consecuencia evidente es que no queda dinero para hacer cosas imprescindibles pero que no dan el mismo brillo que inaugurar un puente, aunque no haya río.
Puente tiene que responder directamente de su gestión, y esto tiene dos dimensiones: la que deriva de su participación en un Gobierno de casi dos docenas de ministros, algo perfectamente innecesario y que ha metido en la función pública, de uno u otro modo, a cerca de 700.000 personas, mientras, por cierto, ha mantenido un Adif infradotado, si se compara con el personal dedicado a infraestructuras en otros países de Europa, lo que obliga a la subcontratación e, indirectamente, facilita la corrupción administrativa y burocratiza hasta el absurdo una empresa que debiera ser sobre todo muy tecnológica y operativa. Tendrá que dejar de hablarnos de los 800 millones que ha gastado en la línea de Sevilla, que tampoco es para tanto y menos si ha sido en varios años, y enseñar al detalle los contratos de quienes hicieron realmente las revisiones del tramo afectado, y los vistos buenos de quienes aceptaron esos trabajos, además de demostrar que los trenes auscultadores pasaron las veces necesarias por esa recta fatídica.
Todo esto es de la responsabilidad directa del señor Puente y da toda la sensación de que, por mucho que cacaree, algo debe estar muy mal para que unos trenes modernos y bien mantenidos se peguen el castañazo que se han pegado. No se trata sin más de fallos técnicos, se trata de vidas humanas que se han perdido porque no se han hecho bien las cosas que era necesario hacer, sea por el balasto, sea por el carril, sea por las soldaduras, sea por los desvíos… pero por algo será, que los descarrilamientos no ocurren cuando las condiciones técnicas permiten la circulación sin riesgo apreciable.
Y que el señor Puente, tan ingenioso y agresivo con sus tuits y demás chorradas no nos salga con eso de que la seguridad casi perfecta no puede existir porque sí que existe, claro que fuera de nuestras fronteras y también ha existido aquí bajo otros mandatos y circunstancias. Tampoco vale que diga eso tan bonito de que no tiene tiempo para pensar en si debe o no dimitir, de ocupado que está, porque si durante los casi 800 días que lleva de ministro de transportes y movilidad sostenible (¡!) se hubiese ocupado con la misma intensidad que ahora dedica a salir del atolladero en que se encuentra a garantizar que todo estuviese bien en su departamento cabe pensar que no hubiésemos padecido un accidente tan aparatoso como el de Adamuz y, desde luego, que habría podido encontrar soluciones para los incesantes fallos de la red.
Claro está que para hacer eso tendría que haberle dicho a Pedro Sánchez que no gastase tanto dinero en fruslerías y que dejase de buscar votos gastando euros al tuntún y empezase a gastarlos en su negociado que falto está, sin duda. La desgracia es que hacer eso exigiría una revisión general de la política de este Gobierno y no quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría para su zona de confort.
Tampoco es que estemos pidiendo nada extraordinario. Lo primero que tendría que hacer un ministro de transportes es asegurarse de que todo lo que de él depende funciona con un grado de seguridad suficientemente alto: ¿ha hecho eso el señor Puente? Yo lo que veo es que cuando se cae un muro de protección de la vía ferroviaria, como acaba de pasar en Gelida, se le ocurre decir que ese muro no es responsabilidad de Adif ni de Renfe, ¡vaya salida brillante! ¿De quién depende un muro que asegura una carretera nacional y una vía ferroviaria? ¿Depende del Vaticano, de los herederos de Franco o de la señora Ayuso? Por Dios que Puente es ingenioso para buscar salidas, pero la virtud de un ministro de movilidad sostenible (échale hilo a la cometa) no depende de su gracejo sino de su rigor administrando el dinero a la hora de hacer obras públicas y, sobre todo, a la hora de mantenerlas y en eso hay que suspender al ingenioso vallisoletano para que se vaya cuanto antes a ejercer funciones más propias de su enorme donaire.
Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a que las disculpas lo tapen todo porque hemos dejado de valorar la responsabilidad personal: si el señor Puente tuviese un mínimo adarme de vergüenza y de sentido del pudor, anunciaría ya mismo su dimisión y dejaría abiertas de par en par las puertas de su negociado para que pudiéramos saber lo que de verdad ha pasado. Por desgracia, no creo que lo haga y eso será un deshonor que le acompañará para siempre.
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