Antes de la pandemia Covid-19, cientos de millones de personas padecían depresión, esos eran los datos difundidos por la Organización Mundial de la Salud en 2019. Y se calculaba que en dos años la pérdida de la autoestima y el sentimiento de culpabilidad, es decir, la depresión moderna, se convertirían en la segunda causa de discapacidad.

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No cabe duda que la pandemia y el consiguiente aislamiento han supuesto unas cuantas vueltas de tuerca adicionales, pero el aumento de la depresión no es un fenómeno nuevo. Al contrario, su escalada se inicia hace varias décadas. Y el boom del bienestar que va desde los años 1960 hasta el presente parece estar relacionado paradójicamente con el misterioso abatimiento mental de las sociedades modernas. ¿Cómo es posible que a mayor calidad de vida corresponda un mayor deterioro del ánimo?

Hay diferentes teorías al respecto, la mayoría muy parciales y, por tanto, no pueden explicar por sí solas este fenómeno. Algo está fallando, sí. Pero tal vez las causas de fondo sean demasiado difusas… ¿o quizá inconvenientes?

Parece evidente que el Desorden Afectivo Estacional (SAD) no puede explicar por sí solo un número tan elevado de suicidios en un país tan próspero como Finlandia, como tampoco puede explicar la decadencia emocional de la sociedad sueca

La deriva hacia la depresión durante buena parte del pasado siglo XX ha sido más acusada en los países nórdicos. Aunque sus instituciones políticas han intentado calificar esta circunstancia como mito, lo cierto es que, antes del ingreso de las repúblicas bálticas en la UE, Finlandia registraba la mayor tasa de suicidios de toda la Unión Europea. Y según distintos estudios, entre el 42% y el 71% de los suicidios estaban relacionados con algún síndrome depresivo, algo que las autoridades y expertos finlandeses han querido asociar exclusivamente al clima del país y al llamado Seasonal Affective Disorder (S.A.D) (Desorden Afectivo Estacional). Pero parece evidente que el SAD no puede explicar por sí solo un número tan elevado de suicidios en un país tan próspero como Finlandia, como tampoco puede explicar la acelerada decadencia emocional de la sociedad sueca.

Modelos a evitar

Lo cierto es que detrás del aparente éxito de la socialdemocracia de los países nórdicos, se esconde un drama. En lo económico, son países que han sabido aplicar reformas muy eficaces, pero al mismo tiempo la “teoría de la individualización” o de la “independencia individual” promovida desde el Estado ha progresado en ellos a un ritmo vertiginoso, generando efectos negativos en sus sociedades.

Como explicábamos aquí, el 50% de los suecos vive solo y el 40% declara “sentirse solo”. La familia constituida por dos progenitores pierde terreno a gran velocidad en favor del modelo monoparental. Las mujeres suecas se han convertido en las mejores clientas de los bancos de esperma. Para fundar su propia familia, hace tiempo que no necesitan relacionarse con un hombre, ni siquiera puntualmente.

Sucede que en los países nórdicos se pensaba que para que las relaciones personales fueran plenamente igualitarias era necesario eliminar de la ecuación cualquier dependencia  entre las personas. Así que se pusieron manos a la obra para que todas las mujeres fueran autosuficientes. Lo hicieron con tanto ahínco que ya en 1981 la independencia de las suecas había superado cualquier expectativa

«Algunas, por ejemplo, tienen una buena relación intelectual con su compañero, pero sexualmente funcionan mejor con otro. Casi un 90% acepta gustosamente relaciones al margen de su compañero estable -marido o amante-, y en muchos casos el asunto es comunicado a éste y aceptado.»

Pero esta independencia más que proporcionar una mayor libertad, lo que hizo fue minar las relaciones espontáneas y voluntarias entre hombres y mujeres. Y convertir la interdependencia entre sujetos en una fuerte dependencia estatal.

Un gran y costoso error

Los expertos suecos se equivocaban al circunscribir el matrimonio a la relación material. Constituir una familia es un acuerdo voluntario y espontáneo entre individuos y, en consecuencia, expresión de su libertad individual… y de una necesidad emocional y natural. En las sociedades desarrolladas casi nadie se casa ya por obligación ni por pactos entre familias; tampoco para asegurarse el sustento. Es por tanto erróneo que la familia sea un sistema de dependencia impuesto, mucho menos una institución opresora, capitalista y patriarcal. Al contrario, es una institución compleja, hoy bastante evolucionada, donde cada cual toma sus propias decisiones, y donde las cuestiones materiales se entremezclan con las afectivas.

Lamentablemente, la complejidad de esta relación de interdependencia no desanimó a los ingenieros sociales. Sucedió justo lo contrario, el descubrimiento de un territorio tan vasto e inexplorado los animó a expandir sus atribuciones: decidieron convertir el bienestar personal en una nueva jurisdicción. De hecho, ya en 1946 la Organización Mundial de la Salud definió “salud” como “un estado de completo de bienestar físico, mental y social y no simplemente la ausencia de enfermedad”. Desde entonces esta definición se ha propagado por occidente con bastante intensidad.

El surgimiento del Estado social… y terapéutico

Hace décadas el Estado dio un salto cualitativo. Más allá de promover políticas redistributivas, adquirió una dimensión terapéutica, de tal suerte que hoy «sentirse bien» ha terminado por considerarse un estado de gracia que la Administración debe promover y asegurar. Como contrapartida, todos los estilos de vida, costumbres o tradiciones que «impidan» al individuo atender las necesidades del Yo son cuestionados desde el Poder. Así se explica por qué cualidades como el sacrificio y el compromiso se han convertido en antipáticos obstáculos hacia la ansiada y prometida estabilidad emocional.

Podríamos decir que hemos superado las predicciones de George Orwell: no tenemos una policía del pensamiento sino una policía de los sentimientos

Paradójicamente, a la vez que el Estado y sus expertos exaltan el Yo emocional, muchas emociones las presentan como negativas porque dificultan la autorrealización del individuo. Thomas Yarnell, psicólogo clínico, por ejemplo, expresa una visión extremadamente negativa del amor: «cuando amas a alguien, estás atado a ese alguien”. «[Y] estar atado a alguien te impide crecer emocionalmente». Es decir, Yarnell exige que los sentimientos “fuertes”, como el amor, estén controlados. Y también sus contrarios: el odio. De hecho, el Delito de odio es en buena medida una penalización del sentimiento. Y podríamos decir que hemos superado las predicciones de George Orwell: no tenemos una policía del pensamiento sino una policía de los sentimientos.

De ciudadanos autónomos a seres dependientes

Con todo, la característica más preocupante de la cultura terapéutica es la instauración de una nueva convicción: el estado emocional de un individuo no es un asunto de carácter privado sino público. Esta convicción surge de la creencia de que nuestro estado emocional determinará lo que suceda en la sociedad. Es este “determinismo emocional” lo que ha alterado drásticamente la manera en que los estados abordan los problemas sociales, promoviendo políticas cada vez más expeditivas y arrogándose el derecho a intervenir en el desarrollo emocional de las personas.

Lamentablemente, es imposible conciliar un bienestar emocional dependiente del Estado con la visión democrática del ciudadano libre que toma sus propias decisiones. La transformación del ciudadano en paciente no sólo altera la relación entre las personas, también convierte a estas en súbditas del Poder. Como señala Vanessa Pupavac, el rediseño de la relación ciudadana y estatal ha erosionado el contrato social del ciudadano como sujeto racional autónomo que es capaz de tomar sus propias decisiones.

Se fomenta un clima donde la gente realmente se siente enferma, insegura y amenazada emocionalmente de manera permanente. Y el papel experimentador y transformador del individuo queda  anulado

A través de la normalización de un individuo preventivamente enfermo, la cultura terapéutica promueve la dependencia de la persona de la autoridad, desincentivando las relaciones íntimas porque suponen un riesgo para la auto-realización. Se fomenta un clima donde la gente realmente se siente enferma, insegura y amenazada emocionalmente de manera permanente. Y el papel experimentador y transformador del individuo queda  anulado: cualquier intento de la persona de trascender a sus propias limitaciones es visto como un peligro para su bienestar emocional.

Quizá sea por la emergencia de la Cultura Terapeuta, y no por el clima o los ciclos económicos, que cada vez nos resulte más difícil encontrar sentido a la vida y que la sociedad se vea imposibilitada para proporcionarnos una red con un significado común. Sea así o no, parece evidente que la angustia que emerge de las condiciones sociales es experimentada hoy en día como un problema del Yo. Y que cada vez más tendemos a pensar en los problemas sociales como problemas emocionales. No es de extrañar, por tanto, que estemos cada vez más deprimidos.


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