Creo recordar que era Viernes Santo. Es una escena que he recreado en mi novela La tabla (España, 2008). Fue a finales de los años setenta. En tiempos del comunismo parasitario floreciente y del ateísmo militante; recuérdese que apenas una década atrás unos treinta mil jóvenes, muchos de ellos por motivos religiosos, habían pasado por los campos de concentración de las tristemente célebres Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP).

Éramos unos veinte peludos, o pelúos, como despectivamente nos nombraba el pueblo enardecido y chivatiente. Éramos adolescentes o muy jóvenes. Íbamos a pie por la carretera de Pasacaballos a Rancho Luna en Cienfuegos. Apenas vestidos con unas mínimas trusas y descalzos, el sol del mediodía rajaba, aplomaba y aplanaba la tierra; la carretera era una brasa ardiente bajo nuestros pies; casi levitábamos para evitar las ampollas en las plantas. Algunos eran mis amigos o conocidos, entre los primeros creo recordar a Fuacata, de Pueblo Griffo, y a Flores, de la calle San Fernando, entre los segundos a uno que le decían El Arlequín, del pueblo de Palmira, que ya había estado en la prisión por prófugo del Servicio Militar Obligatorio.

Tomamos bejucos de la manigua y nos damos a la inusitada tarea de componer una enorme cruz

De pronto alguien, no recuerdo quién, quizá yo mismo, toma un grueso y largo madero de la cuneta, otro le sigue y toma otro más corto, y todos, como compulsados por una fuerza del inconsciente, pues nuestra nociones de religión eran mínimas, tomamos bejucos de la manigua y nos damos a la inusitada tarea de componer una enorme cruz, después con nuestras ropas que portábamos atadas al cuello armamos un muñeco que sería el crucificado, el Cristo, y marchamos en procesión los varios kilómetros que separan el Hotel de Pasacaballos de la playa de Rancho Luna. Recuerdo que desde muchos autos nos pitaban en señal de aprobación. Al arribar a Rancho Luna, unos aparentes turistas, alemanes o franceses, nos tiraron muchas fotos. Posamos arrodillados en fila con el brazo derecho extendido hacia delante con la cruz al frente. Uno de ellos me confesó que harían un reportaje acerca de cómo la religiosidad aflora aún en lugares donde se le reprime, o suprime, como en Cuba.

Se sintieron las sirenas y vimos unos tres carros patrulleros que descendían en una exhalación hacia la playa

Por la loma de la carretera de Rancho Luna, viniendo de Cienfuegos, se sintieron las sirenas y vimos unos tres carros patrulleros que descendían en una exhalación hacia la playa. Le dije al aparente turista, ahora periodista, que ocultará su cámara. Dejamos la cruz con su crucificado en la arena y nos dispersamos entre la multitud. Recuerdo que en cuanto pude me tiré al agua y nadé hasta la zona de los manglares. Tenía sed y cuando se fuera la policía procuraría a toda costa tomarme una cerveza. Ni pensar que podría recuperar la ropa que había configurado el cuerpo de Cristo. Seguramente los segurosos se la llevarían en trofeo tras destrozar la improvisada cruz. Todavía sigue siendo un misterio para mí el cómo nos pusimos de acuerdo para hacer aquella procesión. No recuerdo un plan ni que ninguno de nosotros fuera católico de misa, más allá de ser bautizados como era mi caso. Pienso que pudo ser un mandato del más allá; lo divino que se manifiesta y actúa en el más acá.

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Armando de Armas
Nací en Cuba en 1958. Soy escritor. Me licencié en Filología por la Universidad Central de Las Villas. En los años noventa fui parte del emergente movimiento de derechos humanos y de cultura independiente que se manifestó en mi país. En 1994 logré escapar de la Isla junto a un grupo de amigos en un barco y posteriormente solicité asilo político en Estados Unidos. En 1997 fundé en Miami, con los escritores Ángel Cuadra, Indaniro Restano, Octavio Costa y Reinaldo Bragado Bretaña, el capítulo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, del cual fui vicepresidente. He publicado las novelas La tabla (España, 2008), Caballeros en el Tiempo (España, 2013), Escapados del paraíso (EEUU 2017, España 2018) y El Guardián en la Batalla (Premio de Narrativa Reinaldo Arenas, EEUU 2017); los ensayos Mitos del antiexilio (EEUU 2007, Italia 2008) y Los naipes en el espejo (EEUU 2011, 2017); y las colecciones de relatos Mala jugada (EEUU 1996, 2012) y Carga de la Caballería (EEUU, 2006). Agradezco que el Centro de Cultura UNESCO de Puerto Rico reconociera aportes en mis textos literarios, históricos y ensayísticos. Participo asiduamente como analista en la radio y la televisión hispanas en EEUU.

4 COMENTARIOS

  1. Magnifico el libro de Viktor Frankl, judío, que estuvo casi 3 años en campos de concentración nazi, que sobrevivió, y escribió el libro “El hombre en busca de sentido”, que narra su experiencia, y explica que en medio de las condiciones más extremas de sufrimiento y deshumanización, la persona puede encontrar una razón para vivir, basada en su dimensión espiritual.

    Se atribuye a Gandhi la frase. “Cuando todos te abandonan, Dios sigue contigo”. Lo cierto en que, cuando el ser humano ha sido capaz de las mayores atrocidades durante el s. XX, con los regímenes ateos del nazismo y comunismo, muchos han reflexionado, y han llegado a la conclusión de que el hombre tiene necesidad de Dios, para no convertirse en un monstruo.

    Así se explica que, en la mayoría de paises comunistas, basados en una opresión brutal contra las personas, el ateísmo oficial no ha podido aplastar las religiones, (en especial el cristianismo), sino que en muchos casos lo ha expandido.