China ha vinculado tradicionalmente su política nacional y la intencional. La política tradicional pasaba por dedicar una parte de los ingresos fiscales a adquirir la voluntad de los Estados circundantes con lo que podemos llamar regalos fiscales. Por eso, las crisis económicas internas se convertían en una desestabilización en las relaciones de China con los Estados que formaban parte de su ámbito de influencia.
La estrategia del Partido Comunista Chino no ha sido tan magnánima. Ha sido prudente, cuando no ha tenido más remedio, y fuertemente agresiva cuando se ha visto con la fuerza suficiente. Deng Xiaoping, todos lo sabemos, inició un programa de liberalizaciones parciales de la economía. El objetivo era aumentar la prosperidad del país, contentar a la población, asentar el poder del PCCh, y beneficiar a la propia organización política.
Durante décadas, China combinó expansión económica y prudencia diplomática, pero ese equilibrio ha saltado por los aires. Con Xi Jinping, Pekín ha pasado de tejer influencia a ejercer presión abierta, justo cuando Estados Unidos ha decidido frenar su avance en América y forzar un nuevo reparto del tablero geopolítico
Esta política era inviable sin una creciente integración de la economía china en el comercio mundial. Y, de forma paulatina pero sin pausa, China fue abriendo su economía al exterior mientras la liberalizaba de puertas adentro. En 1986 solicita la entrada en el GATT, y en 2001 entra en la OMC. El éxito de esta política es indudable. China crecía con dobles dígitos de forma continuada. Inundaba los mercados mundiales con sus bienes industriales baratos, y exportaba su ahorro, proverbial virtud china. Pero esa política tenía sus limitaciones. La principal es que la inserción en el ámbito internacional le obligaba a aceptar la servidumbre de un multilateralismo que cercenaba su capacidad de movimiento.
China continuó por ese camino. En la época de Hu Jintao no sólo exportaba bienes y ahorro, sino que eran las propias empresas chinas las que salieron en masa al exterior a adquirir activos en África, en Asia, en Hispanoamérica. No es que se hubiesen agotado las oportunidades de crecimiento dentro, sino que detrás de esa estrategia económica había también una estrategia política. A medida que creaban infraestructuras fuera de sus fronteras, o que desarrollaba una industria fuera, tejía una diplomacia económica que acercaba a los actores locales a los intereses políticos de China.
Esta política era visible, pero todavía no agresiva. Eso cambió con Xi Jinping. El actual dictador promovió la acción económico-diplomática de varios bancos chinos, alguno de nueva creación, para hacer valer el peso de la economía china en diversos puntos del mundo. Mientras, el tono internacionalista, incluso liberal, de su discurso exterior se ha ido endureciendo. Y lentamente, pero con firmeza, va extendiendo su brazo para señalar con el dedo sus objetivos geopolíticos. Taiwán. Islas Senkaku. Cachemira. Tíbet. Y la conformación de una alianza alternativa a los Estados Unidos. Para ello ha ido reclutando a los Estados gamberros que ha ido encontrando por ahí.
Hemos visto, el tercer día de este año, cómo la Administración Trump invitaba a Nicolás Maduro a hacer un tour por Nueva York. Es cierto que se lo ha tenido que llevar a la fuerza. Y que le obliga a enfrentarse a un juicio contradictorio, a él, que tenía la vida resuelta como cabeza visible de un narcorrégimen. Donald Trump ha tomado el control del país. Lo ha dicho literalmente. Para ello ha tenido que apoyarse en uno de los varios grupos criminales que gobierna el país. Ha escogido seguramente al más débil de todos, el de los hermanos Rodríguez. Y su objetivo declarado es el de tomar el control del petróleo venezolano. Venezuela tiene mucho petróleo, dicen los periodistas.
Y lo tiene. En cantidades ingentes. Pero no es el petróleo líquido y barato que tenemos en la cabeza, sino otro que no es económicamente viable a no ser que el barril se ponga por las nubes. En estos momentos da igual, porque la producción está muy mermada, con una empresa pública, PDVSA, devorada por el socialismo y la corrupción. Los Estados Unidos, por su parte, nadan en petróleo y son más que autosuficientes. Entonces, ¿qué es lo que busca Trump?
Busca que Venezuela vuelva a producir, sí. Y si tiene que ofrecer petróleo al país, bien está. Pero sobre todo lo que busca es barrer a China del continente. Por eso desde la Administración se ha hecho mención de la Doctrina Monroe, aunque lo más correcto sería aludir al corolario de Roosevelt, por la pretensión de Teddy de que si prohibimos a los demás que entren en el continente, también podemos afirmar nuestro propio derecho a ser nosotros quienes intervengamos. Monroe para China, Roosevelt para Maduro.
Donald Trump ha convocado a varios líderes hispanoamericanos a una cumbre en Florida, que tendrá lugar el 7 de marzo. Sabemos que ha invitado a Argentina, pero no hay noticias de Brasil. El país de la plata iba encaminado a caer bajo el paraguas de China, pero la elección de Javier Milei ha supuesto un pendulazo en sentido opuesto. Aunque Milei ha abandonado la dureza de sus primeras palabras hacia China, su política mira hacia el norte, y no hacia el oeste.
Está invitada, según la agencia AFP, Bolivia; otro país que ha abandonado la alianza con el Foro de Sao Paulo. Lo mismo que Honduras. También El Salvador, Ecuador y Paraguay. No se puede contar con Colombia, que no aparece referida por la agencia francesa. O quizás sí, después de la amigable conversación de Petro con Trump. No se menciona a Panamá. Es un país inventado por los Estados Unidos, que lo arrancó de Colombia, para controlar el famoso canal. Es fundamental, para Washington, que no caiga bajo influencia china.
Este movimiento de la diplomacia estadounidense no es independiente de la entrada en Caracas. Como no es baladí que la reunión se celebre en Florida, a un paso de una Cuba que agoniza.
Los 27 de la UE se reúnen este jueves, en Bélgica. En la agenda está responder a la gran pregunta del momento: “Y nosotros, ¿qué?”. ¿Cómo encaja la Unión Europea con unos Estados Unidos broncos, que nos hacen pagar la factura de nuestra propia seguridad? ¿Qué hacemos, pues, con Rusia, que fabrica muertos de forma industrial? ¿Y con China? El mejunje que es la Unión Europea, empeñada en una unidad de acción inviable, no es capaz de adoptar un camino claro. Hay líderes que, como el alemán Friedrich Merz y la italiana Giorgia Meloni, abogan por la reducción de regulaciones y una apertura comercial más amplia que incluya alianzas con terceros países. Del otro lado está Emmanuel Macron, con el sempiterno discurso proteccionista francés.
A China se le está cerrando el continente americano. No es fácil pensar que un futuro presidente de los Estados Unidos, por muy demócrata que sea, cambie sustancialmente la política de Trump. China se enfrenta a un gravísimo problema demográfico, que no sabe ni puede revertir, y que reducirá su población a menos de la mitad. Pero los efectos geopolíticos de esa decadencia no llegarán hasta pasadas varias décadas, mucho tiempo después de que se note apreciablemente el declive demográfico. Tenemos una China bully para el resto de nuestros días.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.500 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 300) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.



















