La crítica a la meritocracia y al concepto de igualdad de oportunidades es ya un lugar común. Si bien un desarrollo del estado de la cuestión demandaría mucho más que las líneas aquí disponibles, podría decirse que en general las críticas provienen de posiciones más o menos de izquierda que observan que “ser ciego a las diferencias” acaba, en la práctica, favoreciendo a algunos grupos en detrimento de otros. En otras palabras, no alcanzaría con decir que todos somos iguales ante la ley porque esa declaración sería meramente formal y no se efectivizaría en los hechos.

Publicidad

Los ejemplos sobran pero por citar solo uno, no hay sistema en el mundo que indique formalmente que los pobres no pueden ingresar a la universidad. Sin embargo, en la práctica, es muy minoritario el porcentaje de ciudadanos con ingresos bajos que logra ingresar y culminar sus estudios incluso en países donde el ingreso es irrestricto y la educación gratuita. De aquí que sea evidente que igualdad formal no es lo mismo que igualdad real y de aquí también que la idea de meritocracia sea puesta en cuestión porque la carrera por el mérito solo tiene sentido si los participantes comienzan la competencia desde el mismo punto de partida.

La confusión entre igualdad de oportunidades e igualdad de resultados parece eliminar cualquier instancia de mérito individual, como si esforzarse y obtener un buen resultado al final de la carrera solo pudiese explicarse como la consecuencia de un privilegio

Pero para ser más precisos, hay distintos puntos de vista al respecto porque están quienes buscan acabar de plano con la idea misma de meritocracia y quienes la aceptan si y solo si se cumplen las condiciones de igualdad en las condiciones de la competencia. Estos últimos podrían ubicarse dentro de la tradición amplia de lo que podría denominarse centro y centro izquierda más o menos igualitarista mientras que, en el caso de los primeros, pareciera haber allí una apuesta más radical y antiliberal con una tendencia a estar preocupados por los resultados antes que por las oportunidades.

Una vez más, el debate es amplio y la literatura al respecto enorme pero lo que aquí vamos a entender por igualdad de resultados es la intervención en el final de la carrera. Así, independientemente de que el rico y el pobre (o el grupo desaventajado que fuera) partan del mismo lugar, lo que se propone la igualdad de resultados es que todos tengan el mismo premio.

A través de un experimento mental con el mismo ejemplo la diferencia puede ser más clara: alguien sin recursos puede exigir al Estado igualdad de oportunidades para ingresar a la universidad. Pero difícilmente encontremos razonable que esa misma persona le exija al Estado un derecho a obtener el título. Que no le garanticen el ingreso a la universidad en igualdad de oportunidades es una forma de discriminación; pero que no le garanticen la obtención del título no discrimina a nadie. En otras palabras, hay un derecho a estudiar. No un derecho a recibirse.

Alguien objetará que a lo largo de la carrera el pudiente tiene ventajas por su condición. De hecho muy probablemente no tenga que trabajar mientras estudia. Es correcta la objeción y en todo caso parece razonable que el Estado instrumente las condiciones para que la persona con menos recursos pueda transitar esa carrera en igualdad de condiciones, por ejemplo a través de un estipendio/beca mensual que le permita dedicarse al estudio. Pero una vez más, en todo caso, lo que se está jugando allí es la igualdad de oportunidades al comienzo y durante la carrera pero nunca un mismo resultado al final. Hay un momento donde el rico y el pobre (o el miembro del grupo desaventajado en cuestión) tendrán que sentarse a estudiar para rendir un examen y ser evaluados con los mismos parámetros independientemente de su condición. Es allí donde aparece el mérito y, si las oportunidades fueron las mismas para ambos, no parece sensato ni justo intervenir en el resultado.

La obsesión por igualar resultados en este último sentido me recuerda aquel cuento del año 1961 perteneciente a Kurt Vonnegut y titulado “Harrison Bergeron”. Esta breve historia que supo décadas más tarde convertirse en una película del mismo nombre, transcurre en un escenario distópico que es resumido ya en el primer párrafo:

“Era el año 2081, y todos eran por fin iguales. No solo eran iguales ante Dios y la ley. Eran iguales en todo sentido posible. Nadie era más listo que nadie. Nadie era más guapo que nadie. Nadie era más fuerte o más rápido que cualquier otra persona. Toda esta igualdad se debió a las enmiendas 211.ª, 212.ª y 213.ª a la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes del Discapacitador General de los Estados Unidos”.

Efectivamente, Vonnegut está imaginando un Estado totalitario en el que la obsesión por la igualdad ha llegado a un límite tal que cualquier diferencia existente entre los individuos ha de ser igualada gracias a la actividad del gran Discapacitador General que, en este caso, es una mujer llamada Diana Moon Glampers.

Por ejemplo, George, el padre del protagonista, era una persona muy inteligente que por su condición estaba obligado a llevar una pequeña radio de discapacidad mental detrás de su oreja que cada 20 segundos lanzaba un sonido insoportable que le impedía concentrarse en pensamientos complejos. Es que el Estado no podía permitir que una persona inteligente sacara beneficio de esa condición. George, además, debía cargar durante todo el día con unas bolsas, que se ataban a su cuello, rellenas de perdigones cuyo peso era de 21 kilos. Esto lo extenuaba pero hacía que él no sacase ventaja de su condición de persona delgada. La pena por quitarse alguno de los perdigones era de dos años de prisión y USS 2000 de multa por cada uno. Por suerte para George, él reconoce que ese sobrepeso ya no le molesta pues lo siente como una parte más de su cuerpo. Asimismo, en un pasaje revelador, dialogando con su esposa, George explica que, en todo caso, ese sobrepeso y ese sonido inhabilitante era el precio que debía pagarse para no volver a tiempos aciagos:

“Si tratara de zafarme (…) luego otra gente lo haría también, y muy pronto estaríamos de regreso a los tiempos oscuros, con todo el mundo compitiendo contra todos los demás. No te gustaría eso, ¿verdad?”.

Con fina ironía Vonnegut continúa con otros ejemplos. En un caso, un locutor de TV encargado de leer las noticias cuya dificultad en el habla hace ininteligibles sus mensajes; en otro caso, una bailarina cuya belleza natural la había condenado a usar una máscara monstruosa y unas “bolsas de discapacidad” similares a las que debían cargar los hombres de 90 kilos.

La trama del cuento avanza cuando finalmente logra comprenderse que lo que está anunciando la TV es que Harrison Bergeron, hijo de George, de apenas 14 años, había escapado de la cárcel a la que había sido confinado por, presuntamente, conspirar contra el gobierno. En realidad, tal como lo indica el anuncio, el problema es que Harrison “es un genio y un atleta, tiene insuficiente discapacidad, y debe ser considerado como extremadamente peligroso”.

Era un caso particular el de Harrison porque había crecido más rápido que las discapacidades que le imponía el Estado a pesar de los auriculares con sonidos terribles que debía usar, el sobrepeso de 136 kilos de perdigones que cargaba e incluso los anteojos que llevaba y cuya única función era impedirle ver. Para colmo, Harrison era buen mozo y por ello también se lo obligaba a llevar una pelota de goma roja como nariz, a afeitarse las cejas y a cubrir sus uniformes dientes blancos con unas placas que simulaban ser unos dientes salidos. A pesar de todo esto la orden era clara: “Hay que matar a Harrison Bergeron”.

El cuento no tiene final feliz, como era de esperar, pero los detalles se los dejo al lector interesado. A los fines de este trabajo, lo importante es que el cuento funcione como disparador para ingresar en la complejidad de uno de los ejes centrales de las discusiones que se encuentran supuestas en la gran mayoría de los diseños institucionales y las políticas públicas de los países occidentales. Sería un error suponer que la intervención estatal para garantizar la igualdad de oportunidades tras advertir que la igualdad formal no es lo mismo que la igualdad real, derive necesariamente en un futuro distópico como el que describe Vonnegut. Sin embargo, la confusión entre igualdad de oportunidades e igualdad de resultados entendida en el sentido restringido que aquí le dimos, parece eliminar cualquier instancia de mérito individual como si esforzarse y obtener un buen resultado al final de la carrera solo pudiese explicarse como la consecuencia de un privilegio. Hay muchas opciones para intervenir en pos de un mundo más igualitario pero en cualquier caso esa intervención debe tener en cuenta que en alguna instancia habrá una evaluación objetiva y que no todos van a obtener el mismo resultado. En todo caso, la solución al problema del resultado de la carrera no puede ser nunca la eliminación de la misma.

Foto: devn.


Por favor, lee esto

Disidentia es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticamente correctas. Garantizar esta libertad de pensamiento depende de ti, querido lector. Sólo tú, mediante el pequeño mecenazgo, puedes salvaguardar esa libertad para que en el panorama informativo existan medios nuevos, distintos, disidentes, como Disidentia, que abran el debate y promuevan una agenda de verdadero interés público.

Become a Patron!