Las cavilaciones de los ciudadanos sobre las consecuencias del caso Koldo/Ábalos & Company, me han recordado un viejo chiste que me contaron en Amsterdam, una ciudad en la que es muy corriente poder divisar desde la calle lo que ocurre en el interior de las viviendas. Alguien sospecha de la infidelidad de su amorcito y encomienda el seguimiento de sus andanzas a un detective; pasado un tiempo el profesional le cuenta lo que ha averiguado sobre el comportamiento de su casquivana pareja: estuvo bailando, subió a un apartamento con su compañía ocasional, hubo besuqueos y empezaron a despojarse de la ropa; en ese momento el cliente pregunta con ansiedad: ¿y qué pasó luego?, a lo que el detective responde que no puede asegurarlo porque ya medio desnudos procedieron a cerrar la ventana, y no se pudo ver más, una situación que provoca el desencanto del afectado: ¡qué lástima no poder enterarme de lo que pasa por culpa de la cortina!

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Lo que todos pensamos que pasó en Amsterdam es lo que tiene consecuencias en la opinión pública, mientras que no haber podido certificar con absoluta certeza todos los detalles de un episodio escabroso es el clavo ardiendo al que se agarran los políticos bajo el amparo del principio de presunción de inocencia. Los jueces, en efecto, poco pueden hacer si no se les presentan las pruebas que acreditan lo que sucedió al cerrarse la ventana. Pero volvamos al truculento proceso que investiga la fiscalía anticorrupción y que ya ha servido al juez para tomar medidas de privación de libertad a más de una decena de secundarios del drama.

Ábalos puede jugar a ser el bobo de la película, el que no se entera de nada, pero, para empezar, ha vuelto a hacer lo que más le conviene a su antiguo camarada de Manual de resistencia, dejar que éste presuma de justiciero decente e implacable

Recordemos la circunstancia, estamos en tiempo de horrorosa pandemia, de miedo real y miedo inducido en dosis venenosas. El Gobierno decretó, una vez celebrado con el fasto que merecía la jornada de exaltación feminista, que urgía encerrarnos sin la menor piedad y comprar toda clase de artilugios protectores. Adujo que para esto último convenía aflojar los controles administrativos de todo tipo, que convierten a los contratos públicos en un asunto kafkiano, porque al presidente le corría prisa salvar de la muerte a 450.000 españoles, que es la cifra que ofreció al público en el momento solemne de anunciar que había vencido al virus. No obstante tamaña victoria, el comité (inexistente) de sabios le instó a que se siguiese imponiendo la mascarilla al común de los mortales, vistos los beneficios de todo tipo que su masiva importación de tierras chinescas habían propiciado.

Como el presidente es una persona decente, según repetida declaración del interesado, ni siquiera se paró a pensar que había declarado abierta una competición en la que la pillería y el oportunismo podrían brillar de manera inigualable, y ahora podemos ver a Sánchez sorprendido en su inmaculada candidez. Pero tanto mohín de rechazo a los asquerosos negocios que se han hecho, y que irán saliendo a la luz, bajo el amparo de su diktat no puede hacer que olvidemos que toda esa orgía de comisionistas y trapisondistas podría haberse evitado con sólo tres medidas: no contratar a empresas previamente inexistentes, haber evitado a las que no estuviesen trabajando ya en el campo de los suministros sanitarios y la importación, y, sobre todo con haber hecho una llamada a don Amancio Ortega (no hubiese sido necesario que el vicepresidente Iglesias estuviese al tanto) para encomendarle la fabricación de millones de mascarillas en el tiempo más breve posible, pues lo que se necesitaba, mascarillas, protección para sanitarios y respiradores, no eran naves interestelares ni objetos de muy sofisticada tecnología.

¿Quién es el español cándido que puede preguntar, como el protagonista del chiste, lo que de verdad pasó? Está claro como el agua clara que desde los ministerios y otros organismos con presupuesto público se puso en marcha una carrera en la que resultaba inevitable la trampa y el abuso, puesto que todo estaba cubierto por el manto legal del discreteo más absoluto. Los amigos de los que podían tomar decisiones acudieron raudos al rico panal y ¡vaya si se llevaron miel en calidad y cantidad! Al fin y al cabo, estaba en juego la salud de todos y sería indigno sospechar de quienes se lanzaron a socorrernos con inaudita urgencia y generosidad, de modo que, embozados tras esas urgencias y bendecidos con tanta facilidad, los conseguidores pudieron ponerse las botas con solo tener el teléfono de algún amigo cercano a la caja.

España es el país de los amigos, la amistad es una de nuestras más preciosas virtudes y se convierte en un catalizador extraordinario en cuanto hay dinero abundante y discreto con el que hacer apaños.  Son varias las causas por las que ahora estamos empezando a enterarnos de algunos detalles del festín que se pegaron a nuestra costa todos los comisionistas habidos y por haber, que no son pocos. La primera es porque empiezan a salir a la luz las denuncias interpuestas ante la justicia por unos y otros, por ejemplo, por el empresario decente que vio como se rechazaba una oferta suya de mascarillas a 4 céntimos, en lo que ya hay margen de negocio, para adjudicar pedidos multimillonarios a quienes las ofrecían diez veces más caras.

No sé si es ser malpensado, pero me da que el exquisito trato que Pedro Sánchez ha deparado a jueces y a piolines, término empleado en el Congreso, pese a ser muy despectivo, para referirse a los policías, no va a ser causa suficiente para que ambos colectivos se sientan muy tentados a no dar mayor importancia a los indicios de comportamiento alegre que les llegan por doquier. Es hasta probable que algunos oficiales de la Guardia Civil se encorajinen al considerar la facilidad con la que ciertos amigos de políticos con mando en plaza, en Transportes, en Sanidad, en Correos, en Interior, en Autonomías, en Ayuntamientos, por doquier, han podido embolsarse decenas de millones de euros en contraste con la penuria de equipamientos con la que han de valerse los guardias a su cargo para jugarse la vida, y perderla en ocasiones.

Volvamos al chiste. Gente como Ábalos dirá que la ventana estaba cerrada y que ellos no han firmado nada, que todo el mundo conocía la ligereza y la liberalidad con la que llevaba el timón del ministerio, que nada tiene que ocultar. Por desgracia para él, y para muchos otros, los electores parece que han empezado a juzgar no por lo que oyen, soy decente, nada firmé, sino por lo que ven. Saben que los pájaros no maman, como se dice en el Mus y que si es tolerable la picardía consentida en ese juego, el ir de salvavidas por la pandemia mientras ciertos personajes se forraban los riñones con los billetes de 500 euros que les llevaban en carretillas de obra, es insufrible, merece el peor de los castigos.

Puede que tarde en llegar la condena, pero ningún español se quedaría conforme con la supuesta falta de pruebas del chiste holandés. Ábalos puede jugar a ser el bobo de la película, el que no se entera de nada, pero, para empezar, ha vuelto a hacer lo que más le conviene a su antiguo camarada de Manual de resistencia, dejar que éste presuma de justiciero decente e implacable mientras él alega indefensión y se refugia en el Grupo mixto al amparo de jueces de poca monta, a ver si escampa, pero cabe esperar que no les sirva de mucho porque, contra el dicho clásico, pecunia non olet, el dinero birlado a los españoles a costa de los contratos para salvar vidas de manera urgente apesta y mucho.

Foto: Casa de América.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web