El Partido Popular sigue aspirando a convertirse en el crisol de las diversas ideas e intereses de lo que genéricamente podemos denominar “derecha española”, que históricamente siempre ha sido una realidad social y política muy plural. De ahí su apuesta, ya prácticamente en plena campaña electoral, por una entelequia denominada “España suma”. Por supuesto, nadie, en el campo conservador, va a darle el menor crédito; y no sólo por intereses partidistas, sino por la experiencia de estos últimos años.

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Durante el período de su longeva hegemonía en el campo de la derecha, el Partido Popular se convirtió más bien en una olla a presión prácticamente inútil que, si ablandaba los alimentos, no sabía o no podía transformarlos en un todo homogéneo. En realidad, cuando el Partido Popular quiso absorber todo el espectro derechista absorbió igualmente todas las tensiones y conflictos que aquejaban a esos sectores de la sociedad. En el seno del Partido Popular se reprimieron dichos conflictos, pero no se erradicaron, entre otras cosas porque era imposible, y en mayor medida por las características del liderazgo político de José María Aznar y luego de Mariano Rajoy. No sin razón, numerosos conservadores españoles se sintieron humillados y ofendidos; y lo eran por el propio partido al que habían votado durante años.

Ese sentimiento es producto igualmente de las contradicciones inherentes a la praxis de los partidos conservadores –y socialdemócratas- en el actual contexto sociopolítico. Mientras un sector de las derechas, que podemos denominar identitario, se muestra partidario del respeto a las tradiciones, al orden moral y religioso, a la estabilidad social y vital, a las ideas de patria y nación, otro, al que denominaremos cosmopolita, se muestra afín a la defensa de un orden socioeconómico globalizado, que necesita fluidez, ausencia de fronteras y de tradiciones, un orden que, en el fondo, se fundamenta en el cambio permanente. De ahí la sociogénesis de una nueva tendencia política derechista, que denominados “identitaria” o neopopulista, caracterizada por la defensa del proteccionismo económico y del Estado-nación. Para no pocos sociólogos y politólogos, como Iván Krastev, Wolfgang Streeck o Christopher Gulliuy, el conflicto político-social en la actualidad tiene como protagonistas a “cosmopolitas”, los beneficiarios del proceso de globalización, y “arraigados”, víctimas de dicho proceso.

La política de Mariano Rajoy y su partido no sólo fue rechazada por su ineficacia ante el desafío separatista o la corrupción, sino por sus concesiones a los planteamientos de la izquierda social y cultural

En ese sentido, la política de Mariano Rajoy y su partido no sólo fue rechazada por su ineficacia ante el desafío separatista o la corrupción, sino por sus concesiones a los planteamientos de la izquierda social y cultural. El gobierno popular centró su actividad en la economía, siguiendo a rajatabla los criterios de austeridad establecidos por la Unión Europea. Abandonó por completo el principio esencial de la autonomía de lo político. Las reformas brillaron por su ausencia. Nada se hizo en torno a la natalidad, el aborto o la memoria histórica. Es más, el Partido Popular asumió sin demasiada dificultad el discurso de la izquierda moral en lo relativo a política sexual, feminismo radical o las reivindicaciones LGTBI. El Estado de las autonomías no sufrió la menor merma; todo lo contrario.

Para colmo, el Partido Popular legitimó la política seguida por José Luis Rodríguez Zapatero respecto al terrorismo etarra. Como dijo Rogelio Alonso, se produjo “la derrota del vencedor”. De su estrategia ante el reto separatista catalán, y su colaboración con el PNV, a la vista están los resultados. En ese sentido, cuando se hace referencia a la eficacia del bipartidismo y de la hegemonía del PP en el campo conservador, yo me pregunto por los beneficios que esas políticas reportaron a los antiabortistas; a los que, como el que esto escribe, se opusieron públicamente a las leyes de memoria histórica; a las víctimas del terrorismo etarra; a los autónomos y obreros, que sufrieron las consecuencia de la política económica del ministro Cristobal Montoro; a los defensores de la unidad nacional, etc, etc.

El Partido Popular no podía salir indemne de esa situación; y, desde luego, no salió. La victoria de Pablo Casado fue consecuencia de ello. Sin embargo, su liderazgo venía lastrado por no pocas hipotecas. Y es que en realidad el nuevo líder del PP no había sido ajeno a los sectores afines a Rajoy, porque, entre otros cargos, había ocupado la vicesecretaría general de comunicación del PP, a través de la cual intentó, con su verbo fácil, hacer digerible a los paladares conservadores las discutibles políticas del gobierno. Frente a él, se encontraban centristas como Núñez Feijóo. Y, como hemos visto hace poco, tampoco controla el aparato de su partido en el País vasco.

A pesar de la gravedad de la situación política, los socialistas lograron transformar el debate electoral a partir de la dicotomía izquierda/extrema derecha; y no entre separatismo/unidad nacional

Además, Casado ha tenido que enfrentarse a la competición con otros partidos que le disputaban el espacio político de la derecha. No obstante, existe aquí, en mi opinión, un claro equívoco. Y es que Ciudadanos no es un partido de derechas, sino de “extremo centro”; y, en consecuencia, no supone alternativa alguna al desorden establecido; más bien su radicalización. Muy distinto es el caso de VOX; aquí nos encontramos ante una derecha clásica, nítida, inequívoca, sin concesiones, que defiende sin complejos las reivindicaciones histórico-políticas y culturales del conservadurismo español. En modo alguno se trata de un partido identitario o nacional-populista de derechas, aunque podría evolucionar hacia esas posiciones en el futuro. Ahora no lo es. En su ideario, predomina la perspectiva liberal y conservadora católica. Su programa económico es neoliberal. VOX ha asumido parte del discurso identitario, como la crítica a la globalización, la Europea federal o la emigración incontrolada; pero no la transversalidad ideológica y social desarrollada por los líderes identitarios, como Marine Le Pen o Matteo Salvini; y no ha intentado aún penetrar en el espacio de las clases trabajadoras afectadas por la globalización.

Asediado por el oportunismo de Ciudadanos, por la coherencia de VOX y por las presiones del sector “centrista” de su partido, Casado fue incapaz de desarrollar una táctica y una estrategia coherentes, acordes con la trayectoria del Partido Popular. Para colmo, a pesar de la gravedad de la situación política, los socialistas lograron transformar el debate electoral a partir de la dicotomía izquierda/extrema derecha; y no entre separatismo/unidad nacional. En consecuencia, el resultado electoral fue muy negativo para Casado. Solo sus relativos éxitos, en las elecciones municipales y autonómicas, en las que, gracias al apoyo de Ciudadanos y VOX, logró conservar Madrid, Castilla-León o Murcia, le han servido para apuntalar su precario liderazgo. Ahora, se inventa lo de “España suma”, que nadie puede tomar en serio. Y, para colmo, con una portavoz que, como Cayetana Álvarez de Toledo, no sólo es la típica liberal cosmopolita, sino que con su actitud prepotente y pseudointelectual, lejos de fomentar acuerdos, provoca el rechazo y la antipatía entre sus hipotéticos interlocutores.

Pese a todo, Casado sigue disfrutando de los principales medios de comunicación de la derecha, ABC, El Mundo y La Razón, la COPE, etc. Además, el resultado negativo en las elecciones ha avivado en influyentes sectores económicos y mediáticos la nostalgia por el bipartidismo y de un Partido Popular “casa común” del conjunto de la derecha. Y, en ese sentido, la consigna parece ser acabar con VOX, el único partido político que, desde la derecha, ha sabido plantear el debate cultural y político desde una perspectiva agonística.

La dramática situación actual es consecuencia, en buena medida, de casi cuarenta años de “centrismo”, bipartidismo imperfecto y filonacionalismo

En mi humilde opinión, creo que se equivocan. Y es que es preciso asumir, pese a sus inconvenientes, la incoercible pluralidad de la derecha española, que no puede ni debe ser comprimida de nuevo en la olla a presión de un único partido. Quede claro que cuando hago referencia a las derechas me refiero a VOX y al Partido Popular. En ese espacio, Ciudadanos es un advenedizo, que no hace más que distorsionar el campo político. Pero es que, además, la dramática situación actual es consecuencia, en buena medida, de casi cuarenta años de “centrismo”, bipartidismo imperfecto y filonacionalismo. Porque aquí, gritan, gesticulan y escriben, entre nosotros, aquellos que declararon “español del año” a Jordi Pujol Soley; los que afirmaron que Juan Carlos I nunca se había equivocado en nada; los que dieron los medios de comunicación hegemónicos a la izquierda; los que promocionaron a Podemos para perjudicar al PSOE; los que defenestraron a Vidal Quadras de su liderazgo en el Partido Popular de Cataluña; los que interpretaron a Manuel Azaña en clave liberal-conservadora; los que aceptaron aquella interpretación sin haber leído al patético alcalaíno, tan sólo para ser tolerados por la izquierda cultural hegemónica; los que se autodenominaron “centro-reformistas”; los que afirmaron que “la economía lo es todo”; los partidarios del pacto a cualquier precio; los predicadores del “sentido común” sin ser conscientes de que se no se trata de una realidad natural y espontánea, sino de una construcción sociohistórica; los que afirmaban que las leyes de “memoria histórica” carecían de significado político; los defensores a ultranza del Estado autonómico; los patrioteros constitucionales; los que olvidaron su pasado; los promotores de legislaciones culturales y lingüísticas discriminadoras del castellano, etc, etc.

La España actual no ha logrado todavía liberarse de este tremendo tumor político, ideológico y cultural. Debe hacerlo, porque la realidad social y política se impone. Otra cosa es que puedan articularse pactos y alianzas. Pero no es el tiempo de bipartidismos, consensos y centrismos; hemos entrado en una etapa de pluralismo agonístico. Es decir, la aceptación del disenso, tanto en el campo de la derecha como de la izquierda; el conflicto en torno a las diversas formas de concebir la cosa pública. No todos en la derecha piensan igual; y es preciso respetarlo. Como dice la politóloga de izquierdas Chantal Mouffe: reconocer la legitimidad del opositor y conducir el conflicto a través del debate y las instituciones. En definitiva, la lucha por la hegemonía. Y, como diría el refrán popular: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

Foto: Rob Curran


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Pedro Carlos González Cuevas
Soy profesor titular de Historia de las Ideas Políticas y de Historia del Pensamiento Español en la UNED. He sido becario en el CSIC y en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Autor de obras sobre la historia de la derecha y el conservadurismo en España. He abordado el estudio de Acción Española, así como de figuras como las de Ramiro de Maeztu —del que he escrito una biografía—, Charles Maurras, Carl Schmitt, Maurice Barrès, José Ortega y Gasset o Gonzalo Fernández de la Mora.