He intentado estas semanas escribir, sin éxito, algunos artículos. Uno de ellos trataba sobre George Soros y sus últimos libros, a los que he dedicado tiempo este verano y me han servido para confirmar la sensación que tuve allá por 2005 cuando leí en Italia su obra «La bolla della supremazia americana». Todo lo malo que se diga sobre este señor, que reconoce abiertamente dedicar miles de millones a través de una red de entidades y organizaciones para influir y condicionar a los gobiernos, es poco. Un villano adinerado, lector de Popper o Rawls, que ha conseguido inocular, talonario en mano, sus siniestras ideas y obsesiones en los gobiernos más destacables del mundo y también en los organismos supranacionales. Su cosecha, y la de sus sucesores, no será la sociedad abierta que tiene en mente, sino la progresiva defunción del Occidente civilizado y el mundo de las libertades civiles.

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Otro texto que he sido incapaz de terminar trataba sobre el lenguaje en la opinión y la denuncia pública. Un asunto clave en un momento como el actual, de progresivo deterioro institucional, educativo y cultural. Donde, además, la deconstrucción del lenguaje no es que sea ya un hecho, sino que ocupa un lugar destacable entre las prioridades de los gobiernos. Me pregunto si ante al avance de la barbarie en el espacio público, educativo y en todos los ámbitos de toma de decisiones, la reacción vehemente, la respuesta furibunda e incluso la incontinencia verbal es censurable o, por el contrario, algo necesario para al menos llamar la atención o remover conciencias. No lo sé, a todos debería preocuparnos esta situación. Suelo recordar a Habermas y su «Historia y crítica de la opinión pública», también las tesis de Le Bon en su «Psicología de las masas», pues son dos obras que nos sirven para comprender cómo se desarrolla la demolición de un sistema democrático y cómo se nos conduce a una situación de precipitación de unos contra otros.

Quienes se dicen moderados son en verdad unos farsantes, arribistas en busca de un espacio que les permita también vivir como reyezuelos, mientras que los odiadores y resentidos profesionales son ya una especie de delincuencia institucionalizada que ansía el monopolio de la afrenta pública, la amenaza y la coacción con total impunidad

No hay buenas perspectivas en relación con este asunto. Quienes se dicen moderados son en verdad unos farsantes, arribistas en busca de un espacio que les permita también vivir como reyezuelos, mientras que los odiadores y resentidos profesionales son ya una especie de delincuencia institucionalizada que ansía el monopolio de la afrenta pública, la amenaza y la coacción con total impunidad, para acto seguido sorprenderse y hasta criticar histriónicamente los efectos que esto causa en la sociedad. A nadie debe extrañarle que los constructores de filiales del infierno en el mundo se propongan ya encarcelar a quienes osan reaccionar a sus improperios e impertinencias, también a sus intenciones, con cierta contundencia.

El tratamiento y enfoque de este asunto, el del denominado odio y los excesos verbales, siempre con el derecho fundamental a la libertad de expresión y hasta pluralismo político en el horizonte, nos da una idea del grado de subversión que se está cocinando desde los propios poderes públicos y hemiciclos.

También quise escribir estos días atrás sobre varios engendros normativos, pero he sido derrotado por el hastío en el intento. Empiezo a considerar la materia jurídica o legislativa un subproducto que no tiene más relevancia o interés intelectual que el puramente ideológico o estratégico en el asalto o en la conservación del poder y la consiguiente implementación de una forma u otra de tiranía. A nadie debe extrañarle tampoco ya que la senda es esta y que el plan requiere la centrifugación de una sociedad. Algo que pasa inevitablemente por la adulteración del lenguaje, el revisionismo histórico, un cainismo acrecentado, la censura y control de la información que se pone en circulación, la ocupación del espacio público o la perversión del Derecho, que es precisamente en lo que se trabaja a destajo.

Y bueno, por último, aprovechando que el Vicepresidente boliviano David Choquehuanca anda por aquí de visita oficial, ayer mismo intenté redactar unas líneas sobre la tiranía boliviana y el silencio cómplice e infame de los gobiernos occidentales y eso que llamamos comunidad internacional. Siempre disimulada, equidistante y comprensiva en sus actos y manifestaciones con todos los tiranos del planeta, a quienes han optado por considerar víctimas de no se sabe muy bien qué antes que sátrapas acreditados, que es lo que son. Se agasaja y jalea a un tirano mientras su población sufre el despotismo, se desmantela la oposición política y se impiden el ejercicio de los derechos y libertades. En el caso concreto de Bolivia, clama al cielo que nadie diga nada, con la contundencia debida, sobre la persecución que sufre la oposición política y el encierro sin causa de la ex Presidenta Jeanine Añez, sometida ya durante meses a encierro carcelario, tortura psicológica y hostigamiento sin fin.

Entre un intento y otro de ordenar las ideas, también entre descanso y descanso para a continuación retomar la tarea, he recordado, otra vez, la escena de Eneas contando a Dido las desgracias de Troya (Pierre-Narcisse Guérin, 1815), casi ya convencido de que igual no queda más remedio que aceptar nuestra decadencia y nueva singularidad. Reconocer y admitir también la extravagancia, así como nuestra exposición y precipitación, más o menos acelerada, ante una inquietante coyuntura liderada, gobernada, sometida y moldeada por los personajes más siniestros que hayamos conocido en décadas.

Otra vez ejerciendo gimnasia del pesimismo, sí, otra vez. Influye desde luego la velocidad de los acontecimientos. Porque las fechorías, arbitrariedades, desvelos, abusos, malas intenciones y despropósitos nos desbordan cotidianamente. Cuando intentas pacientemente escribir sobre un tema, súbitamente irrumpe otro si cabe más apremiante. Y mañana será igual. Aunque sí, es verdad, ya lo sé, como con Fellini, la nave va… Esta danza tragicómica sigue su curso. Bienaventurados aquellos que se ven afectados por la parte cómica y no sean devorados por la trágica.

Foto: Jake Ingle.


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Juan J. Gutiérrez Alonso
Profesor Titular de Derecho administrativo en la Universidad de Granada. Doctor en Derecho público europeo por la Universidad de Bolonia. Ha trabajado en Chase Manhattan Bank (Luxemburgo), en Garrigues & Andersen (Málaga), en la Embajada de España-AECID de la Paz (Bolivia y también fue asesor en el Ministerio de la Presidencia.