Decía Ortega y Gasset: «Cuando un loco o un imbécil se convence de algo, no se da por convencido él sólo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales.» Frase que no debiera preocuparnos en exceso en sí misma, pero que se convierte en potro de tortura para el espíritu si seguimos leyéndole: «La diferencia entre el inteligente y el tonto consiste en que aquél vive en guardia contra sus propias tonterías, las reconoce cuando apuntan y se esfuerza en eliminarlas, al paso que el tonto se entrega a ellas encantado y sin reservas

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¿Estamos rodeados de imbéciles y tontos? No.

No es más convincente el convencido, sino el coherente. Todos erramos, pero no todos solicitamos perdón si hemos causado daño

A nadie le parece erróneo suplir la propia inexperiencia vital con unas buenas dosis de aprendidos y citados. Allí donde la propia sabiduría no alcanza a darnos explicación de lo vivido (esto es, casi siempre) resulta aconsejable y saludable ser capaz de levantar la mirada, observar lo que hicieron otros antes que uno, e intentar aplicar aquella solución que mejor parece responder a nuestro problema. Es gracias a esa dinámica de aprendizaje que conseguimos reducir a los límites de lo soportable el número de errores en que caemos. El tiempo se convierte entonces en parámetro fundamental de nuestro desarrollo, pues cuanto más tiempo invirtamos en experimentarnos, y más tiempo en aprender, menor será la diferencia entre lo que «sabemos» y lo que «ignoramos». Por otro lado, son nuestras decisiones las que determinan la cualidad y la calidad de lo aprendido. No siempre aprendemos y aplicamos las soluciones correctas, por lo que el criterio y la autocrítica se convierten en factor moderador de la velocidad de aprendizaje. Del proceso de maduración.

Mi padre siempre decía que los libros sin la vida son como la vida sin libros: NADA. La experiencia, las ideas leídas, han de poder ser vividas. Y lo vivido, ha de ser transmisible, comunicable. Cada etapa de la vida debe suponer retos diferentes, pues lo contrario sólo puede significar que nos hemos encontrado ante problemas irresueltos (irresolubles desde nuestra sabiduría) que nos impiden avanzar, experimentar lo nuevo; no por nuevo, no por mejor, sólo por diferente, fruto de la inercia propia de nuestro ser. Todos tenemos nuestro propio pathos, heredado o adquirido, siempre acechando, a la espera de cualquier duda. Hay quienes, tras caer por una escalera, deciden evitarlas siempre. Otros se ponen armadura. Hay quien decide colocar unos cojines en los escalones, aunque ello dificulte transitar por ellos. Y hay quien decide que lo mejor es eliminar las escaleras. Y ¿qué ocurre con quien nunca ha caído por una escalera, pero ha leído sobre ello, y toma una decisión no sólo para él, también para los demás? Supongamos que opta por la armadura. Decide, en ese mismo instante, no sólo que las otras formas de experiencia y sus resultados son «inadecuados», elimina de un plumazo la posibilidad de que alguien encuentre una solución nueva, tal vez más eficaz. ¡Y lo hace de oídas! O de leídas, vaya.

Yo entiendo que la impaciencia es una gripe que se cura sólo con el tiempo. Pero la impaciencia se domeña con la prudencia. Y la prudencia recomienda, ante todo, continua revisión del propio convencimiento. No es más convincente el convencido, sino el coherente. Todos erramos, pero no todos solicitamos perdón si hemos causado daño. La historia enseña, pero no dogmatiza. No puede hacerlo pues, en su propia dinámica, nos enfrenta siempre a nuevos problemas, nuevas situaciones, sin solución conocida. Y las hipótesis han de ser validadas. Las ideas, vividas. Contrastadas. No ayer. Hoy. Mañana. Abrazar una idea y declarar todas las demás inservibles es imperfecto. Abrazar una idea, declarar las demás inservibles y además proponer un esquema de poder para imponer la sumisión de todos a la idea en la que se «cree» (la idea en la que se tiene fe, concepto religioso donde los hubiere) es maniqueísmo inquisitorial. Dictadura pura y dura. El «Herrenmensch» convertido en ángel exterminador por el «bien» de «todos».

A mí, sin embargo, me encanta tomar cervezas con todo el mundo. Me gusta oler el sudor y el aliento del de enfrente en la barra del bar. Ávido de capítulos nuevos en la tragicomedia de mi vida, movido por la certeza de que, entre lo que «se» y lo que «ignoro» hay un universo de vidas, ansiosas por escribir su propio libro y preñadas de ideas y conceptos que puedo aprender.

Foto: Papaioannou Kostas.


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