El otro día me compartían el artículo de un gurú de cuyo nombre no quiero acordarme, un mejunje importante de esos que, bajo el conveniente paraguas de cuatro obviedades, cuelan de matute barbaridades del tipo «de ahí que cada uno de nosotros tenga su propia moral» o «la conciencia moral actúa como un filtro que nos lleva a distorsionar la realidad». De ahí pasaba el sujeto graciosamente al Madrid y el Barça, a la Madre Teresa de Calcuta, a contraponer ética a moral (que son dos formas, una griega y latina la otra, de referirse a lo mismo), a inventarse que «la felicidad es la base sobre la que se asienta la ética» (¿desde cuándo?) y no a más, supongo, porque alguien dejó de sujetarle el cubata.

Lo anterior es la consecuencia lógica de algún chapuzón extemporáneo en el Ganges seguido o precedido de inflarse a leer a Osho y Deepak Chopra. Revela en todo caso el asunto que no importa cuánto hablemos de habilidades interpersonales, soft skills y psicología positiva, que a fin de cuentas todo desemboca en la ética, hasta el punto de que tienta hasta a quienes andan muy perdidos en la materia, sin que ello les impida forrarse a costa de la ignorancia ajena.

No cabe duda de que la capacidad de gestión cuenta, y no importa la cantidad de actitud que uno ponga si no es apto para un empeño. Pero la ética incorpora la aptitud de suyo, puesto que solo actúa moralmente quien asume aquello para lo que está preparado, y se baja del barco si acaso la labor le supera

En lo que sin duda es una herencia de Woodstock y mayo del 68, resulta que ahora la ética es lo supuesto, y la moral, lo innombrable. Esta dañina esquizofrenia (repitamos: son lo mismo) nos ha tenido un tiempo dando vueltas en torno a otras cosas muy discutibles y bastante menos importantes, como la felicidad, el empoderamiento o la resiliencia, por nombrar unas pocas. Pero la moral siempre emerge, porque somos animales sociales y la pregunta por lo que está mal y lo que está bien no nos abandona ni por un instante.

La Economía misma no es solo una ciencia social, sino además y esencialmente la rama de la ética que estudia el bienestar en cuanto a los intercambios y la cobertura de nuestras necesidades. ¿Sabían ustedes que Adam Smith, uno de sus pioneros, era un filósofo moral, y que dejó su impronta en el mundo, además de por La riqueza de las naciones, por su extraordinaria Teoría de los sentimientos morales? Allí arremete contra la avaricia, e incluso contra el egoísmo, que además de inteligente también puede ser estúpido (no todo iba a ser «la mano invisible»). El altruismo, nos dice la ciencia —no «la ciencia» del gobierno, sino la otra—, es tan connatural como la más individual de las ambiciones, y de ese manantial de lo común brota nuestra conciencia y el continuo preguntarnos (quienes tenemos conciencia) si estamos entre los mejores o entre los peores. Y hablando del Barça: ¿qué le pasó a aquel tipo que era un genio y un héroe y una institución y todo se lo merecía hasta que decidió, pero qué dice, despedirse con un gélido burofax? También el fútbol es ética. Todos los deportes tienen sus reglas no escritas, que dictan los términos admisibles de la derrota y de la victoria.

La moral debe buena parte de su desprestigio a los moralistas, esos señores y señoras que andan todo el tiempo diciéndoles a los demás cómo han de comportarse. Hubo un tiempo en que esa actitud mustia y odiosa era cosa de derechas; últimamente ha cambiado de bando.  Nótese la paradoja de que el moralista evita asépticamente referirse a la moral, tratando sus posturas más indocumentadas como deducciones lógicas. La ética, por supuesto, no tiene nada que ver con señalar a nadie, sino con la perfección de uno mismo. Es un camino introspectivo que ve en cada conducta indigna un propio aviso para navegantes.  Como escribe Tzevan Todorov en Memoria del bien, tentación del mal, «dar lecciones de moral a los demás no ha sido nunca un acto moral: la virtud del héroe o la aureola de la víctima no destiñen realmente sobre los admiradores».

Admirar, en cambio, si nos moraliza; por eso entiendo que Todorov se refería a los aduladores. La sociedad es y será una cámara de espejos, y mejorarse es el privilegio de quienes se procuran los más grandes. No hay mejora moral posible si uno se niega la contemplación de la grandeza. Durante la reciente y ridícula revolución de las estatuas derribadas o ultrajadas se pudo leer este comentario justificativo en una red social: «Estamos aprendiendo a no exagerar». Lo que estamos aprendiendo es a no admirar; y eso es un verdadero problema, porque así no se fabrican seres humanos decentes, sino cobardes. Nadie lo dice mejor que Nicolás Gómez Dávila, en uno de sus finísimos escolios: «Negarse a admirar es la marca de la bestia».

La ética, en fin, todo lo anega. Tengo un ejemplo televisivo. Llevamos un tiempo padeciendo eso que llaman Talent Shows (que tienen bastante de show y algo menos de talent). Diría que lo hemos visto todo si no supiera que ya nos preparan nuevas sorpresas: cantantes, cocineros, bailarines, magos, y sí, también costura y reformas. Pues bien: resulta que el más exitoso de ellos, ahora una presencia continua en nuestras pantallas, es Masterchef. ¿Cuál es la clave de su éxito? ¿Acaso el talento? Nada de eso; es la ética. Los aspirantes que concitan todas las preferencias son los que saben estar, quienes humildemente aprenden de los jueces y no son contestarios, quienes demuestran amor por lo que hacen y lo dan todo. Los aspirantes odiados son los que compiten marrulleramente, quienes no dan la cara en las pruebas de equipo, quienes critican por la espalda, los soberbios, los malos compañeros. Respetamos la autoridad de los jueces por su experiencia y por su intachable ética profesional. Ocurre todo eso entre fogones porque la cocina es indiscutiblemente un oficio, uno que además nos toca de cerca. De modo que Masterchef es un Ethical Show, un espectáculo moral, y si no lo llamamos así es por ese idiota pudor que anda flotando en el ambiente y convierte en anticomercial esa verdad que es además un piropo.

En Masterchef se propician dos clases de emociones. Las primeras son afectivas, y tienen que ver con las heridas que dejó la vida pasada de los aspirantes, sus flirteos o las visitas de sus familiares.  Pero también hay emociones morales, ligadas a cuanto hemos mencionado: me siento bien porque soy un buen compañero, presto un buen servicio, soy humilde, aprendo. Masterchef engancha ante todo porque el trabajo bien hecho, tener responsables que exijan y enseñen y sean los primeros en arremangarse si hace falta, gente a la que poder admirar, en suma, es algo que sencillamente necesitamos. Somos un animal asombroso que ha llegado hasta aquí a base de trabajo duro, de grandes logros individuales y colectivos que provienen no solo y ni siquiera especialmente del talento, sino de una serie de comportamientos morales. ¿De verdad creemos que el liderazgo es cuestión de talento, y no de ética? En absoluto; la inmensa mayoría de nosotros aspira a tener jefes y gobernantes que no sean genios de la persuasión y de la telegenia, sino individuos decentes, personas de palabra que permanezcan al pie del cañón y propicien que sean los demás, en vez de solo ellos, quienes brillen. No queremos más sociópatas, estamos servidos, muchas gracias.

La democracia no es una mera metodología ni un sentimiento, sino una moral de la libertad y la igualdad, es decir, una ética. Cuando recientemente confundimos ambas cosas y un par de millones de personas que se sentían de determinada manera fueron convencidos de que «la democracia es votar», pasó lo que pasó y todavía arrastramos. Es la ética la que nos protege de estas intermitencias de las entrañas y de nuestros más pertinaces pasiones, porque es la vida cuando los demás importan. Frente a eso, cuéntenme qué es el mindfulness, la resiliencia, los chakras y el reiki.

«Nadie soporta la vida en un mundo devaluado y desacralizado», advertía Nicolai Hartmann. Llevamos años pidiendo «gestores» a todos los niveles. No cabe duda de que la capacidad de gestión cuenta, y no importa la cantidad de actitud que uno ponga si no es apto para un empeño. Pero la ética incorpora la aptitud de suyo, puesto que solo actúa moralmente quien asume aquello para lo que está preparado, y se baja del barco si acaso la labor le supera. No importa cuántas volteretas demos, ni cuánto tiempo permitamos que nos engañen, antes o después retornamos a lo mismo: queremos vivir dignamente, ser libres y gozar de las mismas oportunidades, y todo sigue estando mal mientras eso no esté bien.

Foto: Burgess Milner


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David Cerdá García
Soy licenciado en ciencias empresariales y en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia (gestión de seres humanos, procesos en las organizaciones, pensamiento crítico, profesionalidad, creatividad e innovación) como miembro del equipo strategyco. Doy clases en ESIC Business&Marketing School y otras escuelas de negocio. También escribo y traduzco. Como autor he publicado Alrededor de los libros, La deriva de la educación superior, La organización viva, Sangre en la hierba y El buen profesional. Como traductor, he firmado una veintena de títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Deneen, Tocqueville, Stevenson, Lewis y McIntyre. Más información en www.davidcerda.info

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  1. «No cabe duda de que la capacidad de gestión cuenta, y no importa la cantidad de actitud que uno ponga si no es apto para un empeño. Pero la ética incorpora la aptitud de suyo, puesto que solo actúa moralmente quien asume aquello para lo que está preparado, y se baja del barco si acaso la labor le supera»

    Lo cierto es que aborda una cuestión de fondo que suele pasar inadvertida en muchos análisis, David. Los principios morales y éticos no solo guían y sustentan la interacción con los otros y están en la base de la convivencia, es que orientan y promueven la acción en cualquier ámbito de la sociedad, determinando el desempeño y la calidad de la gestión.
    Precisamente en el terreno de la política y al frente de un gobierno es donde la ética y los principios morales son imprescindibles para la buena gestión y el buen gobierno.

    Sin esos pilares sólidos que fundamentan la conducta, la vocación de servicio público se transforma en interés privado y la búsqueda del bien común en búsqueda insaciable de lucro y poder para satisfacer ese pozo sin fondo que conforma el ego. Se empieza por jurar en falso cumplir y respetar la Constitución y se acaba por violarla, ultrajarla y someterla a los designios del tirano de turno que encima arremete contra aquel que osa defenderla.

    La mentira, la deslealtad, el abuso, el narcisismo, la conspiración, el robo, la corrupción, la coacción y todo el conjunto de bajezas humanas afloran cuando la ética y la moral brillan por su ausencia. Y por su puesto es la ausencia de esos mismos principios los que impiden que uno, asuma su incapacidad y delegue su gestión en otro con más apto para la tarea.

    La política, en su degeneración extrema, se ha transformado en un inmenso escenario de Gran Hermano retransmitido en tiempo real por los medios y por las redes sociales las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, donde los políticos que compiten para ganarse el favor de audiencia, están disponibles y expuestos permanentemente a nuestra mirada crítica. A diferencia del Gran Hermano auténtico, los espectadores ya ni siquiera podemos expulsarlos ni mucho menos dedicir cuando cancelar de una vez el dichoso reality.