La Historia de los últimos doscientos años es el relato de la desaparición de aquellos hombres e ideas que se han presentado como conservadoras. Donoso Cortés escribía que gobernar es resistir, algo que era cierto para quienes rechazaban la revolución, pero falso para los revolucionarios que tomaban el poder. La resistencia partía, y parte, de una concepción defensiva de la existencia frente a esas transformaciones que cambian el orden de las cosas.

El conservadurismo es hoy una etiqueta que todos desprecian. En España, Ciudadanos, el partido de los “principios permanentes revisables“, insulta al Partido Popular llamándolo “conservador”, y el Partido Socialista se refiere a los populares como “inmovilistas”. La idea es que la política solo es buena si se concibe como la máquina del movimiento interminable; pero, ojo, movimiento en un único sentido: el del “progreso”.

El conservadurismo es hoy una etiqueta que todos desprecian

Si bien la idea de progreso y la Filosofía de la Historia que hay detrás es merecedora de otro artículo, es conveniente resaltar ahora cómo la imposición de la corrección política y el progresismo internacional han conseguido extinguir a los conservadores.

Cuáles son los rasgos de un conservador

El pensador inglés, Michael Oakeshott publicó en 1962 un ensayo titulado “Ser conservador”. Lo concibió para polemizar con los izquierdistas que poblaban su Universidad, y todas, dando entidad a una actitud que pronto fue sentenciada por la generación del 68. Karl Jaspers ya había visto el cambio en el “tiempo eje”, y que la tecnología había transformado la concepción del hombre y de la sociedad, de sus principios y finalidades. Sin embargo, Oakeshott, quizá sin querer, da en dicho ensayo las claves para acabar con los conservadores.

Para Michael Oakeshott, el conservadurismo no es un credo o una doctrina, sino una actitud

Los conservadores: una especie política en extinción

El conservadurismo, escribía el pensador inglés, no es un credo o una doctrina, sino una actitud. Es decir; es un comportamiento determinado por unas creencias. La clave para desmontarlo sería, por tanto, manejar o manipular las ideas con las que el hombre concibe su existencia, su papel y la comunidad. Será necesario, en primer lugar, conocer esas ideas y, después, propiciar un cambio paulatino y tranquilo que a la postre desmenuce la tradición, los valores, la educación y la cultura típicamente conservadoras.

La característica fundamental del hombre conservador es su deseo de mantener un presente que le permita ser feliz, sin retrasar ese bienestar a un paraíso futuro. El rechazo a las utopías y a la ingeniería social está en su columna vertebral porque es consciente de que puede perder su posición, su propiedad y su entorno. O ver proscritas sus creencias. Oakeshott apuntala esta idea señalando que el conservador prefiere lo familiar a lo desconocido, lo real a lo posible, lo conveniente a lo perfecto.

El odio conservador a la incomodidad moral

Dado que el conservador odia la incomodidad moral, el utopista y el ingeniero social, siempre de izquierdas, han tratado siempre de revestir su gobierno y su legislación de una legitimidad moral: hacer que responda a una necesidad emocional, espiritual y material de las personas que conforman la comunidad. Por tanto, la legislación  establece la moral.

Es la versión actual de la República virtuosa de los jacobinos, fundada en la idea de conseguir la unidad social a través de la virtud; una virtud minuciosamente caracterizada por el Poder. La categoría de ciudadano se adquiere en cuanto se cumple con la moral establecida por la nueva norma; quien no cumple es un corrupto que carece de legitimidad para vivir en comunidad.

La incomodidad moral se alimenta desde la escuela, la cultura y los medios de comunicación precisamente porque aterra al conservador. Transformar la moral, la visión del mundo y del hombre, lo que está bien y lo que está mal, lo aceptable y lo repulsivo, es una vía para extinguir a los “inmovilistas”, a los “antiguos”. Así, el conservador no ve el cambio como una pérdida, sino como parte de su integración en el nuevo mundo, en el sino de los tiempos.

El conservador admite pequeños cambios, aquellos que no empiezan con carga moral, sino como una mera política económica o administrativa

Oakeshott señalaba que el conservador admite pequeños cambios, aquellos que se anuncian con tiempo y son lentos, que no empiezan con carga moral, sino como una mera política económica o administrativa. Una vez asentadas las modificaciones, se procede a dar el paso siguiente, ese que incomoda al conservador, y que le hace sentir desencajado en una sociedad a la que no reconoce.

¿Y qué sucede con la identidad del conservador? Todo cambio implica un riesgo para las identidades clásicas, como escribió Oakeshott. Sin embargo, el progresismo ha introducido identidades alternativas que suplantan a las viejas, algo que el filósofo inglés no tuvo tiempo de observar. Por ejemplo, la lucha de clases ha sido sustituida por la lucha de géneros hasta el punto de que el 1º de Mayo será sustituido por el 8 de Marzo. Y las creencias religiosas han sido colocadas al mismo nivel que el veganismo, el ecologismo o las preferencias sexuales.

Los conservadores: una especie política en extinción

La estrategia para la extinción de los conservadores estriba en lograr que perciban los cambios como una ganancia

La estrategia para la extinción de los conservadores, además de la hegemonía cultural descrita, estriba en lograr que perciban los cambios como una ganancia. Para eso es preciso que los ingenieros sociales difundan durante un tiempo conveniente la idea de que el orden está anticuado, descolocado frente a las realidades que permanecieron mucho tiempo calladas.

Aquí, la acción de la ideología de género en la recuperación e invención de personalidades femeninas, siempre ocultadas por el machismo, es indudable. Es como si las tradiciones conocidas, “las oficiales”,  hubieran convivido con otras que se ocultaban y que representan la modernidad. El propósito es mostrar que son dos tradiciones a la misma altura, pero que una necesita justicia y que la otra debe ser castigada o retroceder.

El izquierdista aprovecha el sustrato religioso fundamentado en el bien común por encima del interés individual

El conservador cree que cuanto más se parezca el cambio a la idea de crecimiento, tan querida por él, menor será la pérdida y mayor la ganancia. Por eso, el ingeniero social acompaña su política con calificativos de beneficio a la comunidad en todos los órdenes, siempre bajo el ojo atento de la solidaridad. En esto, y es preciso señalarlo, el izquierdista aprovecha el sustrato religioso fundamentado en el bien común por encima del interés individual. Solo basta con redefinir el bien común para sacrificar el interés individual.

Una extinción suave, sin estridencias ni rupturas

Por último, es preciso hacer creer al conservador que hace lo adecuado en el momento justo. El cambio en su actitud, que en eso consiste el conservadurismo, se ha logrado así sin estridencias ni rupturas, sin guillotinas ni checas: suavemente. De este modo, la resistencia, volviendo a Donoso, se ha convertido en la parte lenta del cambio, en el lastre que acaba cediendo, e incluso con el tiempo defendiendo el nuevo dogma.

Nada triunfa contra el cambio, escribió Oakeshott, en un mundo donde todo está en constante transformación

Nada triunfa contra el cambio, escribió Oakeshott, en un mundo donde todo está en constante transformación. Por eso quizá la clave de su extinción la dio Friedrich Hayek al sentenciar que la filosofía conservadora, si bien es capaz de analizar y criticar, no ofrece más alternativa que la resistencia, ni brinda novedad alguna. Esto, frente al dominio del progresismo, al que dedicaré el próximo artículo, es un lento y paulatino suicidio.


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32 COMENTARIOS

  1. La desaparición de la clase media conservadora como se entendía en el franquismo estaba planeado desde la transición como se vió al unir el ejecutivo con el legislativo al disponer el presidente de gobierno en una plaza en el parlamento y en el consejo de ministros. Ahora el adjetivo conservador queda para un plano teórico aunque algunos lo quieran aplicar a las nuevas clases afluentes con contactos en el nuevo reparto del poder.

    • No es verdad. El régimen de 1.978 ni es presidencial ni es parlamentario. No es obligatorio ser diputado del congreso, para ser ministro o jefe de gobierno, como correspondería a cualquier régimen parlamentario puro. A Margaret Thatcher la echó el partido Conservador, por su empeño en implantar un impuesto impopular, que amenazaba una derrota segura. ¿Quién echa a Mariano? con las listas provinciales previamente confeccionadas por él.
      El mal está en un sistema electoral NO REPRESENTATIVO, por tanto NO DEMOCRÁTICO. Donde parte, que los distritos electorales sean las provincias. Y un sistema de listas bloqueadas y cerradas. Blindado en la propia constitución. Un sistema así degenera en una oligarquía de partidos. Además, desde que está Rajoy y hay que decirlo, con el apoyo del próximo “gran patriota reformista” Albert Rivera han bunkerizado el régimen. Impiden con una serie de trámites extras, a quiénes pretendan presentarse, sin tener representación previa. Mientras los que están no se les obliga a nada. Más la “funcionalización” completa de los partidos, que proponen PSOE, Podemos y no sé, si Ciudadanos. A Mariano seguro, que le agrada la idea. Antes de nacer ya era funcionario.
      Veremos pues, los que vivimos aquéllo, el “Movimiento Nacional” otra vez. Con sus “familias” internas. “monárquicos”, “democristianos”, “falangistas” y el sindicato vertical (CC-OO UGT).

  2. El conservadurismo auténtico, ese con su dosis calculada de liberalismo, una pizca de creatividad, dos cucharadas de libertad
    Y un vaso de moral humanista no es nada atractivo, para empezar habría que renunciar a la hegemonía del “Estao”, huir del tinglado económico unido al poder político, ya saben, eso de capitalista sin capital pero con subvenciones y concesiones del poder gobernante, racionalizar la administración, la cultura del ahorro y control de gasto está mal visto, el personal abomina de los recortes y siempre te recuerdan eso de ” ¿que hay de lo mío?, no es buen negocio transitar las sendas conservadoras ” y sin embargo se mueve”.

    Salú2

  3. “Dado que el conservador odia la incomodidad moral, el utopista y el ingeniero social, siempre de izquierdas, han tratado siempre de revestir su gobierno y su legislación de una legitimidad moral: hacer que responda a una necesidad emocional, espiritual y material de las personas que conforman la comunidad. Por tanto, la legislación establece la moral”

    No acabo de entender muy bien lo que pretende transmitir en su artículo, Vilches, pero me centraré en este párrafo concreto porque no se corresponde con la realidad que usted expresa. Todos los gobiernos o formas de gobierno, sin excepción, legislan estableciendo una moral determinada, ya sea de forma explícita o implícita. No es este un requisito exclusivo de los gobiernos de izquierdas del que se libren los gobiernos de derechas o más conservadores.

    Legislar en el ámbito civil, penal o judicial, que es pasar del plano ideológico al plano concreto, lleva aparejada la elección e imposición de las normas “correctas” de obligado cumplimiento por las que deberán regirse los ciudadanos para vivir en sociedad y que no se reducen a meros trámites administrativos exentos de valores y moral. Los gobernantes conservadores y los no conservadores de todo pelaje y condición, pueden incluso llegar a legislar de la forma más imparcial posible, pero no pueden llegar nunca a ser neutrales, porque vienen con unos valores de serie. Unos valores que revestirán su legislación de una legitimidad moral que justifique las normas impuestas. Y eso, es una realidad inmutable desde todos los tiempos, con independencia de la forma de gobierno que tenga un país.
    Si hablamos del nuestro, hay numerosos ejemplos en nuestro ordenamiento civil y penal, si quieren buscarse. Especialmente, merece reseñarse la evolución de esas normativas que afectan a los derechos de las mujeres. Quizás el Código Penal, en su conjunto, sea el ejemplo que mejor representa toda esa carga moral que lleva a cuestas la legislación y que señala lo permitido o no permitido en nuestra sociedad. De hecho, el CP ha sido y es tan conservador e interpretable con arreglo a la moral, que las formas de corrupción se multiplican, los tiempos, avanzan generalmente, sin pedir permiso, y los mismos juristas y expertos opinan que en algunos aspectos ha evolucionado poco y que está pensado para más para el roba gallinas.

    Y sí, estoy de acuerdo con que los conservadores son una especie en extinción. Básicamente porque el tiempo les sobrepasa y porque piensan que son capaces de mantener su poder (también el moral) sin evolucionar ni adaptarse a los cambios que a toda sociedad le sobrevienen sí o sí. Come le decía más arriba, el tiempo pasa generalmente sin pedirte permiso y a veces te pilla en cueros.

    • Buenas tardes, Silvia.
      Gracias por su comentario. Muy interesante. Los gobiernos conservadores, decía Oakeshott, por seguir con él, son moderados para no politizar la vida pública, porque siempre han creído que la politización movilizaba a los “progresistas”, las calles, las urnas, las barricadas,…y el caos es lo contrario a la conservación. La frontera entre el conservador y el tecnócrata es muy subjetiva; y quizá sea ésta la gran diferencia con los transformadores, los que aspiran a un orden nuevo; es decir, la izquierda. No son técnicos, sino políticos en el sentido de ingenieros sociales y mesías del paraíso futuro (esto es casi casi una caricatura). De esto se deduce fácilmente que existe una mayor intención de crear una nueva moral en la legislación procedente de los gobiernos “progresistas” que en la de los conservadores. Y es aquí donde entra la máquina del movimiento permanente, que es como se conciben hoy las bases de lo político y de la política. Aquí lo dejo, que ya me está saliendo muy largo. Un placer.

      • Gracias por la respuesta y por la consideración, Jorge. Su aclaración sobre “la politización de la vida pública” y la movilización de los “progresistas”, me permite entender mejor lo que quería transmitir en el artículo. Celebro que en esta ocasión coincidamos en los aspectos esenciales de su reflexión.
        Y disculpe si me he extendido demasiado. Acostumbrada a la “represión” de los 750 caracteres de Voz Pópuli, cuando comento en un medio como este, hago mío lo de “ancha es Castilla”. Un muy cordial saludo,

  4. Friedrich Hayek escribió un paper muy esclarecedor de lo que es un conservador, donde relata que el conservador siempre intenta conservar lo que conoce ya que le produce vértigo o pavor lo nuevo, lo desconocido pero sobre todo el cambio, además de ello lo describe como un oportunista que se apodera de las ideas de otros, por eso es que el conservadurismo actual es socialdemócrata, porque la sociedad es socialdemócrata así que es lo que conoce y por eso lo desea conservar. El conservadurismo del pasado tenía como referente una sociedad que ya no existe, inclusive en el plano económico el conservador ya no defiende la libertad económica sino el estatismo y el colectivismo socialista, a la vista está la deriva del PP con un Mariano Rajoy que en el 2007 expulsó a los viejos conservadores y liberales del partido.

    https://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/48/por-que-no-soy-conservador-friedrich-a-hayek.html

    Conservadores como los de antes quedan muy pocos, uno de ellos es Contreras que ha escrito un par de artículos en este medio, no comparto del todos sus ideas pero su defensa por los valores familiares me parece muy importante, sobre todo teniendo en cuenta que el Estado desde hace tiempo busca imponerse como única institución social válida, en el pasado intento sustituir al mercado y no pudo, se adueñó de la institución del dinero para acabar deformándola por completo y la actual cruzada que no es tampoco nueva es ir en contra de la familia para que el individuo dependa enteramente del Estado, así que el papel de los conservadores de lo tradicional es importante, por desgracia el nuevo conservadurismo solo buscan conservar lo malo, es decir el clientelismo y la corrupción del Estado Social edificado por los socialdemócratas que mal llaman del bienestar.

  5. El onservador tenía sentido cuando había algo que conservar, el dinero y la propiedad. El dinero con el QE está manipulado y la propiedad con el expolio de los impuestos es dificil que dure mas de una generación. El único refugio que quedaría serían las empresas, pero con los sindicatos y abogados laboralistas tipo Felipe, Bono o Chaves te la hunden cuando quieran como se vió en la transición. El conservador actual tendría mentalidad de Vox con la idea de eliminación de taifas pero parece que no tiene mucho seguimiento.

  6. El orden es dinámico como la savia circulando por los vasos leñosos del árbol, no rígido como un fósil. Por muchos avances en el campo de la aeronáutica, por ejemplo, no deja de ser cierto que todo ingeniero a la hora de diseñar debe respetar unos principios para que el aparato funcione correctamente. Ser conservador no significa oponerse a todo cambio, sino defender unos principios inmutables. Hay cambio cuando los padres educan a sus hijos a madurar psicológicamente, crecer como personas, a no dejarse esclavizar por las pasiones y deseos, a ser responsables, a tener fuerza de voluntad para enfrentarse a la adversidad e integridad moral aunque el resto del mundo piense que la honradez es para pringados que no se enteran que la vida es una jungla.

    Un conservador es el que tiene claro que el verdadero progreso es tomar lo mejor de lo antiguo y de lo nuevo. Y que no se debe aceptar ciegamente como bueno algo que simplemente es nuevo, pero que quizás no funcione mejor que antes.

  7. Hayek se equivocaba, creo yo. El conservadurismo no es sólo resistencia (eso es cosa de reaccionarios). Lo que el conservadurismo postula es que los cambios deberían apoyarse en la tradición. La mayoría de los procesos, tanto sociales como tecnológicos, que resultaron positivos para la sociedad fueron impulsados y dirigidos por conservadores, no por revolucionarios.

    El conservador no se opone al progreso. Lo único que hace es postular un proceso distinto para abrazar ese progreso, más lento y cuidadoso, no vaya a ser que haya que volver atrás.

    • En realidad, el pragmatismo que postula en su intervención se desarrolló como reacción contra la suficiencia del racionalismo más conservador y la ingenuidad del romanticismo. La idea central de este pragmatismo plantea que la verdad de una teoría o la bondad de un acto se demuestra por su utilidad. Y ese principio de la escuela moderna de filosofía estadounidense sí que fue en su momento revolucionario.
      Uno de sus fundadores, William James, decia lo siguiente, con bastante sentido:
      “Hemos de hallar una teoría que funcione…Nuestra teoría debe mediar entre todas las verdades anteriores y ciertas experiencias nuevas. Debe trastornar tan poco como sea posible el sentido común y las creencias anteriores, y debe conducirnos a un término sensato que pueda verificarse con exactitud. Funcionar significa estas dos cosas…”
      Lo cierto es que de esta expresión sustenta lo que usted comenta al respecto: apoyarse en la tradición y abrazar ese progreso de forma más lenta y cuidadosa para no tener que volver a atrás. Claro que, los fundadores del pragmatismo no se les puede ubicar solamente en el conservadurismo. Ellos al igual que Aristóteles encontraron que la virtud en ese punto medio, capaz de retener y conservar lo que vale la pena, pero al mismo tiempo capaces de impulsar el cambio necesario.

  8. CIORAN, “ENSAYO SOBRE EL PENSAMIENTO REACCIONARIO”:

    “Convencidos de la futilidad de las reformas, de la vanidad y de la absurdidad que representa la búsqueda de un estado mejor, los reaccionarios quisieran ahorrar a la humanidad los desgarramientos y las fatigas de la esperanza, las angustias de un ideal ilusorio: que se satisfaga con lo adquirido, declaran, que abdique de sus inquietudes y descanse apaciblemente en la felicidad de la inercia, y que, optando por un estado de cosas irrevocablemente oficial, escoja de una vez entre el instinto de conservación y el gusto por la tragedia. Pero al hombre, abierto a toda opción, le repugna precisamente ésa. En ese rechazo, en esa imposibilidad, consiste todo su drama. De ahí que sea, a la vez o alternativamente, animal reaccionario y revolucionario. A pesar de lo frágil que es la distinción clásica entre los conceptos de revolución y reacción, debemos no obstante conservarla, so pena de desconcierto o de caos en la consideración del fenómeno político. Ella constituye un punto de referencia tan problemático como indispensable, una convención sospechosa pero fatal y obligatoria”.

    Ante esta suerte de “ontología” fuerte de las posiciones políticas verdaderas, se entiende bien por qué en España nunca fue posible un verdadero Conservadurismo: los hombres no daban la talla, crecían bajo un régimen de raquitismo mental profundo, y las sacristías (hoy los medios de comunicación y las Universidades españolas) estaban atestadas de simpáticos holgazanes que predicaban el conformismo y la apatía como sublimes hallazgos de la civilización.

      • El “verdadero” reaccionario es la “conciencia despierta y autocrítica” del “buen” conservador.

        La memoria de las pérdidas, el balance de agravios y cesiones que el Conservador siempre lleva oculta bajo el doble fondo de la chaqueta.

    • Buena parrafada de Cioran, también su apostilla.
      Se deduce por tanto de este párrafo que no estamos en una época revolucionaria, aunque yo creo que sí pero no lo voy a explicar que es muy dicifil y no es el día, sino que estamos en una época reaccionaria de ocurrencias.
      Vamos con los ejemplos físicos, siempre más comprensibles y menos tortuosos.
      El hombre quiere volar, el conservador le dice que no se esfuerze, que nunca va a volar, pero la humanidad en su esperanza de volar inventa el avión o el autogiro, que es más español, todo con las pertinentes reticencias del conservador, al final el conservador vuela, pero la humanidad de nuevo en su esperanza pretende la tele-transportación y ayudado por la física cuántica desintegra la materia humana para hacerla viajar recomponiéndola en otro lugar, el conservador vuelve a ser reticente ante la posibilidad de freírse como un pajarito en el viaje cuántico, a pesar de lo conseguido nuevamente el hombre sigue sin volar. El revolucionario sería entonces el partidario de la bilocación,
      capaz de mostrar a la humanidad la posibilidad de volar y viajar sin moverse del sitio utilizando las capacidades humanas hacia sí mismo.
      El asunto de género es algo parecido, buscando la armonía a través de la discordia el hombre recorre su tiempo vital, el conservador se espanta ante las discordias planteadas para el logro de la armonía. El revolucionario intentaría presentarnos a Beatriz.

      • En la política no hay “Revolución” más que como mito contemporáneo carente ya de relieve e interés intelectual. Es el mito de las “masas activas” en la Historia, pero sabemos que eso es una mentira piadosa. Realmente no sabemos quién es el Sujeto de la Historia porque quizás no exista como tal.

        Me interesa, sin embargo, “lo revolucionario” como categoría trans-histórica, es decir, la figura concreta del anhelo de cambio profundo que surge espontáneamente desde todas partes cuando los hombres que habitan cobijados bajo la protección de una sociedad consideran que el Orden en el que han vivido durante largo tiempo se ha convertido en una limitación al libre despliegue de sí mismos y estiman lúcidamente que la protección ya no merece el precio que se paga por ella.

        En Europa, y en España mucho más por razones políticas de podredumbre indescriptible, ya estamos ahí, aunque pocos puedan percibirlo.

        “Lo “revolucionario” no es “izquierdista” más que en la muy torpe apropiación marxista de un impulso muy rico y muy complejo que nunca llegó a cuajar políticamente en nada productivo.

        “Lo revolucionario” es apropiable por todo el que, dadas unas condiciones de anquilosamiento colectivo y vital, busca las vías de escape a ese horizonte de interpretación de una vida histórica agotada.

        Revolucionarios son los que inventan o imaginan nuevo sentido que puede dársele a la experiencia humana, los verdaderos artistas y poetas y los verdaderos pensadores.

        La oposición entre Conservación y Revolución es otra de las muchas añagazas de nuestra historia intelectual pervertida: en realidad, para sorpresa de casi todos, sucede que los únicos “revolucionarios” han sido los “Conservadores” (no precisamente en el vulgar sentido político), es decir, los creadores “metafísicos” de nuevas valoraciones, pues eso sólo puede hacerse cuando uno sabe bien cuál es el “peso” (lo que se ha conservado y lo que se ha anquilosado) de los valores de su presente histórico.

        Cuando se dice que “ya no hay nada que conservar”, lo cual es cierto en un sentido muy estrecho, todavía no se ha llegado a comprender que “lo que hay que conservar” es producido como el valor que hay que instaurar a partir de la puesta en movimiento de lo revolucionario.

        El valor de la Libertad siempre hay que proyectarlo como acontecer futuro para que algo llegue a ser “real”.

        En cierto modo sucede que no hay Conservación sin el apriori lógico de la Revolución. Y una Revolución lograda que se autorreproduce es lo que llamamos Tradición, principio necesario para el siguiente movimiento instaurador, restaurador o francamente innovador.

        Creo que la situación de España debería inducir a reflexiones muy serias sobre el significado del acontecer histórico. La banalidad asfixiante con que vivimos nuestro “destino colectivo” bajo este Régimen es ella misma parte del problema. Pero quizás yo sólo sea un “metafísico” irritante, con la carga que eso conlleva en una sociedad “low cost” de interacciones rápidas.

        • Ni mucho menos, no creo que sea irritante sino excesivamente sensible y certero.
          Creo que ha explicado usted lo que a mí me costaba trabajo, no pienso, siento exactamente los mismo.
          Y otra vez me vuelve a meter en el embrollo inexplicable en su último párrafo. Se puede explicar, pero es mejor que para asombro y sorpresa de todos los que miran asustados y vanamente creer que pueden reconducir los primeros síntomas de esta nueva revolución que se está abriendo paso desde lo inmutable.

          • ¿Excesivamente sensible? Más bien, lúcidamente sensible, como Drácula al mediodía bajo los rayos de una sol en agosto ante el espectáculo de esta España política oficial. Ganas de morder gargantas no faltan, cuando se oyen o leen ciertas cosas como éstas, que dan pie a no pequeña autorreflexión sobre cierta “Elite intelectual”:

            “Las muchas burlas a Marta Sánchez proceden de esa esencia inexplicable de España; no se mofan de la cantante sino del himno de España. Alguien del prestigio del catedrático José Álvarez Junco, confesaba en El Confidencial hace unos días que él mismo sentía un extraño resquemor ante las exhibiciones de los símbolos de España: “Las personas como yo que vivimos intensamente el franquismo seguimos sintiendo escalofríos cuando vemos una muchedumbre de banderas rojigualdas… No sabemos muy bien si es un triunfo deportivo o un golpe de Estado de extrema derecha”. A tal absurdo se ha llegado que, en 40 años de democracia, han ganado prestigio y popularidad entre los ciudadanos los distintos himnos autonómicos mientras que, simultáneamente, el himno nacional mantiene intacto su desprestigio. Por ese instinto tan singular, que nos hace descreer del suelo que pisamos, España.” (Javier Caraballo, “La España que se ríe de España”, EL CONFIDENCIAL, 20/2/2018).

            Ya sabía yo que, tras la tentativa de secesión, seguiría el discurso autodenigratorio como estrategia de contención, ya que ser español “tout court” es un síntoma de profundo franquismo sociológico que sólo puede tratarse con innovadores psicofármacos. Y el poder político, cultural, comunicacional y económico está en manos de semejante escoria…

          • Su microrrelato político sobre el combate de boxeo entre “Juan Español” y el Estado español con sus abogados defensores es una pieza deliciosa.

            Ahora la cara desfigurada de magulladoras hasta el punto de parecer Sylvester Stallone recién inyectado de bótox la exhibe nuestra clase política, que en su necia impotencia empieza nuevamente a denigrar, vituperar, escarnecer y arrastrar por el fango la idea, la imagen y el destino de esa España tan indefensa y tan necesitada de algo mejor que lo que se le ofrece por los que dicen que les da miedo “la marea rojigualda” o que todo esto de tantas banderas parece un “golpe de la extrema derecha”.

            En fin, pagamos con nuestros impuestos a quienes nos humillan y ofenden a diario con su solo hálito y su lenguaje cobarde: un Régimen de esta naturaleza no se había conocido jamás en ninguna parte ni en ninguna época. Tomar conciencia de eso es ineludible, incluso para los que padecen una hipnosis inducida por los medios consabidos.

  9. Es curioso que nadie mencione que la huelga del 8 de marzo es ilegal, y a pesar de ello cuenta con la complacencia de todos los aspirantes a la poltrona.

  10. Pensamiento conservador, dice el bromista Vilches. En el congelador, como los pollos. Descongelarlo es tarea hercúlea en este fin de Régimen.

    Necesitamos algo, un placebo, una paracetamol contraideológico frente a la patota montonera. Vale, pero ya es tarde. Nunca lo hubo en la Derecha española. Anglosajonia es el punto de vista de Sirio.
    Aquí, el último que pensó yace en alguna cuneta: angélico al Cielo, chocolate a la barriga y la familia, bien, gracias. Los ricachones españoles nunca fueron demasiado idealistas. El catolicismo era una buena cataplasma y una buena sangría. No daba para mucho en la época contemporánea, así que ni siquiera en su versión nacional-católica nos era útil.

    Así que los sujetos de la clase dominante se dijeron: “Bueno, nos hacemos socialdemócratas, total tampoco hay tanta diferencia con lo que ya éramos”. Y de ahí al Cielo del felipismo prometido por Boyer-Solchaga. Y ahora, la de Dios es Cristo. Arrechuchos, desfilemos cara a Hayek. Reformemos “manque” perdamos.

    Y salen en procesión los Vilches, los Gortázar, los Abadía, los Castro Villacañas antorchas en mano para iluminar el viejo desván cubierto de polvo y despertar al pequeño Eros, como Psique avejentada por onanismos estatales que mucho afean la dignidad del Conservador.

    Y en cuanto a las ideas, tradúzcanse de algún manual en inglés. Total, para lo poco que leen las clases acomodadas…

  11. La cosmovisión conservadora, serena y alérgica a las utopias delirantes de la ‘sociedad perfecta’ y sus buenas intenciones con millones de muertos imperfectos…claro que sí Vilches, hay mucha sabiduría en ese escepticismo metodológico.

    Pero no se engañe…el PP no es un partido conservador. Es un partido peronista. Peronista de derechas en un ecosistema peronista, en el que el PSOE interpreta al peronismo de izquierdas. Y eso es otra cosa. Porque el peronismo es la degradación de las democracias y de sus instituciones hasta pervertir todas sus funciones. El peronismo no conserva las instituciones para su función teórica y original, las patrimonializa. Es una regresión en toda regla hacia un estadio primitivo de democracia-ficción estamental-burocrática que lejos de ser valladar a la nuevas purgas sociales por llegar de manos de sus ideologías posmodernas (pero muy viejas) es un colaborador necesario, con o sin premeditación, pues con ese inmovilismo refractario a cualquier higienización espolea los movimientos anti sistema poniéndoselo tan fácil, que resulta imposible no distinguir entre las consignas de los nuevos radicales reclamaciones justas. El peronismo de derechas legitima a los radicales anti sistema dándoles banderas justas que harán todavía más difícil un reformismo sano y gradualista.

    Quien quiera un poco de ese sano conservadurismo para centrar la vida pública y alejarla de erupciones de cólera o de futuras víctimas de utópicos de toda índole y condición, debe estar rezando porque desaparezca esa impostura que es el PP….porque el peronismo de derechas sí es una apuesta segura para la extinción.

      • Buenos días, Vilches.

        Cierto, pero tampoco digo que lo haga, aunque he lo he inferido implícitamente al hacerse eco de la acusación de Cs al PP. De ahí mi puntualización.

        Tengo presente su libro con Almudena Negro. Está en mi lista una vez liquide la pila de navidades.

        Otro saludo

      • D. Jorge, pues hablando de doña Almudena Negro… Ya no me entran podcast de Ya es domingo. ¿ Tienen otra tertulia por ahí donde intervengan ?

        Lo siento, la del oficialista Carlos Herrera no la sigo, así que ahí a vd. no le puedo escuchar.

        Un cordial saludo.

        • Buenas tardes.

          A Almudena Negro la puede seguir en La Razón TV, el canal de este periódico que ella dirige. Lo puede ver en la misma web de La Razón y en las redes sociales.

          Un saludo

    • Derondat: Genial tu clasificación de los dos grandes partidos estatales como peronistas. Hemos vivido toda la Transición bajo un régimen peronista y lo peor es que los nuevos actores surgidos en la escena no parecen estar libres de idéntico estigma. Esto solo puede acabar mal como ocurrió en la cuna del auténtico movimiento político.

      • Gracias Enrixav. Esperemos que el ecosistema peronista no sea tan sólido aquí como en Argentina. Hay modelos que una vez se imponen resultan casi imposibles de reformar.
        slds

        • El sustento, la argamasa, de nuestro peronismo son las Taifas.

          De la misma manera que lo eran/son los descamisados para el peronismo porteño.

          Acabar con las Taifas es el quitarles su sustento. El problema de Ciudadanos es que o no se atreve o no quiere (cada uno que elija lo que proceda) ir de frente contra las Taifas, es parece cómo si las apoyara, para no ganarse enemigos (o ganarse amigos) en ese establishment que te deja acceso o no a los medios. El paso imprescindible para poder ser alguien en España.

          Eso que VOX o UPyD tienen vedado.

          Un cordial saludo

          • Coincido, Sr. Pasmao. Las taifas regionales son el consenso que a todos los partidos, parlamentarios, une, pero que acaba con la nación.

            Aquí todos son autonómicos porque lo que predomina en el teatrillo político actual es el hecho diferencial, la diversidad, la plurinacionalidad y el fer país, que dijo en su día un señor mayor que debería estar en la cárcel, dado la cantidad de dinero que ha sustraído durante casi 40 años.

            Las autonomías son una gigantesca maquinaria política para generar asientos para cul*s de políticos. ¿ Cómo pretender que se hagan el harakiri ? Eso del harakiri sólo es para cortes franquistas, tan malas ellas…

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