La fauna ideológica y política es más amplia que lo que suponen esos dos términos, pero no hay duda de que, en especial desde el punto de vista psicológico, conservadurismo y progresismo constituyen un elemento que sirve para diferenciar dos caracteres políticos bastante opuestos. En mi modesta opinión, la característica más peculiar de cada uno de ellos en este momento de la historia reside en la forma en la que valoran la acción política. Mientras que los conservadores tienden a considerar que la política es una molestia inevitable y que es poco probable que aporte algo que resulte ser sin discusión mejor que el no hacer nada, los progresistas están muy convencidos de que poseen las soluciones de fondo para una enorme variedad de problemas, y que es su obligación tratar de conseguir que esas promesas se hagan realidad, casi al precio que sea, porque les parece indiscutible que no hay nada que hacer mientras manden los conservadores, es decir…

En consecuencia, los conservadores tienden a participar lo menos que se pueda en política y suelen confiar en que la suerte les depare la aparición de alguien (el líder soñado) que evite los desastres más rigurosos, mientras que los progresistas insisten a hora y a deshora en politizar la existencia, es decir en hacer que la política se haga omnipresente en la vida cotidiana, en la calle y en las casas, desde el amanecer hasta bien entrada la noche.

Los partidos conservadores, si es que los hay, es decir si no se limitan a ser progresistas envejecidos como suele decir Dalmacio Negro, se han fijado en que la izquierda tiende a ganar más veces que la derecha y tratan de imitar sus procedimientos, el ataque continuo a las proposiciones de sus adversarios, las manifas, el asociacionismo de lo que tienden a llamar la sociedad civil, que es un manto que todo lo cubre, la toma de la calle, la creación de grupitos de agitadores más o menos a sueldo, y a ejercitarse en cosas similares a las que hace la izquierda con cierto éxito, que tampoco hay que exagerar.

En los sistemas parlamentarios tanto conservadores como progresistas tienen que discutir, y eso es un problema porque a los conservadores les da pereza, y los progresistas tienden a no consentirlo

Los progresistas no tienen esa manía imitadora, bueno salvo cuando llegan al Gobierno, que a veces se les pone cara de registrador de la propiedad y empiezan a pedir a los conservadores que sean un poco más responsables y no agiten la vida política más de lo necesario. Pero incluso en ese trance tan incómodo para un progresista como es el tener que aplicar sus recetas a casos reales y ver qué pasa, los progresistas suelen reservarse un doble papel, por la mañana el ministerio y por la tarde continuar la agitación, que es lo único que les garantiza el futuro porque no sé que me da, pero sospecho que la capacidad de los progresistas en creer que sus políticas, cuando gobiernan, les darán prórrogas indefinidas de su mandato anda un poco maltrecha.

En realidad, el progresista consecuente desearía un mandato indefinido, y eso es lo que amarran en cuanto se les deja, miren a la cara de los Castro, los Chávez y los Maduro y díganme si les notan ganas de alejarse del poder. Fijénse, en cambio, con que ligereza se ha ido Mariano Rajoy a su casa, bien convencido de que era lo más conveniente para él (a ver si un día se explica un poco más) y una vez demostrado su madera de número uno, que es algo que preocupa mucho a los opositores.

En los sistemas parlamentarios tanto conservadores como progresistas tienen que discutir, y eso es un problema porque a los conservadores les da pereza, y los progresistas tienden a no consentirlo. El uso de argumentos delirantes en los parlamentos tiene que ver con este punto decisivo. Un conservador tiene que argumentar sobre cualquier punto, y como no se lo suele haber estudiado, siempre hay excepciones, cae en la tentación de soltar cualquier tontería rubicunda, por lo general en defensa de alguna obviedad, o, lo que suele ser peor, se atreve a proferir una machada de las que hacen época, convencido de que ha llegado el momento de ajustar las cuentas a los cuentistas.

Los progresistas tienden a pensar que pueda bastarles con las torpezas de sus adversarios, y se recrean cuanto pueden en subrayar lo más atrabiliario que quepa deducirse del balbuciente argumentario de los conservadores. Si reciben ataques cuando están en el poder, situación que siempre dan a entender que les incomoda un poco, como ya he dicho, su táctica es siempre la misma; echar toda la culpa de lo que pasa a los conservadores, y eso aunque lleven años en el poder, en cumplimiento de aquel principio fundamental que afirma que si la cosa va mal con gobiernos conservadores, la culpa es de los conservadores, mientras que si la cosa va mal con gobiernos progresistas, la culpa es también de los conservadores. Los más cultos de entre estos personajes, que los hay, aunque no muchos, lo suelen llamar dialéctica y les queda bastante bien, en general.

Hay que decir que llevamos unos siglos en que las cosas no acaban de marchar a gusto de los conservadores, de modo que los más inteligentes, que también los hay, están bastante molestos, al menos, desde la revolución francesa, y claro es muy difícil resultar atractivo con esas pelucas. Lo peor, sin embargo, es los que todavía no se han enterado de que, como dijo con mordacidad Chesterton, si se dejan las cosas como están no se conservan, sino que se descomponen.

A cambio, los progresistas deberían reconocer dos cosas, pero no están para hacer concesiones. La primera es que la inmensa mayoría de las cosas que han hecho este mundo mejor que el de hace siglos no se deben a ninguna revolución sino al trabajo inteligente, constante y generoso de las personas que saben hacer cosas que funcionan. La segunda, más dura de tragar todavía, es que no pueden mostrar casi ningún ejemplo de que allí donde se han aplicado sus recetas se haya conseguido un progreso indiscutible. Frente a esto suelen responder atribuyéndose todos los progresos políticos y sociales imaginables, desde la seguridad social, al voto universal, la abolición del trabajo infantil y las vacaciones pagadas. Orwell predijo que se acabarían atribuyendo el invento del helicóptero, yo no lo he oído, pero todo llegará. Olvidan que esas conquistas, cuando lo son y muchas veces es el caso, han sido implantadas por gobiernos conservadores (y para negarlo se ha inventado la memoria histórica, están en todo) o bien por acuerdos entre unos y otros, que es lo bueno.

El talento progresista no brilla en el hallazgo de soluciones, pero es casi indescriptiblemente bueno en la invención de problemas. Este es el sistema que usan todos los progresistas del mundo cuando se hace evidente que su motor de la historia ha dejado de funcionar, recurren a otro y lo convierten en su nuevo mantra, aunque se lo saquen de una chamarilería, da igual. Nadie es tan capaz como un progresista de hacer creer a un honrado padre de familia que es un peligroso violador, un perro de presa del patriarcado, o en hacer creer a un probo taxista, que trata de agotar los años de su coche Diesel, que está matando de modo lento pero continuado a sus congéneres. Además, eso de pelear por causas imposibles tiene su deje romántico y revolucionario, profético, y nada le conviene tanto a un progresista como creerse, en verdad, de la estirpe de los héroes y los santos.

No es un secreto para nadie que el progresismo tiende a triunfar en los años jóvenes (aunque un amigo dice que los de última generación ya no se creen estas cosas, Dios le oiga), mientras que el conservadurismo florece con las canas. Los muy asustadizos empiezan a pensar que algo tiene que ver con esto lo de la eutanasia, pero, la verdad, yo no lo creo. Lo que me pregunto es por las razones por las que personas que suelen dar tan buenos rendimientos en negocios, empresas, ciencia o deporte, mantienen todavía una idea de la política tan pobre e insuficiente, es decir, ¿cuáles son las razones de que la mayoría de los líderes sociales partidarios de que el mundo funcione, digamos, con normalidad, se dejan representar por tipos tan incompetentes? A mi me da que pensar, no sé a ustedes, tal vez sea un mal más pasajero de lo que cabe temer.

Foto: Clard


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

2 COMENTARIOS

  1. Quizás la respuesta esté en la fábula de Iriarte.

    «Son podencos, vaya,
    que no entiendes de eso.»
    «Son galgos, te digo.»
    «Digo que podencos.»

    Leo por ahí que Aznar y Felipe van a repensar la fábula como representantes civiles de los conejos.

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