En este mismo medio publiqué no hace mucho un artículo titulado La última generación salvaje. En él describía una infancia que hoy parece casi exótica: tardes interminables en la calle, autonomía, ausencia de agendas, padres que no sabían exactamente dónde estabas… y tampoco lo necesitaban. Una generación educada en la intemperie, no por dejadez, sino por normalidad. Muchos lectores se reconocieron en ese retrato. Algunos incluso se sintieron, por una vez, elogiados. Pero aquel artículo solo contaba una parte de la historia. La más estimulante.
Sin embargo, esa misma generación que aprendió a amar la libertad, a saborearla con deleite, protagonizó después una de las paradojas más llamativas de las últimas décadas: transformó el riesgo que la había formado en algo inaceptable para sus hijos. La autonomía pasó a parecernos negligencia. La calle, una amenaza. El error, una tragedia emocional en potencia.
El problema no es que sepamos poco, sino que hemos aprendido demasiadas cosas inútiles. Demasiados manuales. Demasiadas advertencias y reglas. Toneladas de pedagogía acumuladas en un trastero mental del que ya no sabemos distinguir lo valioso de lo que estorba
La pregunta es inevitable: ¿cómo fue posible que quienes crecimos fuera de la jaula acabáramos encerrando en ella a nuestros hijos?
No hubo un plan conscientemente elaborado. Los padres no discutieron entre sí para finalmente decidir que sus hijos vivirían bajo una supervisión permanente. El cambio fue incremental, casi imperceptible. Pero, sobre todo, vino de fuera.
Durante años, el ecosistema informativo fue alimentando una narrativa recalcitrante: el mundo es peligroso, la infancia es extremadamente frágil, cualquier error deja secuelas, cualquier riesgo es potencialmente un trauma. El suceso truculento, el más perturbador se repetía hasta adquirir apariencia de cotidianeidad. La excepción se convertía en amenaza estructural. El miedo empezó a parecer una respuesta sensata.
El sociólogo Frank Furedi lleva décadas analizando lo que denomina risk inflation: la inflación cultural del riesgo. En libros como Culture of Fear o Paranoid Parenting, Furedi muestra cómo sociedades objetivamente más seguras desarrollan una percepción subjetiva del peligro como un factor creciente. No porque el mundo sea más hostil que en el pasado, sino porque hemos aprendido, y nos han enseñado, a mirarlo de esa manera.
Algo bastante similar describe la teoría del Mean world síndrome (síndrome del mundo cruel), desarrollada por George Gerbner: la exposición continuada a contenidos alarmistas (violencia, delincuencia, catástrofes) acaba distorsionando la percepción de la realidad. Personas que viven en entornos bastante seguros empiezan a comportarse como si estuvieran permanentemente amenazadas.
La lógica es simple y devastadora. Se inocula temor de forma constante, sin tregua. El ciudadano deja de confiar en su propia experiencia. Un ruido en mitad de la noche ya no es una duda: es una amenaza. El extraño deja de ser un desconocido: es un peligro. De esta forma, el miedo prefabricado degenera en una neurosis que acaba desencadenando los hechos que pretendía evitar. La inseguridad se convierte así en una profecía autocumplida.
Ese mismo esquema se trasladó a la crianza. Poco a poco confundimos cuidar con controlar. Sustituimos la preparación frente a la vida por la prevención obsesiva de todas sus potenciales amenazas. Donde antes había margen para el error se impuso un protocolo de emergencia. Donde antes había tiempo libre aparecieron agendas infantiles agotadoras. El aburrimiento, antiguo acicate de la imaginación, pasó a considerarse un síntoma preocupante que había que combatir con actividades dirigidas. La infancia dejó de ser un territorio de exploración para convertirse en un proyecto de ingeniería preventiva donde nada quedaba al azar.
Cada caída era una amenaza. Cada frustración, una herida emocional. Cada conflicto, un fallo del sistema. El mensaje implícito era claro: el mundo es demasiado peligroso para enfrentarlo solo, sin una extensa red de seguridad. Repetido una y otra vez, ese mensaje acabó resonando como una certeza.
A este clima de vigilancia preventiva se sumó una transformación profunda del modelo educativo. Durante años se nos insistió en que los padres no sabíamos educar, que la intuición paternal era sospechosa, que el error era terriblemente dañino. Apareció toda una literatura obsesionada con evitar el “daño”, con salvaguardar la autoestima, con erradicar cualquier exigencia que pudiera interpretarse como presión competitiva.
Los títulos de infinidad de libros hablaban por sí solos: Cómo ser padre y no morir en el intento, Cómo sobrevivir a tu hijo adolescente, Educar sin traumas, Criar sin frustrar, Los 10 errores más dolorosos de los padres. La paternidad dejó de presentarse como una tarea desafiante pero natural y pasó a describirse como una actividad de alto riesgo, más peligrosa que un deporte extremo.
Lejos de resultar útil, esta literatura sirvió para establecer la idea de la incompetencia paterna. No había confianza en el adulto, solo admoniciones constantes. No decía “esto es complicado, pero manejable”, sino “los hijos son bombas de relojería y tú no estás preparado para desactivarlas”. Frente a autores como Furedi, que denuncian esta inflación del miedo, buena parte del discurso pedagógico alimentó la ansiedad parental.
Para entender el daño a largo plazo que esta sobreprotección causó en nuestros hijos se me ocurre una metáfora. Se sabe desde hace un tiempo que muchas alergias hoy casi omnipresentes en niños y adolescentes no proceden tanto del contacto con agentes irritantes como, precisamente, de lo contrario: de haber impedido ese contacto durante la infancia. El exceso de higiene. La obsesión por esterilizarlo todo. El grito paterno cuando el niño toca algo en el parque que “seguro está lleno de gérmenes”, como si hubiera algún objeto en nuestro entorno que no lo estuviera. La aparentemente inocua pantalla del smartphone, por ejemplo, acumula más bacterias que muchas superficies que nos parecen peligrosas.
Al no permitir que el sistema inmunitario infantil se enfrente gradualmente a esos agentes, le negamos la posibilidad de desarrollar defensas. El resultado no es un cuerpo más fuerte, sino mucho más vulnerable. Con la educación y la socialización hemos hecho algo muy parecido. La sobreprotección fabrica adultos sin anticuerpos frente a la realidad. Personas que no toleran la frustración porque nunca se expusieron a ella. Que perciben el error y la contrariedad como agresiones y el conflicto como una amenaza existencial.
Los problemas, que son los gérmenes naturales de la vida adulta, no desaparecen porque los hayamos evitado durante la infancia. Siempre llegan más tarde, más fuertes. Entonces, con las defensas sin desarrollar, provocan reacciones desproporcionadas. Personas alérgicas a la realidad. Adultos que sufren auténticos shocks anafilácticos de la psique ante cualquier contratiempo.
Hemos llegado a delegar la educación de nuestros hijos en expertos que no tienen que vivir con las consecuencias de sus consejos y cuya comprensión de la vida real es, en el mejor de los casos, teórica. Así pues, quizá el problema no es que sepamos poco, sino que hemos aprendido demasiadas cosas inútiles. Demasiados manuales. Demasiadas advertencias y reglas. Toneladas de pedagogía acumuladas en un trastero mental del que ya no sabemos distinguir lo útil de lo que estorba.
A este clima se añade la acción política. No es casual que hayamos escuchado a cierta ministra afirmar que “los hijos no son propiedad de los padres”. La frase, en sí misma, puede parecer razonable. Porque, en efecto, los hijos no son una propiedad. Nunca lo han sido.
Pero este tipo de declaraciones que provienen del poder lo que pretenden deslizar es una idea muy distinta: si los hijos no son “propiedad” de los padres, entonces pertenecen a alguien distinto. Al Estado. A la administración. Al sistema educativo. Al cuerpo de expertos que dicta cómo debe criarse a un niño.
Los hijos no son una propiedad, pero la responsabilidad de educarlos sí pertenece a los padres. No es un privilegio ni una concesión. Es una carga moral y práctica que no puede externalizarse sin consecuencias.
Educar no es poseer. Es responder. Y esa respuesta, con todas sus imperfecciones, no puede sustituirse por decretos, guías oficiales ni consignas políticas sin destruir el vínculo más fundamental de una sociedad: el que une a padres e hijos.
Por supuesto, no se trata de banalizar el peligro ni de animar a los hijos a hacerse selfies al borde de la azotea de un rascacielos. Nadie sensato propone eso. La cuestión es otra muy distinta: hemos llenado la vida de señales de peligro incluso, o especialmente, donde antes había simple experiencia.
Quizá haya llegado el momento de desaprender. De apagar la megafonía del miedo. De recordar que criar hijos no es pilotar un submarino nuclear a través del Polo Norte, sino acompañar a personas reales en un mundo imperfecto. Educar no es eliminar el peligro, sino enseñar a gestionarlo. No es evitar la caída, sino aprender a levantarse. No es proteger a los futuros adultos apartándolos del mundo, sino prepararlos para él.
¿Por qué ser mecenas de Disidentia?
En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 3.000 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos (más de 250) En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han silenciado.
Ahora el mecenazgo de Disidentia es un 10% más económico al hacerlo anual.





















Debe estar conectado para enviar un comentario.