Dicen que luchan por el clima. La semana anterior dijeron que lo hacían por la igualdad. ¿Qué dirán la próxima vez? Desde hace tiempo vemos en los institutos a una juventud supuestamente comprometida con la lucha por el cambio de la deplorable situación de nuestro mundo.

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El pasado 8 de marzo millones de estudiantes faltaron a clase para luchar por la igualdad entre hombres y mujeres. Esa era, supuestamente, la intención. La realidad es que algunos se quedaron plácidamente en la cama, otros asistieron a las politizadas manifestaciones convocadas por organizaciones extremistas y muchos de los (pocos) que ejercieron su derecho a asistir a clase fueron increpados e incluso agredidos por ello, como mostré en un reportaje hace unas semanas. No fueron increpados por el hecho de ir a clase, sino porque tal acción es percibida por los extremistas como una falta de compromiso con los valores que “hace falta” defender. Y claro, ¿quién podría estar en contra de la igualdad? Sólo los machistas, los misóginos y los fascistas. Al creer deleznable a cualquier ser que se oponga a sus demandas, consideran la persecución hacia ellos de sobra justificada.

Las reacciones de este tipo hacia el discrepante no son del todo culpa de los extremistas. Al fin y al cabo, nadie llega a violentar a otro por sus ideas si no hay un importante lavado de cerebro de por medio. Es en el propio instituto donde, muchas veces, adoctrinan a los alumnos en ideologías que, en el fondo, son caballos de Troya de la izquierda para imponer silenciosamente aquello que no pueden conseguir de forma democrática. Y a no pocos políticos les viene de perlas esta situación.

Debemos dejar el miedo a un lado y visibilizar a aquellos estudiantes que no comulgan con quienes se creen dueños de la educación y se dedican a adoctrinar

Isabel Serra, candidata de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, dio cuenta hace unas semanas en un mitin de su intención de impulsar una asignatura de “feminismo” obligatoria en todos los centros públicos de la comunidad. Aparte de la demostración de incapacidad para llevar nada a cabo si no es mediante la imposición, Serra, con estas declaraciones, grita a los cuatro vientos su intención de utilizar la educación para transmitir unas ideas políticas «concretas». Se lleva haciendo desde hace mucho y, ya que nos sinceramos, digámoslo todo: este problema afecta sobre todo a la educación pública. Es algo, en mi opinión, estructural. Basta con pasar al lado de un instituto público para comprobar la burbuja en la que los estudiantes creen moverse libremente. Carteles de Izquierda Unida, de organizaciones “feministas” excluyentes, de Podemos, del Partido Comunista, y un largo, ¡larguísimo! etcétera.

Observo atentamente cómo muchos de estos adoctrinadores profesionales se jactan públicamente de sus engaños, pero más sorprendente me parece la casi nula reacción a tales acciones. El profesor Agustín Moreno, que imparte “historia” en un instituto de Vallecas (según dice él mismo en Twitter) subía a la red social el 7 de marzo una foto de sí mismo celebrando un encuentro “con el alumnado y profesores para debatir de feminismo y nueva masculinidad”. “Así se construye la igualdad”, finalizaba el tweet. Con aduladores así, ¿qué gobierno necesita propaganda? Podría cometerse la mayor barbaridad (como las cometidas por Sánchez en lo que al feminismo atañe) y, aun así, habría “expertos”, de una u otra índole, dispuestos a defenderla.

Es semejante lo que ocurrió hace unos días con la supuesta huelga contra el cambio climático. Vimos multitud de jóvenes que, en su inmensa mayoría, no tienen muchas idea de política ni de medio ambiente, exigir soluciones políticas a “problemas” medioambientales. ¿No es increíble? “¡Los adolescentes se rebelan!”, exclamaba la prensa de izquierdas, exaltada por el furor revolucionario vivido en las últimas semanas. No faltó en las manifestaciones el Sindicato de Estudiantes que, lejos de defender al alumnado, lo utiliza para imponer una ideología determinada en las aulas, reprimiendo mediante la presión social a los disidentes. “El capitalismo mata el planeta”, rezaba su cartel de plástico, una afirmación falaz y propagandista.

No son extrañas las organizaciones estudiantiles de corte colectivista que pretenden anular al individuo al verlo como un obstáculo para sus fanáticos planes. Ejemplo de ello son las asociaciones Abrir Brecha, URFem o PanyRosas. El pasado 8 de marzo, ésta última asaltó al menos un aula de la Facultad de Derecho de la UAM. Aquellas estudiantes de derecho sólo querían asistir a clase y les han llamado de todo por no sucumbir ante el feminismo hegemónico.

El problema está claro. Es grave y urge solucionarlo, pero ¿cómo? Primero, se ha de visibilizar a los estudiantes disidentes con esta autoritaria deriva. Muchos de ellos, incluidos conocidos míos, no se atreven a opinar abiertamente por miedo al qué dirán. No me extraña. La mayoría de estudiantes, a pesar de autocalificarse de mentes abiertas, son intolerantes con aquellos que contradicen sus dogmas. Pongámonos en el lugar de estos estudiantes disidentes. Imagine, estimado lector, que se encuentra usted en una situación similar. Le insultan a sus espaldas y le ignoran en persona. Tiene una reputación de inadaptado, de ultra, de peligro social. Siendo usted compañero de ese estudiante marcado, ¿se significaría en su favor? Este es el dilema que tienen miles de jóvenes en nuestro país y, me temo, en muchos otros. Por lo que se ve, la tolerancia es de una sola dirección.

Debemos dejar el miedo a un lado y visibilizar a aquellos estudiantes que no comulgan con quienes se creen dueños de la educación. Quizá así, algún día, se vea como algo negativo tratar a los jóvenes disidentes como poco más que escoria. Es necesario imponer la neutralidad ideológica en los centros públicos, retirar toda propaganda política de las escuelas y, sobre todo, difundir entre los estudiantes los valores de la tolerancia real frente a la intolerancia “revolucionaria” de aquellos que osan atacar a la minoría más minoritaria: el individuo. Si no actuamos rápido, en un futuro no tan lejano se creerá que la disidencia es una tiranía y la libertad una amenaza. Y no será precisamente un cambio paulatino.

Foto: Sindicato de Estudiantes


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