Hace poco, vió la luz un vídeo del líder de ALDE, uno de los mayores partidos políticos de la Unión Europea. En el vídeo, el señor Verhofstadt hacía público su deseo de centralizar importantes competencias de los estados miembros de la UE como, por ejemplo, el control de impuestos o la defensa. Ideas como estas nos aterran a muchos y, al expresar oposición a ellas, el calificativo de “antieuropeísta” no suele tardar en llegar. Parece que, para muchos de los que reclaman “más Europa”, la sumisión y pérdida de soberanía es de obligado cumplimiento.

Recientemente escribió un artículo sobre el futuro de la UE el presidente francés Emmanuel Macron, insigne defensor del proyecto comunitario. En su pieza, titulada “Por un renacimiento europeo”, el mandatario advierte del peligro del nacionalismo o, mejor dicho, del peligro que el nacionalismo supone para la Unión Europea. También intenta asustar a los ciudadanos de los estados miembros de la Unión con la supuesta amenaza de “las estrategias agresivas de las grandes potencias”, “los gigantes digitales” y el “capitalismo financiero” que, según Macron, es el culpable de la Gran Recesión. Como logros de la UE menciona la construcción de carreteras, escuelas y la mismísima libertad, que, según él, nos otorga la “civilización europea”.

¿Puede una unión que supuestamente defiende el libre mercado venderse a la demagogia barata de la centralización extrema, utilizando para ello el discurso del miedo a uno u otro grupo?

Pero el artículo no sólo habla de lo que, para el jefe de Estado, es Europa, sino sobre lo que debe ser. Para el líder de En Marche, se debe conseguir desterrar el “discurso del odio” de Internet, proteger a las industrias europeas estratégicas frente a las extranjeras, proteger a los trabajadores obligando a los países de la UE a tener un salario mínimo europeo e invertir más en la defensa común, haciendo un guiño a la idea del “ejército europeo” apoyada por Merkel. Creo que el texto de Macron es un perfecto ejemplo de por qué muchos nos oponemos a la exageración de la Unión Europea. El presidente francés no sólo atribuye a la UE logros impropios y perfectamente posibles sin ella, sino que además utiliza un populismo parecido al de políticos como Pablo Iglesias o Mélenchon: enemigos extranjeros, proteccionismo, paternalismo económico, ingeniería social… es la expresión de quien, autodenominándose liberal, desea controlar a los ciudadanos como si fueran figuras de un tablero de ajedrez.

La Unión Europea necesita reformas, en eso estoy de acuerdo con el señor Macron. Sin embargo, me temo que no estamos de acuerdo en qué serie de reformas aplicar. Hay un enorme abismo entre un mercado común y el menosprecio a la soberanía de las naciones tal como para abandonarlas a su suerte cediendo competencias políticas, económicas, fiscales, de defensa, etc hasta convertir a la UE de las naciones en los Estados Unidos de Europa. Me opongo a esta pérdida de soberanía no porque crea en una supuesta identidad nacional que todos debemos compartir, sino porque, con una centralización como la propuesta por este tipo de extremistas, la libertad se encontraría en grave peligro. Imagínense por un momento que Syriza, en vez de gobernar sólo Grecia, gobernase a las más de 500 millones de personas residentes en la Unión Europea, estando todos los países miembros subordinados a su poder y sufriendo todos ellos las mismas políticas que han arruinado a la nación. Ya nadie podría mudarse de Grecia a Francia o a España para mejorar su situación. Tendrían que moverse hacia otro continente y sus opciones se verían extremadamente reducidas. ¿Puede una unión que supuestamente defiende el libre mercado venderse a la demagogia barata de la centralización extrema, utilizando para ello el discurso del miedo a uno u otro grupo?

También es llamativo el caso de muchos dogmáticos – porque no tienen otro nombre – que consideran “más Europa” la única solución a los problemas de nuestro tiempo. ¿Sufrimos una alta tasa de desempleo? Más Europa. ¿Queremos salarios más altos? Más Europa. ¿Necesitamos hacer frente a amenazas – éstas de verdad – como el nacionalismo? Más Europa. Y precisamente ésta última es la “solución europea” que más me chirría de todas. A un grupo que considera el territorio y el control sobre un mayor número de individuos por considerarlos “nacionales” (más de 500 millones, nada menos) como única solución, que trata de imponer la creencia de que compartimos una cultura y (sobre todo) valores comunes que debemos cumplir religiosamente (como demuestran creer, por ejemplo, Emmanuel Macron y sus adeptos), ¿Cómo se le califica? De nacionalista. El supuesto enemigo número uno de la Unión Europea es, hoy en día, parte de su núcleo. Y el nacionalismo no es grave sólo por sus asunciones, sino por compartir un germen común con otras herramientas autoritarias: el colectivismo.

El colectivismo, sea cual sea su tendencia, significa la sustitución del individuo libre e igual por el colectivo dócil y sumiso. La caída de la responsabilidad y el ascenso de la culpa común, de la creencia de que la sociedad en su conjunto es víctima y victimario de sus acciones, sin posibilidad de pensar en el ‘yo’ o en ‘él’. Y digo que el colectivismo anula la responsabilidad porque cree que ésta es colectiva, y si la culpa la tenemos todos, no la tiene ninguno. Cuando miremos a nuestro alrededor, todos seremos culpables. De la conquista de México por parte de los españoles (¡Y alguno pedirá perdón, 500 años después!), del Holocausto, del Holodomor (que no se olvide), de la corrupción política, etc. Sin pensamiento individualista, en el gran sentido de la palabra, no cabe responsabilidad.

Para apreciar lo peligrosa que es la concentración extrema del poder, no hace falta más que echar un vistazo a la historia política del siglo XX. Millones de personas sufrieron las consecuencias de la ambición desmedida de poder de gobernantes déspotas como los de la Unión Soviética o la Alemania nazi. Los ciudadanos que tenían posibilidades de viajar hacia otros países más libres que sus colonizadas patrias vieron cómo sus opciones eran cada vez menores por la abrumadora extensión de estos dos imperios; el resto tuvo que permanecer en sus países y sufrir las consecuencias del deseo de control de otros.

Millones de muertos. Miles de vidas destrozadas. Odio, destrucción y terror. Esas son las consecuencias de la centralización extrema del poder, y nunca se sabe quién gobernará en el futuro. No vale dar por supuesto que algo así no volverá a ocurrir, pues el ser humano, dicen, es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra. El nacionalismo no es un fenómeno exclusivamente separatista, y no pocas veces creemos estar observando al mal en persona cuando nos estamos mirando al espejo.

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