Toda discusión sobre el poder supone la aparición de una resistencia a su dominio, una actitud que consideramos característica de sociedades civilizadas que han superado el orden tribal y constituye una diferencia esencial frente a formas primitivas de control y organización social, pero que, ahora mismo, no pasa por sus mejores momentos.

Podemos discutir sobre el poder si distinguimos su fuerza, su capacidad de hecho, de su derecho a imponerse, de su legitimidad. Las normas morales y las leyes han sido la forma en que se han ido codificando, y adquiriendo una forma abstracta e impersonal los límites al absolutismo, la posibilidad de que los ciudadanos puedan ponerse a salvo de decisiones ilegítimas.

Cualquiera que sea la forma de ese límite a las posibilidades de imposición por parte de los poderes políticos, sea moral, sea positivo, su mera existencia y su justificación intelectual han de partir de que se reconozca en los seres humanos la existencia de una capacidad básica que es la de pensar libremente y, por tanto, la de asentir o discrepar, la de obedecer al poder o no. Esta dimensión primordial de la conducta humana implica que cualquier ser humano puede ser alguien distinto al personaje que ejecuta en una comunidad, que puede abandonarla o tratar de cambiarla, y que, por supuesto, tiene derecho y capacidad de objetar, de desobedecer.

A esto nos llevan las formas de politización de la existencia, a implantar una sumisión absoluta a los designios del poder, a confundir la democracia con el autoritarismo, a renegar de la libertad para poder imponer el Bien de forma perentoria, es decir a santificar la dictadura, a emplear el miedo para evitar el Mal

Si existe esa libertad, la consecuencia esencial es que la vida comunitaria puede verse alterada, que mañana puede suceder lo que no sucedía ayer, que la existencia de cada hombre o mujer no está  predeterminada por su pertenencia a un grupo. La primera y más básica forma de libertad es indiscernible de la capacidad de sustraerse a la presión social imperante, la capacidad de llegar a ser distinto, único, pese a que se reconozca el poder que tiene la comunidad para ejercer influencia sobre la vida de cada cual y se acaten muchas de sus consecuencias, porque es imposible que nadie se libre de sentir alguna forma de imposición universal e impersonal, una coerción que se deriva y se ejerce en nombre de lo que se supone es el bien y la justicia.

La distancia que media entre la efectividad del poder colectivo y la capacidad de sustraerse a sus mandatos es lo que hace aparecer la política en las sociedades abiertas, de forma que la política consiste en un ejercicio de libertad que viene permitida por la separación y oposición entre el poder y la voluntad de individuos y grupos de defender o promover cambios en el orden vigente, su capacidad de oponerse a la condición imperativa del poder.

El poder siempre pretende actuar en nombre de normas superiores, de la naturaleza, de la justicia, de la moral, de la nación, del bien, en suma y, es por tanto, una realidad peligrosa y amenazante. Las democracias han conseguido encarnar una forma exitosa de limitación del poder, de repartición y competencia entre poderes para evitar cualquier tendencia a su extralimitación.

Lo peculiar de nuestra situación es que se ha llegado a producir una cierta sobrelegitimación del poder cuando los gobiernos consiguen alzarse con un respaldo que consideran indiscutible, que les hace capaces de creer que son la única fuente de legitimidad y de derechos, que la ley y la Constitución pueden ser, por ejemplo, realidades discutidas y discutibles que pueden ser alteradas y violadas sin delito por el poder del pueblo, por la democracia misma. Es lo que hay detrás de la distinción entre los conflictos políticos y los sistemas jurídicos, la idea de que los segundos deben plegarse a los primeros sin advertir que esa sumisión supone una derrota de la razón frente a la fuerza.

La forma más precisa en que las democracias pueden volverse enemigas de la libertad es aquella en que el poder político se siente investido de la legitimidad de una opinión unánime, y, en consecuencia, no duda en arrinconar y perseguir a quienes osan disentir de sus mandatos. Aparece entonces una forma de naturalidad política que se traduce en una dictadura aplaudida, en que una mayoría moral que se supone abrumadora trata de imponer sus dogmas y sus prejuicios como si fuesen una expresión directa de la humanidad o de su progreso natural y moral, sea basándose en la ciencia, como pretende el ecologismo, o en la liberación de unos vínculos primitivos y abrumadores como pretenden ciertos feminismos, o en la negación de la política misma como expresión de los intereses de una casta como suponen los populismos, o de una Nación que pugna por existir como pretenden los separatistas.

Si llegasen a imponerse cualesquiera de esas formas de entender la legitimidad del poder y su manejo, desaparecería cualquier atisbo de libertad política (como supo ver con enorme claridad Lenin) y se produciría lo que cabe llamar una politización de la existencia, es decir, una situación en la que solo existirían los afectos a la  causa del bien y los réprobos, la ruina más radical de cualquier forma de pluralismo y de diversidad, algo que ya se ha experimentado en los regímenes teocráticos, en las situaciones en que logra imponerse el nacionalismo o en los procesos revolucionarios, es decir en los escenarios que reclaman la entrega total de la vida de los individuos al buen fin de la causa capitaneada por los líderes victoriosos, intachables y perpetuos, la ruina misma de la política y de la idea de que cualquier democracia debiera exigir pluralidad y, por ello, consensos y alternativas. Cuando se piensa así, no importan los muertos, porque nada importan los vivos, las personas no existen frente a la hiperrealidad de la nación catalana, la emergencia climática, el asalto al paraíso, la derrota del patriarcado o la revolución islámica del Irán que acaba de llevarse por delante a 1.500 disidentes sin apenas pestañear.

La política es una invención, una técnica y una cultura, algo irreductible a lo natural, por más que, como también sucede con la técnica, no pueda olvidarse de la naturaleza humana. Un somero vistazo a cualquier forma de historia nos muestra que nuestra condición biológica es muy plástica, y puede ser interpretada de muchas maneras, pero la negación de esa cualidad esencial es la esencia del totalitarismo, esa forma de ser según la cual sólo se puede ser catalán, feminista, ecologista o antisistema, actitudes que tienen en común mucho más de lo que se muestra a primera vista, en especial porque confunden la política con la intimidación, con cierta violencia de apariencia suave y tolerable pero, en el fondo, absolutista e intolerante.

Las tendencias autoritarias en política, desde las teocracias hasta los totalitarismos o los intentos de imponer cualquier corrección política, se proponen cerrar de manera arbitraria la brecha entre cualquier bien y la libertad, imponiendo con violencia evidente, una conducta natural y, por ello, buena, que se suele presentar como progresista, como la meta que ninguna persona decente renunciaría a perseguir.

Vivimos ahora mismo en sociedades que son pasto de un exceso de legislación, en el que a muchos parece necesario que la ley imponga conductas que debieran reservarse al buen sentido, que la legislación penetre hasta el fondo de nuestras vidas aboliendo cualquier clase de intimidad y de autonomía. Son muchas las excusas para hacerlo, pero no debiéramos descuidar que todos esos ideales de perfección social, que no haya violencia doméstica o de género, que nos alimentemos bien, que cuidemos el medio ambiente, que expresan ideales que en sí mismos pueden ser admirables, comportan la amenaza de convertirnos a todos en vigilantes de todos los demás, en policías sin sueldo ni placa, una amenaza muy real que se instrumenta muy bien con tecnologías invasivas que nos retratan hasta en el reservado y nos vigilan de manera incesante con el benemérito propósito de evitar que hagamos algo mal, por supuesto que antes de llegar a hacerlo.

A esto nos llevan las formas de politización de la existencia, a implantar una sumisión absoluta a los designios del poder, a confundir la democracia con el autoritarismo, a renegar de la libertad para poder imponer el Bien de forma perentoria, es decir a santificar la dictadura, a emplear el miedo para evitar el Mal, una definición orwelliana del infierno, el lugar en el que el poder se convierte para siempre en incuestionable.

Foto: Jennifer Lost 


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web