El izquierdista medio rara vez cuestiona los presupuestos doctrinales de su creencia en las bondades de la ideología revolucionaria izquierdista. Aunque el marxismo se pretenda presentar bajo los ropajes de un cientifismo en realidad es profundamente anticientífico en el sentido popperiano. Más bien lo que subyace en el pensamiento izquierdista es una extraña combinación de dogmatismo pseudo-religioso y excesos propios del apriorismo racionalista. Aunque el marxista acude a la historia para ejemplificar las bondades de la dialéctica como modo superior de conocimiento, su esquema de conocimiento en realidad debe mucho más al cartesianismo que a la revolución científica iniciada en el siglo XVII. Toni Negri sitúa los orígenes del liberalismo, con sus excesos racionalistas, en una lectura “política” del cartesianismo, sin embargo, no es menos cierto que en Marx se encuentra más claramente este residuo cartesiano. Éste siempre entendió, a la manera cartesiana, que su nuevo método consistente en una inversión del hegelianismo, suponía un antes y un después en la historia de la filosofía. No es casual que eligiera a Prometeo como figura mítica de lo que debe ser un revolucionario. Alguien que osa robar a los dioses el fuego para entregárselo a los oprimidos y explotados, con el fin de iluminar sus conciencias.

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Esta visión del revolucionario como sujeto epistémico infalible que tiene una comprensión holista de los problemas, que ve más allá de lo que los simples mortales son capaces de atisbar, configuran al revolucionario como una suerte de profeta. Lamentablemente el izquierdismo no ha sabido realizar una crítica racionalista de sus “profetas” a la manera en que lo hace Spinoza respecto de la tradición judía en el Tratado teológico-político. Los excesos proféticos del revolucionario o su falta de compromiso ético con la doctrina que propone como de general observancia se han atribuido generalmente a lo que desde los procesos de desestalinización se ha llamado como el culto a la personalidad. Con esta etiqueta el marxismo ha pretendido salvar la integridad moral de la idea comunista, su validez epistémica y su relevancia futura, achacando los males producidos por el comunismo a los efectos indeseados de personalidades psicopáticas, de corte narcisista que tienden a identificar comunismo con sus propias apetencias e intereses.

La discrepancia, el debate y la confrontación pública de pareceres seguirán siendo vistas más como ejemplos de deslealtad al partido, que como expresión sana de pluralismo de corrientes en las organizaciones. Cuando acontezca la enésima desafección no volverán a faltar los que traigan a colación la letanía acostumbrada del culto a la personalidad

Durante el estalinismo, como consecuencia del culto a Josef Stalin, se hicieron pasar por marxistas las filias y las fobias del personaje, así como su patológica paranoia personal que le llevó a perseguir implacablemente a todos aquellos que él considerase podían hacerle sombra en la dirección del partido comunista. Entre 1936 y 1938 se celebraron las grandes purgas, donde se hicieron simulacros de procesos judiciales de toda una pléyade de antiguos camaradas de Stalin, ahora bautizados como miembros del centro terrorista y sionista Trosky-Zinoviev. Acabada la II guerra mundial las conocidas purgas del estalinismo se trasladaron a muchos de los países satélite del nuevo imperialismo soviético, donde las desviaciones “troskistas, tioistas y sionistas” fueron severamente castigadas en nuevos ejercicios paródicos de justicia “popular” donde la delación, la tortura y la autoinculpación fueron sus señas de identidad.

Se han intentado presentar diversas explicaciones de la patología política que supuso el estalinismo. No han faltado los que han querido ver en la temprana formación religiosa de Stalin una explicación de esos juicios parodia donde todos los acusados se autoinculpan de todo aquello que han hecho y que podrían haber seguido haciendo caso de que no hubieran sido objeto de la corrección fraterna comunista. Los juicios farsa de Stalin no fueron pues más que formas secularizadas de la penitencia religiosa. Esta explicación también se utiliza para justificar otros regímenes de terror como el jacobinismo político de la revolución francesa, donde el celo inquisitorial de los revolucionarios dispuestos a cometer los mayores crímenes se justificaba en razón de la temprana formación religiosa recibida. Cuando la explicación religiosa no resultaba pertinente se acudía a la explicación-justificación contextual. Así las matanzas de Paracuellos, de Katyn o los asesinatos en masa de los jemeres rojos “se explican” mejor cuando se las contextualiza y cuando se las analiza a la luz del propio devenir de los procesos revolucionarios. En Paracuellos se trataba de evitar la formación de una quinta columna en un momento en el que la república estaba sometida a la presión militar de los sublevados sobre Madrid, en Katyn los soviéticos no tenían otra alternativa para eliminar la nefasta influencia del catolicismo en el país que liquidar a un cuerpo de oficiales especialmente imbuidos de dichos valores religiosos etc.

La explicación es siempre la misma: de los desmanes, horrores, asesinatos y purgas la ideología jamás tiene responsabilidad alguna. Esta exclusivamente atribuible a factores extrínsecos que nada tienen que ver con las bondades de la doctrina. El propio Marx, quizás consciente del componente escatológico de la doctrina marxista, ya se refirió en una carta al camarada Wilhem Blos a los riesgos inherentes a la absolutización de las opiniones y deseos de los líderes revolucionarios que podían ocultar la perversión del líder de convertirse en un líder-autocrático con la excusa de preservar la “verdad” de todo proceso revolucionario.

Con ocasión de las próximas elecciones autonómicas en la comunidad de Madrid, ciertos intelectuales vinculados a la izquierda parecen desmarcarse de cierto partido morado. Si la explicación de dicho fenómeno tiene o no que ver con las malas expectativas electorales para el neo-chavismo en dicha comunidad o si se deben a una súbita recuperación del sentido común es algo que dejo a la interpretación de los lectores. Lo que sin duda les puedo anticipar es que cuando Pablo Iglesias abandone la dirección de dicha formación política y tenga lugar un proceso de despablización de la organización, oirán y leerán ustedes escritos y opiniones hagiográficas acerca de la oportunidad perdida, el mucho daño que hizo una personalidad narcisista a la bondad de una idea, y como el siguiente proceso revolucionario de los de abajo debe ser más horizontal y debería sustraerse de cualquier tentación personalista.

En definitiva, una permanente letanía de justificaciones y explicaciones que permitan mantener la vigencia de un idea errónea, perversa y criminal. Mientras eso sucede no duden ustedes de que la práctica de la “delación” del compañero, hacer la “pelota” al líder o la práctica “laica” de la “corrección fraternal” del militante seguirán llevándose a cabo en esas nuevas “organizaciones horizontales”. La discrepancia, el debate y la confrontación pública de pareceres seguirán siendo vistas más como ejemplos de deslealtad al partido, que como expresión sana de pluralismo de corrientes en las organizaciones. Cuando acontezca la enésima desafección no volverán a faltar los que traigan a colación la letanía acostumbrada del culto a la personalidad.

Foto: Antonio Marín Segovia.


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