Una de las ideas de Milton Friedman que se han convertido en meme, en esas ideas que se replican hasta formar parte de la conversación ocasional de muchos, es la de que la responsabilidad social corporativa de una empresa es la de obtener beneficios.

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La idea de Friedman no le parecerá muy profunda a quien no entienda cómo funciona el sistema económico. Cualquier empresa utiliza un conjunto de medios para la producción de un bien. Si obtiene beneficios es que el valor para la sociedad de lo que ha producido es superior al coste de hacerlo. Y el coste refleja el valor de los usos alternativos de todos esos recursos productivos. De modo que una empresa, si da beneficios, es que está utilizando de forma adecuada los recursos, y obtiene un premio por hacerlo. Una empresa que obtiene beneficios está realizando una función social. Función que, por cierto, es opuesta a la que realizan los políticos con el dinero público.

El mensaje ha calado, y una parte de la sociedad, entre la que están también los empleados de las organizaciones, sienten que su función social no está clara. Que detraen recursos de la sociedad, que perpetúan situaciones de explotación, que esquilman los recursos de todos

Friedman, autor entre otras obras de un buen libro sobre la teoría de los precios, sabía perfectamente que esto es así. Pero alegó otra razón distinta: La responsabilidad de los gestores de una empresa es con los accionistas. En la siempre compleja relación de la propiedad de una empresa con sus gestores, éstos pueden tener la tentación de disponer del dinero de los accionistas para destinarlos a otros usos, como por ejemplo entregarlo a organizaciones o causas que no son las de los accionistas. En las grandes empresas, esto será así, pues los miles de accionistas de una empresa tendrán intereses muy distintos, e incluso contradictorios, excepto uno: la obtención de beneficios para la empresa, y por tanto de valor para su propiedad parcial de la misma.

Andrew Carnegie acuñó una idea muy distinta. En un artículo titulado Wealth, publicado en 1889, en el que decía que el empresario tenía que devolver a la sociedad una parte de lo que había recibido de la misma. Esta concepción fascista de la riqueza tuvo un gran éxito. Hasta el punto de que el artículo pasó a ser conocido en la sociedad estadounidense como El evangelio de la riqueza. En los felices 50’, Howard Bowen dijo que las grandes empresas tenían que someter sus recursos a los valores de la sociedad de la época. Contra ese ambiente escribió Ayn Rand tanto El Manantial como La Rebelión de Atlas.

Aunque la literatura sobre la responsabilidad social corporativa es muy amplia, tanto las definiciones como la ejecutoria de la RSC caminan por las anchas vías abiertas por Carnegie y Bowen: Lo que ha obtenido la empresa procede de la sociedad, y por tanto tiene que devolver al menos una parte, y sometiéndose a los valores de ésta.

En las últimas décadas hemos entrado en un capitalismo cansado, en el que al consumidor no le vale con que el producto sea bueno y barato. Eso ya lo da por hecho. El consumidor mira a la empresa diciéndole: además de permitirme la vida cómoda y opulenta que llevo, ¿qué haces tú por el mundo en el que vivo? Aquí se dan la mano Friedman y la RSC: la empresa que busque obtener beneficios debe convencer a los consumidores no sólo descollando entre la competencia con mejores productos, sino haciéndose cómplice del consumidor en sus ideas sobre cómo debe ser el mundo.

El capitalismo woke es distinto. No consiste en que las empresas demuestren que sus procesos son respetuosos con el medio ambiente, o que tratan bien a sus empleados o donan fondos a causas de impacto en los medios de comunicación. Se trata de que las empresas se convierten en activistas.

El sistema económico se basa en relaciones muy abstractas: precios y cantidades, beneficios y pérdidas. Une, en esa red de cooperación, a personas que no tienen otro interés común que el de avanzar en sus propios intereses. Un comprador de Vox puede ir a comprar el pan a una panadería cuyo dueño es de Bildu. El mercado es integrador, porque es ciego.

El capitalismo woke da el salto al activismo, y toma partido. La empresa asume una ideología determinada; se posiciona. Invita a los consumidores a seguir su forma de pensar, aunque ésta sea prestada; siempre lo es.

Richard Morrison ha resumido para nosotros las conclusiones del libro de Steve Soukup The dictatorship of woke capital, en el que explica cuál es el origen de este capitalismo “despierto” (woke), que nos aflige. Como no podía ser de otro modo, sus raíces se hunden en la gran revolución ideológica de los Estados Unidos, que tuvo lugar en las últimas décadas del XIX y primeras del XX: el progresismo.

Es la época en la que surgen los expertos. Con una confianza plena en la capacidad de amoldar la sociedad, de ahormar sus valores y conducirla por una senda de progreso, con el apoyo de la ciencia. Los expertos, hablándole al oído a los políticos o incrustados en la Administración, se ven a sí mismos como agentes del cambio social. Ellos tienen la visión de hacia dónde debe ir la sociedad, el poder otorgado por la Administración, así como los conocimientos adecuados para utilizar esa palanca de poder. Son ellos, y no una sociedad marcada por los valores tradicionales, los que deben señalar el camino.

Pero el Estado, o el Gobierno federal, no son suficientes. Tienen que aliarse con los principales actores de la sociedad, y formar una clase dirigente permanente, empapada de la ideología de cambio, y que quede al abrigo de los vaivenes de la democracia.

Soukup también señala a Marcuse y al resto de intelectuales de la nueva izquierda, que minaron la confianza “en el sistema”. El mensaje ha calado, y una parte de la sociedad, entre la que están también los empleados de las organizaciones, sienten que su función social no está clara. Que detraen recursos de la sociedad, que perpetúan situaciones de explotación, que esquilman los recursos de todos. Y la estrategia de muchas empresas ha sido la de “comprar” su perdón con un activismo político de izquierdas.

Lo que no está claro es a quién compra este capitalismo woke. A una parte de la sociedad, que comparte esos valores, desde luego. A una parte de la política, también. Pero su activismo resulta agresivo para otra parte de la sociedad. Y no es necesario que ésta sea mayoritaria para poner en una situación difícil a las empresas “despiertas”, si dejan que el conflicto de valores afecte a su consumo. Es pronto para saber si el capitalismo activista tiene los pies de barro.

Foto: Marcel Strauß.


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