Se me ocurrió hace unas semanas hacer una encuesta y preguntar, tanto en Twitter como en Facebook, si el suicidio es una elección. La respuesta está mucho más filtrada culturalmente de lo que puede parecer. Siendo franca, no creo que tenga una única respuesta o al menos no tiene cabida una respuesta general. Se animaron 245 personas a responder la pregunta (agradecida estoy), concluyendo un 66% que sí es una elección.

Seguramente para una estudiosa contemporánea del suicidio como Adina Wrobleski este resultado sería, como poco, sorprendente. En su libro “Suicide: Why?” escribió: “Elección implica que una persona suicida puede contemplar razonablemente varias alternativas y optar por una de ellas. Pero si pudiera racionalmente elegir, no llegaría al suicidio. El suicidio ocurre cuando… no existe la capacidad de ver otras opciones”.

Elección implica que una persona suicida puede contemplar razonablemente varias alternativas y optar por una de ellas. Pero si pudiera racionalmente elegir, no llegaría al suicidio

Múltiples causas, diversas perspectivas

El suicidio es un fenómeno complejo que surge de la acción recíproca de diferentes factores. Es un hecho universal y transcultural que adquiere diversas perspectivas en función de la sociedad. Puede ser considerado en unos casos un acto de heroísmo, en otros de “cobardía” y en otros de desesperación. Si nos trasladamos a Oriente, el suicidio puede ser una opción que permite mantener el honor ante un infortunio grave e ineludible o puede ser el paso para cambiar de estado. Sin embargo, para Occidente y su moral cristiana, es un tema tabú e incluso se considera una conducta reprobable. Sin duda, es una cuestión que atañe al individuo, aunque no solo le afecta a él.

El suicidio: un problema silenciado

Algo que nos diferencia de los seres irracionales es la búsqueda del sentido de la vida. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es la vida? ¿Quién soy? ¿Qué es la felicidad o el éxito? Son cuestiones a las que cualquier persona intenta responder a lo largo de su vida para darle sentido a su existencia. Pero, ¿qué ocurre cuando no se encuentran respuestas? ¿Qué ocurre cuando se pierde el sentido de la vida? Cuando van surgiendo problemas en el devenir de la vida, como es la pérdida de un trabajo o una ruptura sentimental, se produce en las personas duelos naturales. Si a esos acontecimientos le sumamos una exigencia social y una presión del sistema sobre el individuo, si le sumamos una situación de crisis inesperada en la que la persona se siente indefensa y sin herramientas, surge un vacío existencial.

Es muy difícil escapar del vacío existencial cuando los ritmos y estilos de vida no nos los imponemos nosotros

Un vacío del que es muy difícil escapar cuando los ritmos y estilos de vida no nos los imponemos nosotros, sino que vienen dados por nuestro sistema salvo excepciones. Un sistema que no se apodera directamente del individuo, sino que se ocupa de que actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. De este modo, optimización y sometimiento, libertad y explotación coinciden y se confunden. Un sistema que nos hace enfermar a través del exceso de información y del consumo, por medio del “si quieres, puedes”. Una cultura de la constante comparación igualatoria, que rechaza lo distinto y lo negativo. Una sociedad positivista que no contempla el fracaso, que incluso niega la muerte en aras de la vida.

Inmerso en esos ritmos, el individuo sometido no encuentra medios para escapar de la angustia de no alcanzar lo que se espera de él. No encuentra herramientas para afrontar la frustración de perder a sus hijos tras un divorcio. No tiene opciones para huir de la depresión de acabar desahuciado. Todo esto mientras el sistema fomenta y se nutre de esas injusticias.

Esa fuerte exigencia individual, por parte de la sociedad moderna, conduce al individuo a dolencias como la depresión, la ansiedad o el insomnio, dolencias del siglo XXI para las que sólo queda acudir al médico, cuando realmente el individuo lo que necesita es un trabajo, una pareja o superar los problemas laborales o familiares, por ejemplo. Necesita pasar los duelos naturales. Sin embargo, se están patologizando procesos normales y, por ello, se está medicalizando en muchos casos a personas sanas. Se está psiquiatrizando la vida cotidiana. Así, en sociedades desarrolladas como la nuestra, la presión del sistema puede generar respuestas no adaptativas, como el suicidio.

Hablemos del suicidio

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, hablamos de unos 800.000 suicidios al año en el mundo, lo que supone el 57%  de las muertes no naturales o inducidas, por encima de las debidas a la guerra y a homicidios, siendo para el grupo de 15 a 29 años la segunda causa de muerte. Si nos trasladamos a la Unión Europea, se registran cada año unas 58.000 muertes por suicidio, de los cuales 43.000 son hombres. Siendo la franja de edad de mayor riesgo entre los 40 y los 60 años, y existiendo subgrupos particularmente afectados, como los homosexuales.

Se producen 800.000 suicidios al año en el mundo, lo que supone el 57% total de las muertes, por encima de las debidas a la guerra y a homicidios

El suicidio: un problema silenciado

Y si nos detenemos a observar la situación en España, el suicidio desde 2008 copa las estadísticas de mortalidad no natural, alcanzando en 2014 su máximo histórico con 3.902 casos registrados. Siendo la franja de mayor riesgo de 30 a 39 años y de nuevo los hombres el grupo predominante. Sin olvidar que tras las muertes por causas externas podrían esconderse suicidios, lo que lleva a que no coincidan muchas veces los datos del INE con los datos de los Institutos de Medicina Legal (en 2007 se detectaron 563 suicidios sin registrar). A la vista de los datos, ¿por qué no se habla de ello?

Sobre el suicidio pesa un tabú político, mediático y social que invisibiliza su impacto y magnitud. Parece que hay un acuerdo tácito entre los medios de comunicación y diversos estamentos para no hablar de ello. Quizá sea por miedo al contagio al informar de los casos, el denominado efecto Werther o copycat (efecto imitativo de las conductas suicidas). No obstante, es llamativo que a la vez se divulgan noticias alarmistas y sensacionalistas en relación a sucesos como lo de La ballena azul o la serie Por 13 razones. Pero sin duda es llamativo que aun disponiendo de una guía de recomendaciones, no se trate esta lacra en los medios de comunicación, lo que fomenta el estigma social.

Probablemente sea una “no-opción”

No me cabe duda que el suicidio es toda una epidemia silenciosa que debería obligarnos a pensar de forma diferente. Es necesario hablar del suicidio y resaltar algo que a mí parecer vital en este problema: afecta mayoritariamente a los hombres (3 de cada 4 suicidios). Factor importante a tener en cuenta porque los hombres no suelen pedir ayuda, no suelen acudir al psicólogo y no hablan de lo que les ocurre en sus vidas con un desconocido.

Los hombres no suelen pedir ayuda, no suelen acudir al psicólogo y no hablan de lo que les ocurre en sus vidas con un desconocido

Sin duda habrá para quien el suicidio sea una elección, pero para otras personas será su única opción. Una “no-opción” impulsada por múltiples factores, desde los individuales (dolencias, problemas mentales), hasta comunitarios y sociales (desigualdades ante la ley, problemas sociales). Mientras no se rompa el silencio, mientras no se aborden las causas subyacentes, seguirán manteniéndose esas cifras, incluso aumentarán, sin poder hacer gran cosa para prevenirlo.

Sólo cabe preguntarse: ¿Quién puede dictaminar si es o no una elección el suicidio y juzgar las razones como un acto de bajeza o grandeza? ¿Qué conciencia social tiene un Estado que conociendo estas cifras no hace nada al respecto? ¿Si los medios de comunicación obtuviesen primas por visibilizar los suicidios hablarían de esta violencia como hablan de la mal llamada violencia de género?


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Soy Cuca, para las cuestiones oficiales me llaman María de los Ángeles. Vine a este mundo en 1986 y mi corazón está dividido entre Madrid y Asturias.
Dicen que soy un poco descarada, joven pero clásica, unas veces habla mi niña interior y otras una engreída con corazón.
Abogo por una nueva Ilustración Evolucionista, pues son dos palabras que me gustan mucho, cuanto más si van juntas. Diplomada en enfermería, llevo poco más de una década dedicada a la enfermería de urgencias. Mi profesión la he ido compaginando con la educación y con diversos estudios, entre ellos, me adentré en la Psicología legal y forense que me llevó a realizar un estudio sobre “La violencia más allá del género”. Trabajo con el que llegué hasta Euromind (foro de encuentros sobre ciencia y humanismo en el Parlamento Europeo), donde asistí al encuentro “Mujeres fuertes, hombres débiles”. Desde entonces me encuentro analizando y teorizando sobre la violencia.
Pronto concentraré mi trabajo y mis ideas en un libro, de momento me podéis leer por aquí en Disidentia y también en Twitter.
Por si queréis saber más sobre mí.

21 COMENTARIOS

  1. “Así, en sociedades desarrolladas como la nuestra, la presión del sistema puede generar respuestas no adaptativas, como el suicidio.”, dice Cuca Casado.

    Desde que publicó el artículo, algo extraño me atraía a comentar. He tratado de evitarlo durante estas semanas pero al final caigo en la tentación. Hoy, quiero contarles un cuento. Se trata de una ficción cuyo parecido con la realidad es pura casualidad.

    “ Aquella tarde, cuando Antonio conducía su coche de vuelta del trabajo se le saltaron las lágrimas. Iba hacia casa, como siempre llegaría muy tarde, como siempre su mujer le reñiría diciendo que era un mal esposo que no la atendía, que era un mal padre al no preocuparse de los hijos. Los reproches se repetían un día y otro. Los hijos adolescentes parecian pasar de todo, llavaban su vida. Su mujer le diría que a su lado no podía continuar así, que en el trabajo era muy querida por sus compañeros y era donde encontraba algo de afecto. También le recordaría que un amigo de infancia de uno de sus hijos había aparecido muerto por sobredosis en un parque.

    Aquella tarde, antes de salir del trabajo, Antonio tuvo que llamar a uno de sus empleados. Una vez sentados, le comunicó que había sido incluido en el ERE y que al día siguiente debía ir a personal a firmar ( o no) el finiquito, pero que desde ese momento ya no trabajaba en la empresa. El empleado era bien conocido de Antonio, se podía decir que le apreciaba, pero de personal había venido la lista para cumplir los objetivos y en ella aparecía. No había solución. El empleado se había derrumbado, un hombre de cincuenta años llorando, solo podia balbucear algunas frases inconexas por el schock que le producía la noticia. El empleado le preguntaba como podría pagar la hipoteca, el colegio de los niños, qué iba a ser de él y su familia cuando se había dedicado en cuerpo alma a la empresa. Afirmaba destrozado que otros compañeros desleales con Antonio y con la empresa no estaban afectados por el ERE, porqué el. Antonio se sentía mal, muy mal, pero mantuvo la presencia. Se disculpo como pudo con su empleado, lo más amable que le vino a la cabeza fue decirle que él mismo podía ser incluido en la lista en cualquier momento, lo cual era cierto. Con fria educación lo despidió, pero ya no podía hacer nada en la oficina. Cerró el ordenador, la mesa y destrozado se fue a casa.

    Conduciendo, y entre lágrimas se preguntaba que había sido de su vida. Había estudiado mucho, su padre le había dicho que como suspendiera un año, iría a trabajar con él al campo. Después de haber echado muchos curriculums, más que muchos, muchísimos, había conseguido entrar a trabajar en una multinacional, pero en un puesto en el que se sentía subempleado. Trabajando mucho, entrando a trabajar antes de las 8:00, y saliendo después de las 20:00, había conseguido un buen sueldo que le permitía pagar el piso, el coche y el colegio de los niños. Ahora con cuarenta años, todo se venía abajo. Hoy había sido verdugo de un pobre empleado, mañana podría ser la víctima. Esto le producía un estrés insoportable.

    Como el trabajo le resultaba insoportable, la solución era dejarlo. Pero entonces quien mantendría el nivel de vida de la familia. Había que seguir adelante como fuera, aguantando lo que viniera. De la familia solo recibía reproches o desdén, aunque Antonio quería mucho a su mujer y a sus hijos. Le dolía ver sufrir a su mujer, no le hablaba de los problemas que tenía en el trabajo. Sentía como cada día su mujer y sus hijos estaban mas lejos, pero no sabía como acercarse a ellos. Tal y como iban las cosas, un buen día, llegaría a casa y su mujer le diría que todo había terminado que no aguantaba más y que el divorcio lo llevaría el abogado de la tarjeta que le entregaba.

    Estaba claro que a pesar de querer hacer las cosas bien, su vida era un completo fracaso. Podía ir al paro en cualquier momento, a pesar de todo lo que se había esforzado. Como esposo era un fracaso total, según decía su mujer. Como padre era un fracaso total, como decía su mujer y se comportaban los hijos adolescentes. En ese momento, paso por la mente de Antonio una solución. Si el coche tuviera un botón que lo disolviera en el aire, no dudaría en apretarlo. De pronto, todos los problemas se resolverían. Ya no tendría que despedir a nadie, ya no podría ser despedido, ya se pondría fin al sufrimiento de su mujer. El problema es que Antonío sabía que en el coche no había ese botón. Y sabía que no tenía coraje para cosas más violentas. Por tanto, no había más solución que aguantar y tirar para adelante.

    Pasaron los meses, todo seguía mas o menos igual. Y en un examen médico rutinario le informa el médico que tiene una enfermedad letal, quizás aún le quede un año de vida. El impacto es tremendo. Antonio piensa no quería un botón para disolverme, ya me lo han enviado. Soy afortunado, tengo un botón y además un año. Desde aquel momento, su vida dio un vuelco de ciento ochenta grados. Imaginen lo que pasó después. Solo les diré que el diagnóstico fue erróneo, no existía tal enfermedad, pero permitió a Antonio corregir el rumbo. El trabajo mejoró, su relación familiar mejoró, continúa con su mujer y sus hijos. Y sobre todo es feliz, dando las gracias a un diagnóstico erróneo que le cambio la vida.

    • Muchas gracias por animarte, al final, a comentar y mil gracias por ese cuento.

      Me quedo con la “moraleja”: es feliz, dando las gracias a un diagnóstico erróneo que le cambió la vida. A veces no se ven las opciones, a veces no nos dan las herramientas para desarrollarnos como personas. A veces el sistema se equivoca y alguien consigue cambiar el rumbo de su vida.

    • El suicidio es una violencia que, al igual que el resto de expresiones, atiende a múltiples causas. Y como apunto en el artículo, surge de la acción recíproca de diferentes factores. Entre esos factores se encuentran los familiares y relacionales.

      • Completamente de acuerdo, pero… ¿alguien conoce algún estudio sobre las razones de tanta desproporción de suicidios entre hombres y mujeres?

        Por otra parte, mi comentario surge de uno recurrente de mi esposa que, cada vez que sale una noticia sobre el asesinato de una mujer a manos de su pareja, suele decir: “¿Y no podría haberlo hecho al revés?”

        La cuestión es que, si lo hacen al revés, sólo engrosan las estadísticas de los suicidios masculinos. Y, como se ve, estos son más numerosos que los femeninos…

        • Rob Whitley, investigador principal del Grupo de Investigación e Interés sobre psiquiatría social (SPRING en sus siglas en inglés) y profesor asistente en el departamento de psiquiatría de la universidad McGill (Canadá), es uno de los principales estudiosos del tema. Sus principales temas de investigación son la recuperación y el estigma.

          Este investigador, junto con otros, ha identificado diferentes causas que aumentan el riesgo de suicidio en los hombres: el divorcio y la separación (que se ha duplicado desde los años sesenta) y los problemas laborales figuran entre las principales, pero Whitley subraya un factor cultural más inadvertido, la “demonización de los hombres” que es visible en algunas representaciones comunes de los medios de comunicación y la cultura popular, pero también en programas políticos e iniciativas legislativas.

          Aquí una charla de él sobre el tema en concreto: https://youtu.be/ra2JAZq5sR0

  2. Como bien dice Cuca el hombre se pregunta por la razón de su existencia y si la misma tiene algún sentido. No niego que los por ella llamados “duelos naturales” puedan ocasionar un vacío existencial.
    Pero hay suicidios en que los actores no han sufrido ni por asomo ningún tipo de “duelo”, y sin embargo su vacío existencial, si esa es la razón, los lleva a la muerte.
    Quizás el positivismo imperante no sea suficiente para llenar de contenido la trascendencia humana y ahí puede también existir una causa de no aceptar esa “su” vida y desprenderse de ella.

  3. Pues a saber lo que nos espera con las futuras eutanasias a tuti plen, a mayor gloria de las pensiones y gastos médicos que se ahorrarán nuestros próceres.

    No lo duden.

    Y no habrá opción, si eres pobre, sobre todo. No creo que un Soros de esos se suicide.

    Curioso que en todas las sociedades donde se promociona la eutanasia se olvidan de que existen los cuidados paliativos. Es más, hasta se llegan a plantear como alternativas ecluyentes; algo que a priori no debería de ser así, pero es que a los entusiastas de la eutanasia les molesta sobremanera que existan alternativas.

    un cordial saludo

    • Bueno, para mí no está reñidos los cuidados paliativos con el proporcionar una muerte digna y de calidad a las personas (eutanasia o suicidio asistido). Es más, los cuidados paliativos son cuidados enfocados a minimizar el sufrimiento pero sobre todo enfocados a acompañar y dignificar los últimos momentos de la persona.
      ¿Y si los últimos momentos son de un dolor (físico y/o psicológico) no soportable para la persona?

  4. Precisamente, en el post de ayer del Sr. Blanco hice un extenso comentario sobre el tema (vídeo incluido).

    https://disidentia.com/cultura-terapeutica-mecanismo-control-social/

    Allí puse de manifiesto que muchos psicofármacos provocan como uno de sus efectos secundarios el incremento de la tasa de suicidios de quienes los consumen. Esto está demostrado científicamente.

    Si se hiciera un estudio sobre todos los tipos de conductas muy violentas, estoy seguro de que un alto porcentaje de los agresores estaría consumiendo psicofármacos. Como no he nacido ayer, tengo la certeza de que nunca se hará dicho estudio.

    • Buenas,

      Leí tu aportación en el artículo de Blanco y concuerdo con lo que apuntas.
      La psiquiatría y psicología actuales han alcanzado en los últimos decenios una expansión sin precedentes: los servicios de salud mental han crecido ostensiblemente, los tratamientos psicofarmacológicos y psicoterapéuticos se han popularizado, tanto la psiquiatría como la psicología tienen una presencia relevante en ámbitos jurídicos, laborales, académicos, sociales… y a través de los medios de comunicación sus profesionales promocionan con éxito la importancia de estas disciplinas. Este éxito social lleva aparejada una expropiación de la salud mental de los ciudadanos que sienten que ya no pueden enfrentar muchos de los eventos vitales cotidianos sin consultarlo con un profesional. La dependencia y confianza en la tecnología “psi” ha alcanzado unos niveles extraordinarios debido a que se han exagerado sus efectos positivos y se ha despreciado el daño que producen. Las terapias cognitivo-conductuales, psicoanalíticas y de todo tipo aparecen como remedios casi mágicos que pueden eliminar el malestar del sujeto producido por el enfrentamiento consciente con la vida. De igual manera, los psicofármacos se han convertido en la única respuesta a muchos de los conflictos ordinarios, lo que ha favorecido que sus ventas se hayan disparado. En estos días, nuestra concepción de una vida plena es una vida sin sufrimiento, no una vida en la que seamos capaces de manejarlo.

      Y aunque sí se tiene en cuenta los psicofármacos como factor relacionado con las conductas violentas, no se han hecho estudios pormenorizados al respecto.

      Gracias por tu aportación.

  5. El Estado lleva años introduciendo legislación que no busca mejorar la articulación social, sino sabotearla. Es legislación que envenena la convivencia y separa en nichos ideológicos a la comunidad. La violencia de pareja es un problema que, exagerado e ideologizado, le permite ahondar en la fractura, mientras que el campo del suicidio no me parece que ofrezca tantas posibilidades. No hay un agresor que permita eslóganes facilones, es una cuestión escurridiza y que invita a cuestionar a la sociedad y al estilo de vida actual de manera amplia, sin limitarse a una sola causa. Las cuestiones de esta naturaleza encuentran espacio en los medios en tanto en cuanto son susceptibles de alimentar “colectivos” de víctimas. El de los suicidas es un colectivo poco ruidoso y que carece de derecho de sufragio.