Durante años se nos ha dicho que la sensación de deterioro que recorre las sociedades occidentales es, en buena medida, un problema de disonancia cognitiva producto de la nostalgia, la resistencia al cambio y la incapacidad para adaptarse a un mundo más complejo. Que los servicios no funcionan peor, sino que somos más exigentes. Que la industria no desaparece, se transforma. Que no vivimos con menos, sino de otra manera. Pero cuando el malestar se convierte en experiencia (salarios que no alcanzan, vivienda inaccesible, energía cara, infraestructuras envejecidas, dependencia exterior) quizá el problema no sea psicológico, sino político en el sentido más profundo del término.

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Cada vez más analistas empiezan a admitirlo: no estamos ante un bache coyuntural, sino ante un reajuste profundo del modelo económico y geopolítico surgido tras la Guerra Fría. La sensación de que “todo parece romperse” no sería un error de diagnóstico, sino la manifestación de un sistema que ahora se ve forzado a redistribuir costes, poder y oportunidades en un entorno mucho más competitivo y fragmentado.

Como advirtió Will Durant, las civilizaciones rara vez caen solo por presión externa; antes suelen haber debilitado internamente los principios que las sostenían

Esta idea ha sido expresada espléndidamente en un texto difundido en X, firmado por The Long View (@HayekAndKeynes) y titulado The Great Rebalancing: Why Everything Feels Like It’s Breaking—and Why That’s the Point. Su tesis de partida, que la inestabilidad actual no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un modelo agotado, sirve aquí como punto de partida, aunque no necesariamente de llegada.

Muy resumidamente, el artículo explica que el “orden” anterior no fue tan sólido como parecía: se sostuvo gracias a condiciones excepcionales. En Europa, tres factores sostuvieron durante décadas la ilusión de que nuestra prosperidad seguiría creciendo eternamente y sin fricciones: mano de obra barata (China como fábrica del mundo), energía barata (Rusia como proveedor) y crédito abundante (deuda pública y privada como sucedáneo de la productividad). A esto tres ingredientes se añadió un cuarto: el “dividendo de la paz”, la creencia de que la historia había terminado y, por tanto, podía recortarse en defensa sin asumir riesgos. Así, Europa priorizó la eficiencia sobre la resiliencia. Y lo que se maximiza durante demasiado tiempo termina por volverse frágil.

Hasta aquí, el diagnóstico resulta bastante razonable.

Lo que suele quedar fuera del foco es algo bastante más incómodo: que este reajuste no funciona como un fenómeno natural, como si fuera un terremoto económico imposible de evitar, sino que está muy condicionado por decisiones políticas, ideas dominantes y relaciones de poder que acaban decidiendo quién paga la factura y quién sale beneficiado. Y, visto lo visto, la factura no se reparte al azar: siempre acaba en los mismos bolsillos.

Entre los perdedores aparece, cada vez con más claridad, Europa. En pocos años ha visto cómo se cierran fábricas, se pierden empleos industriales y se encarece de forma estructural la energía, justo lo que hace más difícil producir y competir. A eso se suma una dependencia cada vez mayor del exterior para cosas tan básicas como componentes, materias primas o tecnología. No es solo que otros produzcan más barato; es que aquí producir se ha vuelto cada vez más complicado, más caro y más incierto.

En el lado opuesto está China. Mientras en Europa se reduce capacidad industrial en nombre de la transición energética y de la corrección política, China ha hecho justo lo contrario: ha reforzado su industria, ha asegurado el control de materias primas clave y se ha colocado como proveedor casi imprescindible de muchas de las tecnologías que ahora se consideran “estratégicas”. Paneles solares, baterías, componentes electrónicos… buena parte de lo que Europa necesita comprar para cumplir sus propios objetivos depende hoy de fábricas chinas.

El resultado es claro: capacidad productiva, empleo y poder económico se desplazan desde Europa hacia Asia, mientras aquí se multiplican las normas, los costes y la dependencia. Presentarlo como una simple consecuencia inevitable de la globalización es, sencillamente, mentira. No ha sido la mano invisible del mercado lo que nos ha traído hasta aquí: han sido las decisiones políticas.

Como advirtió Will Durant, las civilizaciones rara vez caen solo por presión externa; antes suelen haber debilitado internamente los principios que las sostenían.

De la economía productiva a la economía administrada

Durante décadas, las economías occidentales han ido desplazando su centro de gravedad desde la producción hacia la gestión. Menos industria, menos capacidad manufacturera, menos autonomía energética y tecnológica; más intermediación, más regulación, más certificación, más dependencia de cadenas globales de suministro.

La economía se parece cada vez menos a un taller y cada vez más a una gestoría: menos fabricación, más procedimiento; menos riesgo, más cumplimiento normativo.

La regulación no solo ordena el mercado: lo manipula socialmente, concentrando la actividad en manos de quienes están más cerca del poder político y administrativo

Este proceso se ha presentado como una evolución natural de sociedades avanzadas que “ascienden en la cadena de valor”. En la práctica, una pérdida sostenida de capacidad productiva y una vulnerabilidad creciente frente a potencias extranjeras que no comparten ni las mismas reglas ni los mismos escrúpulos.

La complejidad regulatoria no es un simple subproducto de las buenas intenciones sociales o ambientales. Funciona como un mecanismo de selección económica tramposa. Las grandes corporaciones disponen de los recursos jurídicos, financieros y políticos necesarios para adaptarse, influir e incluso moldear la sobrerregulación. Para el pequeño y mediano productor es una debacle. Cada nueva capa regulatoria se traduce en costes añadidos, incertidumbre jurídica y barreras de entrada que acaban expulsándolo del mercado o impidiéndole crecer.

La regulación no solo ordena el mercado: lo manipula socialmente, concentrando la actividad en manos de quienes están más cerca del poder político y administrativo. La llamada captura regulatoria no requiere conspiraciones explícitas. Basta con una interacción sostenida entre regulador y regulado en la que los intereses convergen y las decisiones acaban reflejando las prioridades de quienes tienen acceso permanente al proceso normativo.

El resultado es una economía cada vez más dependiente de rentas políticas: subvenciones, fondos de transición, contratos públicos, incentivos fiscales. Sectores enteros pasan a vivir no de su competitividad, sino de su alineación con las agendas estatales y transnacionales. La innovación se subordina a las directivas burocráticas, y el talento aprende pronto que resulta mucho más importante estudiar los formularios que asumir riesgos.

A esto se añadió un rasgo clave del mundo post Unión Soviética: se externalizó la seguridad casi con la misma alegría con la que se externalizó la producción. La subinversión en defensa, sostenida durante décadas, no solo fue una decisión presupuestaria: fue un síntoma cultural de confianza excesiva en un orden internacional garantizado por terceros. Ese espejismo se rompió cuando la guerra volvió a Europa como realidad estratégica y no como un desajuste de intereses susceptible de resolverse con declaraciones y manuales de usuario.

Desde el punto de vista social, el efecto es demoledor. Cuando el empleo, la viabilidad de los negocios o incluso la supervivencia de las pequeñas empresas depende de decisiones administrativas, la autonomía económica desaparece. No hace falta censura para erradicar el disenso: basta con que la supervivencia material esté condicionada a la aceptación a pies juntillas del marco político dominante.

El reajuste deja de ser una simple adaptación a un mundo más competitivo y pasa a convertirse en una reorganización social en la que muchos dependen cada vez más de decisiones administrativas, mientras tienen cada vez menos margen para salir adelante por sus propios medios. Quienes más lo notan son las clases medias, que no cuentan ni con grandes patrimonios ni con redes de seguridad internacionales que amortigüen los golpes.

A esta pérdida de estabilidad económica se suma la fractura cultural. Cuando el sistema promete protección a quienes se quedan atrás y acaba ofreciendo sobre todo discursos moralizantes, es lógico que crezca la sensación de abandono. El problema se agrava cuando, en lugar de políticas que faciliten el acceso al empleo, a la educación o a la promoción social, se opta por repartir reconocimiento mediante cuotas, etiquetas que establecen arbitrarias jerarquías de victimismo.

Dentro de este esquema identitario, ya no se asciende por mérito ni por esfuerzo, sino por pertenencia a supuestos colectivos vulnerables etiquetados desde arriba. Quienes carecen de la precpetiva etiqueta, aunque sufran precariedad, pérdida de estatus o falta de oportunidades, quedan fuera. No cuentan como “víctimas”, pero sí como contribuyentes netos y como destinatarios de admoniciones morales.

El mensaje es devastador: no importa lo que haces o lo que aportas, sino el grupo al que perteneces. Cando esa lógica se impone desde el poder, el malestar deja de ser solo económico y empieza a convertirse en desafección política, en rechazo frontal a unas élites que parecen más preocupadas por inventar y gestionar identidades que por facilitar la vida al ciudadano.

El relato de la catástrofe permanente

Aquí conviene empezar poniendo las cosas en claro. Una cosa es constatar que la temperatura media del planeta ha subido en las últimas décadas. Y otra muy distinta es convertir ese dato en un apocalipsis cuya evitación exigiría cambios económicos inmediatos y casi irreversibles. Aceptar lo primero no obliga, ni científica ni lógicamente, a aceptar lo segundo.

Más allá del calentamiento, las certezas se diluyen cuando se plantean interrogantes clave: si existe una temperatura “ideal” del planeta, si un clima algo más templado es necesariamente peor para la vida, o qué tipo de impactos reales cabe esperar en los escenarios más probables, no en los más extremos. En este vasto territorio hay debates, matices y grados de incertidumbre que sorprendentemente los políticos ignoran.

En la práctica, se impone el empobrecimiento a amplias capas de la población como si fuera un signo de progreso

La propia historia de la Tierra muestra largos periodos más cálidos que el actual en los que la vida prosperó, no se extinguió. Algunas especies desaparecieron, como siempre ocurre con los cambios del clima que se prolongan en el tiempo, pero otras muchas surgieron y se propagaron. La naturaleza no atiende a esquemas morales simples, aunque políticos y activistas se empeñen en reducir algo tan complejo como el clima a un cuento de héroes y villanos.

Tampoco es serio afirmar que el aumento de temperatura esté provocando ya una avalancha de catástrofes naturales sin precedentes. Lo que sí ha aumentado es la población, la concentración urbana y la cantidad de infraestructuras expuestas a los fenómenos naturales. Y, sobre todo, lo que ha aumentado es la cobertura mediática que convierte cada suceso meteorológico en un espectáculo global. Pero eso no significa que el planeta esté fuera de control.

Aun así, el discurso político dominante ha optado por dar por buenos los escenarios más disparatados. Es fácil de entender por qué los gobernantes dan pábulo a los catastrofistas: cuanto más apocalíptico es el diagnóstico, más fácil resulta justificar intervenciones extremas en la economía y en la vida cotidiana.

De este modo, el clima acaba convertido en el motor de una reordenación económica: energía más cara, impuestos al consumo, cierre de industrias y transferencia masiva de recursos hacia sectores etiquetados como “verdes” por decisión política.

El impacto social de este proceso no se reparte por igual. Quienes tienen más renta pueden absorber sin grandes sobresaltos el encarecimiento de la energía, de la movilidad o de la vivienda. Para la clase media, en cambio, la transición se traduce en una pérdida dramática de calidad de vida: desplazarse cuesta más, adaptar la vivienda es caro, y muchos empleos industriales desaparecen sin que haya alternativas.

El caso alemán es especialmente revelador. Tras invertir sumas gigantescas de euros en su transición energética y cerrar buena parte de su parque nuclear, Alemania ha tenido que volver al carbón y a importar gas en condiciones cada vez más comprometidas. Tal vez hayan reducido emisiones en casa pero a costa de encarecer su industria, destruir empleo de forma masiva y aumentar su dependencia exterior, sin que el balance climático global haya mejorado una milésima. Alemania es un ejemplo paradigmático de cómo las políticas apocalípticas crean problemas estructurales muy difíciles de revertir.

Este empobrecimiento forzoso se envuelve en un discurso de virtud: se habla de responsabilidad, de cambio cultural, de madurez colectiva. En la práctica, se impone el empobrecimiento a amplias capas de la población como si fuera un signo de progreso.

Es aquí donde la transición energética enlaza con la idea del decrecimiento, aunque pocas veces se mencione abiertamente. No como programa explícito, sino como horizonte implícito: producir menos, consumir menos, aspirar a menos. Todo ello sin que el tamaño ni la ambición del aparato administrativo se reduzcan en la misma proporción; al contrario, se amplían para gestionar la escasez que el propio sistema contribuye a crear.

China: de competidor económico a adversario geopolítico

Durante años, la irrupción de China en el comercio mundial se explicó en términos de ventajas comparativas: escala productiva, políticas industriales agresivas y planificación estatal de largo plazo. Esta explicación es correcta, hasta donde llega. Pero resulta insuficiente para entender el grado de dependencia que muchas economías occidentales han aceptado en ámbitos críticos.

Una cosa es competir con un productor más eficiente; otra muy distinta es externalizar capacidades estratégicas hacia un rival con objetivos de largo plazo. Energía, telecomunicaciones, tierras raras, paneles solares, baterías, componentes electrónicos: la lista de sectores en los que se ha pasado de la producción a la dependencia es larga y sigue creciendo.

Cabe preguntarse si el disparate del Net Zero es una iniciativa exclusivamente europea o si, en un momento dado, fue estimulada desde fuera

Hoy, más del ochenta por ciento de la capacidad mundial de producción de paneles solares se concentra en China, al igual que el procesamiento de materiales críticos para baterías y tecnologías verdes. Las políticas occidentales de descarbonización, lejos de reducir dependencias estratégicas, han contribuido a consolidar otras nuevas, desplazando producción industrial hacia un país cuyos dirigentes contempla el orden occidental como los bárbaros Roma.

China, dicen, simplemente aprovecha oportunidades creadas por las propias decisiones occidentales. Al fin y al cabo, ningún Estado desaprovecha los errores que le brinda el adversario. El artículo de @HayekAndKeynes se detiene aquí con bastante cautela, sugiriendo que Pekín ha sabido explotar con inteligencia nuestro marco regulatorio e ideológico. La cuestión que se plantea en este texto es ligeramente más atrevida: una vez comprobado que ciertos marcos regulatorios e ideológicos debilitaban estructuralmente a sus competidores, ¿se limitó China a observar o empezó también a reforzarlos?

En geopolítica, la influencia no se ejerce solo mediante presión directa. También opera a través del poder blando. Como señaló Joseph Nye, “la mejor propaganda no parece propaganda”. La influencia más eficaz no dicta políticas, moldea los marcos dentro de los cuales ciertas políticas se vuelven aceptables, como las climáticas, y otras, las que apuestan por el crecimiento y el progreso, impresentables. Aquí cabe preguntarse si el disparate del Net Zero es una iniciativa exclusivamente europea o si, en un momento dado, fue estimulada desde fuera.

Quizá la cooperación universitaria, la financiación de centros de investigación, la presencia en think tanks, las inversiones estratégicas y las relaciones de excargos públicos europeos con corporaciones chinas forman parte de una estrategia orientada a crear entornos regulatorios y culturales favorables a los intereses de Pekín.

Esto no implica un control absoluto ni una conspiración centralizada. Pero sí sugiere que, cuando determinadas narrativas (demonización de la industria, crítica moral al crecimiento económico, glorificación del empobrecimiento) coinciden de forma tan sistemática con las ventajas competitivas de una potencia exportadora como China, esa coincidencia no es mera casualidad, aunque se interprete como tal.

China seguramente no ha inventado la ideología que promueve el desmantelamiento industrial de Europa. Pero ha sabido aprovecharla reforzándola y comprando voluntades aquí y allá en el entorno de unas élites cada vez más desconectadas de la economía productiva y muy integradas en circuitos regulatorios transnacionales.

La influencia externa es muy eficaz cuando existe una vulnerabilidad interna previa: complejo de culpa, fe tecnocrática, desprecio de la soberanía económica y una convicción dogmática de que las normas sustituyen a la estrategia.

La pandemia mostró hasta qué punto esa fe había dejado a Europa y a Occidente en general a los pies de los caballos: cadenas globales optimizadas al milímetro, sin reservas, sin capacidad local para lo más esencial. La interdependencia global, presentada como antídoto contra el conflicto, se reveló también como un potentísimo instrumento de coerción.

Pedagogía moral y disciplina social

Cuando un modelo, por ejemplo, el de la Unión Europea, deja de ofrecer prosperidad, tiende a reforzar su legitimidad simbólica. Si no puede prometer prosperidad, promete virtud. Si no puede garantizar ascenso social, ofrece redención moral.

El debate se desplaza así del terreno de la eficacia real al de la corrección ética. Las políticas ya no se discuten por sus resultados, sino por las intenciones morales que se les atribuyen. Quien cuestiona este enfoque es retratado como insolidario, ignorante, negacionista o peligroso.

El control más eficaz es, precisamente, el que no parece control, porque se confunde con el funcionamiento normal de la sociedad

Este control no se impone mediante prohibiciones explícitas. Funciona a través de mecanismos de estigmatización social, penalización profesional y, cada vez más, intermediación privada que introduce criterios normativos “creativos” allí donde antes bastaba con cumplir la ley. No hace falta que una opinión sea ilegal para que empiece a tener consecuencias laborales, financieras o reputacionales. Basta con que resulte contraria al clima moral dominante para que se justifique en linchamiento. De este modo, la obediencia no se impone formalmente, se incentiva; y la disidencia no se prohíbe, se convierte en una opción extremadamente costosa.

En los últimos años, criterios de reputación, ambientales y sociales han ido entrando, poco a poco, en decisiones tan básicas como conceder un crédito, contratar a alguien o permitir el acceso a determinados servicios. No suele hacerse mediante prohibiciones claras, sino a través de sistemas automáticos, valoraciones de riesgo y normas internas arbitrarias. El resultado es que opiniones perfectamente legales pueden acabar teniendo consecuencias económicas muy graves, aunque nadie llegue a reconocerlo abiertamente.

El ciudadano ya no se relaciona con el poder solo a través del Estado. También lo hace, cada vez más, a través de grandes empresas y plataformas que, sin legislar, actúan como filtros de lo que es aceptable. La presión no adopta la forma clásica de la censura, sino la de pequeñas fricciones cotidianas: una cuenta que pierde visibilidad, una candidatura que no prospera, un contrato que no se renueva. Cosas difíciles de demostrar y casi imposibles de atribuir a una causa concreta.

El control más eficaz es, precisamente, el que no parece control, porque se confunde con el funcionamiento normal de la sociedad.

El malestar no desaparece, pero se dispersa y se desplaza hacia los márgenes. Al no encontrar canales para expresarse dentro del marco dominante, se radicaliza o simplemente se silencia. Esa radicalización sirve luego como argumento para reforzar los mismos mecanismos de control que se presentaban como necesarios para evitarla.

No es un destino histórico, es una decisión política

Existe una tentación bastante extendida de ver el momento actual como el final inevitable de un ciclo: sociedades envejecidas, menos dinámicas, obligadas a aceptar que los años de crecimiento y prosperidad son cosa del pasado. Esta interpretación no es inocente: diluye la responsabilidad política en una especie de fatalismo acomodado. El declive no sería el resultado de decisiones concretas, sino de fuerzas históricas colosales y complejas frente a las que poco o nada puede hacerse.

Pero las civilizaciones no pierden peso en el mundo por ciencia infusa. Lo pierden cuando dejan de confiar en los principios que las hicieron prosperar: iniciativa individual, inversión productiva, innovación tecnológica, movilidad social y una idea de futuro que no se limita a gestionar lo existente, sino que aspira a mejorar el mañana. Administrar el retroceso no es una estrategia; es lavarse las manos.

El gran reajuste no significa el fin de la globalización, sino su transformación

Durante siglos, el progreso no se vio como un exceso, sino como una responsabilidad. En palabras de Robert Nisbet, “la idea de progreso es, ante todo, la creencia de que el mañana puede y debe ser mejor que el hoy”. Cuando esa convicción se traiciona, la política se convierte en gestión de la decadencia o algo peor.

La alternativa no pasa por nostalgias ni por regresos imposibles al pasado, sino por recuperar la convicción de que el crecimiento económico es la base material de la estabilidad social, de la libertad política y de la capacidad real de decidir el propio rumbo. Sin una base productiva sólida no hay transición tecnológica que funcione, ni integración social que se sostenga, ni soberanía que pase de las declaraciones a los hechos.

El gran reajuste no significa el fin de la globalización, sino su transformación. Las cadenas de suministro seguirán siendo globales, pero tenderán a ser más cortas, más diversificadas y más alineadas con los intereses estratégicos. Devolver parte de la producción a casa, depender de socios fiables, mantener reservas y capacidad local para lo esencial. Nada de eso será barato ni inmediato. Exigirá aceptar costes hoy para ganar margen de maniobra mañana. Y, sobre todo, exigirá decir la verdad: que la eficiencia sin soberanía acaba siendo una peligrosa forma de dependencia.

El llamado gran reajuste no es un proceso neutro e indoloro. Tendrá ganadores y perdedores. La cuestión no es si el mundo será más competitivo. Ya lo es. La cuestión es si las sociedades occidentales, y muy especialmente las europeas, van a responder reforzando su capacidad productiva, su autonomía estratégica y su confianza en el progreso, o si van a perseverar en un modelo que convierte la renuncia en virtud y la dependencia en costumbre. Si ese es finalmente el camino elegido, el problema no será el reajuste global, sino la decisión de no plantar cara a sus efectos. Y eso no es una ley de la historia. Es una elección. Y como toda elección, tendrá consecuencias.

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