La condición humana de la soledad ha interesado a teólogos, filósofos y comentaristas sociales desde el comienzo de los tiempos. La Biblia está llena de referencias a la experiencia de ser y sentirse solo. Según Dios creó a Adán dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; crearé un compañero adecuado para él ‘. Aunque creó a Eva para ayudar a Adán a lidiar con su soledad, Dios sabía que esta condición era una dimensión integral de la existencia humana y que el problema no desaparecería.

Teólogos y filósofos dedicaron considerable energía y tiempo tratando de comprender la soledad. A lo largo de la historia, la soledad fue  tema de análisis y reflexión filosófica. Por esta razón, ¡todos los grandes pensadores del canon occidental se sorprenderían al descubrir que en el siglo XXI la soledad se considera y se trata cada vez más como un problema médico!

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Durante los últimos dos años una enorme cantidad de encuestas y estudios afirman no solo que la soledad es un problema en rápido crecimiento sino también una amenaza para la salud humana. El lenguaje con el que se enmarca la supuesta expansión de la soledad es deliberadamente médico. Utiliza también la retórica del miedo y la alarma hasta el punto de que el término médico, epidemia, se usa con frecuencia para destacar la gravedad de esta amenaza para la vida humana.

Esta retórica de la ansiedad y el miedo es la base de un informe publicado a principios de mayo, que afirma que la soledad alcanza ya la categoría de epidemia en los Estados Unidos. Según este estudio, prácticamente la mitad de los estadounidenses afirman sentirse solos ‘a veces o siempre’ y que no tienen a nadie con quien hablar. El anterior comisionado del Servicio de Salud Pública estadounidense, Dr. Vivek H. Murthy, declaró que es mejor abordar el problema de la soledad como si se tratara de una epidemia “porque afecta a un gran número de personas en nuestro país” y también porque “la soledad de una persona puede tener un impacto en otra persona“.

La afirmación de Murthy de que la soledad es similar a una epidemia contagiosa, que puede propagarse de una persona a otra, evidencia la creciente tendencia a medicalizar lo que desde siempre ha sido una característica integral de la condición humana

La afirmación de Murthy de que la soledad es similar a una epidemia contagiosa, que puede propagarse de una persona a otra, evidencia la creciente tendencia a medicalizar lo que desde siempre ha sido una característica integral de la condición humana. Sin embargo, este empeño en retratar la soledad como un problema de salud no es exclusivo de los Estados Unidos.

En el Reino Unido, el Royal College of General Practitioners ha afirmado recientemente que los médicos deberían poder prescribir la realización de actividades, cursos de cocina y grupos de terapia para el creciente número de “pacientes solitarios y desdichados“. Argumentan que los médicos de familia pasan demasiado tiempo con lo que llaman “pacientes con problemas de corazón”, es decir, personas que sufren de soledad en lugar de una afección médica convencional. De hecho, The Royal College estimó que una quinta parte de las citas médicas están relacionadas con problemas sociales y que los médicos se han convertido en el “nuevo clero” que atiende los problemas emocionales de las personas.

Incluso los políticos se han unido a la nueva cruzada contra la abolición de la soledad. A principios de este año, el gobierno del Reino Unido designó a Tracey Crouch para el nuevo cargo de ‘Ministra de la Soledad‘. El nombramiento se produce después de una serie de informes alarmantes sobre la prevalencia de la soledad entre los ancianos.

Lo fascinante de la actual cruzada contra la soledad es que no limita su enfoque a los ancianos. Hasta hace poco, la soledad se asociaba con la vejez. Pero en los últimos años, los expertos han descubierto también la variante de la “soledad en el trabajo” y ahora el problema se ha ampliado para incluir a los jóvenes. La Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido informó que “es más probable que se sientan solos los adultos más jóvenes que los de mayor edad“. El mes pasado, otro estudio estableció que los “millennials solitarios” se enfrentaban a una mezcla de problemas sociales y de salud. Esta alarma se repite en Estados Unidos, donde los informes afirman que el impacto de la soledad es mucho mayor en los jóvenes que en las generaciones mayores.

Como sociólogo, soy escéptico con los informes que pretenden cuantificar una condición existencial como la felicidad, el miedo o la soledad. Los seres humanos tienen dificultades para explicar y comprender lo que significa estar solo. Es un sentimiento que tiene significados profundos, complejos y muy personales, que no se pueden reducir a números cuantificables. Así, cuando los investigadores concluyen que la soledad es un “factor de riesgo de muerte prematura comparable a fumar 15 cigarrillos al día y que es peor que factores de riesgo bien conocidos como la obesidad y la inactividad física”, están empleando un lenguaje más propio de la propaganda orwelliana que de la Ciencia.

Es evidente que la vida interior de las personas se ha convertido en objeto de medicalización

Cuando se considera que la soledad es un factor de riesgo similar al tabaquismo y la obesidad, es evidente que la vida interior de las personas se ha convertido en objeto de medicalización. La tendencia actual de transformar las dimensiones intangibles de nuestra vida íntima en cantidades calculables es una característica clave del proyecto de medicalización de la experiencia humana.

Desde la década de 1970 ha habido una expansión constante de los límites médicos a medida que más y más experiencias individuales y sociales se enmarcan en términos médicos como enfermedad o trastorno. La promoción y celebración de la salud como el valor primordial de la sociedad occidental ha empujado a las personas a interpretar una gama cada vez mayor de actividades humanas mediante la terminología médica. Las categorías de enfermedades se utilizan para dar sentido a problemas que forman parte de la rutina de la existencia. La timidez, el miedo al fracaso, la incapacidad para concentrarse en una tarea o ser demasiado activo son solo algunas de las formas de comportamiento que ahora se diagnostican como enfermedades.

Por supuesto, no es agradable sentirse solo. La soledad puede ser una fuente de desolación y angustia. Pero lejos de ser un problema de salud, la soledad ofrece a las personas la oportunidad de reflexionar y tratar de comprender su lugar en el mundo.

El teólogo Paul Tillich aporta una visión claramente no medicalizada de la soledad. Afirma que es una condición que debemos asumir porque nos obliga a abordar las dos preguntas más trascendentes de la vida: cuál es el significado de la vida y cómo debemos usar nuestra libre voluntad y subjetividad para comprendernos a nosotros mismos.

Tillich escribió sobre las dos caras de la soledad

“Nuestro idioma ha interpretado hábilmente las dos caras de la soledad del hombre. Ha creado la expresión ‘sentirse solo’, para expresar el dolor de estar solo. Y ha creado el término ‘retiro’ para expresar la gloria de estar solo.”

La filósofa Hannah Arendt también analizó los dos lados de la soledad. Describió la soledad como “esa pesadilla que, como todos sabemos, puede vencernos en medio de una multitud” cuando nos sentimos “abandonados por nuestro yo”. Sin embargo, argumentó que esta pesadilla es un síntoma de la dificultad que tenemos para enfrentarnos a nosotros mismos. Ella creía que la angustia de la soledad se podía manejar a través del hábito de la conversación interior. Ella llamó a este ‘diálogo silencioso de mí mismo’, soledad. Para Arendt, la soledad tenía una connotación positiva. Ella escribió que “aunque esté sola, estoy junto a alguien (yo) que es”. Lo que Arendt, Tillich y otros filósofos entendieron fue que la soledad también tiene un valor: encontrar el sentido de la vida.

Paradójicamente, la soledad es esencial para el desarrollo de la subjetividad humana y de la libertad

Paradójicamente, la soledad es esencial para el desarrollo de la subjetividad humana y de la libertad. Nuestra soledad nos proporciona un espacio donde podemos estar libres de cualquier presión y control externo. Es un espacio valioso que ahora abrimos al escrutinio de los médicos y los expertos en salud, poniendo en peligro nuestro sentido de independencia moral. El pequeño ensayo de Nietzsche, Schopenhauer As Educator (1874), ofrece una advertencia elocuente a este respecto:

“Dondequiera que haya habido sociedades poderosas, gobiernos, religiones u opiniones públicas; en resumen, dondequiera que haya habido algún tipo de tiranía, se ha odiado al filósofo solitario; porque la filosofía abre un refugio para el hombre donde ninguna tiranía puede llegar: la cueva de la interioridad, el laberinto del pecho; y eso molesta a todos los tiranos.”

En el siglo XXI, no son solo los filósofos solitarios los que se enfrentan a expertos entrometidos que se han comprometido a aliviarles la carga de sentirse solos. Todos nosotros estamos sujetos a la tiranía de la medicalización.

A diferencia de los tiranos de la vieja escuela que abiertamente deseaban imponer su voluntad a la sociedad, los cruzados de hoy contra la soledad son personas con buenas intenciones que simplemente están tratando de hacer que la gente se sienta bien. Lo que no entienden es que no solo no hay cura para la soledad, sino que, si los médicos alguna vez idean una píldora contra la soledad, ¡en realidad sería una maldición!


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Frank Furedi
Soy profesor emérito de sociología en la University of Kent en Canterbury, Inglaterra y profesor visitante del Institute of Risk and Disaster Reduction del University College London. También soy divulgador y autor de más de 20 libros. Durante los últimos 20 años he estudiado  los desarrollos culturales que influyen en la construcción de la conciencia del riesgo contemporáneo. Mi investigación se ha orientado hacia la forma en que la cultura actual gestiona el riesgo y la incertidumbre. He publicado muchos artículos sobre controversias relacionadas con la salud, la crianza de los hijos, el terrorismo y las nuevas tecnologías. Mis dos libros, The Culture of Fear y Paranoid Parenting, investigaron la interacción entre la conciencia del riesgo y las percepciones del miedo, las relaciones de confianza y el capital social en la sociedad contemporánea. Mis estudios sobre el problema del miedo se han desarrollado en paralelo con mi exploración de la autoridad cultural en Authority, A Sociological History (Cambridge University Press 2013). También he publicado un estudio sobre la Primera Guerra Mundial: The First World War Still No End In Sight, que interpreta este evento como precursor de las Guerras Culturales de hoy. Y acabo de terminar mi último estudio, Populism And The Culture Wars In Europe: the conflict of values between Hungary and the EU. Participo regularmente en radio y televisión y he publicado artículos para AEON, The American Interest New Scientist, The Guardian, The Independent, The Financial Times, The Daily Telegraph, The Express, The Daily Mail, The Wall Street Journal, The Los Angeles Times, The Independent on Sunday, India Today, The Times, The Sunday Times, The Observer, The Sunday Telegraph, Toronto Globe and Mail, The Christian Science Monitor, The Times Higher Education Supplement, Spiked-online, The Times Literary Supplement, Harvard Business Review, Die Welt y Die Zeit entre otros.

15 COMENTARIOS

  1. Supongo que el tener miedo a la soledad o mismamente al silencio va en la forma de ser de cada uno y en las inquietudes que se tengan. Cuando alguien tiene una vida propia, plena, llena de inquietudes personales, laborales, culturales, humanas, ni tiene miedo a la soledad, ni a la compañía. Sabe perfectamente disfrutar de ambos momentos.

    Cuando las personas no tienen su propia vida, viven la de otros y la suya está vacía de contenido, no tienen inquietudes propias , esas personas tienen miedo a estar solos pero solos se sienten estando en compañía.

    Disfrutar de la soledad es una bendición y quien sabe hacerlo, disfruta del resto de la humanidad.

  2. Creo que todo esto tiene que ver con el personaje y la persona. Necesitamos representar un personaje y por lo tanto un decorado para pensar que existimos y librarnos de la angustia existencialista y como decía al Sr. Furedi anteriormente los jasidicos no tienen este problema por formación.

  3. La paradoja de la llamada sociedad de la comunicación es la soledad.
    Los casinos, las tertulias, las largas conversaciones presenciales entre afines, compañeros, vecinos, familiares, etc. los juegos sociales con participación tangible de rostros conocidos se ha truncado para siempre.
    El ser social que es el hombre, ha suplantado la comunicación con sus semejantes, en un patético soliloquio con sus animales de compañía, su otro yo, a los que le habla en un lenguaje de símbolos fuera de su alcance y en cuya respuesta obtiene la complacencia que su espíritu reclama con avidez ante el abandono antiguo de su relación con semejantes.
    Esta forma de neurosis, se complementa por la pavorosa hipocondría que le produce la incerteza de la respuesta de la medicina ante la enfermedad, que no resuelve, desde hace siglos, las consecuencias del declive físico.
    De ahí el negocio de la pseudomedicina de chamanes, nutricionistas y brujos, convertidos hoy por la mercadotécnia en administradores de placebos a mayor gloria de una floreciente industria.
    Solo la vuelta a la verdad de lo auténtico de lo ontologicamente probado, de lo que ha resultado útil y constatable ante la angustía del devenir, sera una de las esperanzas en un futuro mas orientado a lo humano.

    • Tenga en cuenta que las pseudomedicinas son indistinguibles de la medicina oficial. La mayoría de los tratamientos, medicamentos y protocolos de la medicina oficial no están respaldados por evidencias científicas. Disponen de mucho poder mediático para cubrir los fraudes, pero si se les exigen las referencias primarias de muchos de los tratamientos no los pueden aportar.

      • Comparto con usted desconfianza hacia la praxis medica, porque, entre otras razones, si se excepciona la accíon de los antibióticos y la cirugía, no ha conseguido mas que acciones paliativas sobre enfermedades que no cura. Y eso pese a las enormes cifras de recursos que emplea. Pero, al menos, se ciñe a protocolos de consenso y cierto control. La farmacología es un semifraude nunca falsado.
        Pero fuera de ahí, todo lo demás es, directamente, un lucrativo fraude, sin control alguno y consentido por quienes tienen responsabilidades sobre la salud publica.

    • La gran ventaja de lo que dices, Jarando, acerca de que hablamos hoy más con nuestras mascotas (yo incluido)es que los perros y gatos tienen más oportunidades de llevar una vida digna. Creo que esa sería otra cara de una moneda con más de dos. El maltrato hacia los animales es todo un tema, y felizmente nuestra soledad ha generado conciencia sobre este problema.

      • En la jerarquía canina, como en la humana, yo siempre he superpuesto a aquellos que se ganan la vida con el mérito de su trabajo y esfuerzo que por las prebendas derivadas del mero servilismo.

        • Y no acabo de entender a quienes demuestran una sensibilidad y empatía hacia, por ejemplo perros o caballos, dentro de los límites de la mera parafilia, mientras degústan criaturas en estadio infantil, tales como pulpos, corderos e hijos de Peppa pig, unos arrojados al agua hirviente y otros asados en hornos al estilo salvo aroma.
          No entiendo las conciencias elásticas, que permiten aceptar unas cosas o denostarlas, según convenga.

          • Fe de erratas: quise poner “savonarola” y la tableta puso, porque ella quiso “salvo aroma”

  4. El artículo me parece muy intersante.

    No soy sociólogo, ni experto y quizás estaría mejor callado. Les contaré mi experiencia, aunque no creo ques ea interesante.

    Estoy jubilado, tengo mucho tiempo disponible. Mi actividad social es baja. Vivo en pareja, y veo con poca frecuencia algunos amigos. Mi vida se reduce a mi mujer, mis hijos, algunos familiares, algunos amigos. Lo más importante es que me gusta estar solo. Toda la vida he mantenido un dialogo interno conmigo mismo, me siento bien en ese dialogo. Unas veces el dialogo deriva hacia como ser mejor persona y hacer feliz a los que me rodean, otras por caminos irreverentes, otras por caminos lejos de la correción.

    Podría decirse que me siento en una jaula en la que ‘los otros’ ponen los barrotes y los límites. Pero esa jaula que me construyen no impide que me sienta libre con mi dialogo interior.

    Siempre me he preguntado, porqué tengo esa sensación de libertad dentro de la jaula construida por los demás. Mi contestación es que mi yo quiere ser un espirítu libre y no se deja vencer por las imposiciones externas. Para poder vivir así, se tiene que tener fuerza interior. Pienso que esta fuerza surge en mi infancia, era el hijo pequeño de una familia con todos mayores. Hasta los 6 años no jugué con amigos, siempre jugué solo. Pienso que esto puso los fundamentos de mi dialogo interno permanente que hoy mantengo.

    Lo que he observado, es que muchas personas no tienen ese diálogo. También me he encontrado con personas que no se soportan a sí mismo, no pueden estar solos. No saben o no soportan el dialogo interno. Estos son los mejores candidatos a ‘padecer de soledad’ cuando adultos.

    Hace poco me he tropezado con algunos articulos de Christian Montag, neuro-psicologo (universidad de Ulm) que estudia la influencia de los procesos biológicos en la personalidad. También estudia la influencia de los medios de comunicación en los humanos, alguno de sus artículos son la base de los trabajos de Cambridge analytica. Seguro que este profesor, podría diagnosticar mi baja relación social con determinadas concentraciones de neurotransmisores, ya sea dopamina, sorotonina y demás. Pero bien podría ser, que mis juegos de infancia en soledad hubieran modelado las conexiones en mi cerebro que se extienden hasta hoy. Pero esto no es más que una hipótesis a verificar…..

    • El artículo me parece muy intersante.

      No soy sociólogo, ni experto y quizás estaría mejor callado. Les contaré mi experiencia, aunque no creo ques ea interesante.

      Estoy jubilado, tengo mucho tiempo disponible. Mi actividad social es baja. Vivo en pareja, y veo con poca frecuencia algunos amigos. Mi vida se reduce a mi mujer, mis hijos, algunos familiares, algunos amigos. Lo más importante es que me gusta estar solo. Toda la vida he mantenido un dialogo interno conmigo mismo, me siento bien en ese dialogo. Unas veces el dialogo deriva hacia como ser mejor persona y hacer feliz a los que me rodean, otras por caminos irreverentes, otras por caminos lejos de la correción.

      Podría decirse que me siento en una jaula en la que ‘los otros’ ponen los barrotes y los límites. Pero esa jaula que me construyen no impide que me sienta libre con mi dialogo interior.

      Siempre me he preguntado, porqué tengo esa sensación de libertad dentro de la jaula construida por los demás. Mi contestación es que mi yo quiere ser un espirítu libre y no se deja vencer por las imposiciones externas. Para poder vivir así, se tiene que tener fuerza interior. Pienso que esta fuerza surge en mi infancia, era el hijo pequeño de una familia con todos mayores. Hasta los 6 años no jugué con amigos, siempre jugué solo. Pienso que esto puso los fundamentos de mi dialogo interno permanente que hoy mantengo.

      Lo que he observado, es que muchas personas no tienen ese diálogo. También me he encontrado con personas que no se soportan a sí mismo, no pueden estar solos. No saben o no soportan el dialogo interno. Estos son los mejores candidatos a ‘padecer de soledad’ cuando adultos.

      Hace poco me he tropezado con algunos articulos de Christian Montag, neuro-psicologo (universidad de Ulm) que estudia la influencia de los procesos biológicos en la personalidad. También estudia la influencia de los medios de comunicación en los humanos, alguno de sus artículos son la base de los trabajos de Cambridge analytica. Seguro que este profesor, podría diagnosticar mi baja relación social con determinadas concentraciones de neurotransmisores, ya sea dopamina, sorotonina y demás. Pero bien podría ser, que mis juegos de infancia en soledad hubieran modelado las conexiones en mi cerebro que se extienden hasta hoy. Pero esto no es más que una hipótesis a verificar…..

      Tenia que jugar solo hasta los 6 años que empecé la escuela, porque vivía en una granja aislada. Tenía que buscarme los juguetes entre herramientas de trabajo. Y jugaba fundamentalmente con los animales de la granja. Perros, gatos, terneros, potros, conejos, gallinas, cerditos esos eran mis amigos de juegos y claro solo hablaba yo….

      • Pues a mi su comentario me parece valioso.

        Es muy certero en tanto en cuanto muchas personas no soportan la soledad.

        Yo creo que nos han vendido un mundo que no existe, y la incapcidad para aceptar que nos han engañado hace que para muchos sus vidas sean trágicas. Han apostado demasiadas expectativas en falsos dioses y piensan que no hay vuelta atrás.

        Yo creo que siempre hay vuelta atrás. Y que siempre se puede comenzar de nuevo. Aunque el camino no sea el mismo.

        un cordial saludo

  5. No acabo de ver por qué molesta a los tiranos el filósofo solitario. Más bien debería propiciarlo, tal cual sucede en todas las épocas de decadencia donde los sabios se retiran/huyen de la política, lo público.

    La soledad física es imposible, pues siempre se está sometido a reglas de otros. Los tiempos de los anacoretas ya han pasado, el mundo está parcelado y la única soledad posible es en la rendición.

    El ser humano es social por naturaleza y el entorno social puede tanto inhibir como potenciar características del individuo. El “individuo” es más “dividuo” de lo que parece. Tal cual sucede a individuos de ciertas especies animales que según el entorno cambian (por ejemplo de sexo); el ser humano no es ajeno a ello y se ve influencia de muchas formas por su entorno social, a nivel psíquico-físico.

    Desde el punto de vista físico el suicidio es claramente una enfermedad.
    Sin embargo para la soledad (estar sin nadie más), el razonamiento no es aplicable porque eso realmente es imposible.
    La individuación tan marchada de los seres humanos, la individualización marcada por la cultura parecen indicar que la soledad es algo que siempre está ahí y en todas partes. Otra cosa es que llegue a tal grado de patología que dispare respuestas físicas las cuales condicionen la salud del individuo. Como sucede por ejemplo con la ansiedad y sus graves efectos sobre la salud.

    • El gran problema de la soledad, y de que se pueda soportar sin consumir es ese; que se soporte sin consumir.

      Todo lo que sea afrontar una manera de vivir que no dependa de confiar en el estado y en el consumo es considerado un terrible problema social.

      un cordial saludo

  6. A Furedi se le está viendo cada vez mas la patita, resulta que es judío de los del Mendelssohn, los del iluminismo aleman, de los que Hungría es zona de influencia. Los Haredi no tienen problemas de “loneliness” e incluso buscan la “solitude”. Es cuando se quiere emplear la mente mal llamada razón cuando se entra en el circulo vicioso spinozista.

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