En el año 2011 Gerardo Pisarello, actual teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona y por aquel entonces profesor de derecho constitucional de la Universidad de Barcelona, publicaba un ensayo titulado, Un largo termidor: la ofensiva del constitucionalismo antidemocrático. En este trabajo Pisarello realizaba una historia alternativa del constitucionalismo europeo e iberoamericano, planteando la tesis de que este movimiento político había experimentado una bifurcación.

Junto a una modalidad democrática, social y progresista, cuyos momentos estelares habrían venido representados por la Revolución francesa en su vertiente jacobina, la Revolución de octubre rusa, la experiencia de la fallida revolución Espartaquista alemana de 1919 o los recientes movimientos latinoamericanos vinculados al llamado socialismo del siglo XXI, se habría abierto paso una tendencia constitucionalista de corte oligárquico.

Pisarello rastrea sus orígenes en la antigua Grecia, como una reacción intelectual frente a las versiones democráticas radicales de Pericles y Enfialtes, para acabar situando su momento álgido en la llamada revuelta Termidoriana que, durante la revolución francesa, puso fin al experimento social y radical Jacobino.

Pisarello caracteriza el constitucionalismo clásico, representado por el constitucionalismo liberal, como una forma de institucionalización del poder político esencialmente antidemocrática

Pisarello caracteriza a lo que tradicionalmente se ha denominado constitucionalismo clásico, representado por el constitucionalismo liberal, como una forma de institucionalización del poder político esencialmente antidemocrática y proclive a los intereses de ciertas élites económicas. El ensayo de la actual mano derecha e ideólogo en materias jurídico-constitucionales de Podemos resulta interesante porque refleja muy a las claras la visión que la nueva izquierda tiene de las instituciones liberal-democráticas. Por ello no es de extrañar que maniobras, como el intento de pasar por alto el veto del Senado para la aprobación de los presupuestos generales del Estado a través de enmiendas a una ley sobre violencia machista, sean presentadas como intentos de superar esta visión oligárquica del constitucionalismo.

El propósito del presente artículo es rebatir esa visión que presenta la nueva izquierda de corte populista sobre el llamado constitucionalismo y que ejemplifica la obra de Pisarello.  El constitucionalismo es ante todo una forma de organizar el poder político que persigue garantizar el respeto de la mayor libertad posible de los ciudadanos. El constitucionalismo se basa, por lo tanto, en el reconocimiento de cinco instituciones esenciales; idea de constitución como norma suprema, idea de poder constituyente como depositario originario del poder, las declaraciones de derechos, la idea de la separación de poderes y control de constitucionalidad de las leyes.

La primera institución jurídica esencial en el constitucionalismo es la de constitución normativa. En otras épocas históricas han existidos leyes fundamentales de carácter solemne, que establecían la organización institucional. Sin embargo, las constituciones modernas pretendían establecer una ruptura con un orden precedente, basado en la desigualdad y en el privilegio.

La igualdad ante la ley es, en un estado verdaderamente constitucional, el principio que regula las relaciones del poder político con los ciudadanos, con independencia de la condición social de estos. Nada más lejos del constitucionalismo que la idea del privilegio. Las llamadas constituciones populares o de democracia participativa que postulan los defensores del constitucionalismo crítico pretenden volver a una situación de privilegio y de desigualdad, donde la condición sexual, el género o la pertenencia a determinados colectivos (indigenismo) suponen la consagración en la propia constitución de formas de discriminación positiva.

Las llamadas a una lectura de género o incluso a la redacción de constituciones de corte feminista suponen una vuelta a un periodo felizmente superado

Las llamadas a una lectura de género o incluso a la redacción de constituciones de corte feminista suponen una vuelta a un periodo felizmente superado. Difícilmente hay algo más oligárquico que pretender que la condición sexual suponga una coartada al, por naturaleza voraz, poder político para limitar los derechos de muchos ciudadanos a fin de poder satisfacer las demandas de determinados grupos de presión, que se arrogan una representatividad de la que muchas veces carecen.

La segunda gran institución que incorpora el constitucionalismo es la idea de poder constituyente. Esta es una noción abstracta que intenta resolver el problema conceptual que se plantea al retirar la soberanía al monarca absoluto. Según esta doctrina la legitimidad del orden político debe proceder de un decisión soberana y vinculante del pueblo que se plasma en un texto constitucional. La nueva izquierda radical populista hace un uso muy efectista de esta idea del poder constituyente al que considera la expresión más palmaria del poder popular, frente a la institucionalización del mismo por parte del constitucionalismo, que intenta “fosilizar” el poder popular, mediante complejos procesos de reforma constitucional.

En otras ocasiones los populismos de izquierdas plantean la “ilegitimidad” del orden político en el que aparecen, alegando su carácter esencialmente anti-popular. Prometen, una vez que se hayan instalado en el poder, abrir un proceso constituyente no sometido a ningún tipo de condicionamiento constitucional, económico o político. De forma que será la “voz del pueblo”, la que hable.

La noción de poder constituyente como poder absoluto y omnímodo es tan irreal como peligrosa

En el caso venezolano ya se ha visto como el llamado Chavismo se ha hecho dos constituciones a medida del propio régimen que menoscaban el pluralismo político y los derechos del ciudadano frente al poder político. Por otro lado, el pueblo, como realidad homogénea, no existe. Lo que hay detrás de todo proceso constituyente es una infinidad de partidos, grupos de interés y ciudadanos con planteamientos muy diversos sobre cómo organizar su convivencia política que, tras un juego político, no exento de renuncias y compromisos diversos, alcanzan un acuerdo de mínimos que debe resultar ratificado en las urnas por los propios ciudadanos.

La noción de poder constituyente como poder absoluto y omnímodo es tan irreal como peligrosa. La propia historia nos muestra multitud de ejemplos de supuestos líderes políticos que se arrogaban una representatividad exclusiva del pueblo para hacer y deshacer a su antojo, camuflando una dictadura con ropajes presuntamente democráticos.

Otra de las grandes instituciones jurídicas que aporta el constitucionalismo es la idea de los derechos como fundamento del orden político. Frente a la antigüedad, en la que el orden político descansaba en la idea de la realización de la justicia, en la modernidad el fundamento reside en la protección de los derechos individuales, que se reputan anteriores y superiores a la instauración de cualquier forma de gobierno.

Las constituciones de inspiración socialdemócrata han ampliado el catálogo de derechos, en muchas ocasiones de forma irresponsable. De manera que han contribuido a difundir entre la ciudadanía la falsa creencia  de que el Estado debe garantizar la felicidad de los ciudadanos, cuando lo que debe hacer es garantizar las condiciones mínimas para que estos puedan perseguir sus propios fines y metas. El constitucionalismo que propugna la nueva izquierda incide aún más en este infantilismo creciente y acaba, como demuestran la reciente experiencia venezolana, no pudiendo garantizar ni la mínima subsistencia a su propia ciudadanía.

El constitucionalismo propugna que el carácter supremo de la constitución quede a salvo de mayorías políticas cambiantes: es un control no sólo político sino también jurídico de éstas

Frente a los gobiernos autocráticos, que se caracterizan por promover la máxima concentración del poder en unas pocas manos, el constitucionalismo promueve la idea de la dispersión del poder en múltiples instancias, como la mejor manera de combatir su tendencia expansiva y opresiva. Hay dos consideraciones que hacer respecto a la división de poderes y al populismo. La primera es que hay que desconfiar de sus proyectos constitucionales, donde dicen reconocer (incluso perfeccionar dicho principio), pues como hemos visto, suele convertirse en “papel” mojado. En el populismo de izquierdas, el poder en realidad es patrimonio del líder carismático, que dice “ejercerlo” en nombre del pueblo y para éste. Es por lo tanto una forma de despotismo “ilustrado”, o en palabras de Duverger, “un cesarismo constitucional”. Segundo, los populistas suelen prometer un programa de acción de gobierno, netamente intervencionista, lo que es incompatible con la limitación del poder que postula este principio. La judicatura deja de ser, bajo el populismo, un poder independiente para ser un apéndice del mismo.

Por último, el constitucionalismo propugna que el carácter supremo de la constitución quede a salvo de mayorías políticas cambiantes, de ahí que postule un control no sólo político sino también jurídico de las mismas. Aun reconociendo el riesgo de que los llamados Tribunales constitucionales se puedan convertir en intérpretes espurios de la propia constitución, su existencia ha permitido sustraer a los políticos de su lamentable tendencia a hacer y deshacer a su antojo. De ahí que la forma de designación de sus jueces sea uno de los grandes caballos de batalla. Si en las democracias liberales son instituciones sospechosas de politizarse, en los llamados países que han abrazado el llamado socialismo del siglo XXI se han convertido en verdaderos títeres.

Foto: Jon Tyson


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10 COMENTARIOS

  1. PABLO NERUDA REDACTA UNA CONSTITUCIÓN

    Puedo escribir los artículos más constitucionales esta noche,
    escribir, por ejemplo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unión de la Nación española…”.

    Puedo escribir los artículos más constitucionales esta noche,
    escribir, por ejemplo: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho…”.

    Puedo escribir los artículos más constitucionales esta noche,
    escribir, por ejemplo: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instru¬mento fundamental para la participación política…”

    Es tan difícil constituir para instituir y tan fácil destituir lo instituido…

  2. El artículo, teoría política, pero como soy de ciencias en lugar de letras. Por tanto las pseudo-ciencias pólíticas, o jurídicas, pues me afectan tangencialmente en el modo de pensar y entonces me inclino por la racionalización y la simplificación en lugar de perder el tiempo en “teologías” diversas. Siento ser así de crudo. No niego la necesidad de la formación en lo que se llamaba “Letras”. Pero ése no es el caso.
    Pensaba leer otro contenido. Y realmente he leído otra cosa.
    Creía, que leería, la moda última de “constitucionalistas” contra “secesionistas”. Fíjense que la palabra España o referente a España el espíritu como nación ha desaparecido en los los tres partidos supuestamente “españoles” de la oligarquía. Haciendo desaparecer la nación española como tal. España para esos cacicuelos ya no existe como tal. Lo que existe es “Constitucionalilandia”. Éxito de desnacionalización, previo a la balcanización por venir. Al final ¿que fue la Yugoslavia del general Tito? Del que se decía malévolamente, que era el primer y el último yugoslavo. Como efectivamente aconteció. España ha desaparecido en algo vago llamado “constitucionalismo” y aparecer como un agregado de nacioncitas, previas a la disgregación. Pensé que el artículo iría por esos parámetros. Parece que VOX es el único, que aún no se ha “adaptado” a la nueva dedfinición gaseaosa de lo que una vez fue España y algunos queremos, que siga siéndolo.

    • A mi me ha pasado lo mismo.

      Y da la casulidad de que también soy de ciencias.

      Francamente la teoría política está muy bien, pero discutir con Pisarellos es dedicarse a intentar desahacer unl nudo gordiano, y la historia (no se si la política o la del sentido común) nos dice que lo mejor es cortar el nudo. Lo mismo pensó tiempo mas atrás Ramiro II el monje con la Campana de Huesca.

      Por desgracia, o por suerte, gran parte del personal responde a estímulos poco sofistacados. Simplemente otea donde está el poder real y se pone a su vera. Conceder el crédito suficiente a esa gentuza postmoderna de que tienen una teoría de algo y rebajarse a discutirla me parece un exceso peligroso. Algo que demuestra una debilidad en nuestras convicciones que hace que terceros que jamás se habrían interesado por estos temas (sus meninges no dan mas de si) bsquen otras alternativas de poder (nefastas) bajo cuya vera ponerse.

      Educar a ese lanar en lo que realmente es la democracia es un proceso muy largo y complicado. Se necesitan siglos y varias generaciones. Aquí ese proceso se empezó a dar en la Castilla Medieval y luego continuó en la España moderna con la Escuela de Salamanca. Proceso que fue abortado por el vaticanismo militante a través de una contrareforma que mas que combatir al hereje de fuera fue diseñada para combatir a un catolicismo (no necesariamente Reformista/Calvinista..) autónomo de Roma que daba mucho miedo.

      Francamente dar crédito (para rebatir su argumentario) a un argentino nazionalista admirador de Robiesperre, por mucho crédito que tenga entre 4 gatos de su patota subvencionada es cómo dar margaritas a los cerdos.

      Un muy cordial saludo

      • ¿Por qué el Concilio de Trento combatió a un catolicismo autónomo que daba miedo? yo creía que lo esencial de la reforma católica fue la proclamación del libertad del hombre por la justificación mediante la fe y las obras, frente a la justificación exclusivamente por la fe de los protestantes que lleva irremediablemente a la predestinación. Proclamación debida al obispo español Lainez. ¿Por otro lado qué cuestiones filosóficas, políticas o morales que planteaba la Escuela de Salamanca son contrarias a la doctrina católica? ¿por qué daban miedo a la Iglesia?

        • El enfoque sobre el control del Poder que proponía la Escuela de Salamanca fue el que tomó Jefferson para diseñar la constitución USA.

          Ese enfoque aplicado a España implicaría un catolicismo local, que dependira menos del poder temporal de Roma.

          Y a Roma lo de perder Poder temporal no le hacía ninguna gracia.

          • Pero yo creo que el enfoque de la Escuela de Salamanca era el tradicional de la doctrina política católlica y española, cuyas raíces se pueden encontrar desde un punto de vista hispano en San Isidoro de Sevilla “Rex eris si recte facies, si non facias, non eris” y desde un punto de vista católico en Santo Tomás “Omnis potestas a Deo sed per populum”. No lo se, no lo tengo muy claro y más teniendo en cuenta que en Trento el peso lo llevó España.

  3. Un gran conocedor, por los hechos, del constitucionalismo y Estado continental decía:
    “a) El grupo de los que ven en el Estado simplemente una asociación más o menos espontánea de gentes sometidas al poder de un gobierno. Este grupo es el más numeroso. En sus filas se encuentran, sobre todo, los fanáticos del principio de la legitimidad, para los cuales, en estos asuntos, la voluntad de los hombres no desempeña ningún papel. En el solo hecho de la existencia de un Estado, radica para ellos una sagrada inviolabilidad. Apoyar semejante extravío de cerebros humanos supone rendir culto servil a la llamada autoridad del Estado. En un abrir y cerrar de ojos se transforma, en la mentalidad de esas gentes, el medio en un fin.” Mi Lucha. Adolf Hitler.

    La visión de la Constitución como algo autónomo, automático y total es la típica descripción de un sistema puramente oligárquico.
    Solo en aquellos países en los cuales el constituyente está plenamente activo (formalmente) los 365 días al año hay Constitución. Porque el constituyente vivo, en su libertad, da cuerpo (espíritu para los no paganos) a lo constituido, lo cual es justamente lo que describe la Constitución.
    Un sistema político cuyas normas básicas (sobre todo limitaciones al propio poder constituido) se plasman en un “espíritu” con cuerpo textual.

    O si lo prefiere con palabras de Aristóteles:
    “En su conjunto, el sistema político de Sócrates ni es una democracia ni una oligarquía; es el gobierno intermedio que se llama república, puesto que se compone de todos los ciudadanos que empuñan las armas. Si pretende que esta constitución es la más común, la existente en la mayor parte de los Estados actuales, quizá tiene razón; pero está en un error si cree que es la que más se aproxima a la constitución perfecta.” La política. Aristóteles.

    Las armas, dado el mercenarismo de la organización social, incluido ejercito (el eufemismo utilizado es usualmente “pro-Fe-sión”, como si fuese algo religioso), hoy perfectamente se pueden sustituir por “dinero”. Por lo cual, si los contribuyentes (al menos la mayoría) del Estado constituido no pueden decidir sobre sus tributos y legalidades anexas (como la propiedad) el sistema se decanta a la oligarquía, cuando pueden a la democracia.

    • Mi idea del alemán es nula, pero algo no concuerda en la cita.
      “a) Die Gruppe derjenigen, die im Staat einfach eine mehr oder weniger freiwillige Zusammenfassung von Menschen unter einer Regierungs gewalt erblicken. Diese Gruppe ist die zahlreichste. In ihren Reihen befinden sich besonders die Anbeter unseres heutigen Legitimitätsprinzips, in deren Augen der Wille der Menschen bei dieser ganzen Angelegenheit überhaupt keine Rolle spielt.“

      La palabra que utiliza es “Legitimitätsprinzips”, cuya base en alemán parece ser el “gesetzmäßig” de significado legal. Por lo cual, me inclino a pensar que se refiere realmente al principio de legalidad, no a la legitimidad en el sentido de la tradición del Ethos peninsular, España incluida.

      La traducción es lo que tiene…

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