Creo que nos merecemos una pausa entre tanto mensaje catastrofista que se vomita desde los telediarios, las noticias fabricadas y publicadas acríticamente en los medios, y por supuesto desde los organismos oficiales. El mundo, nos dicen, se muere a medida que nosotros somos más. Y la economía nos enriquece a medida que expoliamos al tercer mundo. Por cierto, ¡qué expresión más antigua! La pobreza y el hambre, la polución y la incomunicación, avanzan.

Publicidad

Lo cierto es que no todo va a peor, ni todo mejora. El mundo es mucho más complejo que lo que puede caber en el discurso de un político. Y como todos los entornos complejos, vive tendencias contradictorias, o al menos que señalan en direcciones diferentes: de clara mejora algunas de ellas, un gran empeoramiento, otras, con todos los estados intermedios que podamos imaginarnos.

Lo habitual es que los países sigan una U invertida. La polución aumenta a medida que lo hace la riqueza de la población, en consonancia con la industrialización

Con todo, he de decir, es difícil sustraerse a la idea de que el mundo va a mejor. Por algún motivo, los medios de comunicación no inciden en ello. Pero no hay más que mirar a los datos. Yo llevo muchos años observando los indicadores que tienen que ver con el bienestar, en diversos aspectos. Desde los puramente económicos a los que están relacionados con la salud, la educación, u otros. Y lo que muestran esos datos, uno tras otro, es que el mundo va a mejor.

Tradicionalmente, se utilizaba el PIB como indicador del desarrollo de un país. Cada vez se ha visto al PIB con mayor desconfianza. Es insuficiente, se dice, para captar la verdadera evolución del bienestar humano. A la legítima crítica al PIB se sumó un objetivo indisimulado. Los países más libres crecían más deprisa. Y entre ellos, de forma destacada, qué tiempos aquéllos, los Estados Unidos. Había que crear una alternativa que recogiera un mayor éxito del modelo mixto, el de una economía más o menos libre, pero con un gran Estado del Bienestar. Y es así como se llegó a elaborar el Índice de Desarrollo Humano (HDI por sus siglas en inglés).

El HDI se basa en tres criterios: esperanza de vida al nacer, años de escolarización, y el producto bruto nacional en paridad de precios de compra. En última instancia, el HDI daba exactamente el mismo mensaje que el PIB: los países más libres son los que mayor desarrollo humano tienen, y los que más lo mejoran.

El economista Leandro Prados de la Escosura creó un HDI, ampliado con un nuevo criterio: las libertades políticas. El Cato Institute ha recogido esa idea y ha creado un nuevo índice, el Índice de Progreso Humano (HPI, por sus siglas en inglés), que comprende ocho criterios: Esperanza de vida al nacer, mortalidad infantil, nutrición, polución, número de años de escolarización, número de usuarios de internet por cada 100 habitantes, PIB per cápita y un índice de libertad política que elabora Polity5.

Lo que nos dice el HPI es lo mismo que nos dice el HDI, y es lo mismo que nos dice el viejo PIB: el mundo mejora. Y los países con mayor PIB son los mismos que tienen un HDI y un HPI mayor. Y es lógico que sea así, los países más ricos tienen una mayor renta (PIB), y pueden permitirse dedicar más recursos a esos otros aspectos que miden tanto el HDI como el HPI. Y no podía ser de otro modo.

Pero hay una vuelta de tuerca a este asunto, que le ha dado el propio Cato Institute. No es ya que el HPI haya mejorado en las últimas décadas, sino que la diferencia entre los países ricos y los países pobres se ha achicado. El mundo, en definitiva, es cada vez menos desigual. Y si las mediciones del PIB y del Índice de Desarrollo Humano ya lo habían demostrado, el Índice de Progreso Humano elaborado por el Cato lo hace aún con mayor fuerza.

Estos índices son interesantes; especialmente, el del Cato Institute. Porque, como dice el think tank, un dólar extra de ingreso ofrece mayores posibilidades de consumo y de bienestar, pero “un individuo con mala salud no ganará tanto con un dólar extra en términos de elección como una persona sana”. O ese dólar extra no significa tanto para una persona que no tiene acceso a la educación y, por tanto, tiene muchos futuros que no puede ni imaginar.

Lo que hace el Cato Institute es medir la desigualdad del HPI de los países, bien directamente, bien ponderando por población. Y utiliza tanto el índice Gini, de sobra conocido, como la desviación logarítmica media. Los dos son cero en caso de una perfecta igualdad, y los dos aumentan cuando la desigualdad también lo hace. Y en ambos casos, el resultado es el mismo: desde 1990, la desigualdad es menor.

Esto quiere decir, sobre todo, una cosa: primero, que los dos indicadores de desigualdad “muestran que los avances en la IPH fueron compartidos ampliamente” por todos los países. Y “la segunda razón, menos obvia, es que demuestran que hubo avances trascendentales en la base”. Es decir, los países más pobres, y los países en que hay una mayor pobreza, son los que más han progresado.

Es interesante detenerse en qué ha pasado en cada uno de los ocho apartados. La desigualdad ha mejorado en estos ámbitos: esperanza de vida (sobre todo a partir de los 2000), nutrición, escolarización, acceso a internet, y libertad política. Por lo que se refiere al ingreso, la desigualdad se amplió desde 1990 hasta los 2000, pero ha caído desde entonces.

Y esa desigualdad ha aumentado en dos aspectos. Uno de ellos es en la mortalidad infantil. Lo que dice es que el progreso en los países pobres ha sido más lento, o menos rápido, que en los países ricos.

El segundo aspecto ha sido el de la polución. Y esto es fácil de explicar. Hay un gráfico muy interesante que se llama Curva Kuznets, nombrada así por el economista, que sitúa en el eje horizontal (las abscisas) el PIB per cápita, y en el eje vertical (las ordenadas) los niveles de polución. Lo habitual es que los países sigan una U invertida. La polución aumenta a medida que lo hace la riqueza de la población, en consonancia con la industrialización. Pero hay un punto a partir del cual la polución deja de crecer, e incluso cae. El motivo es que el país es tan rico que puede dedicar recursos a adoptar tecnologías más limpias. Además, el peso de los servicios es cada vez mayor.

No es sólo que el mundo esté mejorando, sino que quienes peor están son quienes lo hacen más rápido.

Foto: Lauren Kay.

¿Por qué ser mecenas de Disidentia? 

En Disidentia, el mecenazgo tiene como finalidad hacer crecer este medio. El pequeño mecenas permite generar los contenidos en abierto de Disidentia.com (más de 2.000 hasta la fecha), que no encontrarás en ningún otro medio, y podcast exclusivos. En Disidentia queremos recuperar esa sociedad civil que los grupos de interés y los partidos han arrasado.
Forma parte de nuestra comunidad. Con muy poco hacemos mucho.
Muchas gracias.

Become a Patron!