El atardecer se cierne sobre el Palacio de la Zarzuela. Los rayos de sol rojizos penetran horizontalmente por la ventana del Salón de Audiencias. Abandona la estancia el presidente en funciones Pedro. El rey Felipe camina cabizbajo por el pasillo central hasta que el destello de una sonrisa procedente de una estancia llama su atención.

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—¡Leonor! ¿Qué haces aquí hija? Pensé que estabas de paseo con tu madre y tu hermana.

—Hola papá. Esta tarde he aprovechado para leer un poco.

—¿Qué estás leyendo?

—La Constitución de 1978. Por cierto, ¿qué tal las consultas con los representantes de los grupos parlamentarios para la investidura?

—Muy mal, hija. Estoy profundamente decepcionado. No será posible investir un presidente.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado?

—Primero vino Santiago, de los verdes. Me trasladó que se siente despreciado por el resto y que no hay nada que ellos puedan hacer. Después hablé con Pablo, de los morados. Estaba muy indignado. Se sentía traicionado por Pedro. No puede hacer nada porque tiene el mandato de sus militantes para formar un Gobierno de coalición, cosa a la que Pedro se niega.

—Entiendo. ¿Qué paso con el resto?

—El siguiente fue Albert, de los naranjas. Ellos podrían llegar a un acuerdo con los rojos, en el pasado lo hicieron, pero en esta ocasión está cerrado en banda. Alega que Pedro sólo quiere llegar a acuerdos con populistas y nacionalistas. Me ha subrayado que no tiene ninguna intención de hablar con Pedro.

—¿Ni siquiera… sentarse a hablar con él?

—Así es.

—¡Vaya! ¿Y qué dicen los azules?

—Pablo, de los azules, no está dispuesto a facilitar la investidura a los rojos. Su razonamiento es que Pedro no lo hizo en el pasado, y añade que no se fía de él. También me ha confesado que si lo hace le estará haciendo un favor muy grande a Albert, que está empeñado en pasar del naranja al azul.

—Entones Pedro…

—Pedro me ha trasladado que no está en condiciones de contar con la mayoría suficiente que le otorgue la investidura, y, por tanto, no quiere presentarse otra vez. Dice que Pablo, el morado, sólo pide sillas, Albert no quiere hablar con él, y Pablo, el azul, no está dispuesto a negociar, aunque le traslada su apoyo en “asuntos de Estado”.

—¡Pues qué faena, papá! Es increíble que no se puedan poner de acuerdo.

—En definitiva, hija, no hay candidato y no hay posibilidad de investir un presidente. Tendré que disolver las Cámaras y convocar elecciones. Estoy desolado. Los ciudadanos no merecen este espectáculo tan lamentable.

—¡Papá! No te pongas triste. Tengo una buena noticia para ti. La solución la tienes tú, el rey.

—¡Qué dices hija! ¿Qué puedo hacer yo?

—El artículo 99 de la Constitución Española dice “el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno”.

—Así es hija. ¿Qué quieres decir?

—Como ya has realizado la ronda de consultas, y dado que nadie de los grupos parlamentarios se postula a ser investido, el artículo 99 te permite a ti, como rey, designar un candidato a presidente de Gobierno, para solicitar la confianza de la Cámara.

—Efectivamente.

—Por lo tanto, tú puedes designar a una persona española, procedente de la sociedad civil, que disponga de un prestigio y reputación intachables, con experiencia en gestión y amplio bagaje intelectual. En definitiva, una persona admirada por los españoles y que con toda seguridad obtendrá la confianza de la Cámara. O, por lo menos, tendrán muy complicado negársela. Además, formará un Gobierno “sin cuotas” nutrido de personas preparadas y con garantías para superar los importantes retos a los que se enfrenta España en los próximos años.

—Leonor, me estás sugiriendo… ¿que elija yo al candidato?

—Eso es papá, y te aseguro que será el mejor servicio que podrás hacer a los españoles como rey en un momento tan delicado como este. Sin duda alguna, será algo por lo que los ciudadanos te estarán eternamente agradecidos, de igual modo que cuando interviniste de forma decisiva para solventar el conflicto catalán.

—Leonor, creo que llevas razón. Muchas gracias. Creo recordar que, recientemente, tuvieron que hacer algo similar en Italia. Voy a pensar en esa persona.

—No hay de qué papá. Por cierto, si fuera una mujer sería la primera presidenta de la Historia de España, y tenemos mujeres muy preparadas. Además, puede que así alguien ya piense en eliminar la discriminación del artículo 57 de la Constitución que prima al varón sobre la mujer en la línea sucesoria.

—Vuelves a llevar razón, hija. Vamos a llamar a la abuela, que no sé nada de ella.

PD: Hoy les dedico el tema “This is the life” de Amy McDonald https://youtu.be/iRYvuS9OxdA

Foto: Olaf Kosinsky