No es difícil adivinar que las elecciones del 28 de abril, que irán seguidas de una segunda vuelta muy peculiar, van a dejar las cosas más o menos como están, con un poder político fragmentado y, lo que es más importante, sin ninguna posibilidad cierta de lograr una fórmula estable y esperanzadora. Elegir es una forma de decidir, y parece que sabemos hacer lo primero, pero se nos resiste lo decisivo.

Así dicho, y si así fuere, estaríamos, en verdad, frente a una crisis grave del sistema, y, aunque muchos busquen consuelo en causas epocales, en males muy generales del mundo en torno, no estaría de más preguntarse si hay causas específicamente españolas, errores peculiares y, entre ellos, algunas formas de comportamiento de las fuerzas políticas que suscitan mucho más rechazo que aceptación. Sugeriré algunas ideas en este sentido.

El hecho de que seamos una monarquía parlamentaria hace que los partidos políticos sean casi los únicos protagonistas de la política, puesto que nunca nos vemos en la necesidad de elegir un presidente, lo que queda para el parlamento, y eso hace que no haya lugar para liderazgos personales que pudieran competir sin pesados fardos a sus espaldas y mostrar posibilidades de opinión y de libertad entre las pretensiones excluyentes de los partidos. Dicho de una vez, los partidos juegan siempre al todo o nada, lo que, en un país muy dado a las querellas, contribuye a que la política se convierta en un instrumento de desunión y enfrentamiento en lugar de ser un espacio para la concordia. Lo que ocurre en Cataluña es el mejor ejemplo: un partido (los supremacistas de viarias formaciones) se ha empeñado en escindir de manera profunda a una sociedad que convivía pacíficamente y en libertad, y lo han conseguido.

Que aspirantes a dirigir una gran nación con importantes problemas hayan coincidido en llamar repetidamente mentirosos a sus rivales es un síntoma del atosigante enfrentamiento político que padecemos

En estas elecciones, pese a que algunos eslóganes sugieran lo contrario, el argumento que más se ha empleado no ha sido el de la convivencia, sino el del enfrentamiento, y ese es un estilo que todavía no se ha trasladado, por fortuna, pero acabará por llegar, a la población, que asiste con gran cabreo al espectáculo de enfrentamiento visceral de los partidos mientras piensa que debieran ponerse de acuerdo para arreglar algunos problemas que tienen solución y no agravar los que no lo tienen. Estamos muy lejos, nos guste o no, del escenario de entendimiento que es lógico en una democracia madura y nuestros líderes nos ofrecen un día sí y otro también argumentos para detestar a sus rivales.

El miedo y no la esperanza ha sido el gran motivador. En esa atmósfera, lo normal es que reine la confusión, esa farfulla colegial que presidió los dos debates en los que ha sido imposible, más allá de las informaciones y creencias de cada espectador, discernir cuáles eran los datos relevantes para analizar y tomar decisiones. Que aspirantes a dirigir una gran nación con importantes problemas hayan coincidido en llamar repetidamente mentirosos a sus rivales es un síntoma del atosigante enfrentamiento político que padecemos.

Los partidos tienden a comportarse como manadas, arrollando incluso a quienes se supone sus líderes. Se saltan las normas que imponen al resto del mundo, trabajan sobre todo en su beneficio egoísta y tienden a entronizar un entorno maniqueo en el que la mención del adversario acaba casi por convertirse en un insulto. Palabras como cobarde o traidor se han repetido hasta la saciedad y ese vocabulario se traslada, para empeorar, a las muchedumbres vociferantes de supporters a la espera de cargo. Esta campaña ha sido exasperante, como si los partidos asumiesen que carecen de buenas razones y solo confiasen en el odio para movilizar a los propios.

Los propios, es otro buen marbete para describir el debate político que se ha promovido. Los partidos tienden a pensar que les debemos un voto, que nuestro voto le pertenece, y su temor al batacazo, basado en las encuestas, los lleva a reñirnos por no dárselo. Como somos suyos no tienen que pedir disculpas por lo que han hecho mal, basta con negarlo, y pretenden obligarnos a creer que, como decía Orwell, han inventado el helicóptero, las vacaciones y el tinto de verano.

El argumento del voto útil ha sido la gran estrella de la campaña que se ha vendido a hora y a deshora como corolario de una proposición condicional indiscutible “si quieres evitar a X, tienes que votarme a mí”, un razonamiento aparente que les exime de explicar con un mínimo de claridad lo que piensan hacer y cómo piensan pagarlo, lo que casi siempre consiguen con la asombrosa candidez del personal que persiste en creer en los Reyes Magos de Oriente.

Los partidos pretenden endosar a los electores la responsabilidad de elegir gobierno y se niegan a explicar sus pactos futuros (como si los acuerdos fuesen un invento del demonio) porque pretenden que se los demos hechos dándoles una mayoría indiscutible. Cuando, como ahora pasa, eso parece inverosímil, en lugar de comprometerse a buscar el beneficio de todos y explicar cuáles serían sus preferencias, aseguran que nunca se entenderán con Belcebú y que solo ellos nos garantizan el cielo. Cielo e infierno exigen una frontera nítida y eso está generalizando los “cordones sanitarios”, las medidas profilácticas para que no se propague el mefítico mal que se extenderá hasta el abismo si ellos no ganan.

Esta implacable lógica de la exclusión se practica con ejemplar rigor por las opciones con menos posibilidades de éxito, como si, al fin, hubiesen comprendido que el exterminio es la mejor opción. Si seguimos así pronto reaparecerán las bandas de la porra, y el ejemplar clima de convivencia que ha existido en el País Vasco y ahora reina en Cataluña se extenderá por toda España como un manto liberador y benéfico. Entonces será probable que un partido se adueñe de todo y se llegue a la política de partido único que es el ideal al que aspiran todos ellos cuando creen que fuera de sí mismos no existe salvación.

Frente a esta forma tan deficiente de gestión pública que nos ha ofrecido la campaña, sigue disponible la apuesta por la concordia, la convivencia y la competencia limpia, sin robos, tránsfugas ni mentiras, unas ofertas moderadas que se han hecho casi imposibles porque se ha practicado la masacre moral del adversario, empezando por la izquierda, que ha querido convertir a sus adversarios ideológicos en personificaciones del mal, en perversos violadores y asesinos de género a nada que discrepasen del dogma imperante. Parece que, por desgracia, las formaciones que no se quieren someter al credo socialdemócrata se han dejado contagiar de sus métodos abrasivos. Me temo que mientras dure esa tauromaquia llevarán las de ganar los herederos de quienes inventaron la cheka porque, puestos a condenar, son bastante más expeditivos.


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1 COMENTARIO

  1. “Que aspirantes a dirigir una gran nación con importantes problemas hayan coincidido en llamar repetidamente mentirosos a sus rivales es un síntoma del atosigante enfrentamiento político que padecemos”
    Bueno, Quirós, quizás lo que debería importar más que la evidencia de que se llamen mentirosos o no es si realmente lo son y si se ha podido confirmar esa evidencia en sus declaraciones y en su puesta en escena. Porque si solo nos detenemos en la espuma del debate y no analizamos qué mentiras se han contado y quién de ellos las ha dicho más grandes, aparte de embarrar más el partido o ponerle los laureles a los que han tirado de mitin (por voluntad propia en Andalucía), llenando estadios, le hacemos el juego a esos grandes medios que han interpretado los “hechos” al gusto de su candidato preferido, como haría Tezanos.

    El problema no es que se llamen mentirosos, es que mientan como bellacos en primer time y sin ningún pudor, al apoyar sus declaraciones o acusaciones con documentos, cifras y letras más falsos que el look moderado de Iglesias. Y a quí el que jugó más sucio y arrasó por goledada fue Sánchez, presentando un documento falso para desacreditar a sus adversarios, seguido de Casado en sus bailes de cifras y letras en empleo y otros temas de interés. Es decir que, al verificar qué era verdad, medio verdad o mentira, curiosamente los representantes del buque insignia del bipartidismo fueron los que incurrieron en más fakes.
    Pero chequeada y constatada esa evidencia, lo más comentado ha sido el postureo, la pose y la espuma del debate, como si los nueve millones y medio de espectadores que, por cierto, son una cifra bastante superior a la de los estadios que ha llenado VOX, necesitaran contrastar su voto indeciso con esos análisis intrascendentes y ligeros sobre los gestos, el color de la corbata, o las interrupciones e impertinencias de Rivera, tan criticadas frente al tono pacificador y ceremonioso de un Iglesias, en su mejor versión, aunque fuera poco reconocible y creible en un sujeto al que los electores ya conocen sobradamente por sus obras y no por las razones de sus prédicas.

    Y ya solo falta que se trate de subestimar y desacreditar los debates televisados, tratando de persuadir al personal de que las campañas electorales se ganan a golpe de puñetazo y consigna mitinera en los estadios, sin tener que dar explicaciones de su programa sin tener que exponerse a la arriesgada tarea de debatir o contrastar mentiras y propuestas con tus adversarios polítcos cara a cara. A juzgar por la mala crítica a los candidatos del debate, se diría que la junta electoral le hizo un “favor” a VOX al prohibirle pisar el barro del debate y del enfrentamiento fraticida, en el que tantas cosas nos jugamos en esta campaña.
    Y digo favor porque no se entiende que se negaran a debatir en Andalucía donde ya tienen representación parlamentaria. Total que, mucho aspaviento con la “derechita cobarde” y la “veleta narnaja” pero ellos no han tenido webs de enfrentarse a sus “adversarios” políticos ni de participar en ningún debate televisivo que, aunque pueda degenerar en espectáculo, siempre será más útil y provechoso que las consignas facilonas, mitineras y onanistas que halagan los oídos de los parroquianos en los estadios.

    “El miedo y no la esperanza ha sido el gran motivador”. Nada nuevo, Quirós. Ya tuvimos la experiencia a la inversa, cuando el PP de Rajoy agitó el espantajo del miedo con la irrupción de Podemos y un electorado cabreado como el de Vox ahora. La estrategia mediática es la misma: tensar l cuerda de los extremos y dejar en fuera de juego el centro. La diferencia es que en esta segunda ocasión el resultado no va a ser el mismo y el buque insignia del bipartidismo va estar tocado de muerte.

    El debate, aunque traten de ocultarlo, perjudicó a Sánchez y a Casado, al escorarse a los extremos de sus márgenes de izquierda y derecha. Rivera con sus piruetas consiguió lo que buscaba, situarse en el centro que siempre le ha denegado, esta vez sí que para erigirse por encima de las mentiras de sus adversarios.

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