Cuando se hacen estudios de imágenes nacionales o, para expresarlo en términos más comerciales, de marca-país, se utilizan muy variados recursos. Uno de ellos, bastante conocido, es realizar encuestas en las que, entre otras cosas, se pregunta a una población determinada acerca de los símbolos con los que se asocia una nación. Ello da como consecuencia en la mayor parte de los casos una variada panoplia de tópicos. Pero, lejos de resultar despreciables o irrelevantes, esos lugares comunes constituyen una valiosa materia prima para los investigadores y sobre todo para diseñar a partir de ahí una estrategia política, económica o meramente explicativa.

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¿Para qué sirven los informes de esas características? En primer lugar para establecer si un país tiene una imagen fuerte o débil, independientemente del valor positivo o negativo de la misma. En principio, es mejor disponer de un perfil vigoroso y definido, pero esto se convierte en obstáculo importante cuando los rasgos que lo acompañan generan un profundo rechazo. También depende de los objetivos que se persigan: el carácter festivo de una comunidad puede ser por ejemplo una baza magnífica para impulsar el turismo pero en cambio constituirá un lastre para atraer inversiones que requieran desarrollo científico y tecnológico o alta eficiencia productiva.

Las imágenes nacionales no son la foto fija que muchos intereses establecidos quieren hacernos creer, porque nada hay en la esencia de ningún pueblo que le obligue a ser siempre de una determinada manera y no de otra. Hay una abundante literatura ensayística –da igual en este aspecto que sea entusiasta como reprobatoria de España- que coincide en la premisa dogmática de que los españoles tenemos intemporalmente unas características particulares que nos distinguen en el contexto europeo. Tanto autóctonos como foráneos han cultivado con esmero esta imagen diferencial, asumiendo la paradoja de que la singularidad era permanente pero su contenido cambiante al compás de los tiempos, desde el fanatismo inquisitorial del siglo XV (Torquemada) a la sensualidad romántica de la Carmen decimonónica.

La democracia luchó desde su instauración contra esas expresiones del Typical Spanish, hasta el punto de que la llamada modernidad cultural en España, ya desde los tiempos de la «movida», se hizo bajo otros parámetros, más deudores de la transgresión que de la tradición

Expreso todo lo anterior con cierto énfasis porque, al contrario de lo que algunos postulan y muchos creen, esta perenne diferencia española no es un invento franquista, aunque forzoso es reconocer que el Caudillo y su régimen usaron y abusaron de tal marchamo con fines tanto justificatorios como promocionales. Tanto es así que en muchos sectores del país las corridas de toros, el flamenco y la sangría son considerados residuos casposos cuando no directamente expresión de un persistente franquismo sociológico. Véase a este respecto la propaganda de los nacionalistas catalanes y vascos (y no solo de los más radicales).

En cualquier caso, la democracia luchó desde su instauración contra esas expresiones del Typical Spanish, hasta el punto de que la llamada modernidad cultural en España, ya desde los tiempos de la movida, se hizo bajo otros parámetros, más deudores de la transgresión que de la tradición. Incluso cuando se recurría a esta última, esa recuperación –si así puede llamársele- se hacía sobre la base del guiño burlón e incluso la parodia iconoclasta. Las películas y, sobre todo, la estética de Pedro Almodóvar constituyen la plasmación más exitosa de esta actitud.

Este curso de los acontecimientos parecía haber generado -¡por fin!- un acusado consenso en los rasgos (históricamente problemáticos) de la identidad española. A estas alturas, pongo por caso, a nadie se le ocurriría identificar al español de a pie con el cateto de la boina: los tiempos de Gila o, peor aún, de Alfredo Landa, dicho sea con todos los respetos para el caché artístico de ambos, no solo aparecían como obsoletos sino que simbolizaban una época –la España de la posguerra o en el mejor de los casos, la España del seiscientos- definitivamente superada.

Si en algo ha habido acuerdo entre los españoles –entendidos como colectivo- en estas últimas décadas ha sido precisamente en aparecer y ser tratados como país moderno, aunque esta modernidad se haya entendido de modos distintos y no siempre compatibles. Como antaño los curiosos impertinentes, un extranjero zumbón quizá hubiera detectado una sospechosa impostación en esta tendencia, en tanto que un paisano se limitaría a recordar el refrán de “dime de lo que presumes…” De cualquiera de las maneras, como pasa con tantas cosas en la vida, unas circunstancias imprevistas nos fuerzan ahora a mirarnos en el espejo con otras luces y desde otra perspectiva. ¿Qué es lo que vemos?

Vemos en primer lugar un contraste llamativo entre el impacto letal de la pandemia –uno de los más altos, si no el que más, en términos relativos, en el conjunto europeo- y la aparente despreocupación, rayana en la frivolidad, con que se aborda la situación, sobre todo en las instancias oficiales y los principales medios de difusión (o propaganda, para ser más exactos). Un observador externo certificaría que esta nueva normalidad quiere a toda costa parecerse mucho a la antigua, en el sentido de actuar como si nada hubiera pasado. El contraste mencionado se acrecienta si confrontamos la displicencia reinante con una crisis económica inédita, la más alta en términos relativos –una vez más- de los países desarrollados.

Apelo nuevamente a ese observador distanciado que se asomara a las expresiones colectivas presentes de un confín a otro de la geografía española. Pese a la drástica contracción del turismo, en especial el turismo extranjero, tirón básico de nuestro sistema económico, el país se adentra en el verano recobrando sus pautas habituales de indolencia y diversión hortera: playas con sombrillas plantadas desde las ocho de la mañana, chiringuitos con las canciones del verano, paellas de encargo y terrazas de bares donde cuesta conseguir una mesa. Es verdad que este agosto el país no arderá en fiestas como antaño, pero no por falta de ganas, pues da la impresión de que las precauciones sanitarias, más que asumirse por el común, se decretan por las autoridades a regañadientes.

Lejos quedan ya los planteamientos bienintencionados de algunos ilusos que recomendaban aprovechar las crisis para acometer cambios radicales en nuestra estructura productiva. Hoy a nadie se le ocurre ya tal candidez. En términos macroeconómicos, jugamos en la segunda división de las naciones desarrolladas, proporcionando unos servicios turísticos competitivos pero muy rezagados como país en investigación, tecnología y, en general, las grandes apuestas de futuro. Somos lo que somos: un país de fiesta y siesta, de cañas y tapas, de palmas y olés, de ocio barato y bullanguero. No es ya solo que lo tengamos asumido: es que presumimos de ello.

Ahora que con la restricción de movimientos se ha interrumpido el flujo de visitantes, nuestras autoridades políticas se dirigen sin rubor a las instancias comunitarias europeas mendigando unas ayudas millonarias para salir del bache, como quien dice. Así de elemental. ¿Para qué está Europa si no?, claman los portavoces oficiales y su coro mediático. Como el mendigo que extiende su mano, España solicita ayuda como si todo lo acaecido constituyera una mera contingencia calamitosa, sin asumir responsabilidad alguna por supuesto. Pero si España no ha gestionado la crisis peor que otros países, como ha repetido hasta la saciedad la propaganda oficial, ¿por qué aquí el impacto es mayor?

No comparto ese tipo de diagnóstico, tan usual entre nosotros desde muy lejanos tiempos, que se recrea en los males de la patria: “y si habla mal de España, es español” (Bartrina). Admiro el genio creativo, me complace el vitalismo, comparto la alegría y disfruto el tipo de sociabilidad que prevalecen en este rincón del mundo. Pero ello no me lleva a estimaciones estúpidas –no, no “somos los mejores”, ni “España es la mejor”, como dice el pasodoble- ni a silenciar lacras y defectos que, por otra parte, no serían tan difíciles de superar con una organización política eficiente. No es malo ser un país acogedor y festivo, pero debemos recordar que hasta las mejores fiestas tienen su final. Y luego toca recoger y ponerse a trabajar seriamente.

Foto: Guillermo Latorre


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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).