En un escrito llamado Ética Discursiva el filósofo alemán Jürgen Habermas introduce la noción de contradicción performativa para criticar a aquellos filósofos de la sospecha, como Foucault, que pretenden impugnar la racionalidad sobre la que se habría sustentado la civilización occidental. Habermas cuestiona que alguien pueda impugnar completamente la racionalidad de un modelo social apelando a algún argumento racional sin caer en una contradicción con ello. Lo contrario sería una forma de auto-referencialidad, que él caracteriza como una forma de contradicción performativa. El propio recurso a un criterio de racionalidad, vigente en aquel marco cultural que se critica, descalifica la supuesta falta racionalidad del mismo. No cabe por lo tanto una crítica absoluta y general de un marco cultural desde el propio marco cultural que se critica, que se presente como legítima y justificada sin admitir al menos la existencia de algún tipo de racionalidad en el modelo de sociedad que se critica. Así los críticos de la cultura occidental, herederos de la llamada escuela de Fráncfort​, critican a la ilustración desde un propio marco cultural ilustrado. Lo que conlleva una pérdida de credibilidad de su propia crítica. Si se valen para su crítica de conceptos emanados de la propia ilustración, no es posible que toda la ilustración sea una manifestación de barbarie e irracionalidad. Lo contrario sería incurrir en una contradicción lógica y en una forma de cinismo.

El argumento de Habermas no es nuevo, ya Diógenes de Sinope apuntó a la contradicción performativa de los Eleatas, seguidores de Parménides de Elea que negaban el movimiento, poniendo de manifiesto que ellos hacían aquello que negaban con su discurso teórico (moverse).

La posmodernidad con sus discursos antihumanistas, identitarios y cuestionadores de la racionalidad científica está llena de ejemplos de este tipo de contradicción. Un ejemplo de esto lo encontramos claramente en el animalismo. Una de la señas de identidad de los movimientos animalistas es la denuncia del llamado sesgo especista, según el cual el ser humano es cautivo de una especie de relato mítico, consagrado en textos religiosos como el Génesis o en  obras filosóficas como De Anima de Aristóteles, según el cual el hombre es una criatura al margen de la propia naturaleza. El hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, en el relato religioso, o el hecho de poseer facultades cognoscitivas superiores a las del resto de las especies animales confiere al ser humano de una posición de preeminencia en el ámbito de la naturaleza.

Los animalestas personifican en los animales aquellas actitudes y creencias que ellos desearían que la humanidad poseyese. Sólo este vulgar antropomorfismo justificaría medidas tan aberrantes como los santuarios animales, diseñados sobre la base de una consideración puramente humana del bienestar, no desde la óptica propia y específica de cada especie animal

Los llamados animalistas consideran esta forma de pensar una manifestación de antropocentrismo, que habría sido desmentido por la propia biología evolucionista que señala la enorme semejanza que mantiene el ser humano con otras especies naturales. También la moderna etología enfatiza la existencia de otras especies animales dotadas de inteligencia y emociones, lo que vendría a desmentir esa posición de supuesta preeminencia de la especie humana que justificaría una consideración instrumental de los animales por parte del ser humano.

Según los animalistas el especismo consiste en una auto-atribución ilegítima  de una posición de superioridad moral y ontológica del ser humano, que se creería erróneamente el “rey de la creación”. Establecer jerarquías entre seres vivos para justificar diferencias de trato entre escalas de seres vivos es, según los animalistas, irracional. La proscripción del llamado maltrato animal no se derivaría de la constitución moral del ser humano que le impondría el deber de tener que evitar infringir dolor a seres capaces de experimentarlo. Por el contrario la prohibición del llamado maltrato animal se derivaría en último término de la misma consideración ontológica de todos los seres vivos, todos ellos integrantes por igual del mundo natural. Los animalistas apelan a la idea, expresada por Spinoza en su Ética, de que el ser humano no constituye un ámbito separado dentro del mundo natural, de forma que cualquier intento de separar lo humano respecto de lo natural es una forma de antropocentrismo.

Baruch Spinoza es un pensador al que la izquierda siempre ha profesado una gran admiración. Su naturalismo fisicalista encubierto bajo un ropaje panteísta fue valorado positivamente por el marxismo. Su rechazo de cualquier forma de ontología trascendental sirvió para articular una de las críticas más potentes de la historia del pensamiento respecto de la religión institucionalizada basada en el miedo, la superstición y en una idea antropomórfica de Dios. Este Dios que critica Spinoza se concibe a la manera de un hombre dotado de capacidades infinitamente superiores y que se mueve con arreglo a fines que determina su voluntad. Spinoza, por el contrario, hace equivaler su idea de la divinidad a la de la propia naturaleza a la que se entiende estructurada en términos de causalidad necesaria y desprovista de cualquier forma de finalismo. La potente crítica que Spinoza articula en su Tratado Teológico-Político y en su Ética a una visión antropomórfica de la naturaleza sirve también hoy en día para criticar las posiciones animalistas. En estas más que una denuncia del supuesto antropocentrismo, derivado de considerar al ser humano como diferente del resto de los animales, lo que subyace es un decidido antropomorfismo. Una “humanización del mundo animal”.

Como pone de manifiesto el propio Spinoza en su Tratado Teológico-Político (16, 10/11), el ser humano, aunque racional no deja de ser una pequeña parte de la propia naturaleza. Su racionalidad sólo alcanza a conocer las leyes más generales de la misma. Cualquier intento de imponer a la naturaleza un “molde humano”, de entender que esta obra movida por fines o por nociones éticas no deja de ser una forma de antropomorfismo Spinoza afirma en el Escolio II de la proposición VII de la primera parte de su Ética que  el desconocimiento de la verdadera estructura de la naturaleza conlleva necesariamente la antropomorfización de la realidad, así afirma que “los que ignoran la verdadera causa de las cosas, todo lo confunden y, sin ninguna repugnancia de su alma, forjan árboles que hablan como los hombres”

Los animalistas son unos profundos desconocedores de ese mundo animal que tanto dicen amar. Personifican en los animales aquellas actitudes y creencias que ellos desearían que la humanidad poseyese. Sólo este vulgar antropomorfismo justificaría medidas tan aberrantes como los santuarios animales, diseñados sobre la base de una consideración puramente humana del bienestar, no desde la óptica propia y específica de cada especie animal. Por mucha empatía que podamos y debamos sentir hacia los animales y que nos lleva a intentar minimizar su sufrimiento, el “llamado bienestar animal” de una vaca según la óptica animalista en poco o en nada coincidirá con el interés de su propia especie. En estos supuestos santuarios los bienintencionados animalistas dicen pretender que los animales vivan en armonía los unos con los otros, desconociendo que muchas especies constituyen elementos de la cadena trófica de otras especies.

Volviendo a la reflexión sobre la contradicción performativa con la que iniciábamos este artículo, los propios animalistas incurren en este tipo de inconsistencia argumentativa cuando afirman que el ser humano no deja de ser un animal más y al mismo tiempo le imponen una serie de obligaciones “morales”, como el llamado veganismo obligatorio, del que están exonerados los otros animales. Es precisamente debido a que el ser humano está dotado de una condición diferente al resto de los seres naturales por la que puede asumir ese tipo de “obligaciones” no naturales.

Con esta crítica al antropomorfismo animalista y a su deseo de encumbrar una nueva forma de humanidad postcapitalista, moldeada sobre la base de la asunción de todos y cada uno de los dogmas de la postmodernidad, no pretendo justificar que cualquier tipo de trato hacia los animales sea ético. Precisamente esa condición moral del ser humano que se materializa en la posibilidad de obrar en contra de los propios instintos, conveniencias y egoísmos diversos es la que justifica el deber de excluir el maltrato animal por parte del ser humano.

Foto: Jakob Cotton


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Carlos Barrio
Estudié derecho y filosofía. Me defino como un heterodoxo convencido y practicante. He intentado hacer de mi vida una lucha infatigable contra el dogmatismo y la corrección política. He ejercido como crítico de cine y articulista para diversos medios como Libertad Digital, Bolsamania o IndieNYC.

4 COMENTARIOS

  1. “Precisamente esa condición moral del ser humano que se materializa en la posibilidad de obrar en contra de los propios instintos, conveniencias y egoísmos diversos es la que justifica el deber de excluir el maltrato animal por parte del ser humano.”
    No es nuestra condición moral la que justifica ese deber, sino que es la moral reinante la que lo impone. Otra moral distinta (y la moral solo es un pacto entre humanos que limita el egoísmo) podría imponer el maltrato sin piedad hacia los animales. El hecho de que en esa moral reinante se haya eliminado de raíz cualquier referencia al egoísmo humano (por el cual somos como somos) excepto si es para combatirlo con saña, denota que estamos reprimiendo hasta extremos nunca vistos el mecanismo esencial de todo ser vivo para la supervivencia, el egoísmo. Dudo que sea bueno ni para la especie ni para el individuo.

  2. Eso de antropomorfizar a los animales tiene su aquél. En principio, es un síntoma de infantilización que se ha ido institucionalizando en la televisión fundamentalmente. Se proyectan en un animal rasgos del comportamiento humano lo cual es la base del negocio inmenso de las mascotas. Hay algunas especies que están teniendo un gran éxito biológico pues consiguen tener cada vez más humanos a su servicio. Hay parejas humanas que prefieren un caniche a un niño. También hay humanas que alertan de que las gallinas son violadas por los gallos. Así se van proyectando en los animales las frustraciones y los delirios de la postmodernidad.

    Cuando la superviencia humana dependía de cazar un oso feroz, o un toro, o un ciervo, o en defenderse de una manada de lobos, a los animales se les entendía, se les conocía, se les respetaba y se intentaba el establecimiento de vías de comprensión, entre otras cosas conviertiendo al oso o al toro en dioses. Los hombres aprendían de los animales pues reconocían en ellos una sabiduría útil para la vida. En las fiestas y las danzas, los humanos se disfrazaban de los animales a los que adoraban y mataban. Sabían esos humanos que las vidas y las muertes de hombres y animales estaban muy entrelazadas. Había respeto en la ferocidad y en la violencia. Los cuentos y los mitos tenían en muy buen lugar a los animales. Ahora los animales son carne de burocracia y de ideología. Igual que se degrada lo humano, se degradan los animales, victimizándolos.

  3. En mi familia al principio fuimos animales hasta que tuvimos el primer perro, desconozco como lo hizo pero consiguió convertirnos en humanos. Cuando se murió decidimos hacernos «vegetalistas», no era plan de sustituir aquella eminencia animal por vete a saber que chucho estúpido venido de no sabes dónde.

    Al principio el vegetalismo fue bonito, pero tras un tiempo la vida en la casa se hizo imposible, abrirte paso con un machete para ir al baño puede ser emocionante, pero cuando tardas una hora en recorrer el pasillo de la casa consideras que es hora de dar un paso adelante y luchar por una causa más justa y solidaria.

    Tras un consejo familiar decidimos que había seres sufrientes a los que nadie prestaba atención, y entre todos consideramos que que eran los minerales los más desfavorecidos. Desde el carbón al petróleo pasando por la difícil y errante vida del agua, o el pobre átomo de uranio enriquecido en la espera angustiosa e interminable de que le partan en dos como a la pobre María Antonieta, pero peor. Encabronado el átomo en una ojiva nuclear durante años esperando que un inútil apriete un botón para partirlo en dos, y luego encima tener que soportar las murmuraciones de si mató unos cientos de miles de bípedos, ¿Es que nadie entiende el enfado de ese pobre átomo de uranio y su ira cuando lo parten en dos.
    Y que decir de la errante agua, sin un minuto de paz, siempre de arriba abajo y de abajo arriba sin detenerse un segundo durante toda su existencia y a merced de la perversa temperatura.

    Viendo estas terribles injusticias nos hicimos «mineralistas» que no «milenaristas», eso era Arrabal.

    Nuestro movimiento protector y solidario con los minerales pretende preservar su armonía y equilibrio e impedir la interacción con otros átomos que perviertan su esencia original. Que el oxígeno sea oxígeno y el hidrógeno sea hidrógeno. No podemos permitir que el agua expropie por la cara las propiedades exclusivas de un pobre átomo de oxígeno y una pareja de hidrógeno, para encima luego llevar una vida nómada que no conduce a ninguna parte.

    Que mayor injusticia que la mineral. Y el que no se lo crea que pregunte a un átomo lo que duele que te partan en dos o te colonice un invasor.

  4. Por hablar claro, los animalistas y otras muchas ideologías que aquí se critican ni pincha ni cortan.

    Tal es la naturaleza del Estado Liberal que subsume toda ideología en una bazofia anti-ética que neutraliza toda acción a título individual (mucho ruido y pocas nueces). Bajo un marasmo legislativo (el Derecho del Estado) el cual dispone de un ejército permanente para su imposición por la fuerza, el cual llegado el caso puede ser violencia (exceso de fuerza) considerada legítima (simplemente acorde a la ley, si bien en el orden ético-filosófico tiene otras acepciones).

    Por ello, acciones como las de los animalistas no pasan de ser anecdóticas, mientras no entren en el núcleo duro de Estado liberal (Terapéutico), esto es, entrar en la directriz de la fuerza armada. Eso rimbombante llamado “el legislador”. Si bien, como se ha percibido estos días de confinamiento y capado de derechos concedidos; realmente es el Ejecutivo.

    El artículo 6.1 dice “La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento. El error de derecho producirá únicamente aquellos efectos que las leyes determinen”, lo que a todas luces es una auténtica brutalidad en su acepción textual. Que por otra parte indica la naturaleza exógena de la ley respecto al “pueblo” (conjunto constituido de familias). Algo que se percibe claramente estos días que los mandatos legales respecto al COVID-19 cambian por minutos. De hecho imposibles de cumplir,…, aunque no es la excepción sino la norma, especialmente en los relativo a su volumen (cientos de miles de textos legales).

    En el “Estado de Derecho” (Derecho del Estado) todo está bajo una mitología que recuerda aquello de Montesquieu que cuanto más corrupto es un régimen más leyes tiene.

    Curiosamente estaba leyendo algo sobre la ley de caza (que si pincha y corta) de Galicia 46 páginas, y en el Artículo 22 pone literal:
    -“Las sociedades o asociaciones de cazadores y cazadoras”
    Cazadoras, ¿las chaquetas de caza?

    Esta gente, que no sabe ni escribir, es la que obliga, todas las otras ideologías pasan por el aro, son por decirlo de alguna forma el ruido plural que entretiene. Dado la ética hace tiempo que ha muerto,…, solo existe la ley y el poder del Estado.