El reciente y magnífico post de Dante Palma me ha animado a comentar algo desde una perspectiva complementaria, sin ceñirme solo al asunto del Covid 19. Dante partía de mostrar que la actitud dominante frente a una pandemia tan destructiva había conseguido que la atención se apartase de la realidad y la muerte para fijarse en la información que nos hurtaba esa dolorosa trama y de cualquier imagen que pudiese mostrarla tal cual estaba siendo: ni ataúdes, ni muertos, ni UVIs, ni aglomeraciones en los hospitales, tan solo gente aplaudiendo y curvas que se encrespan por un tiempo para ser aplastadas por la bota del caudillo vencedor (“¡Hemos vencido al virus!”).

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Me ha llamado mucho la atención que la opinión pública se conformase con ese tratamiento elusivo de una manera tan dócil como natural, y eso se deberá, sin duda, a que nos hemos acostumbrado a ser dominados por las palabras, no, claro está, por las palabras de cualquiera, pero sí por las de los que mandan. Que la palabra de la que se han dicho tantas cosas hondas, trascendentes y ciertas se haya convertido en un instrumento de dominación tan eficaz, debiera darnos que pensar, pero mucho temo que haya muy numerosas personas que ya no estén en condiciones de hacerlo, que han caído bajo el peso de las palabras y han perdido la capacidad de pensarlas, de pesarlas o sopesarlas, comparándolas con otras y con imágenes, recuerdos, experiencias, convicciones, reglas lógicas y evidencias de todo tipo y procedencia. Eso es lo que es pensar, y eso es lo que apenas se hace cuando se acepta que la palabra puede crear mundos y que es necesario conformarse con ellos. Así muchos han hablado de la nueva normalidad, de vencer al virus, de algo que sin duda conseguiríamos con un poder que nos decían tenemos en la senda del sí se puede que ha conseguido tantas adhesiones en el pasado reciente.

En la Rusia soviética se contaba que cuando Stalin murió, los más cercanos decían: “sí, está muerto, pero a ver quién se lo dice”. En la España de Sánchez parece imperar un clima similar, son muchos los que piensan “este buen señor nos lleva al desastre, pero a ver quién se lo dice, con la labia que tiene”, o, al menos, eso parece que piensan los empresarios del Ibex que fueron a aplaudirle el otro día uno de sus discursitos en que les pidió unidad

Cuando las palabras se aceptan con la fe del carbonero, lo primero que ocurre es que pierden por completo su valor, dejan de ser útiles del entendimiento para convertirse en cadenas de cualquier libertad. Nos impiden imaginar, llevar la contraria, denunciar la incoherencia porque nos han hecho sus esclavos. Fíjense, por ejemplo, qué fácil es decir que un escrache es medicina democrática para pasar luego a sostener que es un abuso intolerable cuando el hecho que se codifica con ese término se acerca apenas un poco a la persona que manda en la palabra. No hace falta ser un especialista en Orwell para entender que todos estos fenómenos nos colocan bajo el imperio del doble-pensar, de la situación en la que una palabra cualquiera puede significar el tiempo una cosa y su contraria.

Tengan por seguro que si fuere necesario volver a encerrarnos se nos dirá que eso es lo que exige la nueva normalidad: el término que se nos propuso como meta de tantos desvelos para poder salir de nuestra cárcel hogareña, servirá, sin duda, para dejar de nuevo vacías las calles. Hasta hace muy poco estaba seguro de que no se atreverían a una nueva cuarentena con sermones, pero ya no tengo esa certeza. La democracia es obedecer y lo contrario, se nos dirá, es puro fascismo.

Quienes pretendan argüir con datos, que son más que palabras, que en España hemos cometido todos los errores, hemos llegado tarde a todas las medidas, y estamos en la cabeza de los desastres se mire por donde se mire, se encontrarán con que el gurú que aseveró que apenas habría víctimas (“dos o tres”, dijo) nos advertirá de forma solemne de que no se puede manejar la información de manera irresponsable, que hay que eludir la morbosidad, el amarillismo y el fomento del miedo, como decía Dante, y lo dirá con la misma actitud paternal con que ha ido sembrando una irritante serie de medias verdades y de tópicos de brasero.

La palabra les sirve para mostrar la excelencia de unos gobiernos que no tienen que arrepentirse de nada y que se aprestan a multiplicar los entes administrativos de que disponen con la excusa del mal que los demás padecemos. Si pensásemos un poco tendríamos que preguntarles, por ejemplo, que van a hacer para evitar que el informe médico de un paciente en medicina primaria no pueda ser consultado desde las urgencias de un hospital, o cómo van a arreglar que el hospital de una comunidad autónoma pueda entenderse con el de otra para atender un caso urgente. Pero los dueños de la palabra no se preocupan de esas minucias, y tampoco tienen tiempo para explicar en base a qué toman decisiones que nos afectan a todos, solo piensan en crear nuevas Agencias, nuevos Órganos de coordinación, nuevos Observatorios y en colocar ahí a unas decenas de miles de corifeos, de personajes que repiten con solemnidad las palabras que viene de arriba. Está claro que les urge aumentar la nómina de los que salen a aplaudir a la llegada de cualquier gerifalte.

A los gobiernos que padecemos les urge dominar la palabra, dejarnos sin habla, condenar con severidad el menor atisbo de libertad, de disidencia, de que seamos capaces de pensar por nuestra cuenta. Recuerdo haber trabajado para una empresa comercial en la que estaba prohibido el empleo de la palabra caro: podías ir a galeras como la empleases en presencia de un jerarca o de un chivato, porque los tiranos necesitan chivatos para estar seguros de que nadie vaya a tener ocurrencias. Dicen que uno de los tipos que más mandan en este gobierno es un experto en juntar palabras para hacer relatos, porque un relato es un conjunto de palabras que te deja sin habla, al que ya nada puedes oponer, cadenas de palabras que te quieren encadenar y que calles para siempre.

En la Rusia soviética se contaba que cuando Stalin murió, los más cercanos decían: “sí, está muerto, pero a ver quién se lo dice”. En la España de Sánchez parece imperar un clima similar, son muchos los que piensan “este buen señor nos lleva al desastre, pero a ver quién se lo dice, con la labia que tiene”, o, al menos, eso parece que piensan los empresarios del Ibex que fueron a aplaudirle el otro día uno de sus discursitos en que les pidió unidad, esto es obediencia a su mando y aplausos sostenidos de periódicos y televisiones en los que tanto se recrea. Los empresarios tuvieron el privilegio de recibir en primicia las palabras decisivas: “digitalización, transformación ecológica, cohesión tanto territorial, como social, y feminismo”. ¿Quién puede dar más? También les dijo que no ha habido muertos ni de derechas ni de izquierdas, e insinuó, con elegancia, que a los vivos les convendría mucho ser de izquierdas, o hacer como si lo fueren, aunque esto último es de mi cosecha.

Sánchez es un político bastante estimable porque está consiguiendo mucho, para sí, por supuesto, con muy poco, porque jamás un Gobierno tuvo tan escasos apoyos en el parlamento, pero Sánchez ya se ha dado cuenta de que ese órgano, una vez que ha cumplido al investirle, en realidad no sirve para gran cosa y lo trastea bastante bien echándoles uno de sus discursos cuando no hay otro remedio. Sabe que le quedan 40 meses porque el modelo español no previó que pudiera existir un presidente con muy pocos apoyos, pero al que resulta imposible censurar. Sólo él puede convocar elecciones y empieza a creer que tras los meses puedan venir los años: si ha conseguido aguantar hasta aquí con los sucesivos aciertos de Fernando Simón y las funerarias colapsadas, ¿quién cree que no encontrará el discurso que nos ate para los próximos cuarenta años? Tiene tiempo por delante, y lo va a intentar. No estaría mal que alguien pensase en eso sin dejarse encadenar por las palabras.

Foto: Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa


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A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web