Hay demasiada gente que confunde moral con moralismo; gente que cree que la ejemplaridad es apuntar con el dedito a los otros, incurriendo, a la vez, en un montón de incongruencias. La pandemia fue un festival de eso: mientras los verdaderos justos —cientos de miles— se jugaban el pellejo, unos cuantos miserables ponían carteles en los ascensores o chillaban a quienes paseaban a sus hijos en el confinamiento. Por ahí nos estamos desangrando; merece la pena entonces dedicar unas palabras a distinguir moral de moralismo, porque confundirlas tiene graves consecuencias.

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Antes de empezar con esas distinciones, empezaré por una indistinción previa: la moral y la ética son la misma cosa. No hay debate, clase o conversación en que no me encuentre a alguien que afirma que difieren, hasta que pregunto por la definición de una y otra y todo es confusión y extrañas matizaciones. Cuando hablamos en singular (la moral, la ética), nos referimos a la reflexión y las conclusiones sobre en qué consiste la vida justa y buena. Ese proyecto (el proyecto) es universal, comenzó con el primero de nuestros ancestros que tuvo conciencia y supone un conocimiento objetivo que nos afecta a todos; si tiene dos nombres es solo porque hay una forma de procedencia latina (mores) y otra de procedencia griega (ethos) de denominar la cosa. Cuando hablamos en plural (esta o aquella moral, las morales o las éticas), aludimos a normas y principios particulares de este o aquel grupo, país, religión, momento de la historia o lo que corresponda; es decir, a normas de conducta (versiones concretas) que apuntan a lo justo y bueno con mayor o menor fortuna. A esta distinción entre lo singular y universal y lo plural y local se reduce todo el misterio de «la moral no es la ética».

Hacer el bien es una aventura extraordinaria, y claro que exige una mirada crítica: pero en lo fundamental debe dirigirse hacia uno mismo

Cuando alguien se comporta de una manera que creemos que va en contra de lo debido, de lo justo y bueno, decimos que es inmoral, y no antiético. Y lo mismo ocurre cuando hay leyes que disminuyen nuestra dignidad (las denominamos inmorales). El DRAE dice que algo es ético cuando «es recto, conforme a la moral» y llama también ético a quien «estudia o enseña moral», subrayando que lo moral es «relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal», que es otra forma de referirse a lo que es justo y bueno y por lo tanto ético. Etcétera. Pero hay gente que así y todo se emperra. Los más tozudos que he encontrado con esto son los gustavobuenistas, que más que estudiosos de un autor parecen discípulos fanáticos, por lo mucho que les cuesta salir de los esquemas de su maestro. Tengo un respeto y una admiración sin fisuras hacia la figura de Gustavo Bueno, un filósofo original y brillante. Sin embargo, cuando Bueno afirma que la ética es «el conjunto de normas que tienen por objeto salvaguardar, fortalecer y preservar la vida de los individuos corpóreos, mientras que la moral tiene por objeto salvaguardar, proteger, etcétera, la vida del grupo como tal grupo», sencillamente se inventa un mundo que solo existe en la actualidad en la mente de sus discípulos. La ética es impensable sin considerar a los otros; y hablar de «individuos corpóreos» como mónadas aisladas es un disparate. Basta pensar en los sentimientos morales esenciales, la vergüenza, la compasión y la reverencia: los tres son radicalmente interpersonales. Puesto que somos los seres más sociales que la naturaleza conoce, ni siquiera existiría la conciencia tal y como la conocemos si no existiésemos junto a otros seres humanos.

Admitir que existe la moral nos permite además discutir sobre asuntos morales para decidir qué es mejor y qué haremos. De no existir lo universal y objetivamente bueno, ni siquiera tendría sentido hablar de progreso moral, pues, ¿respecto a qué punto de referencia sabríamos que avanzamos? Tampoco tendría sentido conversar sobre lo que está bien o mal, porque todo serían preferencias y descripciones. «Yo creo que violar está mal, a mí disgusta el helado de menta»; de este tenor serían nuestras disquisiciones morales. Vayamos con un ejemplo que implica a menores, cuchillas y mutilaciones: en algunas partes del Sahel persiste la costumbre de practicar la ablación a las niñas; este hecho escaparía a toda posibilidad crítica si no existiese lo que está bien y mal en todas partes. Y por supuesto mutilar niñas no sería inmoral, sino perfectamente moral, para los gustavobuenistas.

Quien entiende qué es la ética o la moral comprende que se puede estar moralmente equivocado, cosa que, por lo visto, extraña a algunos (¿quién fabrica a esta velocidad sideral relativistas?), dispuestísimos a «respetar» que la tribu X de los korowai de Nueva Guinea sometan a un rito de paso brutal con consecuencias mortales a sus niños ―«son sus costumbres»― al tiempo que los consideran ignorantes por creer que cura la magia y no los medicamentos. No hay caso, para la gente moralmente seria: el ser humano es capaz de equivocarse respecto a cualquier cosa, no solo sobre lo que son los astros; saber qué es justo y bueno no es tarea más sencilla.

Lo esencial de la ética es que no importa el quién, sino el qué. Lo que se extiende como mancha de aceite en nuestra sociedad, con el impulso de los ideólogos relativistas y el infame ejemplo de la práctica totalidad de los políticos es lo contrario: importa el quién, no el qué. Si es de los míos, tiene derechos, puedo ofenderme, denuncio el ataque; si es del contrario, le pueden ir dando. El ejemplo más estomagante atañe a la corrupción, ese reincidir sin descanso en no ver la viga en nuestro ojo y ver la paja en el ajeno. Pero hay otro caso que empieza a ser tan frecuente que da vergüenza ajena: el de los comportamientos machistas. Cuando a una mujer de los míos se la ataca, empiezo a colocar enfrente a tutiplén carteles de «señoro»; pero yo puedo vejar a una marquesa porque esa condición invisibiliza su sexo. De igual modo, puedo coger el altavoz para hablar de salud mental en televisión y, en un receso, tachar a la presidenta de una Comunidad de enferma mental cuantas veces crea conveniente. Y el mismo día que hago campaña en favor del respeto a los cuerpos no normativos puede decir que el alcalde que no me gusta es un enano.

Existe, por supuesto, lo superior y lo inferior en términos morales: hay comportamientos heroicos y abyectos. Pero en la moral (en la ética) no importa el DNI, sino la conducta. La superioridad moral del qué es palmaria; la del quién es un atropello, inmoralidad de libro. Pero ahí andan muchos, con sus anteojeras ideológicas y marcando paquete moral por las esquinas. Uno no sabe si estas manifestaciones obvias de sectarismo son más producto de la torpeza que del interés; pero al final da lo mismo, porque el daño que infligen es idéntico.

Se les llena la boca con la «ejemplaridad» a los moralistas, acusando a diestro y siniestro, porque no han entendido lo que significa. La ejemplaridad entraña que lo que hacen los mejores, las heroínas y los héroes morales, me compromete y me obliga. Lo del dedito acusador es para niños, pero hay sujetos y sujetas que, lejos de perder la costumbre, le han cogido el gusto. Hacer el bien es una aventura extraordinaria, y claro que exige una mirada crítica: pero en lo fundamental debe dirigirse hacia uno mismo. Los malos ejemplos son más que nada material que ha se servirnos para ponernos en guardia. Ser bueno consiste en hacer examen de conciencia y cambiar la conducta propia, no la ajena; una actividad que resulta agotadora e inquietante para los pusilánimes.

Foto: Slim Emcee.


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Soy economista y doctor en filosofía. He trabajado en dirección de empresas más de veinte años y me dedico en la actualidad a la consultoría, las conferencias y la docencia en escuelas de negocio como miembro del equipo Strategyco. También escribo y traduzco. Como autor he publicado siete libros, el último Ética para valientes (2022). Como traductor, he firmado más de veinte títulos, incluyendo obras de Shakespeare, Rilke, Furedi, Deneen, Tocqueville, Novalis, Stevenson, Ahmari, Lewis y MacIntyre. Más información en www.dcerda.com