Leer a Rafel Núñez Florencio siempre es un placer, que estoy seguro comparten muchos de lectores de Disidentia. En su artículo más reciente me sobresaltó el epíteto dedicado a quienes afirman que España es un Estado fallido, porque me parece que alguna vez se me ha escapado esa expresión, o alguna bastante aproximada, y, de pronto, me vi motejado como sandio, termino de origen incierto pero que corresponde a quienes hacen o dicen sandeces, que es lo que Núñez Florencio piensa de quienes afirman tal cosa.  Con el resto del artículo estoy absolutamente de acuerdo, y con las razones intelectuales, morales y pragmáticas para evitar expresiones que puedan inducir al desaliento, más de acuerdo todavía, porque me he empeñado en ser un optimista y espero que el ánimo me dure hasta la sepultura.

Núñez Florencio se refiere a España como un enfermo de Europa, expresión que, desde luego, es más optimista que la referida. Lo que me pregunto es cuál es y dónde está la diferencia entre ser el enfermo de Europa y llegar a ser, en verdad, un Estado fallido. Creo coincidir con mi colega en que la diferencia está en que todavía se puede hacer algo, pero ¿qué?

Aquí se ha establecido la pésima costumbre de que los políticos crean que su representatividad les autoriza a cualquier cosa y que pueden olvidarse de lo que sufren y sienten los españoles de a píe, en especial los que no les votan ni esperan nada de ellos

Siempre me he esforzado por mostrar la urdimbre colectiva de la realidad política, cómo las naciones, las regiones o las ciudades han llegado a ser lo que son gracias a la cultura política que las ha puesto en píe, a sus tradiciones más inteligentes, a sus aciertos institucionales, a la calidad de la ciencia que hacen y de la educación que  imparten, a sus logros colectivos, a su ética ciudadana, a la forma que adopta su autoestima,  y gracias, también, a lo que se podría llamar la política profesional ejercida en ellas.

En las democracias contemporáneas se pone de manifiesto el resultado conjunto de todos esos factores y eso hace que, aunque se puedan homologar sin demasiadas dificultades ni excepciones muchas de las instituciones políticas de distintos países, los resultados efectivos en términos de convivencia social, libertad política y eficiencia institucional sean muy distintos. En general cabe suponer que funcionen mejor las viejas democracias que las nuevas, y si esta cuestión se hubiese planteado hace treinta años no creo que nadie hubiese puesto en duda esta afirmación, pero a comienzos de la tercera década del siglo XXI, la respuesta puede que no sea tan clara. Tanto en EEUU como en Inglaterra, las democracias con mayor longevidad, se están produciendo fenómenos políticos que hacen dudar al respecto, con independencia de cuáles puedan ser las causas a que se atribuyan.

La edad de las naciones, si se puede hablar en esos términos, suele indicar que en las sociedades existen recurso de experiencia casi instintivos, pero también podríamos fijarnos en los problemas, a veces inverosímiles, que ahora están padeciendo diversas unidades políticas centenarias, sin que sea necesario señalar a nadie para aseverarlo. Ambas consideraciones apoyan la idea de que en cualquier comunidad política está siempre presente la realidad de que la vida nunca se priva de elementos de discontinuidad, sorpresa o, incluso, de catástrofe. En particular, las democracias se están viendo afectadas por dos factores de inestabilidad muy poderosos, que afectan de manera muy directa a su prestigio y a su credibilidad y, en consecuencia, a su capacidad de cumplir eficazmente con sus funciones; el primero, la sensación de que la política es extrañamente incapaz de acabar con los verdaderos problemas, el segundo, la obsolescencia que ha afectado, por razones  tecnológicas y culturales, a muchas de las instituciones básicas en el acopio y distribución del conocimiento, desde las universidades e instituciones académicas a los periódicos, por simplificar la relación.

Ese conjunto de fenómenos parece indicar que la política no ha estado a la altura de las expectativas, y esa conciencia, más o menos nítida, pero muy extendida, está llevando a que en bastantes ocasiones aparezcan formas de hacer política que ponen en cuestión el sistema, sea porque se discuten las bases y formas de la representación, sea porque se afirma que los políticos profesionales han superado con largueza los márgenes de confianza otorgados por los ciudadanos. Tienden a producirse, por tanto, crisis de confianza en la política misma, episodios que, al margen de que puedan inspirarse en motivos legítimos de descontento, tienden a olvidar dos cosas bastante importantes: primero, que esperar que ni las democracias ni nadie borden la perfección es muy ingenuo, y, en segundo lugar, que los políticos no son nunca, y menos en exclusiva, ni los autores del éxito ni los responsables del fracaso.

La tesis que siempre trato de defender pretende ser más matizada: en primer lugar, que los ciudadanos son siempre responsables de fondo de cuanto ocurre, por lo que hacen y por lo que dejan hacer y de hacer, de forma que tienen que aprender a depurar la parte de responsabilidad que les cabe y está muy bien retratada en la afirmación un tanto cínica que se atribuye a Jean Claude Juncker, “Los gobernantes sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos si lo hacemos”; en segundo lugar, porque cabe exigir a los ciudadanos un mayor respeto y atención a un principio realista, y duro de roer, que marca los límites de cualquier posibilidad política, el que afirma que no hay acciones sin costes y que los costes solo tienen un pagador, esos mismos ciudadanos que frecuentemente procuran, y no siempre sin razones, que el fisco no les meta la mano en el bolsillo, lo que estaría muy bien si empezase a cundir una evidencia que goza de mala fama y que expresó maravillosamente el genio de Bastiat: “El Estado es la gran ficción mediante la cual todo el mundo trata de vivir a expensas de los demás”.

Por último, no se puede desdeñar la importancia que tienen las anteojeras ideológicas cuando contribuyen a que los problemas políticos se enquisten, porque, como ha escrito González Ferriz en EL Confidencial, “la política polarizada nos convierta a todos en votantes adolescentes, que solo quieren satisfacer sus impulsos y sentirse bien consigo mismos”, sin aceptar ni una milésima de la responsabilidad que les incumbe al no promover que la política haga florecer un clima de compromiso, pacto y colaboración que es el único capaz mantener la libertad política al tiempo que  produce progreso económico y bienestar social.

El sectarismo ideológico gana terreno por todas partes y amenaza con intentos pueriles pero muy peligrosos de reescribir la historia, de proscribir el mal hasta en el vocabulario, una actitud que aúna de forma llamativa una ignorancia supina y una soberbia patológica. Refiriéndose a España ha escrito Ignacio Varela que “Cuando Franco murió en su cama, los antifranquistas no tenían fuerza para derribar el régimen ni los franquistas para hacerlo perdurar. Aquel empate habría desembocado en un baño de sangre si cualquiera de los dos bandos se hubiera empeñado en imponer su propósito. Pero los herederos de los ganadores de la guerra decidieron que la convivencia valía más que su victoria, y los perdedores que la libertad valía más que su revancha”. Ahora, parece que empieza a olvidarse esa lección de democracia y convivencia, y si triunfase esa dinámica destructiva lo acabaríamos pagando muy caro, aunque casi todo el mundo tendría un culpable al que recurrir. Muchos preferiríamos que no hubiese culpables para poder continuar viviendo en libertad y afianzar la senda del éxito común, en lugar de una supuesta definitiva victoria de cualquier parte, pero ya se verá en qué para todo esto.

Bien, esos son los factores, pero falta, me parece, lo decisivo y específico de España. Aquí se ha establecido la pésima costumbre de que los políticos crean que su representatividad les autoriza a cualquier cosa y que pueden olvidarse de lo que sufren y sienten los españoles de a píe, en especial los que no les votan ni esperan nada de ellos; además se ha producido una devaluación bastante espantosa de la capacidad y preparación personal de muchos de los que llegan arriba, y no hace falta señalar porque es una pandemia. En tercer lugar, se ha configurado un servicio público elefantiásico, incompetente, clientelar y absurdamente contradictorio: piensen que muchas de las cosas que han salido mal en esta pandemia se deben a las dificultades que unos han puesto a otros, en la información que no han sabido recoger, compartir ni aprovechar, y en el refugio en el comodín de que la culpa siempre es de otros, o de los recortes.

Todo indica que hay pocos motivos de esperanza si se mira hacia ese personal político y parapolítico que tanto controla para mal, de forma que nos queda apurar la enfermedad hasta las heces y llegar a ser, entonces sí, un Estado fallido, o empujar para que los partidos abandonen su ensimismamiento y se arriesguen a ser bastante más patrióticos que sectarios. Europa les va a apretar, pero eso no bastará: la pandemia, la crisis y el caos se van a hacer insoportables, pero seguirán empleando medios para que miremos hacia otro lado. Tenemos que negarnos a comprar esa mercancía sectaria, falsa e idiota, deberíamos apretar hasta llegar a agobiarlos. Todos conocemos a algún político: hay que darles la vara, con educación y buenas maneras, pero sin descanso, hasta que la vergüenza de lo que están haciendo y consintiendo pueda más que sus cálculos miopes sobre mantener o conquistar el poder que, al parecer, tanto les divierte.

Foto: Juan Sorolla


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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

17 COMENTARIOS

  1. Me parece que todos compartimos un mismo estado de ánimo y una convicción acerca de lo que nos ocurre, pero diferimos en la atribución de causas, aunque todas las aducidas juegan un papel indudable. Discreparé levemente y con respeto de los comentarios más «elitistas», es decir los quejosos de la élite. En España tiene una cierta tradición el elogio de Mio Cid al público, aquello de «¡qué buen vasallos serían si tuviesen buen señor!», y, además, es comprensible un cierto hartazgo ante tanta propaganda mema sobre las virtudes de la democracia, pero no creo que se pueda echar toda la culpa en el saco de las élites, por llamarlos algo. Pondré solo un ejemplo: el señor ese que habla tanto por la tele sobre la pandemia, y que al parecer está ahora haciendo un programa de TV en plan buceo y cosas así, se ha convertido en un tipo muy popular, cuando sería bastante razonable que hubiese tenido que exiliarse o dedicarse a cualquier otra cosa (lo de la TV puede ser una salida) porque es difícil imaginar que alguien lo hubiese podido hacer peor: ¿se trata de una maldad de algún genio de la imagen dispuesto a entontecernos todavía un poco más o es la consecuencia del nivel intelectual, cultural y moral reinante? Yo creo que mientras no haya más españoles que se avergüencen de lo que nos pasa no habrá remedio, y arriba seguirán llegando los genios que ahora llegan. Por lo demás, que la elección otorga una responsabilidad a los que eligen, me parece evidente. Otra cosa es que se diga que el resultado sea infalible o sagrado o cualquier otra tontería, pero responsabilidad de los que lo hacen posible sí lo es. Y si se elige a necios, sinvergüenzas o malvados, pues será por algo.

    • Que el pueblo haga unas risas sobre Simón, es irrelevante políticamente. Es lo propio de la naturaleza ambivalente del pueblo, su modo natural de hacerse cargo de las realidades políticas. Solo los ilusionados con pueblos inexistentes que se mandan y obedecen a sí mismos democráticamente pueden extrañarse.

      Lo que no es irrelevante políticamente es que Simón sea la «cara científica/técnica» del Estado, probablemente con el máximo rango administrativo. ¿Cuántos simones forman hoy el Estado? ¿Qué es hoy ese Estado? ¿Qué élites de gobierno lo pilotan?

      ¿En qué consiste el problema político de España? ¿En que el pueblo o parte de él hace risas con el personaje mediático de Simón? ¿O en que el método que hemos establecido para la selección de élites de gobierno produce esta oclocracia?

  2. Excelente reflexión, José Luis, que matiza de manera muy aguda algunas de las afirmaciones que yo hacía en mi retrato del «enfermo de Europa Occidental». De igual modo que tú te has propuesto ser optimista a cualquier precio, yo me he empeñado en no cargar las tintas en mis análisis. Y supongo que el esfuerzo que tú tienes que hacer para no caer en la tentación del lamento y la pesadumbre es más o menos el mismo que a mí me embarga a la hora de escribir y no soltar los exabruptos que me pide el cuerpo. Estos son los tiempos que corren, en que el optimismo y la mesura tienen que ser esfuerzos de la voluntad más que constataciones de la realidad. En todo caso, melancolías aparte, hay un punto -no sé si mayor o menor- en el que diferimos y en eso, tengo que reconocer, me ganas en el susodicho optimismo: tú crees que los ciudadanos tenemos en última instancia la posibilidad del cambio -al fin y al cabo, dirás, esto todavía es una democracia, todo lo imperfecta que se quiera, pero no una satrapía- pero yo en cambio creo que esa posibilidad está cada vez más menguada, hasta el punto de que a veces me parece casi inexistente. Formalmente tenemos el voto, claro está, y podemos echar a Sánchez, pero mucho me temo que las alternativas cada vez se parecen más a un Sánchez 2, quizá no en sectarismo pero sí en operatividad. No diré que la gestión de la crisis pandémica -y lo que te rondaré morena- hubiera sido peor con otro presidente del gobierno, porque eso es casi imposible, pero ¿realmente creemos que hubiera sido sustancialmente distinta? El problema no es de siglas sino de la elite dirigente y ahí tenemos poco que hacer. ¿Culpa nuestra, culpa de todos? Posiblemente, pero socializar las culpas no nos acerca a solución alguna. La diferencia de España con otras democracias asentadas, de las que hablas en el artículo, es que aquí brillan por su ausencia en el tejido colectivo un conglomerado de asociaciones -sociedad civil para entendernos- que sirvan de contrapeso al poder político y que conecten a este último con el entramado social. Algo tan viejo como que la política no puede ser autónoma sino estar al servicio de la sociedad y ser en último término expresión de las necesidades de esta. Eso falta en España y es lo que contribuye a que la enfermedad tenga difícil cura. Sabemos cuál es la enfermedad y en teoría sabemos también los remedios pero ¿quién los aplica? Como tú mismo decías, ¿quién se atreve a decirle a Stalin que se ha muerto?

    • El sujeto de la Historia nunca han sido las multitudes, que siempre son inorgánicas políticamente. La Historia que hoy se escribe, inspirada por el mito de la revolución francesa y sus ideales igualitarios y democráticos, tiende a dar ese protagonismo a la multitud. En su forma más perversa, incluso transfiere la responsabilidad a los pueblos, a través del «misterio» de la participación democrática y el «sacramento» electoral. Pero lo real es que la Historia es el resultado de la competencia política entre élites. La democracia es un mecanismo inteligente para paliar la «ley de hierro de la oligarquía», el hecho de que los menos mandan sobre los más. De un lado, propiciando la circulación de élites y de otro limitando el poder mediante contrapoderes, etc.

      El Estado, por su propia lógica, tiende a neutralizar toda mediación política, todo poder intermedio, convirtiéndose en el centro de imputación de todo lo político. De ahí que hoy día, o nos centramos en el Estado o el análisis político se pierde en innumerables vericuetos. El problema de la España actual es un Estado degradado, que ha ido degenerando jurídica, moral y técnicamente, hasta esa maquinaria costosa, ineficiente y explotadora de la población. La peste actual ha puesto de manifiesto hasta para el más crédulo en el dios mortal del Estado, su realidad y problemática política central.

      • Muy de acuerdo con ambos, tanto Rafael cómo Tamuda. Cierto es que en España no hay sociedad civil potente que haga oír su voz. Si hasta los dirigentes del Ibex 35 parecen unos ositos de peluche cuando están con Sánchez. Por otro lado muy de acuerdo con Tamuda de que las masas no pintan nada en la historia. Y efectivamente es un mito que nos han colado desde la Revolución Francesa y, sobre todo desde la Soviética (con toda su retórica tan del gusto de la izquierda). Las masas están siempre pastoreadas por otros (normalmente gente desplazada de la elite y que se mueve por sus intereses personales o ideológicos). Estas masas son movidas según esos intereses.

        Por cierto, que lo de la sociedad civil en España estamos mucho peor que el resto del mundo civilizado. En el antiguo reino de Tartessos se ha creado alguna para concienciar de la situación que estamos viviendo en España desde hace algunos años. La verdad que hasta ahora con poco exito: http://www.sociedadcivilmalaga.com

        • En mi humilde opinión el concepto de «sociedad civil» es un cuento, un sucedáneo de las unidades naturales de convivencia o cuerpos intermedios que en su día estructuraron la sociedad tradicional, como el municipio, las corporaciones y por supuesto la familia, la unidad de convivencia por antonomasia. Las revoluciones liberales en Europa barrieron toda esa estructura y establecieron como única relación política válida la del individuo frente al Estado. Hoy cualquier asociación no es de origen espontáneo sino artificial y acaba controlada y dependiente del poder del Estado, vía control político directo o mediante subvenciones. El último reducto de la «sociedad» frente al poder omnímodo del Estado, la familia, está sufriendo un asedio brutal y es muy posible que sea barrida en poco tiempo.
          Aunque a veces surge la esperanza donde menos se lo espera….la candidatura de médicos contrarios a la eutanasia ha ganado las elecciones al Colegio de Médicos de Madrid. Veremos cuanto dura su independencia….

          • Así es. El Estado ha neutralizado cualquier «sociedad civil», convirtiéndola en departamentos del propio Estado. De ahí que se haya convertido en el centro de imputación de todo lo político, y por tanto, de cualquier análisis y acción política.

      • Tengo la impresión, para usted, “la élite” es como el “bípedo implume” de Platón.

        Parece atribuirle vida orgánica, por lo cual propiamente sería oligarquía o aristocracia. Pero a la vez enarbola la democracia al estilo de Von Mises; circulación pacífica de élites.

        Me gustaría saber como interpreta el Gran Miedo, o la revuelta de los Irmandiños. O mismamente la Guerra de Independencia Española, o las bagaudas. O sin ir más lejos el cristianismo (que no Iglesia).
        ¿Acaso cree que la abolición de la esclavitud en Europa fue cosa “de élites” o casualidad? La historia no necesita motor, simplemente sucede.
        La visión de “las élites” como motor de la historia es parte del relato de un todo de muy difícil comprensión, netamente falso.

        ¿Puede definir élite?, ¿qué es élite? Es élite un zapatero o labrador que agarra las armas y cambia la historia. O no es élite y solo es “élite” cuando efectivamente su conducta individual que “arrastra el rio” cambia el rumbo de la historia. ¿Era élite, Lenin o Stalin,…,?¿Era élite Hitler?
        ¿O la élite es una nebulosa que no se sabe muy bien qué es o qué hace?
        Es élite un carpintero que se dedica a predicar, aquello emana de la cabeza y acaba crucificado por ello.

        ¿De qué hablamos?, ¿la clase selecta de Pareto?¿la clase especial de Mosca?

        Se puede entender “élites de gobierno” y poder (el “Just est in armis” citado por Cervantes), si bien aquello de “Worst on Top” de Hayek suele acertar bastante. Y dado que estas tienden a la oligarquía (Michels); es no solo prudente sino imperativo disponer de todo tipo de precauciones al tolerar un Sistema de Dominación. Algunos lo llaman Gobierno, pero es un término muy estrecho para todo lo que sucede en las comunidades humanas (todas son políticas, Aristóteles). Por qué suceden y por qué no ciertas cosas. ¿Por qué se pagan impuestos?¿Por qué se para cuando una pareja uniformada, a saber quien son, da el alto?

        Tengo la impresión, “la gente” quiere que las cosas cambien sin cambiar ellos un ápice de lo que hacen en sus vidas. Cuando justamente con su conducta, refuerzan o no un Sistema de Dominación.

        “Aquí comienza el libro primero de los fueros que fueron hallados en España, cuando los montañeses sin rey conquistaban las tierras” Fuero General de Navarra de 1238. recopilación de derecho ordenada por Teobaldo I (12 de febrero de 1234, 8 de julio de 1253) dado sus “mandatos” eran constantemente anulados por el derecho/poder constitucional que emanaba de los fueros.

  3. Ayer me invadió el pesimismo al comentar el artículo del que trae causa el que ahora comentamos. Manifesté mi convicción de que España está muerta como Nación soberana y responsabilicé en parte a sus hijos, entre los que me incluyo por supuesto. Hoy me he levantado optimista y reconozco que fui injusto con mis compatriotas. Como acertadamente señala otro comentarista, los españoles no somos ni mejores ni peores que otros pueblos. Mi optimismo de sábado es joseantoniano. Antes de que el Ministerio de la Verdad prohíba citarlo y la Policía del Pensamiento me convenza de que 2+2 no son 4 siempre, sino 5 o 6 o las dos cosas al mismo tiempo según decida Carmen Calvo, he recordado la única intervención grabada que se conserva de este joven admirador de Kipling. En esa intervención antes las cámaras de un noticiario extranjero, americano o ingles, afirmó con el optimismo que mueve a los pueblos, que estaban intactas las fuentes genuinas de España, y que lo que la impiden ser grande otra vez es haber caído en una triple división: la lucha de clases (hoy superada aunque planteada en otros términos), la división engendrada entre partidos y los separatismos locales. Las dos últimas divisiones están plenamente vigentes. Cuando España encuentre una empresa colectiva que supere estas divisiones, España volverá a ser grande otra vez.
    ¿Sabrá Santiago Abascal que uno de sus lemas es de origen joseantoniano y no de Trump?

  4. Todo es un problema de disfunción eréctil, sin duda eso es algo jodido, enfermo que diría Núñez Florencio. Conozco a un hombre que a los sesenta años le operaron de un cuágulo en el cerebro que le había impedido tener una sola erección a lo largo de su vida. Desde la operación ha hecho del puticlub su segunda casa, las putas le adoran y él es feliz disfrutando al máximo una experiencia novedosa y placentera.

    Como bien explicó Cela a un diputado que le recriminó estar dormido, «dormido no, durmiendo. No es lo mismo estar jodido que estar jodiendo»

    Y es aquí donde podemos vislumbrar el problema de la democracia española. Si la derecha está jodida la izquierda se pasa el día jodiendo.

    El franquismo nos tuvo a todos con un pequeño cuágulo en el cerebro, al parecer en la derecha no resultó bien la operación y siguen con la disfunción eréctil, la izquierda sin embargo lleva cuarenta años jodiendo sin descanso.

    Es lógico por tanto que el PSOE disfuncional durante todo el franquismo haya infectado el estado de todo tipo de virus, hongos, bacterias y parásitos.

    En realidad lo que necesita el estado español es un preservativo democrático. Cuántas enfermedades nos hubiéramos ahorrado.

  5. No estamos enfermos, estamos putrefactos , lo dije en el artículo de Núñez Florencio y lo repito aquí
    Y no es ser pesimista, todo lo contrario siempre he sido bastante positiva. Pero la realidad es la que es
    ¿España es un Estado fallido?. Sí, lo es.
    Lo tengo clarísimo, al menos entiendo como un Estado donde predomine la unidad territorial interna, existe un mapa que marca las fronteras exteriores pero desgraciadamente también existe un mapa que marca las fronteras interiores de distintos territorios con competencias y legislaciones propias. Ese Estado será una unidad territorial cara el exterior pero no dentro.

    La enfermedad del Estado español comenzó con la Constitución del 78 y el Régimen que surgió de ella, lo he dicho más de una vez aquí. En el 86 cuando empecé mis estudios universitarios y por primera vez tuve en mis manos una Constitución, ya ve de aquella nadie leía la Constitución, ni se estudiaba en BUP o COU, cuando dicen que fue votada por el pueblo español me da la risa, el pueblo español continúa votando sin haberse leído jamás ningún programa de los partidos políticos, pues cuando tuve que estudiar dicha Carta Magna, me eché las manos a la cabeza.
    Donde había un Estado se crearon 17 más dos Ciudades con derecho a ello.

    Mientras crecimos y todos parecíamos amigos, unos y otros nos utilizábamos pues las palmas predominaban a nuestra democracia, el problema es que el monstruo estaba ahí legitimado en una Constitución que nadie quiso reformar para cortar las cabezas a esa Hidra que cada día tenía más hambre y cada cabeza quería su propio cuerpo.

    Yo que siempre he vivido en una Comunidad con lengua propia, Galicia y que he visto el proceso, en este momento compleja solución veo a la unidad nacional por un único Estado.

    De hecho, ni mi familia, ni yo jamás hemos sido galleguistas nacionalistas lo único que vemos es que salvese quien pueda que el hedor ya es demasiado fuerte.

    Todo está corrompido, llevamos años con gobiernos más interesados en sus bolsillos y en los de sus palmeros que en salvar a España.

    La situación actual es muy complicada. Saldremos, pues sí siempre se ha salido pero aún nos queda mucha desgracia por ver y pasar antes de que las aguas vuelvan a su cauce. El sistema tiene que volar por los aires y que sea lo que Dios quiera

    Yo dudo que vuelva a introducir una papeleta en una urna

    Mi último cartucho fue VOX, en este momento mi último cartucho soy yo misma

    • Lo más terrible es el juego de trileros que se traen los medios de comunicación con la desinformación. Es asombroso observar como los periodistas caen en la trampa publicitaria diaria para crear la polémica de un señuelo, los pocos medios de la derecha cobarde se pasan el día señalando los señuelos de la izquierda en lugar de mostrar el camino correcto. Son incapaces de salir del juego de las tres vasijas.

      Aquí pongo el enlace al manual de instrucciones que sigue Redondo & cía por si hay algún periodista que quiera salirse del juego.

      https://www.elhuevodechocolate.com/cuentos/cuentos9.htm

  6. Excelente reflexión Don José Luís, PERO

    Cuando habla de Uropa. No debemos esperar nada de Uropa, pero sobre todo debmeos exigir que no nos jod*n desde Uropa (y cuando digo Uropa incluyo a los «liberales» USA). Eso es lo mas importante.

    Hubo dos estados cuasi fallidos en Uropa hace no mucho. Irlanda y Hungría. Ambos dos si han tirado para adelante es porque se han pasado por el forro de sus «caprichos» las recomendaciones de Uropa:

    – En materia fiscal
    – En materia de recomendaciones sociales que pretendían hacerlos seguir las Agendas Globalistas (entre la que está el endeúdese lo que quiera que nosotros le avalamos a cambio de que trague con esas recomendaciones)

    Obviamente la población apoyó a sus gobiernos mientras desde Uropa se los ponía verdes, y no sufría existencialmente si desde Uropa, desde sus medios (Tv, periñodicos, «intelectuales»…) les condenaban al fuego eterno.

    Aquí, en España, llavamos mas de 40 años (desde antes de muriera Franco) escudriñando en los hígados de las ocas, todos los días y a toda hora, que es lo que dicen de nostros fuera.

    Éso, sumado a lo que dicen los 17 miasmas desde dentro es lo que nos ha llevado no sólo a ser un Estado fallido si no a poner en riesgo nuestra propia Nación.

    DISCREPO amigablemente y profundamente cuando usted habla de polarización. Me encanta la polarizaciñon social que estamos viendo. Y lo mas beneficioso sería que se poalrizase lo mas ráido posible.

    La polarización funciona cómo un electroshock. No creo que un electro sea precisamente agradable, pero te hace reaccionar y te salva la vida. El problema de los electros es que cuanto mas débil esté el enfermo mas difícil es que sirvan de algo. Es decir que cuanto antes se se le de al paciente, sin esperar a que se agrave su estado, es decir a que falle su Estado; mas posible es que esa acción tenga consecuencias positivas.

    Si hubiera habido una polarización cómo dios manda hace 16 años, con ese 11M y esas mentiras que han dejado el Estado y a la poblaciñon en el estado catatónico actual, es posible que las mentiras de entonces hubieran tenido mucho menos recorrido, y con ello la Agenda de los Zapateros/Rajoys cómo personajes interpuestos por terceros no habría llegado hasta donde ha llegado.

    Es decir, a donde estamos.

    Un cordial saludo

  7. Ciertamente, como dice Tamuda, el articulo, aunque bien planteado en general, dice una cosa y la contraria. Estado fallido no creo que sea España porque todavía no hemos llegado al nivel donde bandas particulares controlen zonas del territorio en plan «señores de la guerra» o «señores del narco» (aunque en algunas zonas ya vamos por ese camino). Aquí los señores feudales y el «emperador» Sánchez se justifican por el entramado institucional, que todavía está incólume para lo que interesa a la casta dirigente.

    Respecto a lo de darle la «vara a los políticos» que dice el autor, por suerte o por desgracia, conozco personalmente a varios de segundo y tercer nivel (más de un ministro incluido). Ufffff… La mayoria es gente bastante corriente a nivel intelectual, poco más que medianías, pero están revestidos de un aire de solemnidad que tira para atrás por su falsedad (y si están ejercientes peor aún). Les puedes decir lo que quieras, que por un oído les entra y por otro les sale, pese a su ridículo «buen rollito». Solo se salva uno, que no deja de ser un tipo «raro» para lo que hay en el estercolero de la política española.

    En conclusión, que no creo que con este tipo de gente lleguemos a arreglar nada, porque como dice el autor (y ahí 100 por 100 de acuerdo) vivimos un tiempo dónde está muy claro que la política no soluciona nada. La táctica consiste en darle la patada para adelante a los problemas y que lo arregle el que venga detrás, cargando las consecuencias sobre la sociedad, pero a nuestra casta y su aparato ni tocarla. La estrategia de esta gentuza es que los problemas revienten cuando ellos ya no estén en activo, sino retirados de la política, en un lugar seguro, disfrutando de las rentas y de los placeres de la vida.

  8. El autor se lía mucho. Además, recurre al expediente erróneo de culpabilizar al pueblo, como si el asunto democrático de «votar» produjera una misteriosa transferencia de responsabilidad desde el poder hacia el pueblo.

    En el artículo «España, el Estado enfermo de Europa occidental», he insertado un par de comentarios que intentan centrar la cuestión.

    • Dice usted al final de su excelente de nuevo y segundo comentario: «…Tendrá que ir contra los intereses de muchos, de ahí que lo más probable es que el desenlace sea una forma de dictadura.»

      No hay duda, cualquier corrección al caos del Estado será interpretado como una nueva dictadura, lesionaría los privilegios corruptos de todo el aparato estamental.

      España está en una encrucijada endiablada, nos encontramos con un estado ineficiente y absolutamente corrompido, gobiernos de trepas ignorantes e incapaces dirigidos a golpe de timón por la dictadura global que pretende imponer la élite económica mundial. Hasta «reptiliano» Príncipe Carlos de Inglaterra se ha sumado al chip lanar de Microsoft. La teoría de la conspiración ya no es teoría, es realidad.

      El asunto está divertido, quiebra, debilidad, incapacidad, sumisión … y Goliat enfrente.

      ¿Volverá España a dar ejemplo al mundo?
      Con los bares cerrados, lo dudo.

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