Como todos ustedes saben, la expresión “hombre enfermo de Europa” tiene una larga raigambre en los análisis políticos, históricos y geoestratégicos. En su formulación original y más conocida, se atribuye su acuñación al zar Nicolás I para referirse al Imperio Otomano en el contexto de la guerra de Crimea, de 1853. Desde entonces y hasta bien entrado el siglo XX, la caracterización del Imperio Otomano primero y de Turquía después, como el doliente europeo por antonomasia constituyó un lugar común en la terminología de la época. Luego se ha aplicado, con notoria imprecisión, a otros múltiples países en coordenadas que nada tenían que ver con las originales.

En cualquier caso, la cuestión que nos interesa es dilucidar qué se quería decir exactamente con ello. Los matices son aquí fundamentales. No hubiera tenido ningún fundamento que se tratara de describir o retratar una crisis coyuntural porque, como es obvio, ninguna nación –ni siquiera las grandes potencias- estaban a salvo de vivir una situación de emergencia. Se trataba de otra cosa, una situación de decadencia sostenida y generalizada que implicaba una patente debilidad en el ámbito político internacional y un cuarteamiento del Estado en la esfera doméstica, que le hacía incapaz de atender a los requerimientos básicos de la sociedad.

No hemos sabido salvar ni vidas ni hacienda. Y lo que es más triste, se ha generalizado la convicción de que el país por sí solo no puede salir de esta sima: solo Europa nos puede salvar

Esta última dimensión, con la referencia explícita a las funciones estatales, me obliga a mencionar otra expresión relacionada con la anterior, el Estado fallido. Se entiende por tal un grado superior –o inferior, depende de cómo se mire- en el deterioro del papel de la administración política como vertebradora de una comunidad y proveedora de servicios básicos, empezando naturalmente por la defensa de la vida, el orden y la propiedad. Un Estado fallido es aquel que es incapaz de cumplir esos cometidos, bien por una situación de guerra civil, bien porque está a merced de bandas o grupos que imponen su ley, en este caso la ley de la selva.

Quienes me leen en este rincón de Disidentia saben que, aunque mi crítica pueda ser severa, detesto caer en el catastrofismo. Y me resisto a ello simplemente por una cuestión pragmática: decir que todo está mal, que vamos hacia el abismo y que no tenemos solución provoca melancolía y pasividad, a partes iguales. Es un lamento huero, poco o nada fructífero, como nos enseña la historia. Digo esto, en relación con lo anterior, porque he visto algunos comentarios que pretenden asimilar la situación española actual a la de un Estado fallido. Esto es simplemente una sandez. La crítica nunca debe perder la mesura y perspectiva.

Ahora bien, dicho lo anterior, lo mismo que valoro la prudencia y la ecuanimidad, sostengo que debemos estar atentos a las señales de alarma que, como la fiebre en el aspecto biológico, nos avisan por ejemplo de la existencia de una perturbación. Despreciar estas llamadas de atención indicaría como mínimo una culpable negligencia por nuestra parte. Lo diré con claridad: observo con inquietud y cada vez con mayor nitidez que determinadas pautas de nuestra vida política nos acercan peligrosamente a la catalogación de enfermos del occidente europeo. Explicaré por qué.

En esto, como en tantas otras cosas, la pandemia no ha supuesto en rigor novedad alguna sino la exacerbación de determinadas carencias que venían manifestándose en forma ostensible pero quizá menos alarmante desde varios lustros antes. Repasémoslas de forma sucinta. La más estructural de todas, la cuestión económica. La España que se integra a todos los efectos en la comunidad europea ha ido desaprovechando sistemáticamente todos los trenes para modernizar su economía y adecuarla a las exigencias –investigación, tecnología, productividad- del siglo XXI. Por el contrario, nos hemos acomodado, primero con resignación y luego hasta con un punto de orgullo -digno de mejor causa- a ser un país de servicios turísticos, algo no muy diferente a lo que fue el modelo del despegue desarrollista durante el franquismo.

Esta situación alimenta en una especie de círculo vicioso una serie de deficiencias en todos los órdenes, desde la fragilidad del tejido industrial o el desequilibrio interterritorial –el lamento hoy repetido de la España vacía- hasta la falta de vigor de unas empresas que oscilan entre lo raquítico y el conchabeo del capitalismo de amiguetes. Añadamos una enseñanza degradada en todos los niveles –este país ha sido incapaz de alcanzar un pacto educativo…. ¡en el casi medio siglo que llevamos desde el fin de la dictadura!- y una Universidad endogámica incapaz de formar personal cualificado.

Con todo, el innegable despegue del país durante el último cuarto del siglo XX puso sordina a esos problemas estructurales, del mismo modo que el fulgor de la transición difuminó la lenta pero constante degradación de un entramado político –lo que hoy llaman despectivamente régimen del 78- que en verdad tuvo mucho de improvisado y en algunos aspectos, como el desarrollo autonómico, hasta chapucero. Los que estudiamos las entrañas del sistema diagnosticamos que era solo cuestión de tiempo que el tinglado saltara por los aires, desde la jefatura del Estado hasta los propios mecanismos de representación, controlados por unos partidos cada vez más cerrados e impermeables.

En fin, todo lo demás es de dominio público. La corrupción, cuya denuncia tanto se usa de modo artero, como arma arrojadiza de unos hacia otros (aunque todos están inmersos en ella), es el fruto inevitable de ese ambiente viciado. La justicia no funciona de facto como poder independiente y casi me atrevería a decir que no funciona a secas, porque si las leyes no se cumplen o las sentencias se eternizan no puede hablarse en rigor de justicia, sino de situación de desamparo legal, como pasa en el presente con el problema de la invasión de las viviendas, mal llamada okupación.

No puede obviarse el hecho de que nuestra crisis política sucede en un contexto de crisis generalizada del sistema representativo. Todas las democracias del mundo se enfrentan a los retos del presente a tientas, sin manual de instrucciones. Ello ha propiciado que sea más fácil difuminar nuestro trance en el innegable mal de muchos. Pero no nos engañemos, nuestra situación es más grave que en los países del entorno. El problema es que nos hemos acostumbrado a ver como normal –el desafío independentista, por ejemplo- lo que no es ni puede ser normal en cualquier Estado que se precie. Un Estado no puede aceptar la conculcación de la legalidad vigente por un gobierno subalterno o en una parte de su territorio –al margen de las razones que asistan para la desafección- sin poner en entredicho su propia razón de ser.

El deterioro del sistema ha sido indisociable de un profundo descrédito de las opciones políticas establecidas y del acceso al poder de una clase política cuya indigencia intelectual solo tiene parangón con su sectarismo y rapacidad. Obsérvese que no hablo tanto de opciones políticas concretas como de mera funcionalidad en el desempeño de sus cargos. Ello explica que cuando ha llegado una crisis como esta de la pandemia, las tretas habituales de nuestros gobernantes no hayan servido para operar sobre la realidad, es decir, para rastrear los contagios, disminuir el número de infectados, preservar a la población de riesgo y, en definitiva, evitar la friolera de más de cincuenta mil muertes.

Las estadísticas más fiables –las que elaboran los organismos no contaminados por la propaganda gubernamental- sitúan a España a la cabeza de Europa en proporción de infectados y en máxima caída del PIB. En el famoso dilema salud o economía hemos conseguido lo peor de ambos polos. No hemos sabido salvar ni vidas ni hacienda. Y lo que es más triste, se ha generalizado la convicción de que el país por sí solo no puede salir de esta sima: solo Europa nos puede salvar. Una salvación entendida por muchos como extender un cheque para seguir con nuestra probada ineficacia dilapidando recursos. Y esto ni Europa ni nadie lo pueden financiar. En algún momento –más pronto que tarde- tendremos que asumir nuestra condición de nuevo enfermo de Europa. Y por las buenas o por las malas, recibir un tratamiento de choque. Cuanto antes empecemos, mejor.

Foto: Dani L.


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Rafael Núñez Florencio
Soy Doctor en Filosofía y Letras (especialidad de Historia Contemporánea) y Profesor de Filosofía. Como editor he puesto en marcha diversos proyectos, en el campo de la Filosofía, la Historia y los materiales didácticos. Como crítico colaboro habitualmente en "El Cultural" de "El Mundo" y en "Revista de Libros", revista de la que soy también coordinador. Soy autor de numerosos artículos de divulgación en revistas y publicaciones periódicas de ámbito nacional. Como investigador, he ido derivando desde el análisis de movimientos sociales y políticos (terrorismo anarquista, militarismo y antimilitarismo, crisis del 98) hasta el examen global de ideologías y mentalidades, prioritariamente en el marco español, pero también en el ámbito europeo y universal. Fruto de ellos son decenas de trabajos publicados en revistas especializadas, la intervención en distintos congresos nacionales e internacionales, la colaboración en varios volúmenes colectivos y la publicación de una veintena de libros. Entre los últimos destacan Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Primer Premio de Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014).

17 COMENTARIOS

  1. Esta es una discusión que se suele ir por los cerros de Úbeda, y de hecho se va, al pretender enumerar todos los aspectos de la disfuncionalidad imperante. El diagnóstico se convierte en un catálogo interminable.

    El Estado, si se quiere el Estado Moderno, el que se monta en España tras la guerra civil, es un aparato técnico del Gobierno que por su magnitud, se convierte en el centro de imputación de todo lo político. Y es en él en lo que hay que centrarse en una situación de crisis política profunda como la actual. Su degeneración jurídica, moral y técnica, es la causa de la crisis. El resto son consecuencias de la degeneración del Estado. Que si el tamaño de las empresas, que si el capitalismo de amiguetes, que si la instrucción pública, etc., solo son los resultados que produce un Estado que ha degenerado en la anarquía, hasta tal punto, que hasta produce fuerzas sediciosas dentro de él. ¿O es que los que fomentan el independentismo no son otra cosa que funcionarios del Estado? ¿O es que las ideas ocurrencia y toda la sarta de estupideces que intentan suplantar la política real (ecologismo, feminismo, homosexualismo, etc.) nacen del pueblo? El progresismo estúpido, las emancipaciones absurdas, los victimismos a la carta, los intentos de borrar el pasado, los derechos y libertades otorgados que nadie ha pedido, el juicio moral al pasado histórico, y, en definitiva, todo el catálogo de quimeras de manicomio de las que se entera uno a diario, nacen en los despachos del Estado.

    Si el Estado que fundó Franco, hasta los años 90 funcionó como una organización positiva que ensanchó el campo de posibilidades al pueblo español, a partir de entonces comienza una degradación que se acelera en los últimos años. Hoy ya es una losa mortal.

    El pueblo español no es mejor ni peor que ningún otro pueblo, aunque para mí, como soy español, es el mejor. Los pueblos son inorgánicos políticamente y son lo que los líderes, aristocracias u oligarquías hacen de ellos. Los rasgos degenerados que hoy podemos ver en el pueblo español, son una consecuencia de los gobiernos energuménicos e irresponsables que los dirigen y de su propaganda continua. Lo bueno de los pueblos es que se regeneran rápidamente cuando están dirigidos por mandos sensatos.

    En España no existe ninguna causa objetiva para no encarar el futuro con optimismo. El país está equipado técnicamente y capacitado para resolver cualquier reto tecnológico. El nivel profesional y empresarial es más que bueno, etc. Es la losa de un Estado corrompido, mediocre, y patrimonializado por una oligarquía de burócratas y partidos, el que impide que las cosas funcionen con normalidad.

    La consecuencia política de lo que he pretendido decir, es, que hay que centrar el problema en el Estado. El obstáculo es que el Estado hoy es un bunker inmovilista y reaccionario que tiene muchos resortes de poder y clientelas, dirigido mediante “el consenso” político a espaldas del pueblo. Y esto es lo que hay que torcer, criticar, derrumbar y desmitificar, con la esperanza que en algún momento surja un grupo que acceda al Gobierno con el compromiso de desmontar el tinglado perverso en que ha degenerado el Estado. Nada más y nada menos. Tendrá que ir contra los intereses de muchos, de ahí que lo más probable es que el desenlace sea una forma de dictadura.

    • Cien por cien de acuerdo, Tamuda. Pero una observación. Esa dictadura será siempre «soft» porque será del buen rollito y muy «friendly», aunque sea dictadura. En este caso apoyada en la tecnología. Pero será dictadura al fin y al cabo. Lo que no será es una dictadura que se presente como tal, con un general y un aparato militar de desfile ni escenografía de banderas. Eso tiene muy mala prensa y no vende. Desde Hu Junto y ahora Xi Jinping han dejado la moda Mao para los libros de historia y los generales con gafas de sol y gorra de plato están pasados de moda. La dictadura será más sutil, pero no menos dictadura.

      • El ceremonial, la liturgia, los rituales políticos, en definitiva la escenografía de las formas políticas, cambia con los tiempos. De Gaulle fue un dictador que puso orden en una IV república degenerada utilizando formas democráticas como el referéndum. Una dictadura no es más que un gobierno para circunstancias excepcionales, que no tiene por qué ser ni antidemocrática ni totalitaria. El problema de España actualmente es que no vemos a ese de Gaulle, a esa élite organizada políticamente con voluntad de reconstruir el orden. Para mí ese es el problema político actual. Estamos encerrados políticamente en las diatribas obtusas de los partidos, un callejón sin salida dominado por «el consenso político» que nada tiene que ver con el necesario consenso social.

  2. Estoy muy de acuerdo con el artículo y con los comentarios. Pero, ya conocemos el diagnóstico de la enfermedad de España. Pero ya me duelen un poco los ojos de releer unay otra vez lo mismo. Quisiera leer propuestas de soluciones, individuales y colectivas. No podía seguir así, lamiendonos las heridas, mientras todo de derrumba a nuestro alrededor.

    • Pues eso es exactamente lo que se necesesita. Inciativas. Es preciso ir montando una red de disidentes con células pequeñas que generen propuestas con impacto frente a la desesperanza general. De los partidos no nos podemos fiar. A los que aquí suelen intervenir les sobra inteligencia y sensatez pero falta lo que dice Argantonio rey de Tartessos.

      Como dice Brigante, hay un tema que es crucial en estos momentos y es que pensar es ya casi un delito.

  3. España no es un Estado fallido ni el hombre enfermo de Europa, es simplemente un Estado secuestrado por una oligarquía que pastorea a un pueblo adormecido y cada vez más aborregado o quizá resignado a su destino ¿Y cuál es ese destino? Desaparecer como Nación soberana. La crisis terminal española no era inevitable. La Constitución del 78 era el punto de inicio de muchos caminos, pero lo que sí que es cierto es que una autopista nos llevaba a donde estamos, y estamos al borde del precipicio. En España no impera la ley ni hay instituciones fuertes e independientes que garanticen la continuidad del Estado y la Nación. La ley es interpretada al capricho de las ideologías o de los tiranos de turno, en España ya no existe la presunción de inocencia y en breve el pensamiento será delito a través de la Ley de Memoria Histórica o las de libertad sexual (miradas lascivas); las instituciones sirven para dar un barniz de legalidad a las decisiones de la oligarquía, el Tribunal Constitucional es una prueba palpable de ello ¿es de recibo que este grupo de empleados de la oligarquía no se haya pronunciado sobre la constitucionalidad de las medidas del estado de alarma del 14 de marzo? Por no hablar de su silencio ante el recurso de inconstitucionalidad contra la ley del aborto, interpuesto ¡hace diez años!; poderes regionales socavan a diario la autoridad del Estado sin consecuencias dignas de mención, más aun son fundamentales para el gobierno oligarca; España carece de política internacional, que es el principal indicador de la vitalidad de un país, no tiene ni buena ni mala, simplemente no tiene, nuestra nación parece ser que no tiene intereses, simplemente estar a la espera de los que nos ordenen los amos internacionales de los oligarcas. El pueblo español ve con resignación como año tras año su nivel de vida es más precario, las nuevas generaciones tienen menos posibilidades de fundar una familia que sus padres, o sus abuelos. Por supuesto si no formas ninguna la oligarquía te permitirá disponer de la renta mínima indispensable para sobrevivir y consumir. Resignadamente aceptamos todas las restricciones de libertad que nos impone la tiranía oligarca, somos el pueblo más manso de Europa. Hemos aceptado que la oligarquía nos diga donde enterrar a nuestros muertos sin contar con nuestra opinión y en breve aceptaremos el cómo (cementerio civil del antiguo Valle de los Caídos)Y así podría seguir y seguir…..Pero en fin, nada es eterno. Descansa en Paz, vieja España, hubo una época que tus hechos asombraron al mundo pero ahora ya es tiempo de descansar y retirarte definitivamente del escenario de la historia, tus hijos así lo han decidido.

    • Muy de acuerdo Brigante. Alucino con mis compatriotas como se se creen toda la porquería que dan en los medios. Como siguen a Sánchez, Iglesias, Casado, Abascal, Arrimadas… por no hablar de los separatistas y amigos de los terroristas. Pero no veis que son una panda de sinvergüenzas, cada uno a su manera.ienteas no se cambie a esta clase política o se le haga el harakiri España no tiene arreglo.

  4. «Y lo que es más triste, se ha generalizado la convicción de que el país por sí solo no puede salir de esta sima: solo Europa nos puede salvar»

    y luego no estamos enfermos? más bien estamos putrefactos y no precisamente me refiero a la pandemia

    Llevamos décadas arrastrando una enfermedad que ya no tiene remedio salvo morir para renacer de nuevo

    Creo que ni la UE debe echarnos una mano y lo digo muy sinceramente.
    Mi incredulidad ya ha agotado todas las expresiones posibles, muchos llevamos años diciendo hacia donde vamos, al destrozo absoluto de España, de su economía, de su sistema educativo, de sus gentes, El coronavirus es una pantalla, el destrozo viene de mucho atrás.

    Estamos a la deriva y a la vez al control absoluto.

    Cada uno que salve el pellejo como pueda, sólo saldrán los fuertes, los que sean capaces de crear un círculo de protección alrededor.

    Aún nos queda mucho por ver y no va a ser precisamente bueno.

    No es pesimismo es la cruda realidad

    • Pues si. Ciertamente si España quiere renacer, la España que conocemos debe morir, porque con esta panda de langostas que nos gobierna y hace la oposición no vamos más que al desastre.

  5. Yo propongo la única acción política que puede forzar un cambio radical, retirar el dinero de los bancos españoles e insumisión fiscal.

    Quién no haga estas dos cosas será cómplice de la agonía interminable de la nación.

  6. ¿El Estado enfermo?, Si enfermó fue porque de su enfermedad han vivido muchos y además han vivido muy bien.

    Lo peor es que la enfermedad es «ficticia». No existe. En realidad es una enfermedad psiquíca largamente incubada y alimentada por nuestras «élites» y bien ayudada desde fuera.

    Fue Kipling, quien ante la muerte de su hijo adorado en la I GM emitió un terrible veredicto, que pudo ser prefectamente el epitafio en la tumba de su hijo, y de muchos otros.

    «nuestros padres mintieron, eso es todo»

    Aquí simplemente hasta que los españolitos no reconozcan de manera mayoritaria que nuestros padres mintieron, por padres entiéndase esos padres del Renault 78 sobre los que tantas alabanzas han caido; no habrá nada que hacer.

    Duele saber que tus padres mintieron. Pero la realidad es así.

    Y duele porque de ese conocimieto deviene la responsabilidad de cambiar las cosas y de exigir responsabilidades. Y para eso hacen falta muchos huitos.

    Un cordial saludo

    • Bueno, no sé
      Mis padres no mintieron, trabajaron para salir adelante, ellos y su familia y como ellos muchos otros

      Los padres constitucionales del 78, esos no son padres, son padrastros, han mentido, han engañado, se han repartido el país, sus pueblos, sus negocios, sus prebendas y lo han llenado de siervos.

  7. La metafísica de la decadencia y su láudano melancólico, no es la causa de la decadencia, sino el modo de hacerla soportable y un síntoma del agotamiento al que llega en determinado momento una forma política. ¿O es que ese “dios mortal” del Estado es eterno? El Estado español no es fallido. Simplemente ha llegado a la anarquía, tras agotar las posibilidades históricas que abrió tras su fundación después de la guerra civil de 1936. Los intentos anteriores se quedaron en tentativas. Y si hay algo que niega al Estado es la anarquía, que es lo que gobierna España desde el Estado anarquista actual y su Gobierno. Su última ilusión y pasión política, ya solo consiste en borrar de la memoria a su fundador. Una ilusión mortal, mientras bajo sus pies se desmorona el mundo que lo sustenta.
    El episodio del 78, fue una mera actualización histórica de aquella forma política fundada por Franco. Un cambio en la retórica. Lo de hoy es el agotamiento de una forma política que ha dado de sí todo lo que tenía que dar. Su sistema de generación de aristocracias de gobierno ya solo produce lo que vemos en los gobiernos. Sus estructuras, dominadas por clientelas de partido, se dedican a la producción funcional del caos, habiendo perdido todo signo de inteligencia. Su coste crece año tras año. Etc., etc.
    Los que crean que la situación tiene un enderezamiento democrático con el sistema de partidos actual, sus ocurrencias, su alternancia y su consenso, están confundidos. La madeja de intereses que se ha tejido dentro y alrededor del Estado, configura un bunker reaccionario a cualquier reforma. Una burocracia prebendal que explota a la población.
    De otro lado, no se ve por ningún lado una élite/oligarquía organizada políticamente, que se proponga hacerse con el Gobierno y restablecer el orden. Quizás desanimadas por el bunker reaccionario que se ha montado en el Estado, han adoptado la emboscadura y la invisibilidad. O están ahí y yo no las veo.
    Así que con estos mimbres, una probabilidad bastante elevada es el colapso, la quiebra y el hundimiento de ese “dios mortal” que es el Estado, sellando su ciclo con el aquelarre alrededor de la imagen de su fundador.
    ¿Catastrofismo? ¿Realismo?
    De otro lado, el autor del artículo reitera el error de considerar que la industria turística es una actividad de tercera, una imagen que identifica la “buena industria” con la producción de productos manufacturados, las fábricas y sus chimeneas. O quizás, desde que los chinos son la manufactura del mundo, con el diseño y lo digital que es lo “moderno”. El plan del gobierno de mentecatos actual, de la oposición y de la UE: Salvar es digitalizar. Estos analistas creen que la industria turística es el bar de la esquina de su casa, que por otro lado es un negocio que requiere mucha habilidad empresarial. Y ya no puedo más con el resto de tópicos del artículo –“España vacía”, tamaño empresarial, “capitalismo de amiguetes”, instrucción pública, etc.-, lugares comunes en los que se recrea la analítica actual para entretenimiento del público.

    • Excelente comentario, todos los gusanillos de mi estómago se lo agradecen.

      Comparto con usted que la única opción es la quiebra de la nación, el estado sobrevivirá como estado represor, y como Venezuela puede durar veinte o treinta años.
      La justicia ya está tomada, solo falta que el Constitucional apruebe la enésima lanzada al moro muerto.

      En realidad el único objetivo de este gobierno y el anterior era la quiebra de la nación, consecuencia lógica a la falta de inteligencia, carácter y visión política del regimen de partidos.

      Yo siempre estuve convencido que el golpe de estado catalán era algo acordado para repartir la quiebra inminente de la nación, como en las cajas de ahorro la había provocado la mezquina clase política española que cómo única salida a su terrible incapacidad contemplaba el reparto de los despojos. Ahora lo estamos comprobando, todo lo que estamos viendo es el reparto acordado antes del autogolpe de estado, que no tengo duda fue consentido por el PP. Ni tan siquiera la pandemia les ha hecho cambiar el plan, al contrario, lo han acelerado.

      Es imposible que un político español tenga una visión altruista de la nación. De acuerdo que la política es afan de poder, pero ¿Para qué?

      Quién no contemple el actual gobierno como una horda que no solo siembra la anarquía tras el saqueo, sino que siembra los campos de sal no es capaz de percibir la realidad ni vislumbrar el plan que se está ejecutando.

      No hay posibilidad de cambio si no es por la fuerza, pero una nación incapaz de luchar contra un virus por estar muerta de un miedo idiota paralizante difícilmente arriesgará su vida por los demás.

      Solo queda contemplar como desangran la nación con transfusiones constantes para mantener vivo Su Estado, ya no es ni El Estado.

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