Era un miércoles por la mañana. Caminaba al lado de la universidad cuando leí un lema “grafiteado” en una pared que rezaba “Yo sí te creo”. El graffiti en cuestión está en aquella pared desde el 8 de marzo de 2018. Imagino que lo habrá pintado algún manifestante momentos antes de comenzar, junto a su grupo, el recorrido hasta el centro de la ciudad. Por mi parte, aquel 8 de marzo, así como varios de los anteriores y ulteriores días, cargué contra la huelga “feminista”, entre otros motivos, por innecesaria e ilegal, y pagué las consecuencias como cualquiera que osa criticar al desviado movimiento.

Días antes había avisado de lo propagandista que era la huelga, de su nula necesidad y de su marcado sesgo ideológico. Sin embargo, recibí, como tantos otros, todo tipo de insultos por expresar una opinión que, simplemente, no era – ni es – popular. Recibí también amenazas y perdí “amigos”, pero mantuve siempre mis principios intactos.

Aquellos que me insultaron y amenazaron (como a tantas otras personas que criticaron,más o menos, por una u otra razón, la huelga) utilizan la misma lógica de la que hacen gala hoy gran parte de nuestros políticos. Conmigo o contra mí. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y todo lo demás, es secundario. Primero, hemos de notar el sectarismo que denota marcar al disidente por el hecho de disentir y abrazar a los afines por el hecho de serlo, pero este señalamiento sistemático nos muestra también el supremacismo excluyente propio de cualquier colectivismo.

Sólo los trabajadores tienen derecho a huelga. Las acciones del 8 de marzo serán, al igual que el año pasado, manifestaciones políticas

Si lo examinamos en profundidad, el feminismo actual se parece bastante al socialismo. Ambos sitúan al grupo (uno a las mujeres y el otro al proletariado) por encima del individuo y consideran alienado a quien, perteneciendo al grupo en cuestión, no comulgue con su visión. Basta con leer el manifiesto de la huelga para tener claro qué tipo de mujeres pueden asistir a la huelga: anticapitalistas, socialistas (como mínimo) y favorables a la desigualdad ante la ley por razón de sexo (la discriminación “positiva” de siempre).

También es destacable el trato que este movimiento da a las mujeres. En su mente, son como minusválidas que necesitan que el Estado, omnipresente, les ayude en la olvidada lucha por la igualdad real. No es ni más ni menos que el paternalismo de siempre, que justifica el aumento del poder político con verdades a medias o falsedades completas. España es, según un estudio de la Universidad de Georgetown, el quinto mejor país del mundo para ser mujer. El 83% de personas se sienten, según Gallup, seguras al caminar de noche en nuestro país. La mal llamada brecha salarial de género no es más que la penalización que sufre cualquiera, hombre o mujer, que decida dedicar gran parte de su tiempo al cuidado de sus hijos en lugar de avanzar en sus respectivas carreras. Además, la huelga no sólo es, como he argumentado anteriormente, innecesaria. También es ilegal. Según el apartado 2 del artículo 28 de la constitución española, sólo los trabajadores tienen derecho a huelga. Así pues, las acciones del 8 de marzo serán, al igual que el año pasado, manifestaciones políticas.

Por si esta insania no fuera suficientemente perturbadora, un mayúsculo grupo de personas anteriormente contrarias a estas ideas empieza a aceptar (o lo ha hecho ya) las falaces justificaciones del colectivo (probablemente mal llamado) feminista. Otorgan al movimiento una legitimación que no merece y le hacen el juego a quienes, a través de la división social, pretenden, y muchas veces consiguen, aplicar las políticas que no logran poner en práctica mediante las urnas. No es nada nuevo. Lo mismo se ha hecho con otros tipos de discriminación “positiva”, que consigue hacer pasar por homogéneos a grupos de individuos de lo más diferentes. Al confundir de esta manera a la población, consiguen que interioricen la premisa de que el desacuerdo con estas medidas supone un grave indicio de discriminación, ésta sí, negativa. Cualquier crítica hacia los privilegios de un grupo, más o menos numeroso, será silenciada porque, total, ¿para qué escuchar los argumentos de los inadaptados sociales? “¡Son machistas, homófobos, misóginos y fachas!”, pensarán dentro de la burbuja.

Este tipo de histeria colectiva no sólo tiene consecuencias sociales, sino también legales. No olvidemos que en España, como nos demostró una sentencia del Tribunal Supremo hace unas semanas, existe una asimetría penal entre hombres y mujeres. Ambos miembros de la pareja fueron condenados por lo mismo. Sin embargo, él fue condenado a una pena más dura que ella. Los hombres son, por el hecho de ser hombres, castigados más duramente en delitos dentro de la pareja como consecuencia de la Ley Contra la Violencia de Género que muchos se niegan siquiera a criticar. Por si fuera poco, son numerosos los que, no siempre de partidos de izquierdas, consideran que la educación perpetúa actualmente la desigualdad, según ellos, vigente en nuestro país y que, por tanto, hay que modificarla para dejarle claro a los menores que hombres y mujeres debemos ser iguales. Es el sueño de todo político intervencionista: la creación de un problema inexistente, la aceptación social del mismo y su uso ilimitado para obtener votantes a costa de muchos. Y cuando digo muchos, me refiero a sus hijos, hermanos, primos, a su padre, abuelo… a los hombres.

Somos muchos los que no cedemos a la supremacía de quienes colectivizan a la mujer y anulan al individuo, a la falsa idea de desigualdad de la misma respecto al hombre, a la presión social que el movimiento feminista ejerce ni a los privilegios legales, siempre injustos y deleznables. Al final, el feminismo moderno, del que tan de moda está hacer gala, no es más que el nuevo machismo, la imposición de privilegios por razón de sexo de forma inversa a la que ocurría hace unos años. Dicen que toda acción tiene una reacción, pero lo que no me imaginaba era que tal respuesta al machismo real, muy distinto a la falsa discriminación de la que algunas se quejan hoy, vendría, en su gran mayoría, por parte de aquellas que no lo han sufrido en la vida.

Foto: Nick Fewings


DISIDENTIA es un medio totalmente orientado al público, un espacio de libertad de opinión, análisis y debate donde los dogmas no existen, tampoco las imposiciones políticas. Garantizar que esta libertad de pensamiento pueda existir sin muros de pago depende de usted, querido lectorMuchas gracias.

Apadrina a Disidentia, haz clic aquí

4 COMENTARIOS

  1. Me solidarizo con usted, mi hija (de 16 años) no me habla desde que me preguntó mi opinión y le dije que participar en esta huelga me parece rancio y retrógrado, y la critiqué con argumentos similares a los del último párrafo.
    Que la hija de alguien que ha tenido que pelear duro contra todo tipo de sexismos para poder ejercer de padre, aún se crea víctima de un sexismo abstracto que no ha sufrido en su corta vida, resulta de lo más desalentador.
    De hecho afirma, basándose en el caso de “la manada” que “hoy en día violar sale gratis”. Recordarle el pequeño detalle de la condena a 9 años no es más que otra muestra de negacionismo de la realidad en la que vivimos los machistas.

    En fin, el mundo de la posverdad resulta fascinante y a algunos nos pilla un poco mayores. Eso sí que nos desorienta y no el “nuevo rol de la mujer”.

  2. Da bastante pena ver a cientos que jovenzuelas participar en este aquelarre de la alienación, una alienación que exhiben al identificarse con los signos propuestos por los totalitarios. Muchas no tienen todavía derecho a voto y ya renuncian a su propio futuro como personas libres. Se proclaman esclavas de consignas delirantes, de fantasías falsarias. Esas chicas que hoy gritan bobadas en las calles son el anuncio evidente de la autodestrucción de Occidente. El Islam se frota las manos.

    • Ya se sabe, tiempos fáciles crean gente débil.
      Supongo que la humanidad aún no ha salido del ciclo, lo cual implica que en algún momento habrá problemas, y todas las tonterías se irán de cuajo.

  3. El comunismo que ha ocupado el feminismo es un matriarcado dirigido por hombres. Es evidente que por timadores que quieren hacer lo del “parte y reparte y me quedo con la mejor parte”, expropiando a los ricos hasta que que todos sean igual de pobres. Es lamentable que en pleno siglo XXI siga la gente cayendo en sus redes ilusorias. Quizás la derecha más liberal tenga la culpa por olvidarse de las necesidades del pueblo y dejar que caiga la sociedad en ellas, sobre todo hoy en día que escasea el trabajo y cada vez más con las IAs y la invasión migratoria promovida tanto por la izquierda que necesita vender miseria como por esa derecha liberal para que abaraten salarios. Es la extinción de occidente.

Comments are closed.