Es durísimo escribir sobre Guillermo Gortázar en pasado, pero un cáncer mortal y ferozmente rápido nos ha dejado sin su alegre presencia y conversación en unas pocas semanas, días que han transcurrido con dolor y casi sin esperanza porque no hubo nunca demasiada duda respecto al final de la brutal merma que el terrible mal empezó a causar en uno de los mayores dones de Guillermo, en su inteligente y cálida palabra. Cómo afrontó esa certeza ha sido también ejemplar, como todo lo que hacía Guillermo.

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Una de las mayores fantasías sobre la meritocracia es, precisamente, pensar que existe; nada de eso, a poca que fuese la potencia de un proceso de tal índole, Guillermo debiera haber llegado en todo a lo más alto, pero es sabido que existen conjuras de necios y de mediocres que desbaratan esas justicias. Pese a todo, Guillermo brilló con fuerza y un sello propio en las muy variadas esferas en las que tuvo presencia, como historiador, como político, como abogado y como promotor de diversas causas. Sin duda en lo que consiguió mayor éxito fue el tener muchos y muy buenos amigos, nada extraño porque compartir su compañía siempre fue un placer y una escuela de elegancia moral y de civismo.

Guillermo era un liberal cumplido y un aristócrata, de origen y de ejercicio, en un país en el que sobreabundan los sectarios y los mentecatos, los incapaces de distinguir la nobleza del trepe. Precisamente por eso, fue persona que se mantuvo firme en sus convicciones y hubo de dedicar buena parte de su tiempo a defender causas difíciles

Vasco y español por los cuatro costados siempre vivió a caballo entre el norte y la capital y era muy capaz de tener en ambos lugares una presencia activa y promotora de iniciativas liberales y patrióticas. Como tal dedicó un sostenido esfuerzo a ayudar a que los cubanos sometidos a ese castrismo cerril y criminal pudieran mantener un vínculo con la libertad, hasta que las mil cicaterías de organismos inanes, es decir, perjudiciales, hicieron que la Fundación Hispano Cubana tuviese que cerrar sus puertas para que dejase de dar la lata a tanto probo y estéril ciudadano acoplado en sus covachuelas.

Guillermo era un liberal cumplido y un aristócrata, de origen y de ejercicio, en un país en el que sobreabundan los sectarios y los mentecatos, los incapaces de distinguir la nobleza del trepe. Precisamente por eso, fue persona que se mantuvo firme en sus convicciones y hubo de dedicar buena parte de su tiempo a defender causas difíciles. Como historiador empezó por mostrar cómo la II República guardó bajo siete llaves un informe que mostraba la limpieza del comportamiento de don Alfonso XIII como hombre de negocios. En política es desgraciadamente corriente montar caricaturas para defender las propias causas y a la República no le venía bien reconocer que el rey había sido un promotor honrado y eficaz de la modernización económica de España, qué se le va a hacer.

En su faceta política influyó muchísimo su conocimiento histórico y empleó enormes energías en evitar errores que un historiador avezado puede advertir con facilidad. Fue, para empezar, de las primeras voces que alertó sobre la conversión de Europa en un gran tinglado burocrático, sin alma y cobarde, muy en línea con las críticas británicas de los ochenta, pues como buen liberal era admirador de la cultura política imperante en las Islas, una de esas cosas que ahora tampoco marcha muy allá.

De esos influjos ha venido su continua crítica a la transformación del sistema político del 78 en un presidencialismo cuyos peores vicios estamos padeciendo ahora con inaudita intensidad. Esta cuestión tan grave se trata  a fondo en el último libro publicado apenas hace unos meses El cesarismo presidencial (Renacimiento, 2025), en el que hace un pormenorizado análisis de cómo el proceso de concentración de poder en la figura de quien debiera haber sido un mero primer ministro nos ha llevado a someter toda la vida política de la Nación al dictado de un poder prácticamente ilimitado, que no sólo controla el gobierno y su partido, sino al parlamento mismo, que se ha visto reducido a una cámara de aplausos y pataleos, y a los órganos constitucionales que debieran garantizar equilibrios y limitaciones del poder imprescindibles en cualquier democracia liberal.

Más de una vez tuve la oportunidad de comentar con él  cómo los temores que los autores de la Constitución tenían hacia una posible ingobernabilidad de España, temores que el franquismo siempre explotó a fondo y que se colaron como de rondón en las mentes de quienes querían garantizar la libertad, se tradujeron en una serie de garantías jurídicas en el texto constitucional, tales como la forma adoptada para el voto de censura del Congreso o el exceso de prerrogativas que se conceden al Gobierno, es decir a quien lo preside, que han conducido precisamente a lo contrario de lo que se quería salvaguardar, a una especie de dictadura partitocrática dominada ahora mismo por un autoritario sin el menor atisbo de respeto al espíritu de las leyes y a la libertad política de los ciudadanos.

Guillermo Gortázar fue diputado del PP en las legislaturas V, VI y VII, entre 1993 y 2001, y abandonó voluntariamente esa tarea pensando que, vistas las cosas como son, su trabajo podría tener más interés y mejores resultados en el ámbito académico y en el despacho de abogados que compartió durante algún tiempo con Jorge Trías y Gómez de Liaño.

Desde Nación y Estado en la España liberal (1994) que tuve el honor de editarle, no ha cesado de estudiar nuestra historia reciente, pero ese trabajo se intensificó con los años de libertad que le procuró estar lejos de las labores de partido. Gracias a esa jubilación partidista han surgido la mencionada labor de la Fundación Hispano Cubana y varios libros de enorme interés. En 2016 publicó El salón de los encuentros, un homenaje a la democracia liberal y a los usos que la hacen posible; ya en 2021 apareció una de sus mayores aportaciones historiográficas, Romanones. La transición fallida a la democracia (Espasa), una gran biografía de uno de los protagonistas de la Restauración, a quien ya había dedicado una monumental edición de sus discursos parlamentarios que publicó el Congreso de los Diputados. Para Guillermo Gortázar que pensaba al tiempo en la historia y en la política esa fallida transición resulta clave para entender todo lo que ha pasado en España hasta 1977… y también algo después.

En El secreto de Franco (Renacimiento, 2023) desveló las circunstancias en las que se escribió el testamento del generalísimo, dando mucha verosimilitud a la idea de que Franco fue muy consciente de que el Rey haría algo muy distinto a lo que él había hecho y le ofrecía su apoyo en la hora suprema de la muerte. El libro fue muy polémico porque lograba molestar al tiempo a los muy franquistas y a sus simétricos en el campo contrario, cosa que le divertía especialmente. Al año siguiente apareció Un veraneo de muerte (Renacimiento, 2024) que, a partir de documentos inéditos, reconstruía la vida, las relaciones, las contradicciones y los temores de buena parte de la ciudad de San Sebastián en los primeros meses del levantamiento militar.

Guillermo nos ha dejado cuando se encontraba en plenitud, sin el menor atisbo de dolencia, pero un tumor especialmente feroz acabó primero con su palabra y su movilidad y luego con su vida. Estaba trabajando, por supuesto, porque, tras Pilar y sus dos hijos, el trabajo y la amistad eran sus dos ocupaciones principales. No sé si alguien podrá continuar con las cosas que tenía entre manos, con su reivindicación del fuerismo liberal, con su empeño en ayudar a que la democracia de 1978 se convierta en lo que debería ser. A sus muchos amigos nos queda la memoria viva de un español excepcional y espero que en el futuro sepamos estar a la altura de su ejemplo.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web