Las revueltas que sacuden Irán desde finales de 2025 no son un episodio aislado ni una mera protesta coyuntural por la inflación: son la reaparición, con nueva fuerza, de un conflicto profundo entre una sociedad joven y un régimen teocrático que ha perdido la capacidad de ofrecer futuro, legitimidad y esperanza. El detonante inmediato ha sido económico (el desplome del rial, la subida del coste de la vida y el cierre de comercios en Teherán y otras grandes ciudades), pero la protesta ha evolucionado con rapidez hacia consignas políticas directas contra el sistema de poder de los ayatolás. Como ya ha ocurrido otras veces en Irán, el malestar material ha actuado solo como chispa: lo que arde es algo mucho más hondo.

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Estas movilizaciones se inscriben claramente en el ciclo abierto tras la muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022. Aquel episodio marcó un antes y un después porque quebró el miedo social y situó a las mujeres —y tras ellas a toda una generación— en el centro simbólico del desafío al régimen. El lema “Mujer, Vida, Libertad” no fue un eslogan pasajero, sino la formulación moral de una ruptura: la constatación de que el control del cuerpo femenino no es un asunto cultural o religioso, sino un instrumento político esencial para sostener una dictadura teocrática. Desde entonces, la desobediencia cotidiana de las mujeres iraníes —quitándose el velo, resistiendo en el espacio público, sosteniendo redes de solidaridad— se ha convertido en una forma de insubordinación que erosiona directamente la legitimidad del poder.

La valentía de las mujeres iraníes no es un gesto simbólico ni un episodio exótico; es el desafío frontal a una dictadura que se presenta como sagrada y que, precisamente por eso, teme más que ninguna otra a la libertad

En la actual oleada de protestas, las mujeres vuelven a ocupar un lugar central, no solo como víctimas de la represión, sino como motor moral de la revuelta. En un sistema que se proclama guardián de la virtud islámica, ver a mujeres jóvenes plantarse ante la policía, desafiar las normas impuestas o animar a otros a perder el miedo tiene un efecto profundamente deslegitimador. El mensaje implícito es devastador para el régimen: si quienes debían encarnar la “pureza” del orden teocrático lo rechazan, todo el edificio ideológico empieza a resquebrajarse.

Junto a ellas, la juventud en general actúa como acelerador del conflicto. Se trata de una generación urbana, formada y conectada, que percibe con claridad que el contrato social está roto: estudian, trabajan cuando pueden, cumplen las normas, pero el horizonte vital se estrecha cada año. La protesta juvenil no es solo rabia; es la conclusión racional de que el sistema ya no ofrece movilidad, dignidad ni expectativas. Y cuando una generación entera llega a esa conclusión, la estabilidad deja de depender del consentimiento y pasa a sostenerse únicamente sobre la coerción.

La respuesta del régimen ha seguido el patrón conocido: represión selectiva pero contundente, detenciones, uso de munición real en algunos casos y un férreo control del relato. Las cifras de muertos y arrestados varían según las fuentes —una constante en un país donde la opacidad es parte del método—, pero el mensaje es inequívoco. Bajo el liderazgo del ayatolá Ali Khamenei, el poder ha optado una vez más por ganar tiempo mediante la fuerza, consciente de que cualquier concesión real abriría una grieta difícil de cerrar. Al mismo tiempo, se refuerza la vigilancia, se amenaza a familias y se intenta fragmentar el movimiento, presentándolo como manipulado desde el exterior o reducido a “disturbios” sin legitimidad popular.

Sin embargo, la reiteración de estas revueltas revela la fragilidad estructural del régimen. Cada ciclo represivo deja más resentimiento, menos fe y una sociedad más convencida de que el problema no es una política concreta, sino la propia naturaleza del sistema. Las protestas actuales muestran que la herida abierta en 2022 nunca se cerró; simplemente supuró en silencio hasta volver a estallar. Y muestran, sobre todo, una valentía extraordinaria: la de jóvenes —y muy especialmente mujeres— que saben que el precio de alzar la voz puede ser la cárcel, la violencia o la muerte, y aun así deciden hacerlo.

Lo que ocurre hoy en Irán no es solo una crisis interna, sino un recordatorio universal de que ningún régimen puede sostenerse indefinidamente contra una sociedad que ha perdido el miedo. La valentía de las mujeres iraníes no es un gesto simbólico ni un episodio exótico; es el desafío frontal a una dictadura que se presenta como sagrada y que, precisamente por eso, teme más que ninguna otra a la libertad.

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