Hace unos años entró a clase una alumna ataviada con una enorme camiseta roja con la imagen de Stalin. No quise darle mayor importancia, pero después me pregunté qué sucedería si el 30% de los alumnos se presentara con similar indumentaria, ¿y si fuera el 70%? Es decir, cómo dar clase ante un nutrido grupo de mentes totalitarias. También me pregunté por la situación en la que quedaría el resto de estudiantes, marcados por no estar alineados en la indumentaria. Y días después supe que la figura de Stalin se reclamaba en los espacios comunes de aquella facultad por algunas asociaciones universitarias. La muchacha no era pues un elemento aislado.

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Este episodio me hizo pensar sobre las técnicas empleadas en el pasado y en la actualidad para significarse y para marcar a los demás, señalarlos, incluirlos o excluirlos. Esto es, sobre las indumentarias que exteriorizan una militancia y otras alternativas más modernas en este orden de cosas. Me acordé de los brazaletes, insignias u otros distintivos en la vestimenta que a menudo se asocia con la Segunda Guerra Mundial, y especialmente con las unidades paramilitares bajo dirección de Himmler o con la policía del ghetto, que también tuvo sus propios atavíos. De la indumentaria militante a la intencionalmente humillante, es decir, aquellos trozos de tela amarillos que obligaron vestir por primera vez a los judíos polacos de Wloclawek en 1939.

La violación sistemática de la neutralidad y el activismo desenfrenado que ya ha coronado en el lenguaje mismo, son incompatibles con el sistema democrático y de libertades públicas, pero nadie parece reaccionar con la contundencia necesaria

Marcar a las personas, identificarlas e incluso obligarlas a vestir de una determinada manera no fue en cualquier caso una novedad del siglo pasado, pues a lo largo de la historia hemos conocido decisiones similares. Desde tiempos de Omar II (717), quien fue seguramente el primero que obligó a todos los no musulmanes a vestir el giyār, el mundo oriental y occidental ha conocido intermitentemente manifestaciones parecidas. En los casos más extremos, todavía es frecuente ver cómo el denominado Estado islámico, no sabemos si emulando Guantánamo, obliga a sus víctimas a vestir un característico mono naranja, y cómo la organización Boko Haram hace lo propio con las chiquillas que secuestra, colocándoles un reconocible burka o un niqab. Marcarse y marcar, señalarse o señalar, y no sólo puntualmente con ocasión de una determinada celebración, es por tanto algo del pasado, pero también actual.

Ahora bien, hasta hace relativamente poco existía una opinión mayoritaria que consideraba inaceptable el señalamiento e inquietante el auto-señalamiento con vocación de imposición. No era aceptable que se pudiera obligar a alguien a vestir de una determinada manera o llevar un distintivo para «marcarle», es decir, poner en evidencia su credo, orientación ideológica o pensamiento. Esto, que ha dado lugar a no pocos conflictos, incluidos los judiciales, parece estar cambiando. Las directrices o estímulos parecen ir ya en otra dirección, pues determinadas prácticas o técnicas de señalamiento empiezan a no considerarse unánimemente como algo propio del totalitarismo. Se justifican determinadas indumentarias e incluso una estética que poco o nada tiene que ver con el mundo libre. También hay quienes portan orgullosos brazaletes, símbolos, iconos, pañuelos o insignias para demostrar su pertenencia a un grupo, unos objetivos, una ideología o una causa; y las técnicas de señalación y militancia no paran de crecer en los espacios públicos violando así la debida neutralidad. Tenemos esteladas en los colegios para dejar clara la orientación del centros, eslóganes o señales de tráfico violeta-feministas en los municipios para dejar igualmente claro cuál es la posición ideológica militante, banderas de apoyo a determinadas causas raciales, identitarias o sexuales en embajadas o edificios públicos, y ahora arrodillamientos en las competiciones deportivas, más lazos amarillos y hasta se propugna la iluminación de estadios para llevar determinadas políticas al deporte.

El aumento y diversificación de las técnicas de (auto)señalamiento en autoridades e instituciones es evidente, poniendo en entredicho algo tan elemental como la neutralidad. Los adornos en el ropaje y en el espacio público, combinados con otras técnicas, es claro que se encaminan a persuadirnos u obligarnos a comulgar con lo que representan o sugieren. Como en el pasado, forman parte del lenguaje y la comunicación, encierran una intencionalidad y conllevan un mensaje disuasorio o persuasivo que va mucho más allá del normal y razonable activismo político. No son una bandera de la paz, ni el pin de un equipo de fútbol ni tampoco la insignia de tu colegio o universidad, son algo que va mucho más allá. Lo saben y lo sabemos.

En efecto, como cualquiera puede aprender en las obras de Léon Poliakov (Breviario del odio, La Europa suicida, L’étoile jaune, etc..) o las del filólogo Victor Klemperer sobre el lenguaje en el totalitarismo, son fenómenos que nos ayudan a comprender que la homogeneidad en el mostrarse o expresarse, sea individual o institucionalmente, así como a la hora de portar una específica insignia – o no portarla – para demostrar pertenencia a un grupo, una causa u objetivo, normalmente es una fase previa de un mal social. Ese mal, como es lógico, se traduce progresivamente en términos de limitaciones de libertad y sometimiento a una u otra forma de tiranía.

Téngase por último en cuenta que en el pasado era la autoridad o sus medios afines, como en su día Le Petit Parisien, quienes decretaban o publicaban la obligación de portar l’étoile jaune. Hoy esto ya empieza a ser también así, aunque los planificadores sociales han encontrado también otras formas de señalarse y señalarnos, sea en el ámbito público, profesional e incluso familiar y privado. Destaca internet y también el lenguaje, pues nos obligan a rotular nuestro negocio en un determinado idioma, nos empujan a expresarnos en eso que llaman «lenguaje inclusivo», descuelgan pancartas muy significantes en las instituciones, conminan a los deportistas y famosos a arrodillarse y un largo etcétera. En algunos casos, no alinearse puede suponer la ruina económica o el ostracismo en tu barrio o ciudad, en otros, si no usas las nuevas fórmulas de salutación inclusiva en una reunión o en los emails, quedas también señalado.

La violación sistemática de la neutralidad y el activismo desenfrenado que ya ha coronado en el lenguaje mismo, son incompatibles con el sistema democrático y de libertades públicas, pero nadie parece reaccionar con la contundencia necesaria, dejando el campo libre a esta corriente iletrada y censora, en definitiva, a los nuevos inquisidores.

Foto: Marco Verch.


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