En la clausura del II Foro la Toja vínculo atlántico Pedro Sánchez ha insistido en una serie de afirmaciones ya realizadas con anterioridad en relación con la futura aprobación de los presupuestos generales del estado. A los tópicos ya consabidos relativos a los denodados esfuerzos del gobierno por vencer a la pandemia y a la desaceleración económica, los llamamientos a la unidad para afrontar los retos del futuro y la confianza en el futuro, tópicos al uso entre la demagogia política, el presidente ha añadido una referencia a un concepto teórico: la antipolítica.

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Al que esto escribe no le consta que el dirigente socialista se haya vuelto un lector conspicuo de Pierre Rosanvallon y su obra La contrademocracia, ni que tampoco haya devenido en experto en el primer Carl Schmitt de una obra como El romanticismo político (1919) en el que pensador de Plettenberg analiza la antipolítica del esteticismo romántico, aquel que para preservar su libertad interior se guarda de comprometerse en cualquier asunto, incluido los puramente políticos. Más bien se trata, como el caso del término “facha o ultraderechista” de catalogar peyorativamente a aquel que discrepe de sus autoritarias maneras de entender el gobierno o qué ose cuestionar su manifiesta incompetencia para gobernar. Parece que el epíteto en cuestión va dirigido a uno de los últimos reductos de oposición a su gobierno que todavía quedan en el Partido Popular: Isabel Díaz Ayuso. La presidente de la Comunidad autónoma madrileña es uno de los últimos obstáculos que Sánchez todavía se encuentra en su camino en su indisimulada pretensión de ostentar el poder sin oposición.

Sánchez busca enfrentar a los ciudadanos entre sí, busca generar una “stasis”, una división (el peor mal de la ciudad para los antiguos griegos) con el único fin de debilitar al cuerpo político y así poder acumular el mayor poder posible

La medida, dudosamente legal, de confinar Madrid con el único propósito de destruir el último reducto tibiamente liberal que queda en España bajo el pretexto de combatir una pandemia evoca la descripción que Suetonio y Tácito hacen del papel del cruel Nerón en el famoso incendio de Roma en el año 64 de nuestra era. En concreto Suetonio atribuye a un capricho estético de Nerón, descontento con la fealdad de la arquitectura romana, la decisión de sumir en las llamas a la capital del Imperio. Otro capricho estético de Sánchez, que no soporta contemplar el último reducto tibiamente liberal que queda en España, condena a los madrileños a contemplar otro incendio, solo que en este caso es figurado, que amenaza con llevarse por delante puestos de trabajo, empresas y patrimonios de miles de madrileños, cuyo principal pecado a ojos del nuevo Nerón Sánchez cosiste en no votar desde hace ya casi 25 años miseria socialista.

Como decía al principio de este artículo, no creo sinceramente que Sánchez tenga la más mínima idea de lo que afirma cuando acusa a la “obstruccionista” Díaz Ayuso de “practicar la anti-política”. Más bien se trata más de un eslogan al uso de la factoría Redondo, que de una reflexión política sosegada. No obstante en este artículo voy a tomar la afirmación de Sánchez como si se tratase de una afirmación debidamente meditada y elaborada conceptualmente a fin de analizar qué es lo que quiere decir realmente nuestro presidente. En el Teeteto de Platón el filósofo ateniense afirma que aquello que diferencia a la filosofía de la erística es el rigor y la rectitud del propósito. El filósofo a diferencia del servil retórico no se ocupa ni de viles intrigas, del puro servilismo o de la vana jactancia. El filósofo dialoga para buscar la verdad en las palabras del otro. Actúa como una partera de las mentes y lleva a su interlocutor a cuestionarse el sentido último de lo que dice. Es por lo tanto menester analizar a qué se refiere Sánchez con la noción de anti-política. Prima facie “anti” es un prefijo  que significa “opuesto o contrario “. Entonces por antipolítica habría que entender aquello que es contrario a la política. La definición aportada poco nos aclara, pues si existe un término polisémico en la teoría política precisamente ese el de política.  De entre las múltiples caracterizaciones de la política voy a fijarme en tres modelos clásicos: el aristotélico, el liberal-lockeano y por último el agonal-schmittiano.

El estagitira parte de una consideración antropológica a la hora de definir lo político. El ser humano es un “animal político”, un ser que sólo encuentra su plena realización en la vida compartida con otros semejantes a él. A diferencia de buena parte de la sofística o del pensamiento de Epicuro, Aristóteles no cree que la comunidad política surja del mero utilitarismo que persigue evitar la injusticia mutua o facilitar el intercambio. El estado es una comunidad de familias que se asocian para el buen vivir. La política en Aristóteles tiene una dimensión ética, supone la culminación de la buena vida. La mejor vida posible, la más plena es la vida política. La visión de Sánchez de la política está teñida de inmoralidad y falta de sentido de la ética. El proyecto de Sánchez no es un proyecto comunitario, como el postulado por Aristóteles. Sánchez busca enfrentar a los ciudadanos entre sí, busca generar una “stasis”, una división (el peor mal de la ciudad para los antiguos griegos) con el único fin de debilitar al cuerpo político y así poder acumular el mayor poder posible. La división de la comunidad política en Sánchez asume los más variados ropajes. Ya se trate de nuestra historia más cercana, la guerra civil, el franquismo, la transición son motivos que Sánchez y su acólitos manipulan según su propia conveniencia para señalar a un grupo de españoles como “malos españoles” ante el resto de la ciudadanía. Otro tanto cabría decir de la propia pandemia que estamos padeciendo. Más que de la lucha por erradicarla se trata de aprovechar la derivada biopolítica que esta ofrece para establecer un dominio sobre los cuerpos de los ciudadanos, que genere una fatal desconfianza y miedo hacia el otro, el posible infectado o el insensato o loco que cuestiona la pretensión gubernamental de estar velando por nuestra salud mientras nos empobrece, limita nuestros derechos y nos hace cada día más vulnerables y dependientes

Podríamos decir que, asumiendo una concepción de la política de corte aristotélico, la antipolítica vendría precisamente representada por el sanchismo más que de la mano de otros políticos que osan cuestionar la oportunidad, la justicia e incluso la legalidad del capricho presidencial.

Locke, uno de los grandes padres del llamado pensamiento liberal clásico, es hijo de su tiempo. La comunidad política, al menos desde la obra Hobbesiana, se concibe en términos de artificio superpuesto al propio estado de naturaleza. La hipótesis del estado de naturaleza en Locke es un puro artificio conceptual para justificar el carácter instrumental y vicario del poder político, que no deriva de ningún pretendido derecho divino sino exclusivamente de la voluntad del cuerpo político. La política desde Locke se entiende esencialmente como un contrato entre ciudadanos en virtud del cual éstos forman en un determinado territorio una comunidad sometida a una serie de procedimientos formales que determinan quien gobierna y para qué se gobierna que bajo las premisas liberales de Locke es fundamentalmente para garantizar la propiedad y la libertad de los ciudadanos. Desde una óptica lockeana pocos gobernantes pueden ser más apolíticos que Sánchez cuyas agresiones a la libertad (interpretaciones creativas del estado de alarma, desprecio a las formas parlamentarias más básicas o su trato a la independencia del poder judicial) sólo rivalizan con el espolio fiscal al que somete a la ciudadanía. El gobierno de Sánchez se ha convertido en un auténtico experto en expoliar a los ciudadanos sometiéndolos a procedimientos de inspección tributaria abusivos y un esfuerzo fiscal muy elevado. Los partidarios del big state en España siempre inciden en que la presión fiscal española se encuentra por debajo de la media europea sin atender al poco equitativo reparto de las cargas fiscales en España en relación a una renta per cápita española muy inferior a la de buena parte de las economías más desarrollada de Europa.

Por último resta por analizar la concepción agonal de la política, la que la concibe como una contienda por el poder, en virtud de la cual el rival político no es tanto expresión del pluralismo social e ideológico necesario en toda democracia saludable sino un verdadero enemigo existencial, en la estela marcada por Carl Schmitt en su célebre obra El concepto de lo político. Desde esta óptica cualquier ciudadano, periodista o político que discrepe del proyecto personal del actual presidente se sitúa “hors de la loi”, como muy bien apuntara la ministra de Igualdad en relación a las cuestiones de género o la vicepresidenta Carmen Calvo en relación a la interpretación de la historia reciente de España. Según esta visión el discrepante no es verdadero ciudadano, a lo sumo es individuo que debe ser convenientemente aislado del tejido social a fin de que no lo contamine, vedándosele el acceso a la esfera pública. Uno de los pasos inexorables hacia el totalitarismo como bien apuntara Hannah Arendt. No debe sorprender por lo tanto que para Sánchez todo discrepante, aun expresando su discrepancia desde el respeto a la ley y a las instituciones, practique la “antipolítica”.  Este es el triste sino por el que se encamina el país: la sustracción a la ciudadanía de su condición política reconvertida en “antipolítica” por el capricho de un gobernante que aspira a tirano.


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