En las sociedades que se sienten, y están, razonablemente organizadas, lo que se conoce como sociedades abiertas, los individuos suelen aceptar de buen grado la situación relativa en que se encuentran. Saben que, aunque su situación no se deba por entero a sus méritos y esfuerzo, pueden optar por adaptarse a lo que hay y tratar de ser felices, pero también intentar algo, mejorar, cambiar, tratar de ser distintos.

En la medida en que hemos evolucionado hacia sociedades muy competitivas, es evidente que siempre encontraremos un número más alto del deseable de personas inadaptadas y descontentas con su destino, y que esa situación no siempre se habrá debido a factores que esas personas hubieran podido sortear. Para esos casos, sin duda, hay que prever soluciones que racionalicen la solidaridad y que garanticen un nivel suficiente de recursos de subsistencia y decoro.

Se necesita que haya algo más consistente que un brumoso sentimiento de insatisfacción para pensar seriamente en un mal objetivo que habría que remediar

Entre las razones que pueden hacer que una persona se sienta injustamente tratada podemos distinguir las de carácter objetivo y las que responden a expectativas exageradas. Por ejemplo, un científico puede considerar que ha fracasado si no obtiene el Premio Nobel, pero difícilmente podría sostener que ese sea un criterio razonable para estimar el éxito de un investigador. Las causas de supuesto fracaso que merecen un examen más objetivo son las que afectan a grupos más amplios, aunque tampoco ese criterio sería suficiente, porque eso supondría considerar, por ejemplo, que los supremacistas catalanes son efectivamente un caso relevante de fracaso colectivo, puesto que no tienen lo que quieren y se sienten muy afectados por esa carencia. Se necesita que haya algo más consistente que un brumoso sentimiento de insatisfacción para pensar seriamente en un mal objetivo que habría que remediar.

Cuando se debate sobre si efectivamente vivimos en un mundo mejor que el del pasado, se suele confundir con lamentable descuido, los datos objetivos (la esperanza de vida, el nivel educativo, las libertades efectivas o el desarrollo económico) con percepciones mucho más objetables (como las diferencias regionales o las formas de desigualdad) que responden más a expectativas no satisfechas que a carencias objetivas. Esto sucede, sobre todo, porque tanto el capitalismo como la tecnología nos han acostumbrado a desear sin límite, a pensar que nos asiste una especie de derecho a cualquier bien concebible.

En este esquema mental es en el que se inscriben las maniobras de los revolucionarios de hoy, esas gentes que son capaces de recomendarnos una igualdad a la venezolana precisamente porque les parece insoportablemente doloroso que no todos podamos gozar de yate o, por ejemplo, de una segunda residencia en algún resort de lujo como la que se han costeado con su esfuerzo continuado la pareja que lidera Podemos, el gran partido contra la desigualdad en España, y donde haga falta.

La ceguera del totalitario consiste en su incapacidad para reconocer que no todas las desigualdades son injustas y que no todas las demandas satisfechas producen contento

La ceguera del totalitario consiste en su incapacidad para reconocer que no todas las desigualdades son injustas y que no todas las demandas satisfechas producen contento. Pero, sobre todo, su ceguera voluntaria consiste en ignorar sistemática y dolosamente la relación que efectivamente existe entre los males que pretenden combatir y los bienes y ventajas que efectivamente procuran sus políticas, en reconocer que Maduro es su modelo procedimental, pero ignorar que sus resultados han sido, una vez más, desastrosos.

El intento de convertir la política democrática en un gigantesco mecanismo capaz de proporcionar toda clase de bienes gratuitos e inagotables es lo que legitima, supuestamente, el recurso de estos nuevos revolucionarios a una politización integral de nuestra conciencia cívica, a sostener una visión conforme a la cual el origen y la causa de todos los males concebibles se encuentra en el sistema democrático mismo, pues no les parece sino una falsa democracia todo lo que signifique pluralismo y separación de poderes, la Constitución y el conjunto de leyes que no se pueden someter a discusión sin un riesgo grave de provocar el derrumbe del Estado de Derecho. Precisamente porque persiguen el derribo y la destrucción apoyan causas tan abracadabramentemente absurdas y antidemocráticas como el supuesto derecho a decidir de los separatistas, porque todo lo que destruye les alimenta y fortalece, en la medida precisa en que son la fuerza política del resentimiento.

La absorción de todo por la política es esencial al totalitarismo, la ideología que promete liberarnos de cualesquiera desgracias concebibles, de todas las envidias y los resentimientos mediante la igualación universal en la miseria, aunque suela ocultar que pretende hacer eso preservando únicamente el bienestar de los pocos llamados a administrar los nuevos paraísos.

Este totalitarismo de las causas universales e intemporales nos pretende robar la intimidad y nos expropia nuestras creencias

Este totalitarismo de las causas universales e intemporales nos pretende robar la intimidad y nos expropia nuestras creencias, de cualquier religión o vínculo, precisamente porque pretende que los ciudadanos singulares, con sus historias, méritos y carencias a cuestas, se conviertan en piezas sin conciencia de un nuevo y maravilloso artilugio político.

El totalitarismo no admite límites y no sabe hacer otra cosa que destruir, es pura antipolítica, y por eso recurre sin parar a recordar el pasado, ignorando sistemáticamente lo que en el presente existe de superación, atribuyendo al ahora los peores vicios del ayer, los que realmente hubo y los que inventa y explota con absoluta desfachatez. Por eso la “justicia universal” de los Garzones, y de los muy tontos que en ella creen, es perfectamente compatible con la desvergüenza y el cohecho, con las cloacas más indecentes.

De esta clase de políticos decía Ortega que tienden a apagar las luces para que todos los gatos resulten pardos, para que los liberales sean indistinguibles de los fascistas, para que una Monarquía constitucional se confunda con una dictadura, o para que unos supremacistas totalitarios se puedan considerar como agentes activos de la revolución, sencillamente porque todas esas confusiones deliberadas catalizan la tendencia al desastre que siempre amenaza a las sociedades en que existen un mínimo de libertades, unas fracturas y debilidades que constituyen la verdadera esperanza de los totalitarios, la ilusa de los que, entre ellos, son bobos y la criminal de los que aspiran simplemente a ser nuestros tiranos.

Foto: Andrei Lazarev


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8 COMENTARIOS

  1. Creo que si yo fuera González Quirós, me dedicaría a plantar árboles que nunca me darán sombra. Su experiencia puede servir para ayudar a sus alumnos y seguidores a pensar de forma realmente novedosa, y de conjugarse entre ellos y con otros de formas impensables ahora. Esto debería bastar en la senectud, y es una forma más auténtica de apostar por el futuro que dedicarse a analizar el presente desde su largo pasado. Qué bonito sería que alguien, dentro de cuarenta años, renegara de usted y de todos los que piensan como usted porque, gracias a la semilla de desarrollo inimaginable para nosotros que puso en él o ella en forma de duda o malestar, la Civilización hubiese alcanzado argumentos inéditos para salir adelante.

  2. J.L. González Quirós, posee una mente probablemente demasiado mayor como para imaginar soluciones nuevas a los problemas actuales. Seguro que se le daría mejor escribir sobre Historia de siglos pasados. Pero no me extrañaría que andara muy satisfecho de lo que ha escrito hasta ahora y se crea todas las alabanzas que ha recibido por ello. ¡Bien por usted! Pero los problemas de hoy no pueden resolverse desde su mundo, tan antiguo y desfasado como el de los de enfrente. Necesitamos personas capaces de pensar fuera de estos marcos caducos, que se esfuerzan en encajar los nuevos panoramas a base de recortar la realidad hasta que cabe.

  3. “El talento natural, pues, y la poca aprensión son las dos cualidades distintivas de la especie: sin ellas no se da calavera. Un tonto, un timorato del qué dirán, no lo serán jamás. Sería tiempo perdido.” (Larra, “Los calaveras”, artículo primero)

    El retrato de “El totalitario” me recuerda bastante el comienzo del artículo de Larra sobre “los calaveras”. Sí, es claramente ya toda una figura “costumbrista” muy característica del Régimen español del 78, un poco como lo era el “judeo-masón” o “el comunista” en el discurso retórico del franquismo, tanto en su fase temprana como tardía. Dado que nosotros ya nos encontramos en el periodo posmeridiano del Régimen del 78, aproximándonos a marchas forzadas al “Reino de la Medianoche”, momento en que sostener el orinal del Monarca será el mayor privilegio de los Notables del Reino, no podemos obviar la necesidad de evocar aquí esa nueva categoría política de primer orden, pues ella será el epítome del periodo histórico ahora ya concluyente.

    Toda ideología “oficial” segrega su contrafigura especulativa y, entre nosotros, “El totalitario” representa bastante bien esa contrafigura dentro de cierto tipo de discurso, complaciente con sus propios hallazgos, pues todo hombre intelectualmente honesto tarde o temprano debe quedar deslumbrado ante el buen juicio mostrado por Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” y nosotros no queremos negar ni su verdad ni su grandeza.

    Del mismo modo que el franquismo tenía sus “demonios” o “daimones” oficiales, el Régimen que le da secreta continuidad en lo más esencial e íntimo también dispone ya de sus íncubos y súcubos arcaizantes en el frontispicio de su excelso edificio constitucional, pues “El totalitario”, ya honesto padre de familia burgués con hipoteca, casado “comme il faut”, con un trabajo decente (la política profesional, es decir funcionario ideológico del Estado de los oligopolios, la banca y los contratistas, e incluso él mismo hijo de funcionario de rango superior, lo que hace que se parezca a personajes canónicos de la novela rusa del XIX), sólo dice de boquilla cosas totalitarias pero hace en verdad calaveradas para divertir a la ociosa “plebe frumentaria” que, a falta de gladiadores, tiene ante sus ojos asombrados a estos tipos de verbosidad funambulesca que asuntan a las viejecillas con rosario, a los amantes de la tauromaquia y a los pequeños ahorradores de los fondos de inversión que leen “Libertad Digital” y “El Economista”.

    “El totalitario” es un hombre de modales bastos pero de inteligencia casi florentina, no floreciente. No ha leído nada, por lo que resulta especialmente simpático entre muchos españoles, que se identifican con esta negligente manera de ver el mundo no cultivada y con esta adusta manera de vivir a cuenta de lo que sea y como sea, pero siempre manteniéndose fiel a un nativo estado asilvestrado, al que ninguna opresiva acción de la “cultura” podría redimir.

    Tanto en invierno en verano lleva camisa de manga larga remangada en gesto de aproximación a la comunidad prestigiosa de los hombres que visten con desparpajo, muy “sport” y “chic”, aunque de apariencia mediterránea y tradicional. No se le debe subestimar, porque su especie, si bien “no ama a España”, es el verdadero semillero del futuro de esa España desprejuiciada, pues “El totalitario”, ante todo, ama lo que contribuye a amargar la vida del prójimo, de ahí su acendrado “estatalismo”, pues sabe que éste, como creía Borges, al que sin duda tampoco ha leído, es una de las más imaginativas figuras del Infierno en la tierra.

    Se les reconoce por otros muchos signos, uno de los cuales, ciertamente el más siniestro y el que manifiesta indicios diabólicos inequívocos, se encuentra en el hecho demostrado de que tienden a reproducirse en progresión geométrica: un óvulo de “La totalitaria” y un espermatozoide de “El totalitario” dan lugar a un doble embrión y es de sospechar, dado lo satisfactorio que resulta vivir “ab initio” en la placenta estatal española, que tales embriones, una vez llegados a la madurez reproductiva, reproduzcan el modelo de los progenitores a una escala incluso mayor.

    Hay otros “Totalitarios”, pero esos son menos peligrosos, porque ni siquiera saben disimular su iletrada condición y su lugar en la Historia está amortizado incluso antes de que desocupen el despacho, en la próxima mudanza organizada por los dueños de las oficinas.

    Ay, ojalá Dante existiera para poder imaginar un castigo para ellos, quizás se le ocurriría condenarlos a realizar un nuevo trabajo de investigación “original e inédito”… o se les castigará en el rincón lleno de telarañas y bibliografía de un exigente departamento universitario español, con orejas de burro, pasados los 40 años, para irrisión y cotilleo de las señoras de la limpieza.