La ciencia ha venido a ocupar el lugar sagrado que los antiguos reservaron al Oráculo. Allí, una retahíla de reyes y sátrapas se agolpaban a la espera de que la pitonisa, encumbrada por los gases desprendidos de la roca del Parnaso, profetizara sobre sus recelos e iluminara sus vacilaciones. El futuro era un lugar atormentado por una multitud de peligros de los que el hombre ponía su única esperanza en la dignidad de los dioses. La incerteza ante la vida no los amedrentaba más bien constituía en ellos una firmeza en el carácter avalada por el acento heroico y transformador de sus historias. El mundo cambió desde entonces y el hombre fue despegándose de esa ligazón con la divinidad hasta el punto de revestirse a sí mismo de Dios. Por el camino nos hemos hecho acompañar de la ciencia, sin embargo, esta transformación que alcanza en la Ilustración su mayor cisma, ha transformado el modo en que nos relacionamos con ella.

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El juicio de la Iglesia contra Galileo no vino a derribar sus descubrimientos astronómicos como las consecuencias políticas y religiosas que de ellos pudieran desatarse. Y que de hecho se desataron. La autoridad moral fue haciéndose con el tiempo cada vez más accesible hasta acabar en nuestras manos. El nuevo oráculo se encarna en la actualidad en cada uno de los laboratorios científicos que pululan distribuidos por todo el orbe; pero ¿qué efectos tiene sobre nuestra vida? y ¿qué luz arroja todo esto sobre el confinamiento?

Lo políticamente correcto irrumpe representado como el nuevo fiscalizador, como ese complemento necesario que pone luz en el marasmo desordenado de las infinitas opiniones. La regla se nos presenta clara: a mayor libertad, mayor autocensura

La pandemia ha puesto en entredicho las contradicciones de la ciencia y el mundo moderno. La ciencia de hoy aspira a someter a la realidad humana a un ejercicio de razonamiento experimental donde el sentido último de las cosas se subordina a las leyes del aprendizaje. Sin embargo, no basta con descubrir también hay que edificar. La ciencia de hoy se arroga ambos cometidos. Hace de albañil y de arquitecto. Esta actitud que podría celebrarse como una gran reconciliación adelanta augurios totalizantes. Si bien la ciencia ha crecido exponencialmente hacia abajo (rigurosidad) no lo ha hecho con igual celo hacia arriba (sentimiento moral). Su precisión es envidiable pero sigue sin demostrar ninguna habilidad en el arte de la edificación (un obrero erige un muro pero sabe que un muro nunca será un hogar). La ciencia no satisface los asuntos morales, más bien los rebaja a problemas técnicos. No arroja luz sobre la idoneidad del matrimonio o el destino eugenésico de la humanidad. Y ello porque su relación con las cosas ocurre de manera experimental, es decir, en términos de probabilidad y no de certezas. Su virtud radica en rechazar lo eterno de los asuntos humanos. Lo que dignifica a la ciencia como ciencia denigra al hombre como hombre. Todo lo virtuoso en él está ligado a un alcance superior de las cosas mundanas amarradas a una encarnación duradera del tiempo. Por eso mismo la ciencia se enfrasca a la hora de proveer razones para la vida (para qué vivir, para qué morir, para qué sufrir, para qué amar, etcétera), haciéndose convertir en la razón de la misma. Su acento relativo/probabilístico atraviesa todas las dimensiones humanas atemorizando al hombre. Si todo es relativo y permeable a las instancias de nuevos descubrimientos de nada sirve aplicarse con esmero en las esferas de la vida. Esta desgastante lógica arrebata al alma humana de cualquier proyecto sincero con la misma fuerza que una casa se derriba sin el diseño apropiado.

El miedo a morir que los antiguos acallaban con dotes enteras de fe se instala en nosotros en la expresión del miedo a estar vivos. Al no merecer nada nuestro tiempo hacemos del tiempo nuestra única preocupación y extenderlo se convierte en la más absoluta de nuestras prioridades. Es en las sociedades pluralistas contemporáneas donde la liquidación de cualquier moral universal condena al hombre a su propia criatura (la ciencia). Y lo hace aplicando sobre sí mismo dotes enteras de violencia. (i) Por un lado, sacrifica su libertad en virtud de ese destello por prolongar indefinidamente su vida. Para ello se abandona a la figura del hombre protocolo supeditado a la potencia de la técnica por adelantar cualquier alteración física que intuya una posible enfermedad. Así, creyéndose en lo cierto vive aterrado de ser aplastado por su precisión. La medicina preventiva, ejemplo de la intromisión de la ciencia en la sagrada escena de la libertad individual convierte lo probable en posible, haciendo de la incertidumbre un asunto enteramente político. Es precisamente aquí donde se renueva el problema moral de la legitimación social del confinamiento. Aceptando las premisas de la conservación física del cuerpo cualquier razonamiento que lo cuestione vendrá interpretado como una subversión a los fundamentos más elementales de la vida. Y sin embargo, la crisis económica que sobreviene al confinamiento lleva consigo sufrimiento, hambre y muerte. Por tanto, si en la esencia del confinamiento reposa la lucha por la sobrevivencia, ¿cómo es posible que a la humanidad se le haya escapado el resto de peligros que se activan con la extensión de la cuarentena? Parece evidente, a la luz de esta cuestión, que el asunto tendrá que ver con un deseo incontrolable e inconsciente por querernos confinar. Pero, ¿por qué?

Para ello entra en juego (ii) la segunda muestra de violencia que acarrea la torcida intromisión de la ciencia en nuestra sociedad contemporánea. Tomemos un ejemplo a colación. Suele ocurrir que cuando intuimos una reprimenda de nuestra pareja fingimos un dolor extraordinario con tal de escurrir por un tiempo el problema de fondo que nos aterra enfrentar (quizás una ruptura inminente). Esquivamos el verdadero asunto reemplazándolo por otro para no vernos atormentados por una causa que desafía nuestra facultad de acción ¿No nos recuerda esta lógica a la del confinamiento donde a través de una serie de protocolos ocultamos la razón de fondo que nos impide relacionarnos con el virus como el simple virus que realmente es? ¿Qué hay detrás de todo esto? Las consecuencias morales que la ciencia implanta en la sociedad dan nuevo origen a un hombre ausente que se confina con el fin de suspender el tormento que le genera “estar vivo”. La vida no se le presenta en un estado de gracia sino de alerta permanente. Ajeno a todo principio universal de fe se muestra desorientado y subyugado ante la responsabilidad de elegir correctamente en cada caso. Este relativismo moral que encarna en la conciencia humana la lógica del pensamiento científico lo conduce a un escepticismo intelectual (“socratismo”) de fondo. Si la realidad es compleja e indecible sometida a los vaivenes imprevistos de la ciencia ¿quién seré yo, entonces, para defender un argumento hasta sus últimas consecuencias? Esta falta de determinación desentraña el núcleo traumático de la libertad de expresión que en últimas se ve sometida a la autocensura de lo políticamente correcto. Porque puedo expresarme con libertad es precisamente por lo que me abstengo en hacerlo. Lo políticamente correcto irrumpe representado como el nuevo fiscalizador, como ese complemento necesario que pone luz en el marasmo desordenado de las infinitas opiniones. La regla se nos presenta clara: a mayor libertad, mayor autocensura.

Un hombre atemorizado (protocolo) y autocensurado (ausente) es el precio que paga la humanidad por haber colocado a la ciencia en el centro único de todas las dimensiones de la persona. Sus virtudes son nuestros vicios.

Antonini de Jiménez, Doctor en Ciencias Económicas.

Foto: Rohan Makhecha.


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