Hay un fenómeno que me ha inquietado más que cualquier análisis político. No está en el Parlamento ni en los medios. Se localiza en el ámbito más íntimo: en las relaciones.
Siempre he sabido, como todos, que las amistades con un componente profesional tienen límites. No son la amistad pura, desinteresada y absoluta. Se sostienen sobre una colaboración franca, a veces interesada, pero no por ello insana. Exigen tacto. Exigen sutileza. Exigen no forzar situaciones. Si en un asunto espinoso adoptabas una posición demasiado extrema, si colocabas al otro en la disyuntiva forzada, la relación podía resentirse. Era lógico. Había que cuidar los equilibrios.
Durante años funcionó así.
Pero de un tiempo a esta parte he experimentado algo distinto. Ya no es necesario forzar nada. No hace falta exigir lealtades absolutas ni cometer torpezas graves. Las amistades no estallan: se evaporan. Como el humo.
El poder represivo triunfa cuando consigue que el individuo se convierta en el origen de su propio control. No hace falta vigilarlo: él mismo se vigila. No hace falta castigarlo: se castiga de forma preventiva
Cuando eso sucede, el primer reflejo es introspectivo. Repasas mentalmente cada conversación, cada gesto, cada momento de la relación. ¿Fui poco delicado? ¿Exigente? ¿Injusto? ¿Crucé alguna línea sin darme cuenta? Buscas el error. Pero no terminas de encontrarlo.
Ahí empieza el desconcierto. Porque tú no te has movido. Tus principios siguen siendo los mismos. Tus referencias también. No has endurecido el tono ni reclamado adhesiones infantiles. No has colocado a nadie contra la pared. No has tensado la cuerda. Te has mantenido en el mismo sitio.
Lo que no advertiste a tiempo fue que el centro de gravedad se había desplazado.
Las posiciones que antes podían mantenerse sin que chirriaran empezaron a volverse inconvenientes. Luego impopulares. Finalmente, impronunciables. No por motivos más o menos razonados, sino por coste. Hubo un punto crítico en el que pensar de una forma determinada dejó de ser un ejercicio intelectual para convertirse en un deporte de alto riesgo. A partir de ahí, la progresión profesional, la visibilidad pública, incluso la estabilidad relacional, empezaron a depender de la adaptación. Y entonces se produjo el giro.
He visto ateos militantes convertirse en creyentes fervorosos. Liberales declarados mutar en dogmáticos inflexibles. Moderados transformarse en panfletarios apasionados. Socialistas de carnet cambiar de lado mediático a la carrera. No hubo ninguna epifanía. No hubo una iluminación súbita. Simplemente desplazamiento del entorno. Y puesto que sin entorno no somos nada, no existimos profesionalmente, no somos visibles, no contamos y no prosperamos, nos adaptamos por puro pragmatismo. El cambio no es intelectual. Es gravitatorio.
En ese punto, la disyuntiva se vuelve brutal: o te mueves y renuncias a tus posicionamientos, o permaneces donde estás y asumes un coste creciente, desproporcionado, ruinoso. La pregunta que resuena entonces, como una campana sorda y persistente, es inevitable: ¿cómo ha sido posible?
Durante años, muchos ciudadanos, entre los que me incluyo, hemos aprendido a detectar con bastante precisión el funcionamiento clientelar del sistema político español. Sabemos que el poder se concibe como un botín, que los partidos reparten cargos, favores y prebendas, que la Administración se ha convertido en una red de dependencias y colocaciones, y que buena parte del periodismo, la cultura y la intelectualidad orbitan alrededor de ese reparto. Nada de esto resulta ya especialmente llamativo. Al contrario: se ha normalizado hasta convertirse en parte del paisaje.
Sin embargo, hay algo que sigue pasando desapercibido. Algo mucho más profundo, más silencioso y, por eso mismo, más eficaz y corrosivo.
La mayoría de las personas cree haber identificado el problema en las alturas, en los políticos, en los medios, en las élites, pero no alcanza a percibir hasta qué punto ese mismo sistema se ha filtrado abajo, ramificándose e influyendo directamente en su propia manera de pensar, de relacionarse y de juzgar a los demás. El error no está en dar por descontado el clientelismo; está en creer que termina donde ya no somos capaces de detectarlo.
El poder ya no necesita imponerse de forma visible. No requiere censura explícita ni represión abierta. Ha evolucionado a algo mucho más sofisticado: ha externalizado su control, ha delegado en una constelación de actores aparentemente autónomos hasta lograr que los propios ciudadanos hagan el trabajo sin percatarse.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí es novedoso su perfeccionamiento.
Max Weber explicaba que toda forma de dominación estable necesita legitimarse, no solo a través de la fuerza, sino mediante hábitos, creencias y rutinas interiorizadas. El poder más eficaz no es el que se percibe como opresivo, sino el que acaba experimentándose como natural. Cuando las personas actúan conforme a lo que el sistema espera de ellas sin sentirse obligadas, el control ha alcanzado su forma más pura, la más definitiva.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido.
La dinámica clientelar, una vez consolidada en la superestructura, ha encontrado la forma de proyectarse hacia abajo. Ya no se limita a repartir cargos o subvenciones desde la estructura convencional. Se infiltra en fundaciones, asociaciones, plataformas cívicas, colectivos culturales, entornos educativos, comunidades profesionales y toda clase de redes informales. Ya no necesita coordinarse desde un centro único: se propaga mediante recompensas implícitas y costes difusos.
Alexis de Tocqueville advirtió en La democracia en América de un riesgo que hoy nos resulta familiar: el del despotismo blando, una forma de poder que no oprime violentamente, sino que infantiliza, tutela y acostumbra al ciudadano a delegar. Tocqueville temía una sociedad de individuos aislados, replegados sobre sí mismos, que renuncian a la responsabilidad a cambio de seguridad. No podía prever el clientelismo capilar actual, pero sí comprendió la psicología que lo haría posible.
Ese peligro del que Tocqueville advertía ya no procede solo del Estado. Se ha diseminado. La sociedad civil, que en teoría debía actuar como contrapeso a los excesos del poder político, ha terminado por mimetizarlos. Muchas de las organizaciones que se presentan como independientes funcionan, en la práctica, como estructuras clientelares: vigilan, señalan, premian la adhesión y castigan la desviación. No buscan convencer, sino capturar. No aspiran a ampliar el debate, sino a controlarlo.
Pero lo verdaderamente definitivo no está en la propia constelación de organizaciones sino en las hondas de choque que generan y su efecto multiplicador. Está en la distorsión que provocan en quienes orbitan a su alrededor esperando ser seleccionados. Antes de formalizarse la admisión, ya han adaptado su discurso. Que consigan el ansiado salvoconducto es irrelevante. El control ya se ha producido.
Se produce así un cambio crítico. Un salto evolutivo en la cultura de control que originariamente emanaba del Estado. El ciudadano común, que cree observarlo como mero espectador, es en realidad su último eslabón. Sin darse cuenta, ha interiorizado los mismos mecanismos de control y exclusión que operan en las alturas. Los reproduce en su entorno inmediato: en la familia, en el trabajo, en la amistad, en la conversación cotidiana. Cree que está salvaguardando la disidencia. Pero en realidad la está controlando. También para él, la discrepancia deja de ser una diferencia legítima y se convierte en una sospecha moral. El desacuerdo ya no lo tolera; lo interpreta como amenaza y también como traición.
El proceso se parece bastante a lo que Elisabeth Noelle-Neumann describió como la espiral del silencio: las personas callan no porque hayan cambiado de parecer, sino porque perciben que expresar su opinión tiene un coste social. Pero en España hemos ido más lejos. No se exige solo silencio. Callarse también es sospechoso. Hay que gritar con los demás. Corregir, señalar, excluir al que se sale del carril. El silencio ya no vale como recurso defensivo; se vuelve ofensivo.
Michel Foucault pensaba que el poder moderno no actúa principalmente prohibiendo, sino produciendo comportamientos. No dice “no hables”, sino “habla así”. No impide pensar, sino que configura el marco de lo que puede ser pensado. En ese sentido, la llamada policía del pensamiento no necesita comisarías: opera mediante reputaciones, etiquetas, advertencias y vetos informales.
Sin embargo, cuando ese sistema de control se vuelve realmente devastador es cuando se vuelve capilar y, al mismo tiempo, difícil de percibir: en cada entorno, el ciudadano acaba convirtiéndose en vigilante de sí mismo y de los demás. Aprende qué puede decir, cuándo y ante quién. Mide sus palabras. Modula su tono. Selecciona cuidadosamente sus silencios. Y, llegado el caso, participa en la exclusión del otro, convencido de estar defendiendo una causa justa. Aunque en realidad no es exactamente así.
El economista Albert O. Hirschman distinguía entre exit, voice y loyalty (salida, voz y lealtad). Cuando en un entorno social, ya sea en el trabajo o cualquier otro lugar, la voz se penaliza y la salida resulta inviable, solo queda la lealtad forzosa. Eso es lo que empieza a generalizarse en España más allá de los lugares acostumbrados: no es una adhesión entusiasta, sino una lealtad por supervivencia. La pertenencia deja de ser ideológica; se vuelve pragmática.
Este es el hallazgo, el último estadio del control social: el sistema ya no necesita convencer a la mayoría porque la sociedad se ha fragmentado desde su base. Unos y otros se vigilan entre sí, en cualquier escala social, lugar o situación.
El resultado es una sociedad hiper politizada, fragmentada, nerviosa, desconfiada y empobrecida intelectualmente. Una sociedad donde el conflicto se desplaza desde las instituciones hacia las relaciones personales. Donde la lucha por el poder en las alturas se traduce, abajo, en una guerra civil virtual: incruenta, pero corrosiva; silenciosa, pero persistente.
No hay grandes ejércitos, hay infinidad de guerrillas. No hay trincheras físicas, hay vetos. No hay disparos, hay expulsiones. No hay censura oficial, hay miedo a no manifestarse en la dirección oportuna.
Eso es la colonización invisible: el momento en que el poder deja de ser algo que se ejerce sobre la sociedad y pasa a ser algo que la sociedad ejerce sobre sí misma, convencida de estar actuando libremente, por convicción.
El aspecto más inquietante de esta colonización invisible no es ya su eficacia, sino su apariencia de normalidad. No hay un momento fundacional, ni una ley que la inaugure, ni una consigna explícita que la ponga en marcha. Se infiltra lentamente, como se infiltran los hábitos: por repetición, por adaptación, por saturación. Nadie ha votado a favor. Nadie ha decidido que sea así. Simplemente ocurre.
Lo más alarmante es que el ciudadano medio no se siente reprimido. Se siente prudente. No cree estar renunciando a nada esencial, como la dignidad y la honorabilidad; cree estar sorteando problemas. Ajusta su comportamiento no porque alguien se lo ordene, sino porque ha aprendido por observación qué ocurre cuando alguien no lo hace. La pedagogía del castigo rara vez se manifiesta de forma directa. Basta con ver caer a otro para entender la lección. Aquí es donde el sistema alcanza la perfección.
La vigilancia y el control ya no emanan de una autoridad clara y reconocible, sino que se han diseminado. En compañeros de trabajo, en conocidos, en antiguos amigos, en contactos profesionales, incluso en familiares. Personas que no tienen poder formal, pero se convierten en sensores de lo que es aceptable y de lo que no. No hacen falta órdenes: basta con señales. Un comentario inconveniente. Una retirada de apoyo. Una invitación que deja de llegar. Una colaboración que se extingue sin explicación. Una amistad que ya no atiende las llamadas.
Este sistema de control es extraordinariamente eficaz porque no deja huella. No hay expediente, ni sanción, ni notificación. Solo consecuencias. Marginalidad, silencios, olvidos.
Es fundamental señalar que la mayoría de quienes participan en este sistema de control no lo hacen por auténtica convicción, sino por simple mimetismo adaptativo. Aprenden qué funciona y qué no. Ajustan su conducta. Se alinean. No hay convencimiento, solo cálculo. El resultado es una homogeneización progresiva que no responde a ningún consenso real, sino a un consenso forzado mediante la amenaza de exclusión.
El pensamiento verdaderamente disidente no desaparece; sencillamente se recluye. Sobrevive en conversaciones de absoluta confianza, en mensajes cifrados, en ironías entre quienes saben leerlas y se atreven a compartirlas. Se vuelve subterráneo. Y una vez el pensamiento libre se vuelve clandestino, la vida pública se empobrece. Se convierte en mera representación, un juego de supervivencia.
Otro efecto perverso es la selección inversa del talento. En un ecosistema donde la independencia se castiga y la docilidad se recompensa, no prosperan los más lúcidos, sino los más hábiles para adaptarse al sistema. No los más valientes, sino los más cobardes. No los más honestos, sino los más falsos. La mediocridad deja de ser una limitación y se convierte en una ventaja competitiva. Decir poco, decir lo esperado, decirlo en el tono adecuado es la nueva excelencia.
Esto explica por qué tantos espacios que deberían ser críticos (medios, universidades, fundaciones, foros culturales) acaban produciendo un pensamiento sorprendentemente uniforme, previsible y, en el fondo, completamente irrelevante. No es que falte inteligencia. Faltan incentivos para desarrollarla.
En este punto, el ciudadano ya no necesita ser coaccionado. Se corrige por sí mismo. Se anticipa. Antes de hablar, calcula. Antes de opinar, evalúa el entorno y su contexto. Antes de discrepar, mide los costes. La censura ha dejado de ser un mecanismo externo: se ha instalado en su cabeza.
El poder represivo triunfa cuando consigue que el individuo se convierta en el origen de su propio control. No hace falta vigilarlo: él mismo se vigila. No hace falta castigarlo: se castiga de forma preventiva. Esa es la forma más económica, más eficiente y más implacable de dominación.
Este proceso no solo afecta a la esfera pública, también corroe los vínculos más íntimos. Familias donde cada vez más temas de conversación se evitan. Amistades que se quiebran por una simple opinión. Grupos que se fracturan no por discrepancias reales, sino por etiquetas abstractas. El desacuerdo deja de ser una experiencia compartida y se convierte en un muro infranqueable, una frontera moral. El punto y final de cualquier relación.
Poco a poco se va construyendo una sociedad en la que el otro ya no es alguien con quien discrepar, sino alguien del que defenderse. El lenguaje se endurece. Las posiciones se simplifican. La complejidad se percibe como sospechosa, es la equidistancia del traidor. Matizar se vuelve peligroso, porque los matices no sirven a ninguna facción. Son obstáculos. Paradójicamente, cuanto más se ensalza la disidencia, más estrecho se vuelve el margen para disentir.
El resultado no es una sociedad más justa ni más consciente de sus desafíos, sino una sociedad fragmentada, intolerante, vigilante y temerosa, donde la cohesión se desintegra no por grandes conflictos ideológicos, sino por una acumulación de pequeñas coerciones y rendiciones cotidianas. Renuncias que nadie percibe como tales, porque se presentan siempre como prudencia, responsabilidad o inteligencia emocional.
Eso es lo más preocupante de la colonización invisible: que no se vive como opresión, sino como darwinismo social, como una adaptación inteligente al medio. Como una forma razonable de sobrevivir. El problema es que cuando sobrevivir se convierte en el objetivo último, todo lo demás (la verdad, la libertad, la dignidad) pasa a ser despreciado. La sociedad deja de ser libre sin necesidad de perder formalmente ninguna de sus libertades. Se vuelve esclava por simple utilitarismo.
Foto: Nicolas Picard.
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