Buscar la felicidad es como pretender controlar el futuro. En la vida hay demasiados azares, contingencias e imponderables como para que el mejor plan no termine inevitablemente en un sonoro fracaso. Ningún gobierno, aun compuesto por los hombres más sabios, puede sortear este destino; menos aún podrán hacerlo gobiernos integrados por incompetentes. En los lugares más inhóspitos la gente no piensa en la felicidad, y no es porque la supervivencia les ocupe casi todo su tiempo, sino porque es en las sociedades más vulnerables donde la vida se presenta desprovista de todos sus velos. 
Aún así, demasiados intelectuales y políticos parecen empeñados en convencer al público de que la felicidad es un derecho que la democracia puede y debe proporcionarles. Y que si no lo hace es porque ha degenerado en un sistema de opresión contra el que hay que revolverse…
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La cultura de la felicidad y sus consecuencias

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