Numerosos intelectuales difunden la idea de que la democracia liberal es en realidad un sistema de opresión estructural. Otros, sin embargo, apuntan a que si bien no lo sería en su origen, ha terminado por serlo en el presente. Un ejemplo destacado es Raffaele Simone, lingüista y ensayista italiano, que en 2012 publicaba El monstruo amable (Taurus), un breve ensayo —a penas 150 páginas— con el que golpeó las conciencias de los italianos y que rápidamente fue traducido a diferentes idiomas y distribuido en toda Europa.

Simone establece un paralelismo entre el triunfo de una derecha frívola, vacía de ideología, materialista y de «rostro amable», y el declinar de la democracia moderna. Con anterioridad, en la Revista Claves de Razón Práctica (nº236) y bajo el título Cómo fracasan las democracias, esbozaba esta opinión

El primero de esos problemas es la toma de conciencia, a consecuencia de la llegada de la globalización, del neoliberalismo y de las catástrofes económico-financieras que ha generado, por el hecho de que la autonomía política de los Estados esté condicionada por las oligarquías económico-financieras planetarias. Una parte de esas oligarquías están a la vista de todos (los grandes bancos, los grandes grupos de intereses, los conglomerados industriales) y en parte ocultas (las mafias internacionales, los grandes inversores individuales) […] La impresión parece ser que la democracia como régimen y como actitud está acabada, y que se hace necesario algo nuevo y más adecuado a las nuevas condiciones. […] Desconocemos si en política existen ciclos afines a los económicos, pero podría perfectamente darse el caso. Aunque ninguno de nosotros sea capaz de imaginar lo que podría venir después de un ciclo como el que está tocando a su fin.

Lo que vino después, como todos sabemos, fue un lento proceso de recuperación económica. En determinados países esta recuperación fue especialmente complicada y algunos indicadores no volvieron a situarse en las posiciones previas a la Gran recesión. Sobre ese mundo postcrisis, en el que las heridas cicatrizaban con exasperante lentitud, ha caído la pandemia del Coronavirus. Pero ya antes argumentos como los de Raffaele Simone habían calado en una opinión pública dispuesta a asumir que la democracia liberal, en efecto, había devenido en un insidioso sistema de opresión.

El sufrimiento inevitable que supone el hecho de vivir puede pulverizar en cuestión de segundos la idea de que la felicidad es el objetivo natural del individuo

Para Simone, y para muchos otros, la democracia debe ser fiel a una determinada ideología. Es más, debe encarnar esa ideología, no ser unas molestas reglas del juego. Y puesto que esta máxima fue desafiada por el neoliberalismo, la democracia habría entrado en crisis.

Sin embargo, como explicaba Karl Popper, la democracia no se basa en el principio de que debe gobernar la mayoría, menos aún debe entenderse como la encarnación de una determinada ideología. Los diversos métodos igualitarios para el control democrático, como son el sufragio universal y el gobierno representativo, han de ser considerados salvaguardias institucionales contra cualquier tipo de tiranía. Lamentablemente, parece que todo esto lo hemos olvidado.

El mito del neoliberalismo

En cuanto al mito del neoliberalismo al que aludía Simone, resulta bastante cuestionable. Es cierto que, a diferencia de los liberales de la Primera y Segunda Guerra Mundial, los neoliberales emergieron en un momento en el que los defensores de la planificación económica parecían perder impulso y el libre mercado se encontró en un entorno más favorable. Pero este cambio fue resultado de un debilitamiento coyuntural del modelo del Gran gobierno, no un éxito de la teoría o la filosofía liberales. En realidad, los neoliberales fueron incapaces de elaborar una narración profunda y amplia sobre su visión de la sociedad, de hecho, dejaron esa tarea en manos de la izquierda.

Décadas después, cuando el Gran gobierno y la planificación volvieron a ser hegemónicos, y la cultura era patrimonio exclusivo de una izquierda reconvertida en una serie de ideologías particularistas, los intentos por buscar un equilibrio entre Estado y Mercado, y mantener en pie el orden democrático, se tradujeron en el socioliberalismo encarnado por Emmanuel Macron en Francia o por Justin Trudeau en Canadá, y cuyo reclamo eran las llamadas “políticas inclusivas”. Sin embargo, esta maniobra no terminó de cuajar porque carecía también de una narración profunda, su origen estaba en la urgencia de unas élites cuya autoridad se desmoronaba.

Pulsiones violentas

Cuando el terrorismo islamista llevó a cabo en Europa varios atentados consecutivos, los analistas llamaron la atención sobre una característica inquietante: la estructura de comando había sido reemplazada por la figura del “lobo solitario”. El terrorista ya no estaba integrado en una célula ni tenía que demostrar que cumplía determinados preceptos. La disposición para atentar emanaba del resentimiento personal, no de una creencia compartida. No era necesario que el terrorista fuera un individuo religioso, podía ser una persona impía, un delincuente común, un traficante de drogas o un inadaptado de cualquier clase o condición que abrazaba la causa yihadista como quien se apunta a una terapia.

Este nuevo perfil, el del sujeto que se ampara en una causa mayor, pero que en realidad actúa movido por un odio particular, revelaba la emergencia de una nueva amenaza: la liberación de una violencia arbitraria que podía proyectarse en el terrorismo yihadista, pero también mediante cualquier otra forma alternativa.

Si observamos los episodios de extrema violencia de Chile, y más recientemente los acaecidos en los Estados Unidos, a primera vista apreciaremos particularidades y finalidades distintas. En Chile, la violencia tendría como objetivo la imposición de un proceso constituyente con el que alumbrar una nueva constitución basada en la “justicia social”; y en los Estados Unidos, la erradicación de un supuesto racismo institucionalizado. Sin embargo, en ambos sucesos resuena el mismo argumento: la opresión estructural, aunque se exprese a través de problemáticas distintas. Pero sobre todo despunta una violencia gratuita que nace de la crisis existencial de numerosos individuos.

La trampa

Hace no mucho participé en una discusión sobre la búsqueda de la felicidad. Este tema siempre me ha inquietado porque en nuestro tiempo la búsqueda de la felicidad se ha vuelto una obsesión muy extendida, y sospecho que la manera más infalible de ser un infeliz es buscar la felicidad a toda costa.

A este respecto, Jordan B. Peterson, que ha criticado la idea de que la felicidad sea el verdadero objetivo de la vida, citaba a Alexandr Solzhenitsyn, que escribió en una ocasión que la lamentable ideología que sostiene que los seres humanos son creados para ser felices se derrumba con el primer golpe de garrote del capataz, y añadía a continuación que, durante una crisis, el sufrimiento inevitable que supone el hecho de vivir puede pulverizar en cuestión de segundos la idea de que la felicidad es el objetivo natural del individuo.

Buscar la felicidad es pretender controlar el futuro. Pero en la vida hay demasiados azares, contingencias e imponderables como para que el mejor plan no termine inevitablemente en un sonoro fracaso. Ningún gobierno, aun compuesto por los hombres más sabios, puede sortear este destino; menos aún podrán hacerlo gobiernos integrados por los menos aptos. En los lugares más inhóspitos la gente no piensa en la felicidad, y no es sólo porque la supervivencia les ocupe casi todo su tiempo, sino sobre todo porque es en las sociedades más vulnerables donde la vida se presenta desprovista de todos sus velos.

Aún así, demasiados ideólogos y políticos parecen empeñados en convencer al público de que la felicidad es un derecho que la democracia puede y debe proporcionarles. Y que si no lo hace es porque ha degenerado en un sistema de opresión contra el que hay que revolverse. Pero lo cierto es que las personas necesitan algún tipo de significado más profundo, y este significado sólo se alcanza mediante el desarrollo personal, afrontando el sufrimiento y las contrariedades. Si a las personas se les priva de esta experiencia, su respuesta ante la adversidad no será la superación sino la ira.

Foto: Amber Kipp