El festival internacional de cine de Toronto, uno de los más importantes del mundo, lleva años contribuyendo ampliamente a la difusión de los nuevos dogmas del progresismo globalista y la llamada ideología woke. Su programación responde en buena medida a las demandas políticas de la nueva izquierda. Este año avanza un paso más en la consagración del identitarismo en el mundo del cine. Si los premios Óscar de Hollywood han considerado que ciertas minorías e identidades sexuales estaban infrarrepresentados en sus nominaciones, los propios festivales de cine hacen lo propio estableciendo premios y cuotas en sus programaciones que garanticen una “representación más paritaria “de las nuevas identidades. La novedad del TIFF (Toronto international film festival) de este año, que me temo no tardarán en imitar multitud de festivales de cine en todo el mundo, consiste en aplicar dichas cuotas a la propia representación de la prensa que cubre dichos festivales.  La edición de este año ya ha determinado que el porcentaje de periodistas y críticos de cine que son heterosexuales, blancos y que escriben para medios convencionales no refleja la paridad exigida por los dogmas de la ideología woke. La consecuencia que se deriva de ello es que dicho festival impone en la concesión de acreditaciones de prensa unas cuotas reservadas a identidades no binarias (asexuales, pansexuales, géneros no binarios, …).

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Esta medida, junto a otras que se están implementado en la industria cultural, llevan aparejada el triunfo de lo que se conoce como eticismo en el arte. La idea de que el arte para ser tal debe acomodarse a ciertas exigencias morales imperantes en la sociedad. En este caso es algo mucho peor, ya buena parte de los postulados morales que defiende la ideología identitarista woke no sólo no son aceptados por buena parte de la sociedad, sino que parecen contrarios al sentido común de la mayoría de las personas. La condición sexual de alguien o cómo se sienta es algo irrelevante a la hora de determinar el estatuto artístico de lo que hace. Alguien no es mejor ni peor director de cine, actor, escultor o guionista por tener una determinada preferencia sexual o por considerar las leyes de la biología una forma de fascismo encubierto, como defiende la ideología woke.

No hace falta ser especialmente conspiranoico para ver que dicha agenda transluce una clara demofobia. El demos debe ser reeducado en sus hábitos de consumo y en su manera de relacionarse con el planeta

La imposición de la llamada cultura de la cancelación a directores, actores, artistas y literatos que no comulgan con ciertas maneras de pensar es una nueva forma de macartismo que establece verdaderos tribunales de honor que condenan a la muerte civil a aquellos señalados por esta nueva forma de inquisición identitaria. Esto es incluso peor que la propia inquisición, ya que no existen procedimientos formalizados de acusación, ni posibilidad alguna de defensa: el que es señalado como culpable, lo es sin posibilidad alguna de defensa.

Victor Davis Hanson señala como los Estados Unidos están convirtiéndose en el primer país que experimenta la transformación de una república en una forma de dictadura silenciosa similar a aquella a la que se refiriera Aldous Huxley en Un mundo feliz. Una forma de dictadura que perfecciona el grado de sometimiento de la población y que deja a la dictadura soviética en una forma muy imperfecta de dominación. La nueva dictadura conserva una apariencia democrática donde el pluralismo no sólo no existe, sino que es considerado una patología social. Una sociedad plural es una sociedad enferma. Para la ideología woke el pluralismo liberal con su régimen de libre opinión es un pluralismo meramente nominal pues en el subyace una forma de dominación (blanca, heterosexual, eurocéntrica…) que convierte en meramente retórica la diversidad. En cambio, la ideología woke defiende un pluralismo sustancial y no meramente nominal. Este pluralismo sustancial se consigue paradójicamente mediante la instauración del discurso único

En esta nueva forma de totalitarismo silencioso existe una ideología cuya adhesión es obligatoria para poder acceder al espacio público. Es virtualmente imposible acceder a instituciones académicas o a puestos en la administración americana sin verse compelido a tener que aceptar dicha cosmovisión del mundo, so pena de sufrir algún tipo de sanción.  La expulsión el pasado mes de marzo del estudiante Owens Stevens por cuestionar ciertos dogmas de la llamada inclusividad (que el sexo es convencionalmente determinado) es un buen ejemplo de esto.

Otra forma de instalar esta dictadura silenciosa consiste en acabar con el pluralismo informativo. Todos los medios de comunicación responden al mismo esquema informativo. Deja de existir la libre opinión en los medios y las líneas editoriales se unifican. Los informativos se limitan a trasmitir una visión de la realidad acorde a los postulados de la ideología

La tercera nota consiste en la instauración de la cultura de la delación. Esta presupone una distinción de base entre buenos y malos ciudadanos. Los primeros son aquellos que satisfacen los requerimientos ideológicos del poder. Los segundos son aquellos que manifiestan algún tipo de desviación en sus conductas o ideas, o que sencillamente no manifiestan públicamente su adhesión a la ideología dominante. La reciente crisis sanitaria que ha explotado los sentimientos de vulnerabilidad y desprotección de la humanidad ha servido como un buen laboratorio de lo que está por venir. Como pone de manifiesto Hanson para el Departamento de defensa de los Estados Unidos la mayor amenaza para la seguridad del país no proviene de China, Irán o de Rusia, sino que proviene de aquellos sectores del país que no profesan los dogmas de la ideología woke

Otra característica es el miedo a la democracia, la rehabilitación del viejo mito platónico de la democracia como un sistema anárquico e imprevisible. El demos es ignorante, vota mal. No es conveniente dejar que éste decida sobre cuestiones de gran calado. La tecnocracia va ganando peso y los estados nacionales se tornan irrelevantes cuando lo que está en juego es la propia sostenibilidad del planeta. La crisis climática exige nuevos mecanismos de gobernanza que las élites mundiales exponen en su famosa agenda 2030. No hace falta ser especialmente conspiranoico para ver que dicha agenda transluce una clara demofobia. El demos debe ser reeducado en sus hábitos de consumo y en su manera de relacionarse con el planeta. Resulta curioso que buena parte de la izquierda, que ha hecho de la recuperación del mito democrático (por ejemplo, Rancière) uno de sus grandes arietes contra el liberalismo, mantenga una actitud tan complaciente ante los propósitos tecnocráticos de las élites globalistas. Sólo algunos autores como Michel Onfray han puesto de manifiesto el carácter contradictorio del posicionamiento de la izquierda frente al nuevo globalismo.

Por último, la denigración de la libertad individual y la recuperación de la idea hegeliana de que la verdadera libertad es una conquista colectiva en la historia que se realiza cuando hay una superación de visiones parciales, singulares e imperfectas de la misma.

Foto: Viv Lynch.


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3 COMENTARIOS

  1. Estoy un poco cansado de leer el mismo artículo una y otra vez desde perspectivas distintas. No por ser absolutamente verdad, que lo es podemos seguir esta senda de «bucle melancólico» y pesimismo elitista, esto no conduce a ningún cambio, no da, no sólo soluciones, ni siquiera propone alternativas.

    El ente al que nos enfrentamos los que aspiramos a ser libres y dignos es enorme y está integrado en lo profundo de muchos seres humanos, incluso los que estamos en contra tenemos algún residuo. Pero este ente creo que puede ser derrotado, al menos en parte y aquí (bueno ya lo comenté en el foro de Vozpopuli) puede parecer pretencioso, voy con un principio de alternativa.
    El aislamiento, la separación de zonas de libertad, a veces creo necesaria la ruptura de España, al menos de momento. La actual situación española o la americana hace imposible y lo hará aún más con la nacionalización de más inmigrantes, de poder vivir como una parte importante de la población española, la más productiva, la más preparada, la más madura y la que se siente más propiamnte española, quiere vivir.

    La democracia actual, sin contar los posibles fraudes, no es nada más que una coartada «fraudulenta», con desigualdad de medios, para perpetuar a través de una mayoría «aleccionada» para impedir cualquier cambio.

  2. No está mal lo de «demofobia».

    Toronto era, desde hace al menos hace tres décadas, una ciudad que alardeaba de ser la más multicultural, la más multirracial, la más cosmopolita del globo. Ahora alardea, a través del festival de cine, de ser de lo mas intolerante, de lo más antidemocrático, de lo más pijo caprichoso, de lo más asfixiante.

    Todos los medios, el cine, las series, los periodistas… se han empeñado en conducir el rebaño humano por los senderos del retorno a los cultos precristianos con demasiadas diosas sanguinarias y temibles.

    • Estoy un poco cansado de leer el mismo artículo una y otra vez desde perspectivas distintas. No por ser absolutamente verdad, que lo es podemos seguir esta senda de «bucle melancólico» y pesimismo elitista, esto no conduce a ningún cambio, no da, no sólo soluciones, ni siquiera propone alternativas.

      El ente al que nos enfrentamos los que aspiramos a ser libres y dignos es enorme y está integrado en lo profundo de muchos seres humanos, incluso los que estamos en contra tenemos algún residuo. Pero este ente creo que puede ser derrotado, al menos en parte y aquí (bueno ya lo comenté en el foro de Vozpopuli) puede parecer pretencioso, voy con un principio de alternativa.
      El aislamiento, la separación de zonas de libertad, a veces creo necesaria la ruptura de España, al menos de momento. La actual situación española o la americana hace imposible y lo hará aún más con la nacionalización de más inmigrantes, de poder vivir como una parte importante de la población española, la más productiva, la más preparada, la más madura y la que se siente más propiamnte española, quiere vivir.

      La democracia actual, sin contar los posibles fraudes, no es nada más que una coartada «fraudulenta», con desigualdad de medios, para perpetuar a través de una mayoría «aleccionada» para impedir cualquier cambio.