Cuando se pone todo el empeño del mundo por desterrar a Dios de las calles y postrarlo a un rincón del dormitorio acontece la catástrofe: los principios de vida revierten en valores de convivencia. Del para qué vivir la sociedad se revuelca en el cómo hacerse respetar. Y es en esta transición desde donde se cocinan todos los escollos e infortunios en los que nos vemos hoy día tan contrariados: desde un extremo saluda la diversidad (cultura Woke), desde el otro agita sus indomables brazos la uniformidad (lo políticamente correcto).

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La fiesta y el garrote (el anverso y el reverso de un mismo fenómeno); el estremecimiento de vivir apartados de Dios, y aferrados a lo que el mundo nos ofrece, se parece a celebrar un festival de la libertad entre rejas. Y es lógico que así nos lo parezca, pues sacado Dios de la ecuación, lo hace también la claridad, la luz, la guía, para ocupar su lugar la vacilación, las corazonadas, las tinieblas; y entonces, se esfuma la posibilidad de extraer una manera clara de conducimos a lo correcto, de si vivimos una buena vida o una vida buena; y a tenor de esa situación menos si cabe las buenas costumbres podrán ajustar el porvenir, la educación como un globo con empacho de aire estalla en mil pedazos y la idea del progreso moral desaparece de las mentes.

Nunca se ha creído tan lejos (la libertad) algo que se tiene tan a la mano. Uno tiene libertad de expresión, pero no se expresa, se indigna; de opinión, pero no opina, vocifera

Mientras tanto, el respeto se abre paso a codazos y se hace dueño de la situación, y del corazón del pueblo. Para coronarse se sirve de su hermana, la tolerancia y juntos consiguen aplastar cualquier reducto disidente de virtudes. Tolerancia, respeto, nunca algo tan vacío ha podido parecer tan lleno. Contra los que creen que es la más excelsa conquista humana les digo, en confianza, que no es más que la confusión llevada a sus últimas consecuencias pues apostar por la concordia es hacerlo por la violencia, la censura y el odio así te choque. Hablamos de violencia que suscita la llamada diversidad cultural (multiculturalismo) al basar la cultura en el respeto irrestricto a cualquier cosa que se haga llamar a sí mismo cultura, sea lo que sea.

El problema está en que este ideal de concordia aguanta el tiempo de ponerlo en marcha, porque: ¿qué ocurre en el momento en que dos maneras de expresión cultural entran en colisión? Pues una de dos; si la nuestra no está implicada fingimos un absoluto respeto. Si entra en lucha con la nuestra, ejecutamos un afilado cinismo dándonos en tolerar su cultura a condición de que no se manifieste. Esta falsedad ha sido instruida en el alma de los europeos a raíz de las dificultades que se abrieron en los procesos de integración con la cultura islámica. A la violencia se le arrima la cobardía y pone en marcha la autocensura.

Te explico cómo sucede. Ahora que la manera de vivir ha quedado ligada a la manera de sentir (my way), no todo el mundo estará en condiciones de levantar principios en su vida y mucho menos los regirá con obstinación y firmeza. Uno se deja enganchar, seducir, confundir por distintas fórmulas que se le cruzan por el camino. La pereza, finalmente, termina haciendo de las suyas, y el ánimo de nuestro amigo por ser auténtico se va al traste o acaba por diluirse afiliándose a un colectivo pro-derechos humanos o a una causa global (savetheplanet). ¿Te imaginas dejar al mando a tus sentimientos cuya fuerza tan volátil y frágil debe empeñarse en asuntos tan serios y obstinados como son las respuestas al qué, al cómo y al para qué vivir? Tarea inimaginable cuando uno no abre de buena gana su voluntad a la del rebaño, cuando le ha declarado la guerra a la voluntad del Señor.

Y es que el hombre de ayer, de hoy, y de mañana se levanta ante el mismo dilema: ¿siervo de Dios o esclavo del mundo? No hay nada otra cosa bajo las alfombras; porque siervo de uno mismo, que sería la tercera opción, es ser siervo del rebaño a escondidas; ¿o todavía crees que la mascota que te acompaña es por tu propia decisión; que las dosis de vacunas que te dejaste suministrar recibieron el visto bueno de tu discurrir o que tu ridícula preocupación por el cambio climático no ha bebido de los noticieros y de la propaganda? Toma esta paradoja y medita un rato en ella: en las sociedades secularizadas encumbradas por el empuje de la tolerancia nadie manda, pero todo el mundo obedece.

Nunca se ha creído tan lejos (la libertad) algo que se tiene tan a la mano. Uno tiene libertad de expresión, pero no se expresa, se indigna; de opinión, pero no opina, vocifera; la indecencia va calando, y la ceguera se dilata a tal punto, que por miedo a contrariar al rebaño si se afirma a sí mismo se las ingenia para creer que el mundo está en sintonía con su voluntad cuando es su voluntad la que se ha subordinado al mundo. ¡Dictadura más perfecta no cabe! Allá donde los propios esclavos se custodian entre sí. Y si la violencia y la censura son dos manifestaciones de la tolerancia, el odio revela la tercera en discordia. Es normal que así sea cuando el amor se ha hecho incompatible entre dos que miran a su ombligo para saber cómo mirarse a la cara.

¿Qué puedo amar de mi semejante si nuestros caminos no se cruzan? La proximidad de mi prójimo me podrá servir a duras penas de compañía, de paño de lágrimas, de consuelo, pero no será razón para abrirme a un destino más grande para los dos. Y ante un proyecto tan empequeñecido no te hace falta tener al lado a alguien al que “aguantar”; te será mucho más resolutivo si te haces acompañar de un perro. Y para no poner en evidencia que compartes tu vida con un animal lo llamarás Roberto, lo cubrirás con una rebequita, y le celebrarás sus aniversarios. Llegados a este punto de consternación, ¿quién le podría decir a nuestro querido Voltaire que su sociedad de la tolerancia en lugar de traer paz a los pueblos iba a traer piojos y garrapatas a las casas?

Foto: Engin Akyurt.

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Antonini de Jiménez
Soy Doctor en Economía, pero antes tuve que hacer una maestría en Political Economy en la London School of Economics (LSE) por invitación obligada de mi amado padre. Autodidacta, trotamundos empedernido. He dado clases en la Pannasastra University of Cambodia, Royal University of Laws and Economics, El Colegio de la Frontera Norte de México, o la Universidad Católica de Pereira donde actualmente ejerzo como docente-investigador. Escribo artículos científicos que nadie lee pero que las universidades se congratulan. Quiero conocer el mundo corroborando lo que leo con lo que experimento. Por eso he renunciado a todo lo que no sea aprender en mayúsculas. A veces juego al ajedrez, y siempre me acuesto después del ocaso y antes del alba.