En el año 1988 la Conferencia Episcopal cambió el texto del Padre Nuestro para adaptarlo a la versión iberoamericana. En este nuevo modelo nuestros deudores pasaron a ser “los que nos ofenden”. Decir que la Iglesia es una adelantada a su tiempo puede causar sonrojo, pero lo cierto es que puso a los católicos en la senda de lo que debía ser su actitud ante el cercano advenimiento de las redes sociales.

En los últimos tiempos la ofensa ha asumido un protagonismo sin precedentes en nuestra vida social. Basta transitar por las distintas redes sociales, especialmente Twitter, para comprobar el nivel de tensión existente. Es más, esta circunstancia se ha incardinado en nuestra vida diaria de tal manera que ha tenido su respaldo en la Justicia con la incorporación de delitos nuevos que vienen a proteger al ofendido.

Todos hemos hecho saber a nuestro interlocutor en alguna ocasión que nos estaba ofendiendo. El proceso que seguimos para catalogar la actitud del otro como ofensiva es siempre el mismo y fue puntualmente descrito por el psicólogo alemán Wolfgang Zander en 1976:

  1. La persona ofendida identifica un posible agravio y trata de interpretarlo.
  2. Evalúa la intensidad de la ofensa.
  3. Reacciona de alguna manera ante la ofensa proferida.

Sin embargo, si bien el proceso parece ser universal e inherente a la condición social del ser humano, no todos reaccionamos ante la misma cantidad de ofensas ni con la misma intensidad. Es decir, hay un elemento personal que filtra la actitud del otro y la convierte o no en ofensa.

Detrás de la ofensa, a diferencia del insulto, no siempre hay una intencionalidad, puede ser, por ejemplo, un exceso de asertividad. Es normal que a un “me estás ofendiendo” le siga un “lo siento, no era mi intención”. En el otro caso, el insulto, sí hay ese afán de herir.

Ofenderse es el precio que pagamos hoy por la diversidad, por compartir un espacio expresivo con individuos de toda laya. Se trata de escenarios donde tiene cabida todo el espectro ideológico posible que desfila ante nuestros ojos

Hay un método muy sencillo para saber dónde hay insulto y donde solo torpeza que ofende: “¿Me lo puedes repetir?”. El insultante siempre repetirá su agravio porque busca hacer daño. El ofensor puede haber tenido la mala suerte de toparse con alguien sensible o de haber demostrado contar con poca inteligencia social, pero no necesariamente intención de lastimar emociones.

Los hombres y las mujeres no nos ofendemos igual. Los investigadores de la universidad de Roma Poggi y D’Errico concluyeron en 2018 que los primeros, los hombres, motivamos nuestro malestar con enfado y soberbia. Ligamos la afrenta con el honor mancillado. Por su parte, las mujeres, según estos autores, reaccionan desde el interior, mostrando más tristeza que enfado, sobre todo cuando les tocan la familia. Ellas son mucho más sensibles a las provocaciones sobre el clan que los hombres.

Resulta llamativo que estos mismos autores encontraran cierto aquel aforismo que nos contaban de pequeños: “No ofende quien quiere sino quien puede”. Efectivamente, Dov Cohen de la Universidad de Illinois y su equipo comprobaron que ante las opiniones de aquellos individuos en los que reconocemos un rol destacado, jefes, padres, hermanos mayores, por ejemplo, mostramos más sensibilidad que ante la misma apreciación proveniente de un “igual”.

La ofensa ataca la línea de flotación de las creencias personales. Tiene que ver con el autoconcepto del zaherido, con sus ideas, con los sentimientos hacia sí mismo. Un comentario ofensivo pone en duda las propias convicciones. En la medida que esas creencias son más sólidas, será más difícil que la ofensa tenga lugar. Por el contrario, individuos más inseguros, menos íntegros, se verán amenazados y lo harán saber.

Las redes sociales han bautizado a esas personas de piel fina con el eufemismo de “ofendiditos”. Este grupo virtual muestra una elevada sensibilidad ante los comentarios ajenos. Una gran mayoría de las opiniones que leen superan todos los filtros de Wolfang Zander y entran en la etapa de reaccionar, de hacer explícito su malestar.

No se puede concluir que ahora la sociedad, en general, sea menos permisiva con las ofensas ya que muchas de estas situaciones indeseadas se dan por tres razones tan novedosas como palmarias:

  1. Hay un mayor número de interacciones sociales y, por lo tanto, más probabilidad de dar con un mensaje ofensivo.
  2. Existe una mayor exposición pública, de tal manera que la ofensa trasciende lo personal y se globaliza.
  3. El anonimato que ofrecen las redes sociales envalentona al contestatario y lo lleva a responder, lo que probablemente no siempre haría en la vida real.

El ofendido tiene un nivel de arousal elevado. Es un individuo en guardia, pendiente de que llegue el improperio, o al menos lo que él considera como tal. De ahí que en algunos casos la respuesta es producto del denominado sesgo de confirmación, ya sabe, ese útil asidero que nos da la razón y reafirma nuestras creencias.

Ofenderse es el precio que pagamos hoy por la diversidad, por compartir un espacio expresivo con individuos de toda laya. Se trata de escenarios donde tiene cabida todo el espectro ideológico posible que desfila ante nuestros ojos. Las redes sociales nos muestran partes de un mundo que sabíamos que existía, pero no cómo se manifestaba. El católico reconocerá al ateo agitador, el homófobo a la lesbiana, el republicano al monárquico. Las redes sociales son un oxímoron de pares enfrentados y allí, para su sorpresa, estará más cerca que nunca de alguien que no piensa como usted.

En mi libro “Actitud Digital” dedico un capítulo a la gestión de las emociones en la era digital que engroso con una sección que he denominado “responder o reaccionar”. Este es el elemento fundamental que distingue a los “fácilmente ofendibles” del resto de usuarios: la manera en la que cada uno hace patente su contrariedad. “Si no eres capaz de discutir lo que te separa, no serás capaz de conocer lo que te une”, añado. El ofendido elige reaccionar, adopta una postura que es producto de su sistema límbico, de su amígdala. Este asalta la opinión del otro desde el cerebro reptiliano, ese que nos prepara para sobrevivir. Por su parte, el que elige responder y no reaccionar hace primero un análisis del mensaje y sí, se enfrenta a su autor, pero lo hace con los argumentos que le aporta el córtex prefrontal, ese que ha llevado al ser humano al nivel de evolución actual.

Reaccionar y no responder, además, conlleva una triple factura:

  1. Dispara el sistema nervioso simpático: aceleración del ritmo cardiaco, aumento de la presión arterial, dilatación de las pupilas, sudoración, etc. Le prepara para la batalla.
  2. Deteriora las relaciones personales. Crea un clima de hostilidad entre dos personas que marcará el resto de su relación. Todo lo que venga en el futuro del otro será rechazado: sesgo de confirmación de nuevo.
  3. Le aleja del objetivo de hacer valer su opinión. Lo que queda es una trifulca donde los argumentos dejan de importar.

Elegir responder en lugar de reaccionar tiene mucho que ver con el nivel de tolerancia y con el reconocimiento de la individualidad ajena. En algunos centros escolares se han implantado los debates para formar a los menores en el uso de la dialéctica como instrumento para mostrar oposición. En aras de seguir elevando las cotas de urbanidad resulta imperativo educar desde la infancia en ofrecer una respuesta constructiva ante la ofensa, la que erige puentes, no la que los quema.

Ofenderse es una consecuencia de nuestro progresivo proceso de socialización y, sobre todo, del desarrollo de la conciencia, del relato interior que tras pasar el tamiz de los prejuicios, deseos y frustraciones se constituye en nuestra moral, en el manual de referencia de lo que somos o creemos ser. Cualquier opinión externa que cuestione nuestra integridad esencial será oportunamente fagocitada por los leucocitos que son nuestras creencias. Es decisión de cada uno elegir el modo y la intensidad de la respuesta.

Foto: Sebastiaan Stam


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Antonio Pamos
Entré en el mundo de la Psicología por vocación y después de 25 años puedo confirmar que ha sido, junto a mis cuatro hijos, una de mis principales fuentes de satisfacción. He deambulado por todos sus recovecos, desde la psicoterapia hasta los recursos humanos, desde la investigación científica hasta la docencia, desde la operativa hasta la gestión. Soy doctor cum laude, pertenezco a la junta directiva de la Sociedad Española de Psicología (SEP), al consejo asesor de la Asociación Internacional de Capital Humano (DCH) y soy profesor en la Universidad Camilo José Cela. Nunca desfallezco.

1 COMENTARIO

  1. La sociedad últimamente tiene la piel demasiado fina para cosas que si se analizan con coherencia no dejan de ser verdaderas estupideces y después aguanta carros y carretas en otras que nos están llevando precisamente a la pérdida de una serie de valores que nos hacen fuerte como pueblos, nos estamos volviendo todos unos ofendiditis y no somos conscientes de tantísimos comportamientos antisociales que nos rodean y que están haciendo un verdadero daño a la sociedad occidental

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