La mayoría de las personas sospecha, con razón, que el enemigo principal que tiene la verdad es el interés, y, claro está, es muy raro encontrar conductas desinteresadas. Es decir que es bastante poco común arriesgarse a decir verdades que no sean interesantes, cosas molestas. Mucha gente saca la falsa conclusión de que eso supone que la industria y el comercio están reñidas con el respeto a la verdad y que, por el contrario, las personas con ideales sublimes, las almas bellas, los que siempre exhiben sentimientos puros y manifiestan intenciones sin tacha, son los únicos que merecen atención y respeto. Se trata de una imagen muy simplificada, pero conserva algo de valor mezclado con mucha ingenuidad y poca reflexión.

Se dice, por ejemplo, que está mal hacer negocio con la salud, y apenas nadie se atrevería a discutir semejante idea, pero si se piensa en las invenciones de la farmacología que han salvado tantas vidas, esa vacuna que ahora la gente pide como si tuviera derecho a  esperar un milagro que tal vez no llegue o se retrase demasiado, entonces la idea parece menos evidente porque casi nadie espera que esas invenciones lleguen de la mano de personas dedicadas a contar nubes y a decir verdades huecas y pretenciosas. Es una verdad bastante reconocible que los grandes dispensadores de vaguedades metafísicas nunca han descubierto ninguna penicilina.

Mientras más nos entretengamos con aplausos, repuntes, aplanamientos y guerras diversas de cifras (propiciadas por el caos estratégico de las administraciones) más tardaremos en poder describir con claridad las dimensiones reales de las causas que han hecho que los españoles estemos en cabeza de los más deshonrosos índices del mundo, el de fallecidos por habitante y el de fallecidos por ingreso hospitalario

Pedro Sánchez ha comparado muchas veces la pandemia que padecemos con una guerra y se ha imaginado a sí mismo como el líder valiente y decidido capaz de llevarnos a la victoria. ¿Hay algo de verdad en esa metáfora bastante hueca? Casi nada. En la guerra se manda a la muerte a mucha gente, ahora tratamos de evitarla. En la guerra, la violencia es un medio inexcusable, ahora solo puede salvarnos una inteligencia exigente y hasta despiadada. Y cuando algunos aludimos al interés que tiene Sánchez en imaginarse en un escenario épico, siempre hay un coro que recuerda que no seguir al líder en caso de contienda es traición, es decir que la metáfora huera les sirve para pedir silencio y sumisión, o sea que Sánchez quiere cosechar votos con una épica confundente.

El COVID-19 es una realidad tan desasosegante que es comprensible el deseo de muchos en disimular su verdadero carácter, en inventar historias que nos alivien de la desgracia, y de ahí tanto aplauso y optimismo guerrero y tanta ocultación. Pero que las epidemias requieren transparencia lo dice hasta la OMS, aunque lleve tiempo dando tumbos. Pero además de los intereses bastardos de la mera propaganda, tan abundante que parece más cantinflesca que churchilliana, la transparencia frente a la pandemia tropieza con enormes dificultades, en parte porque ignoramos mucho de lo que es esencial para entender lo que pasa, pero sobre todo porque estamos ante un sistemático ocultamiento de los perfiles reales del drama que intuimos y padecemos, algo que solo se hará patente, y no sin esfuerzo, cuando se lleguen a conocer, si es que lo logramos en un plazo razonable, las consecuencias reales de la pandemia y de los medios primitivos, improvisados y de dudosa eficacia, con los que se ha estado abordando en muchas partes, en España desde luego.

Volveré a la metáfora de la guerra, una realidad en la que se considera razonable que unos pocos (los más jóvenes) padezcan y mueran para la salvación de todos, mientras que ahora he producido auténtico escándalo la mera idea de que el único verdadero remedio esté en lo que se conoce como herd immunity o inmunidad de rebaño, el hecho bien conocido de que solo cuando existe un porcentaje muy alto de supervivientes inmunizados pueden sentirse bastante tranquilos los que no han sido infectados. Boris Johnson se atrevió a insinuar algo en esa línea y fue de inmediato arrollado por una fortísima avenida de pensamiento humanitario, ese tipo de buena conciencia que permite llamar criminal a quien insinúa algo tan alejado del deseo universal, de la esperanza barata en que no pase nada.

Con idénticas razones, bellos sentimientos más bien, se descalifica a los que se atreven a poner en duda la eficacia diferencial entre un confinamiento que bordea la legalidad y que pone el cuidado de la vida en manos de administraciones que no han sabido ser responsables y eficaces en una prevención que sí podría haber evitado un buen número de desgracias, y medidas menos invasivas e irrespetuosas, puestas en práctica con cierto éxito en otros lugares, porque se considera criminal balancear la vida con la economía, mientras que lo que con ello se condena es la capacidad de pensar en forma racional, el ejercicio de estimar el monto de los daños que causará una interrupción de la vida económica que sin duda tendrá unos efectos exponenciales (y también en la salud), para compararlo con los supuestos beneficios del famoso aplastamiento de la curva, forma suave y peluda que han encontrado nuestros políticos cuentistas (los que se dedican al relato) para evitar que se noten demasiado los miles de muertos que la soportan.

Es bastante indiscutible que, desde el inicio, no ha existido una unanimidad suficiente entre las autoridades sanitarias de distintos países, lo que, a su vez, refleja la pluralidad de puntos de vista de los distintos especialistas con cierta autoridad para opinar sobre el caso y su dificultad intrínseca, pues estamos ante un virus del que todavía ignoramos cosas muy básicas, entre otras, los muy plurales procesos de los que se vale para acabar matando, cuando lo consigue. Es comprensible que esto suceda cuando se ha presentado una amenaza natural bastante nueva y respecto a la cual escasean las certezas, por razones obvias, puesto que cualquier medicina tiene una base y un límite empírico (en el mejor de los casos), y la predicción del futuro contingente no se encuentra entre las capacidades humanas corrientes. Esas lagunas del conocimiento están sirviendo para mentir más con riesgos menores.

Nos rebelaríamos de forma unánime si, en un improbable ataque de decencia, los políticos reconocieran que nos están ocultando todo lo que pueden, pero nos resignamos a repetir los tópicos del día y a condenar sin piedad a los que discrepan porque el miedo que nos produce la amenaza nos prepara para soportar con estoicismo el castigo que se nos impone, con razón o sin ella, que cabe discutirlo. En consecuencia, y aunque no soy amigo del género, me atrevo a hacer una profecía, que los que mandan aprovecharán al máximo el tiempo de sumisión que les concedamos para apretarnos las clavijas, y lo harán por una doble razón, en primer lugar porque es su carácter, pero también porque cuanto más tiempo aguantemos el castigo más agradeceremos que se nos levante y menos ganas tendremos de pedir cuentas, esas cuentas de las que ahora se nos dice, con refinada hipocresía, que ya llegará el momento.

Mientras más nos entretengamos con aplausos, repuntes, aplanamientos y guerras diversas de cifras (propiciadas por el caos estratégico de las administraciones) más tardaremos en poder describir con claridad las dimensiones reales de las causas que han hecho que los españoles estemos en cabeza de los más deshonrosos índices del mundo, el de fallecidos por habitante y el de fallecidos por ingreso hospitalario. Diré de paso que me parece un caso de sadismo mantener de portavoz a una persona que se ha equivocado a fondo en todos los pronósticos, pero si se mira bien se verá que es una táctica atrevida pero tal vez efectiva, porque al final es posible que se acabe aplaudiendo a un tipo del que se dirá que ha soportado tanta tensión con una ejemplar disciplina, como si fuera un ministro cualquiera.

¿Y qué nos ha pasado? Algo que nos costará mucho reconocer, que, pese a las enormidades de nuestro gasto público, no tenemos unos servicios públicos solventes, tampoco en sanidad, porque ni siquiera estamos siendo capaces de contar con precisión a los muertos. Lo que nos está pasando no es una mera pandemia grave, sino que nuestros gobiernos (pues gozamos de docena y media) ni nuestros servicios (que, por ejemplo, en Madrid ocupan a varios centenares de personas dedicadas a la salud pública) han sabido ser activos y solventes a la hora de prevenir y gestionar lo que se les vino encima. Y si no somos capaces de enfrentarnos con serenidad a esta verdad tan incómoda como insoslayable, y nos consiguen confundir con el indudable heroísmo personal de sanitarios policías y soldados, entonces no seremos capaces de aprender la lección, de honrar a nuestras decenas de miles de víctimas, evitando que pueda volver a pasar lo que nos ha acontecido.

Es una verdad amarga, dura, difícil de digerir, pero enseña el único camino que lleva a librarnos de desgracias semejantes en el futuro. Será cosa de los políticos tratar de poner en marcha las soluciones que el caso reclama a gritos, pero pueden estar seguros de que si no les imponemos esa obligación con idéntica seriedad, al menos, con la que ellos nos han confinado, entonces no seremos dignos de soluciones mejores y tendremos que seguir mirando con envidia boba a las otras naciones, y no son pocas, que han sabido combatir con eficacia una amenaza que es seguro que, en algún momento, llamará de nuevo a la puerta, y ojalá nos encuentre algo menos adormilados y lelos.

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web

9 COMENTARIOS

  1. Entre el «no se podía saber», el «ahora todos a una, después ya pediremos cuentas» o «ahora pagamos los recortes de sanidad», no queda mucho margen para la disidencia. Aunque cada uno de estos tres mantras se haya revelado más falso que el CIS de Tezanos.

    Y tiene razón, Quirós, de seguir por este camino, cuando salgamos de este confinamiento, aparte de que veremos culminado este golpe de Estado a cámara lenta y en diferido, que se habrá producido delante de nuestras narices y con nuestro consentimiento, aun nos veremos afectados por el síndrome de estocolmo y justificaremos la acción de los que propiciaron nuestro cautiverio con frases del tipo: «lo importante es que ya hemos salido de esta, a pesar de los recortes de sanidad».

    Bueno, de hecho para santificar la figura de Simón ni siquiera hará falta esperar a la salida del encierro. No hace mucho, a todos los que le ladraban haciendo mofa y escarnio de sus previsiones y apariciones fantasmagóricas, trataron de acallarles y «humillarles» sacando a pasear su prestigioso currículum.
    Que por cierto, nunca había resultado tan inútil para anticiparse y prevenir la pandemia que estaba por llegar. Con los informes en la mano, hubiera bastado con aplicar el más elemental sentido común. Pero, ni eso. De manera que alardear de ser una eminencia acreditando ese CV ,debería contribuir a hacer más vergonzoso su papel en esta crisis y anular de facto la posibilidad de seguir dando los partes caóticos.

    Pero todo tiene una explicación en la operación calculada del gobierno: que sea Simón el chivo expiatorio que se queme ante la opinión púbica y que, en calidad de «experto» al que el gobierno hizo caso en todo momento siguiendo sus recomendaciones antes y durante, asuma después la responsabilidad legal en nombre del ejecutivo. Así que, mucho cuidado con ese abrazo de oso de la portavoz de Mas Madrid a Almeida, porque sabiendo lo que piensan y lo que difunde el grupo sobre los recortes de la sanidad, es probable que se utilice para que a nivel nacional el PP ceda y se pliegue a la acción del ejecutivo evitando la fiscalización de sus acciones y de sus socios.
    Para luego decirle a la opinión pública: «Veís que desleales, solo saben poner palos en las ruedas, no nos dejan gobernar». Aunque se guardarán para sí la coletilla de «gobernar como nos dé la real gana»

    Respecto al golpe de estado a cámara lenta y en diferido, lejos de ser un exabrupto o una consideración de grueso calibre para promover lpolarización política, es una realidad cada día más documentada y constatable que no conviene subestimar.

    Solo hace falta no perder la memoria de todos y cada uno de los pasos que Sánchez ha dado desde que accedió al poder a través de la moción de censura, de su guerra sucia para ganar las elecciones, de cómo engañó a la opinión pública y a sus propios votantes, de la elección de sus socios de gobierno, de cómo ha utilizado para su beneficio las instituciones del Estado, de todos y cada uno de los abusos que está perpetrando contra la legalidad vigente en este estado de alarma…

    En todo este tiempo se ha curtido, se ha perfeccionado en el hábil manejo de la mentira y el engaño (no le pasan factura). Y satisface tanto su ego, que le ha cogido el gusto y no se detendrá. El grado de sociopatía, soberbia y desprecio por lo ajeno es tal, que el ejecutivo se ha mirado en el mismo espejo de sus socios de gobierno en Cataluña y le ha gustado esa imagen de «un sol poble» que los nacionalistas e indepes han cultivado durante tanto tiempo. Les ha gustado tanto esa imagen que están exportando el modelo a España. «Un solo pueblo», unido, uniformado, homogéneo y hege-mónico, sin oposición ni disidentes que les contradigan y que les hagan sombra.

  2. Si algo me gusta del maestro Quirós es su elegancia a la hora de describir la catástrofe. Siempre me sorprende su sabia humanidad. Quizás esta sea una de las cosas que más hecho de menos en la sociedad actual.

    Como ya sabéis, yo soy un bestia, y me cuesta trabajo contenerme, soy un guerrero tosco con pocas lecturas y un único espermatozoide gigante, y para colmo estando tan tranquilo contando muertos como Zapatero contaba nubes se me ha despertado el gen guerrero.

    Por eso admiro aún más Quirós, me reconforta y me reconcilia, dice las cosas tan bien que hasta me hace pensar que todo se puede arreglar sin el improperio o la espada.

    Tengo una amiga ex-puta que ahora desempeña como tanatoesteticista, no es la única por lo visto, algo que da que pensar, tengo conocidos en todos lados, mi vida ha sido intensa, no seáis malpensados.

    Total, que a principios de la masacre me puse en contacto con ella, estaba súper contenta con la cantidad de trabajo que tenía, el doble, me dijo el primer día,
    Unos días más tarde la volví a llamar y me dijo que estaba agotada, que no podía más, que el trabajo se cuadruplicaba.

    Aquello información de primera mano estética me sirvió a mi, que soy un bruto, para hacer un cálculo afinado sin necesidad de estudios estadísticos, pensé, mil cien muertos habituales al día por cuatro, nos da una cantidad de cuatro mil muertos al día, si le restamos los mil cien diarios tenemos tres mil trescientos muertos por coronavirus al día, por treinta días nos da una cifra de noventa y nueve mil muertos por coronavirus en el último mes.

    Y mis cifras serán las que nos ofrecerá el registro si no es censurado, aunque no creo que este gobierno siga pagando las pensiones a los muertos para ocultarlos, eso seguro que no, menudos son con la pasta que no es de nadie.

    El asunto está chungo, una caída del PIB de entre el quince y el cincuenta por cien en función de la gestión no nos la quita nadie, a no ser que hagamos lo que dice Quirós, pero es imposible impulsar a la sociedad española con la tropa de trepas que circunda el estado.

    Yo estoy a salvo desde la moción de censura, tuve claro que con este gobierno, con o sin coronavirus, llegaríamos a esta situación, la única diferencia es que ahora el que no se entere de a que se han dedicado es tonto todo el día. Asaltaron el estado en los últimos dos años desde el primer día, y ahora ni siquiera tienen dinero para mascarillas, y el que queda, muy poco, tiene que pasar por la central de compras y el intermediario de Ferraz. Días de bonanza nos esperan.

    Yo ahora estoy a la espera para iniciar algún negocio, pero tengo un miedo a estos cabrones, esta mañana me he preguntado si en el Palacio de hielo podíamos invernar la estupidez, o siendo exquisito, hibernar la economía, almacenando junto a los muertos los productos que no se pueden comercializar y que se están echando a perder.
    Aunque tengo la impresión que este año muchos españoles van a veranear en el Palacio de hielo.

    Digo yo que cualquier idea ha de tenerse en cuenta aunque luego se descarte. Digo.

    • Henry, ayer leí este comentario, iba a contestarlo pero algo me surgió que cerré. Hoy he vuelto a releerlo, no tiene desperdicio.
      Ay , no sé si reír o llorar, incluso ayer cuando leí lo de tanatoesteticista, me dije coñe y que será eso. Hoy cuando releí me dije, anda tanato……de tanatorio………Desolador el panorama, lo peor es que no es un chiste.

      En cuanto a la caída del PIB entre un 15 y un 50, bueno entre uno y otro la diferencia no es moco de pavo pero, cuando el otro día salían las cifras del FMI, caída del PIB 8% y paro 20%, dije ¿donde hay que firmar?

      La caída la veo más cercana al 15. Ese 8 hasta me parece un regalo del cielo. Ayer había corrillos en los medios de la noticia de que hostelería hasta finales de año no se abriría, si eso es así, ni quiero pensar en las consecuencias en el sector turístico y todos los negocios que mueve alrededor

      • Pues eso no es lo peor, se acuerda que hace unos días le recomendé chupar ajo crudo como un caramelo para fortalecer las defensas, pues acabo de escuchar a Marlaska y me ha convertido en un delincuente perseguido por todas las fuerzas y cuerpos de de seguridad del estado por propagador de bulos peligrosos, mira que si me da por recomendar las naranjas o las lentejas, seguro que me azotan en la plaza pública.
        ¿No cree usted que aquel que se cree un bulo, provenga éste de las redes, los partidos políticos, particulares, portavoces del gobierno, periódicos del gobierno e incluso del Aló presidente, está contagiado al menos de estupidez?

        No se, pero escuchando a Marlaska justificando la persecución bulos como si fueran herejías me da la impresión que esté virus afecta gravemente a la cabeza, y el gobierno está infectado al completo.

  3. La situación no nos permite ser tibios. Se sabía de qué iba esta epidemia. Su ciclo reproductivo, las fases de la enfermedad, el peligro de los asintomáticos y del periodo de incubación. Y todo esto se sabía antes del 15 de enero, documentado científicamente en Corea, en China, en Taiwan o en Japón, entre otros. Accesible a todo el que quisiera enterarse.
    Otro asunto es que la OMS, una burocracia prebendal cuyo único objetivo es evacuar informes rutinarios, desfasados e irrelevantes, aderezados con quimeras de cosmópolis humanitarias, no empezara a poner el acento de peligro hasta más de un mes después. Pero es que la OMS es una burocracia decadente, que si algún día tuvo su papel, hoy no es más que un organismo muerto.
    Tan muerto como las burocracias de los Estado europeos en su mayoría. Y casi tan muerto como las de las Administraciones envejecidas de la órbita anglosajona. Ambas sumidas en el letargo de sus estados de bienestar milagrosos y mitificados.
    Pero saberse se podía saber todo. Igual que se podía saber que había una estrategia comprobada empíricamente, para modular las consecuencias devastadoras de esta epidemia. Unas naciones más dinámicas y audaces, combinando ciencia, técnica e inteligencia organizativa la habían puesto a punto. Solamente había que copiar, adaptar y eventualmente mejorar, lo que estaban haciendo. Pero aquí, nuestras estructuras de inteligencia de los Estados, los “expertos”, ni se habían enterado ni fueron capaces de copiar. Estados como el de España, es que ni siquiera es capaz de reaccionar con inteligencia tras más de un mes de confinamiento a lo bestia.
    Y esto no es un despiste cualquiera. Tampoco es cuestión de que al frente del Estado estén unos peleles, cuestión que agrava la situación pero no la explica. Es que el Estado en su conjunto se ha convertido en una máquina vieja e inservible, de la que todo atisbo de inteligencia pública se ha evaporado. La situación es más grave como para suponer que con la alternancia de partidos, con el cambio de Gobierno, se arregla el problema. Esto no es el fracaso de la Nación, es el fracaso del Estado. La Nación es vigorosa y está pertrechada con los conocimientos, la técnica y la capacidad organizativa para hacer frente a la crisis, como lo demuestran las iniciativas de sus profesionales y empresas. Pero es el Estado el que hunde a la Nación.

    • «Pero aquí, nuestras estructuras de inteligencia de los Estados, los “expertos”, ni se habían enterado ni fueron capaces de copiar. Estados como el de España, es que ni siquiera es capaz de reaccionar con inteligencia tras más de un mes de confinamiento a lo bestia».

      Cómo que no se habían enterado? pero a estas alturas todavía estamos con lo de «no se podía saber». Por Dios!

        • Que enterados, los «expertos», estaban de sobra, para reaccionar a tiempo. Otra cosa es que decidieran esconder los informes bajo llave y priorizar la ideología y la política sobre la salud.

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