En 1964, el escritor español Gonzalo Fernández de la Mora publicó su famoso ensayo El Crepúsculo de las Ideologías, donde sostenía que la creciente complejidad de la gestión pública exigía formas más racionales de organización política, más pragmáticas, basadas en criterios técnicos, no en la ideología, un concepto arcaico destinado a desaparecer. Por ello, ideólogos y políticos profesionales serían paulatinamente desplazados por técnicos y expertos. El argumento parecía plausible pero… la historia se encargó de quitar la razón a Fernández De la Mora. Sorprendentemente,  en pleno siglo XXI la política se guía por criterios cada vez menos racionales: más ideológicos, emocionales e interesados.

La nuevas religiones

Las ideologías no desaparecieron; muy al contrario, se fragmentaron en formas todavía más agresivas e irracionales. Las ideologías clásicas, generalistas y hasta cierto punto argumentativas, dejaron paso a creencias particularistas, centradas en un activismo puro con objetivos muy puntuales. Se trata de doctrinas todavía más fanáticas, antagónicas a la libertad individual, con creciente influencia sobre la política; “ismos” o religiones laicas que sistemáticamente cortocircuitan el debate, censuran, gritan, insultan, vociferan y queman en la hoguera a quien no comulga con lo políticamente correcto. Una suerte de nuevas sectas que, a diferencia de las tradicionales religiones, establecen reglas de conducta que no sólo afectan a sus feligreses; también aspiran a ser de general cumplimiento mediante la coacción estatal.

Todas ellas son nuevas ideologías, basadas en impulsos y emociones, dispuestas a practicar una ingeniería social intensiva

El marxismo, un ejemplo clásico, fue sustituido por la doctrina de género, según la cual la diferencia sexual no es más que un producto de la cultura, del ambiente. O por el ecologismo radical, la nueva religión laica que pregona el Apocalipsis, la destrucción de la humanidad por sus pecados contra la naturaleza, salvo que… haga acto de contrición, asimile el nuevo catecismo y pague el correspondiente peaje. O por el animalismo, una corriente que pretende colocar a los animales al mismo nivel que las personas. O por el “movimiento okupa”, que liquida el insolidario y egoísta derecho de propiedad en favor de la libre disposición para usos sociales de viviendas, locales y solares. Todas ellas son nuevas ideologías, basadas fundamentalmente en impulsos y emociones, dispuestas a practicar una ingeniería social intensiva por medio de la propaganda, la coacción y los hechos consumados.

Ante este nuevo órdago a la sociedad abierta, a la libertad individual, la mayoría de los políticos actuales, bien sea por puro interés electoral o simplemente por desidia para elaborar su propio ideario, se limitan a comprar gran parte de esta mercancía. Incorporan a sus programas electorales cualquier consigna defendida por minorías ruidosas, por los activistas más gritones y fanáticos, por muy absurdos y descabellados que sean sus postulados. Al final, la gestión pública queda más orientada por creencias y supersticiones que por criterios objetivos y técnicos. ¿Cómo se explica semejante distorsión?

Gobernar mediante coaliciones de intereses

En A Theory of political parties, (2012) Kathleen Bawn y sus coautores ofrecen una explicación. La política sufre una fuerte reideologización porque los partidos, en su búsqueda de atajos hacia el poder, han descubierto que ganan votos más rápida y fácilmente incorporando las ideas de los activistas bien organizados que elaborando y defendiendo las suyas propias. Esta estrategia ha obrado un efecto perverso: los programas coinciden cada vez más con los intereses de los activistas y se alejan paulatinamente de las verdaderas preocupaciones de los ciudadanos.

Los grupos organizados suplantan el interés general y logran que se conculquen principios democráticos fundamentales

El votante corriente habría perdido influencia porque la creciente complejidad de la política le impide conocer bien sus detalles. No es que sea necio, simplemente no tiene tiempo ni incentivos para procesar los gigabytes de información necesarios para formarse una opinión fundamentada, para votar de manera razonada. Así pues, los partidos prefieren ganarse el apoyo de los activistas mejor organizados, mucho más conscientes del objetivo que buscan. A través de ellos, obtienen los votos de numerosas facciones y sólo pierden el respaldo de los ciudadanos capaces de procesar la información, resistir la abrumadora propaganda y vencer el miedo al qué dirán (un tipo de votante al que los partidos desprecian por creer, erróneamente, que es muy minoritario). Por ello, los colectivos interesados, entre los que tienen cada vez mayor peso los activistas, acrecientan su influencia de forma inexorable, aplastando a la propias democracias. Así, los grupos organizados suplantan el interés general y logran que se conculquen principios democráticos fundamentales

Para Bawn y sus colegas, la ideología de los partidos es, en realidad, el resultado de acuerdos tácitos entre los diferentes grupos de intereses. Y se vende en los medios de información como algo indisociable del progreso. La sociedad, en lugar de evolucionar de forma natural, voluntaria, adaptándose paulatinamente al cambio de los tiempos, es obligada a transformarse drásticamente, en el marco de una ingeniería social que obedece a intereses particulares.

La posibilidad de que los partidos apoyaran posturas de grupos minoritarios, no los de la mayoría, fue contemplada por Anthony Downs en An Economic Theory of Democracy (1957): un partido podría ganar las elecciones defendiendo un paquete de políticas minoritarias en las preferencias del electorado, fenómeno que se conoce como coalición de minorías. Esto sucede cuando una parte sustancial de la población vota según el trato que el gobierno concede a su facción, no en función del que otorga al conjunto de la ciudadanía. Las subvenciones a colectivos concretos son un ejemplo palmario: el votante valora el beneficio concentrado en su pequeño grupo pero desdeña la recaudación requerida, pues, al fin y al cabo, los impuestos se reparten entre toda la sociedad, por lo tanto, su impacto pasa desapercibido.

Grupos y facciones: nuevos déspotas

Fue, sin embargo, Mancur Olson en The Logic of Collective Action (1965) quien explicó por qué los grupos de intereses particulares acaban ganando la partida a las asociaciones que defienden el bien común. La estructura de incentivos, costes y beneficios, fomenta que los sujetos se agrupen buscando intereses concretos, egoístas, en pos de prebendas a costa del resto, pues aquí las ganancias son sustanciales e inmediatas.

Por el contrario, afiliarse a asociaciones que persiguen el interés general conlleva muchos costes y muy pocos beneficios para el individuo pues las posibles ganancias se repartirían entre toda la población. De esta forma, los grupos de presión minoritarios acaban capturando los partidos, los gobiernos, impulsando medidas que generan notables ineficiencias y que conducen invariablemente a la decadencia de las naciones.

El problema es que, una vez formadas, las coaliciones de grupos de intereses raramente desaparecen. Muy al contrario, engordan sin cesar, alimentadas desde el poder y los medios de información. Así, se expanden sin freno ideologías absurdas, particularistas, que perjudican a casi todos pero… benefician a unos pocos. Es normal que los sumos sacerdotes, y los fieles “bendecidos” por estas nuevas religiones, desarrollen una fe a toda prueba: tienen mucho que ganar. Pero resulta intolerable que pretendan obligar a comulgar con ruedas de molino al resto de la población.

Un regreso valiente y decidido a la defensa del interés general reportaría beneficios incalculables para el conjunto de la sociedad

Este es el drama al que se enfrentan muchos países en Occidente: los partidos políticos tienen gran incentivo en presentarse a las elecciones  con programas más orientados a satisfacer a mil y un grupos de presión, a recoger sus dogmas e imposiciones, que a defender los intereses del ciudadano común.

Y aquí es donde debe producirse un cambio crucial, una ruptura, el surgimiento de algún estadista con la suficiente visión para comprender que dentro de esta dinámica no hay salida: todas las victorias serán siempre pírricas. Caso contrario, el sistema está condenado a agotarse en sí mismo… o a desembocar en una suerte de totalitarismo.

Por el contrario, un regreso valiente y decidido a la defensa del interés general reportaría beneficios incalculables para el conjunto de la sociedad. Y, también, muchos más votos de los que quizá imaginan muchos políticos con una mera visión de corto plazo.

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