Hay una especie de tontos, bastante abundante como casi todas, que no pierde oportunidad de hacer pronunciamientos, y en ella destaca la de los superlistos que explican a hora y a deshora cómo va a ser el mundo después de la Covid-19. Como buena parte del público está bastante confinado y las teles no cesan en lo suyo, imagino que los que ofician de profetas habrán tenido bastante audiencia. En su disculpa se puede aducir que se atreven a mirar hacia donde todos miramos, pero donde la gente con buen sentido pone prudencia, escepticismo y atención a lo que va pasando, ellos tratan de acertar en lo suyo con la tranquilidad de que no por equivocarse volverán a dejar de consultarles.

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Como es normal, hay casi de todo entre esas profecías, pero son de destacar las que se inspiran en dogmas ya bastante zurrados por la historia, pero cuyos defensores siempre están a la espera de su resurrección gloriosa y, claro está, todo lo que destruye y atemoriza puede ser empleado en el laborioso convento de los apocalípticos anticapitalistas. Estos últimos constituyen el publico preferido de los tontos de mayor nivel y más relumbrón internacional, pero no se pueden dedicar a la profecía porque tienen que consagrar sus energías a poner orden en el patio más doméstico que anda un poco revuelto con tanto susto y parece que parte del personal podría vacilar en alguna de sus más recias convicciones. Les urge, pues, defender los dogmas y atacar a los escépticos e impíos sin ceder un milímetro.

Los defensores del dogma social, y de los abundantes corolarios que lo adornan, suelen recurrir para defenderlo a la actividad de unos comandos agresivos, de una especie de jaurías

Uno de los dogmas que ninguno de estos osaría jamás poner en duda es el de la inmaculada santidad de lo público, una de esas impostadas certidumbres que resiste cualquier intento no ya de falsación sino de mero matiz. Por ejemplo, ante el notorio fracaso de tantos centenares de empleados públicos (a Dios gracias, no todos, ni en todas partes) cuya responsabilidad es advertir a tiempo los menores signos de amenaza a la salud, los defensores del santo dogma agitan el trapo de que “no se podía prever”, sin que consientan siquiera que se haga una pregunta bastante elemental, a saber, si no hay manera de prever para qué demonios empleamos a tanto sabio en la detección precoz y todo ese tipo de bellos hallazgos que se emplean para explicar lo que se supone deben hacer aunque no tenga nada que ver con lo que han hecho. Ante la mera sugerencia de que la presencia de tanto vigilante pudiere haber atenuado su sentido de la responsabilidad y la finura de su olfato nos llamarán terroristas, como poco. Si dices que tal vez alguno de estos atentos vigilantes no ha estado al día en sus lecturas y que han dado la sensación de que apenas ojean de habitual los boletines de la OMS, que tampoco es que sea un prodigio de adivinación, te dirán que estás sembrando sospechas sobre la rectitud y el buen nombre de sacrificados profesionales. Como me gustan los experimentos mentales les sugiero uno sencillito: ¿qué habría pasado si estos servicios estuviesen privatizados y hubiesen obtenido éxitos similares a los públicos? Como, en cambio, no me gustan las películas de catástrofes no les sigo en la respuesta.

Lo público tiene cada vez más defensores, sin que eso quiera decir que yo crea que los necesita, no es una necesidad, es un instinto de supervivencia basado en que es evidente que hace falta defender aquello de que uno se beneficia, en especial cuando puede hacerse con disimulo, como ocurre con ese larguísimo porcentaje de funcionarios que sabe llenar las calles en defensa de lo suyo, pero que, por si acaso, prefiere apuntarse a la sanidad privada, como ha hecho la Vicepresidenta Calvo, y es que todo el mundo está en su derecho de hacer una cosa y decir la contraria.

Los defensores del dogma social, y de los abundantes corolarios que lo adornan, suelen recurrir para defenderlo a la actividad de unos comandos agresivos, de una especie de jaurías. Este personal, me apresuro a aclararlo, es bastante multidisciplinar, y lo mismo acampa en Sol que bate cacerolas a nada que le irriten, porque es muy sensible. Uno de los peores efectos del dogmatismo suele ser la ceguera, y las jaurías son ciegas y muy selectivas. Persiguen presas muy bien definidas y no necesitan razones, basta con que alguien les señale el objetivo y se lanzan a degüello.

Para los que defienden con ardor los aciertos de Sánchez en este asuntillo de la pandemia, basta que alguien sugiera que tal vez podían haber estado un poco más ágiles en la cosa preventiva, o insinué que cabe la posibilidad de que el presidente pueda estar abusando de un secretismo impropio de su gallarda defensa de la transparencia, para que pueda estar cierto de que saldrán en su persecución diversas jaurías por tierra, mar y aire, desde La 1 a La Sexta, pasando por la prensa complaciente, las emisoras alineadas y las numerosísimas redes sociales que, de forma por entero espontánea, se han comprometido con el interés público. En cuanto te descuides, te dirán que ante un enemigo tan mortífero lo que hay que hacer es obedecer y que ya es hora de aprender aquello que dice el evangelio (San Juan 15,12-17), que “el siervo no sabe lo que hace su amo”, y que el amo es un demócrata sin tacha que manda con el apoyo del pueblo y para poner en su sitio a los nuevos enemigos que no dejan de molestar en su trayecto salvador hacia la nueva normalidad, que así se llama.

Las jaurías son una policía del pensamiento, en lo que pueden entender, que no es mucho, pero también actúan como guardianes del orden moral y están empezando a especializarse en el escrutinio de las conductas. Como es lógico, no se les ha escapado la inaudita conducta de un alto cargo del PP que se ha puesto a vivir en un hotel de la capital de manera harto sospechosa y han logrado convertir este escabrosísimo asunto en la noticia del día, y con suerte, del resto del super elástico estado de alarma del que tanto estamos disfrutando. Al parecer, en una España cuya economía se está desangrando y que todavía no ha tenido tiempo de enterrar y recordar con dignidad a decenas de miles de muertos, un asunto de tanta envergadura no podía quedar sin la correspondiente censura moral. Ni siquiera han reparado en el paralelismo con la vivienda que se ha adjudicado la mentada Calvo, pero es que arguyen que, en este caso, el pisito, más bien la mansión, es público y ya dijo la Calvo que el dinero público no es de nadie.

En fin, que en medio de tanta desdicha, el que no se divierte es porque no quiere, puede gozar de las profecías más desorejadas de los que llevan siglos advirtiendo de la ruina del capitalismo y la destrucción del planeta, o de la evidencia científica de que la Tierra se está tomando su venganza, visto que los enemigos de la casta no parecen capaces de conseguir gran cosa, y tal vez por eso los más avisados han decidido ponerse a vivir en fincas bien soleadas. Pero también podemos entretenernos con las cacerías con jauría, viendo cómo se señala a la víctima y cómo los feroces canes se lanzan a morder el cuello de los insensatos que amenazan la tranquilidad y el buen gobierno de los más dignos, eficaces y discretos líderes de los que ha gozado nunca esta España en la que las cosas siempre acababan mal, como decía Gil de Biedma, hasta que llegaron Sánchez & Iglesias a poner fin al despropósito.

Foto: Philipp Pilz

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J.L. González Quirós
A lo largo de mi vida he hecho cosas bastante distintas, pero nunca he dejado de sentirme, con toda la modestia de que he sido capaz, un filósofo, un actividad que no ha dejado de asombrarme y un oficio que siempre me ha parecido inverosímil. Para darle un aire de normalidad, he sido profesor de la UCM, catedrático de Instituto, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, y acabo de jubilarme en la URJC. He publicado unos cuantos libros y centenares de artículos sobre cuestiones que me resultaban intrigantes y en las que pensaba que podría aportar algo a mis selectos lectores, es decir que siempre he sido una especie de híbrido entre optimista e iluso. Creo que he emborronado más páginas de lo debido, entre otras cosas porque jamás me he negado a escribir un texto que se me solicitase. Fui finalista del Premio Nacional de ensayo en 2003, y obtuve en 2007 el Premio de ensayo de la Fundación Everis junto con mi discípulo Karim Gherab Martín por nuestro libro sobre el porvenir y la organización de la ciencia en el mundo digital, que fue traducido al inglés. He sido el primer director de la revista Cuadernos de pensamiento político, y he mantenido una presencia habitual en algunos medios de comunicación y en el entorno digital sobre cuestiones de actualidad en el ámbito de la cultura, la tecnología y la política. Esta es mi página web